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Un Lugar al que Volver

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Sinopsis

En un mundo donde el segundo género determina el lugar que ocupas en la sociedad, ser una Omega sin familia ni pareja se convierte en una condena. Smile Akiyama lo sabe demasiado bien. A sus diecinueve años, ha perdido a sus padres, acumula deudas y ha tenido que aprender a sobrevivir en una sociedad que considera que una Omega debería limitarse a cuidar un hogar. Ser maestra de guardería es una de las cosas que le permiten conservar su libertad. Su vida cambia el día que llega a sus manos un pequeño bebé de un año. Megumi Fushiguro. Hijo de uno de los Enigma más codiciado de la sociedad. Toji Fushiguro, fuerte, frío y completamente desconfiado. Tras una tragedia, Toji es obligado a trabajar sin descanso mientras lucha por conservar la custodia de la única familia que realmente quiere. Por eso Megumi va a la guardería. Pero no se separa de él. Hasta que aparece Smile. Una Omega cuyo aroma consigue calmar al bebé cuando nadie puede hacerlo. Desde ese momento, Megumi empieza a buscarla. Y, poco a poco, Toji también. Lo que comienza como una relación entre padre de un alumno y profesor terminará convirtiéndose en algo "peligroso". Porque cuanto más cerca están, más difícil resulta ignorar los instintos. Y cuando la familia Fushiguro descubra que aquella pequeña Omega se ha convertido en una parte esencial de la vida de Toji y Megumi, Smile dejará de ser simplemente una profesora.

Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Capítulo 1 — El pequeño lobo

Siempre había pensado que mi vida tenía una habilidad especial para complicarse justo cuando empezaba a creer que, por fin, podía respirar.

No era una exageración.

A mis diecinueve años, ya sabía que ser una Omega sola era casi una invitación para que el mundo decidiera cuánto podía pisotearte antes de que al final te rompieras. En este mundo, las Omegas ocupan el lugar más vulnerable en la jerarquía. Tenemos sentidos más agudos y una sensibilidad especial para los vínculos, pero también cargamos con expectativas, prejuicios y, a menudo, somos vistas como débiles o necesitadas de protección. Hay quienes creen que una Omega sin familia ni pareja está condenada a la soledad o a la dependencia. Yo ya había aprendido, demasiado pronto, cuán cierto podía llegar a ser eso.

Por eso, aquella mañana, mientras corría por el pasillo de la guardería con una tostada todavía entre los dientes y el cabello medio recogido, decidí que quizá había llegado el momento de aceptar que mi vida no iba a mejorar.

—¡Akiyama! —Escuché gritar desde el otro extremo—. ¡Vas tarde!

Me quité la tostada de la boca.

—¡Ya voy!

No iba tarde.

Bueno.

Quizá cinco minutos.

Diez como mucho.

Pero después de haberme quedado despierta hasta casi las tres de la madrugada intentando cuadrar mis gastos del mes, diez minutos parecían bastante razonables.

La guardería se llamaba Kokoro, un edificio de dos plantas situado en una calle relativamente tranquila de Tokio. A veces, por las ventanas, se alcanzaba a escuchar el lejano zumbido del tráfico o el sonido intermitente de una campana de bicicleta subiendo la acera. El aroma de pan recién horneado de una panadería cercana se mezclaba por las mañanas con el sol que entraba tibio en el vestíbulo. No era especialmente grande, pero tenía suficientes aulas para que varios profesores trabajáramos y para que los pequeños pudieran dividirse por edades.

Yo llevaba allí apenas unos meses.

Era, probablemente, el trabajo más estable que había conseguido desde que murieron mis padres.

Y necesitaba que siguiera siéndolo.

Mucho. Demasiado.

—Buenos días, Smile.

Levanté la mirada.

Yuji Itadori estaba apoyado contra el marco de la puerta con una sonrisa enorme.

—Tienes el pelo fatal.

Me llevé de inmediato una mano a la cabeza.

—¿¡Qué!?

Se echó a reír.

—Te he engañado.

—Itadori.

—Buenos días, Smile.

—Te odio.

—No me odias.

—Ahora mismo sí.

—Eso significa que me tienes cariño.

Resoplé y entré en el aula.

Yuji era uno de los profesores más jóvenes de la guardería y tenía una facilidad casi absurda para llevarse bien con los niños.

Probablemente porque tenía la misma energía que ellos.

—¿Has desayunado? —preguntó.

—Sí.

Me miró.

Miré hacia otro lado.

—Smile.

—He dicho que sí.

—¿Una tostada cuenta?

—Era una tostada grande.

—Eso no es un desayuno.

—Tengo café.

—Eso tampoco.

—Entonces tengo una combinación perfecta.

Se echó a reír otra vez.

—Eres imposible.

No respondí.

Porque aunque sonreía, mi estómago llevaba varias horas recordándome que una tostada y café no eran precisamente una comida completa.

Pero no podía permitirme preocuparme por eso.

No ese día.

Tenía que trabajar.

La puerta principal se abrió poco después.

Y con ella comenzó el desfile habitual de padres.

Algunos llegaban corriendo.

Otros cargaban a sus hijos.

Otros discutían porque el pequeño no quería quitarse los zapatos.

Había niños que entraban llorando y otros que prácticamente empujaban a sus padres para quedarse.

Era una rutina.

Una rutina que me gustaba.

Quizá porque, en medio de todos aquellos pequeños, nunca tenía la sensación de estar completamente sola.

—¡Buenos días!

Una vocecita chillona atravesó el aula.

—Buenos días, Maki.

Una pequeña de apenas tres años corrió hacia mí y me abrazó las piernas.

Me agaché para recibirla.

—¿Has dormido bien?

—Sí.

—¿Y has desayunado?

—Sí.

—¿Qué?

—¡Arroz!

—Muy bien.

Le acaricié la cabeza.

—Entonces hoy tendrás mucha energía.

—¡Sí!

Sonreí.

Aquello era lo que me gustaba de mi trabajo.

Los niños no sabían que tenía deudas.

No sabían que había pasado meses intentando encontrar familiares que quisieran ayudarme y que ninguno había respondido.

No sabían que todavía tenía pesadillas con aquel antiguo trabajo de medio tiempo.

No sabían que, algunas noches, me quedaba mirando el techo preguntándome qué iba a hacer si no conseguía pagar el alquiler.

Para ellos yo simplemente era Smile.

La profesora que sabía dónde guardaban los juguetes.

La que les limpiaba las lágrimas.

La que los abrazaba cuando tenían miedo.

Y eso era suficiente.


A varios kilómetros de allí, aunque yo todavía no lo sabía, un hombre de cabello negro entraba en la guardería cargando a un niño pequeño.

Toji Fushiguro no parecía precisamente alguien que estuviera hecho para aquel lugar.

Era alto.

Demasiado alto.

Incluso vestido con ropa sencilla de trabajo, había algo en él que hacía que varias personas se apartaran ligeramente cuando pasaba.

No era solo su físico.

Era su presencia.

Su aroma.

El aroma de un enigma.

Profundo.

Intimidante.

Algo parecido a madera quemada, hierro y una nota oscura que resultaba imposible de identificar completamente.

Incluso los Alfa podían sentirlo.

Y normalmente no les gustaba.

Toji llevaba a Megumi apoyado contra su hombro.

El pequeño tenía los ojos medio cerrados.

—Vamos, cachorro.

Megumi soltó un pequeño sonido.

Toji miró el reloj.

Llegaba justo.

No podía permitirse llegar tarde al trabajo.

Otra vez.

—Será solo durante el día.

Megumi agarró un trozo de su camisa.

Toji bajó la mirada.

El pequeño tenía apenas un año.

Su madre llevaba meses básicamente muerta.

Y él había tenido que aprender a hacer de padre prácticamente de un día para otro.

No era bueno en eso.

Nunca había sido bueno cuidando de nadie.

Pero Megumi era suyo.

Y no permitiría que su familia lo tocara.

Ni siquiera si tenía que trabajar hasta quedarse sin fuerzas para conseguirlo.

Entró en la recepción.

Una profesora se acercó.

— Buenos días, señor Toji, oh, ¿es el pequeño Fushiguro?

—Sí.

—Soy Ieiri Shoko. Puede dejarlo conmigo mientras hacemos el registro.

Toji no respondió inmediatamente.

Miró a su hijo.

Después a la mujer.

—No le gusta separarse de mí.

—Es normal.

—No llora mucho.

Aquello era mentira.

Desde que había perdido a su madre, Megumi había aprendido a guardar demasiadas cosas dentro de aquel pequeño cuerpo.

Shoko extendió los brazos.

Toji dudó.

Finalmente, dejó al niño con ella.

Megumi inmediatamente empezó a removerse.

—Cachorro.

Toji le puso una mano en la cabeza.

—Voy a volver.

El pequeño abrió los ojos.

—Pa...

La palabra apenas fue un murmullo.

Pero hizo que Toji se quedara inmóvil durante unos segundos.

—Sí.

Su voz salió más baja.

—Papá volverá.

Después se marchó.

Sin saber que aquel sería el último momento en mucho tiempo en el que podría pensar que todo estaba bajo control.


—No quiere parar.

—Dámelo.

—¡No, no! ¡Está llorando más!

—¿Has probado con el chupete?

—Lo escupe.

—¿Y la leche?

—No quiere.

—¿Su manta?

—La tira.

Me quedé quieta en mitad del pasillo.

Había escuchado el llanto desde mi aula.

No era un llanto normal.

Era desesperado.

Angustiado.

Como si aquel bebé estuviera convencido de que el mundo entero había desaparecido.

Corrí hacia la recepción.

—¿Qué pasa?

Todos me miraron.

Shoko tenía al pequeño en brazos.

Yuji estaba a su lado.

Nobara intentaba hacerle pequeñas muecas.

Nada funcionaba.

El bebé tenía las mejillas completamente rojas.

Las pequeñas manos estaban cerradas.

Y lloraba.

Lloraba tanto que casi parecía que le dolía respirar.

—Es Megumi Fushiguro —explicó Shoko—. Su padre lo ha dejado esta mañana.

Me acerqué.

Algo dentro de mí se encogió.

Era diminuto.

Demasiado pequeño.

Y estaba solo.

No pensé.

Simplemente extendí los brazos.

—Dámelo.

Shoko me miró.

—¿Estás segura?

—Sí.

Me lo entregó.

En cuanto su pequeño cuerpo quedó contra mi pecho, sentí cómo se tensaba.

Durante un segundo pensé que iba a llorar todavía más.

Pero entonces ocurrió algo extraño.

El llanto disminuyó.

No inmediatamente.

Primero se convirtió en pequeños sollozos.

Después en respiraciones entrecortadas.

Y finalmente...

Silencio.

Todos nos quedamos quietos.

Miré hacia abajo.

Megumi tenía la cara escondida contra mi cuello.

Sus diminutos dedos habían agarrado mi blusa.

Y estaba respirando.

Tranquilo.

—Vaya... —murmuró Yuji.

Nobara abrió mucho los ojos.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Lo has apagado.

—¡No he hecho eso!

Yuji se tapó la boca para no reírse.

Yo lo ignoré.

Me limité a acariciar suavemente la espalda del pequeño.

Entonces lo comprendí.

Mi aroma.

No llevaba el olor de ningún alfa.

Ni de ningún beta.

Ni siquiera el rastro de otro Omega.

Hacía mucho tiempo que estaba sola.

Y, quizá por eso, mi aroma era simplemente el mío.

Cálido.

Suave.

Los bebés Omega y Alfa podían reaccionar de forma diferente a los aromas, especialmente cuando estaban asustados.

Y Megumi...

Parecía haber encontrado algo que su pequeño cuerpo reconocía como seguro.

—Creo que solo necesitaba sentirse acompañado —susurré.

Megumi hizo un pequeño sonido.

Me derretí.

—Hola, pequeñín.

Abrió ligeramente los ojos.

Uno de ellos todavía tenía una pequeña lágrima pegada a las pestañas.

—¿Ya estás mejor?

Sus dedos se cerraron alrededor de mi ropa.

—Bueno...

Sonreí.

—Supongo que eso significa que sí.


El resto de la mañana pasó sorprendentemente rápido.

Megumi no quiso separarse de mí.

Así que terminé llevándolo conmigo al aula.

Lo senté sobre una manta mientras los demás niños jugaban.

Al principio permaneció completamente serio.

Observando.

Como si estuviera analizando a cada persona de aquella habitación.

Hasta que una pequeña niña se acercó gateando.

—¿Bebé?

—Sí.

—¿Es nuevo?

—Sí.

La niña se sentó delante de él.

Megumi la observó.

Ella le ofreció un cubo.

Él lo miró.

Después miró el cubo.

Y finalmente lo tomó.

—¡Mira!

La niña comenzó a reír.

Megumi la observó durante unos segundos.

Y entonces hizo algo que casi me hizo llorar.

Sonrió.

Una sonrisa diminuta.

Casi imperceptible.

Pero estaba ahí.

—Eso es...

Me senté a su lado.

—Muy bien, Megumi.

Él volvió a agarrar el cubo.

Y yo me quedé observándolo.

Pensando en lo injusto que podía ser el mundo.

Un bebé tan pequeño ya había tenido que aprender lo que significaba perder a alguien. (Como habías leído en su informe proporcionado por su padre a la guardería)

Y yo sabía demasiado bien cómo se sentía aquello.

Quizá por eso me resultaba imposible dejarlo solo.


La tarde llegó demasiado pronto.

Estaba sentada en el suelo, con Megumi dormido contra mis piernas, cuando escuché la puerta principal.

—Fushiguro ha venido.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

Miré al niño dormido.

—¿Su padre?

—Sí.

Me levanté con cuidado.

Y entonces lo vi.

El hombre que había dejado al pequeño aquella mañana estaba parado en la entrada.

Alto.

Ancho de hombros.

Vestido completamente de negro.

Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado.

Y sus ojos recorrieron la habitación con una frialdad que hizo que, durante un instante, olvidara respirar.

No sabía por qué.

Pero su presencia era...

abrumadora.

Incluso antes de sentir su aroma, supe lo que era.

Un Enigma.

Él también me miró.

Sus ojos se detuvieron en mí.

Después bajaron.

Hasta Megumi.

Dormido.

Tranquilo.

En mis brazos.

El hombre no dijo nada.

Yo tampoco.

Por alguna razón, sentí que aquella mirada estaba intentando descubrir quién era yo.

¿Qué hacía con su hijo?

¿Por qué Megumi estaba tan tranquilo conmigo?

Me aclaré la garganta.

—¿Eres... el padre de Megumi?

Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos.

—Sí.

Su voz era grave.

Fría.

—Toji Fushiguro.

Apreté ligeramente al pequeño contra mí.

—Smile Akiyama.

Silencio.

Megumi se removió entre mis brazos.

Y, todavía dormido, escondió la cara contra mi pecho.

Los ojos de Toji bajaron otra vez hacia él.

Después volvieron a mí.

No supe por qué, pero tuve la sensación de que aquel hombre acababa de convertirse en un problema para mi vida.

Uno muy grande.

Y todavía no tenía ni idea de hasta qué punto.

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𝐿𝑒𝑟𝑦𝑚𝑖𝑛𝑗𝑘: Es buena aunq a mi parecer las cosas pasaron rápido y sin tanto desarrollo. Tiene algunos errores de ortografía y gramática pero fuera de eso esta bien.

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