Sasu Naru| Cómo Atrapar A Un Conejo por Daikiwoo en Inkitt
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SasuNaru| Cómo atrapar a un conejo

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Sinopsis

También conocido como: El dominante emperador celestial ama intensamente o el pequeño conejo inmortal busca a su esposo.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Daikiwoo
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo único

En la región de la Montaña del Sur, el clima es cálido y apacible. Entre los frondosos bosques de bambú, los rayos de luz se filtran en finos destellos. Más allá de un sendero de guijarros, se encuentra el Lago Espejo, llamado así por la claridad de sus aguas. Los mortales que logran encontrar este lago lo consideran un agua sagrada de los inmortales, aunque jamás un mortal ha cruzado la Montaña del Sur para entrar al reino celestial.

Entre los arbustos una pequeña figura blanca se movía rápidamente hacia el Lago Espejo. Sus orejas largas y peludas se agitaban con el viento a medida que corría, pero a diferencia de otros conejos, en la punta de sus orejas tenía mechones dorados. Además, sus ojos eran de un azul puro, una verdadera extrañeza. Sus orejas, inclinadas por la brisa, enmarcaban unos ojos redondos llenos de expectación y preocupación.

El pequeño conejo se acercó apresuradamente al lago y asomó su cabecita sobre la superficie del agua. Al ver su reflejo ondulante en las aguas, dejó caer sus orejas y su ánimo se desplomó. Decepcionado, dio la vuelta y regresó por el mismo camino.

Ay... hoy tampoco me ha crecido el pelo, pensó con tristeza.

Desde que las traviesas liebres grises le jugaron una cruel broma y quemaron su pelaje con fuego, esa zona nunca volvió a crecer. Cada día iba al lago con la esperanza de ver un cambio, pero siempre volvía decepcionado. Donde antes tenía un pelaje blanco y suave, ahora había una calva visible. ¡Era demasiado feo! Antes, el abuelo Jiraiya solía alabarlo como el conejo más hermoso de la Montaña del Sur, con el pelaje más brillante y hermoso.

Lo que antes lo hacía adorable y admirado, ahora lo hacía ver ridículo. Todos lo evitaban y se reían a sus espaldas.

El motivo por el que las liebres grises le hicieron esto era simple: en la escuela, un inmortal había elogiado la belleza de su pelaje dorado en las orejas, lo que despertó la envidia de uno de los conejos más arrogantes. Esa misma tarde, junto con sus dos seguidores, le jugaron esa terrible broma. Además, empezaron a decir a los demás que sus ojos azules eran raros ya que todos los conejos tenían ojos negros, insinuando que él era diferente a los demás.

Al principio, todos se reían de él y lo rechazaban, temiendo que, si se juntaban con él, también se convertirían en objeto de burlas. Así, el pequeño conejo quedó solo. Sin embargo, seguía siendo un conejito de espíritu sano, vivaz y bondadoso. Continuó con su entrenamiento de cultivación y, cuando se aburría, se transformaba en una pequeña mariposa para jugar. También iba al Lago Espejo cada día, esperando el milagro de que su pelaje volviera a crecer.

Soñaba con que su pelaje blanco y esponjoso volviera a crecer, para que alguien quisiera jugar con él otra vez.

El séptimo día del séptimo mes era el día de la gran boda de la princesa del Reino de los Conejos de la Hoja de la Montaña del Sur. Ese día, ella se uniría en matrimonio con el príncipe heredero del Palacio del Este. Llevaba un vestido de gasa ligera, con un velo rojo traslúcido cubriéndola, su cabello plateado caía hasta su cintura, adornado con hermosos ornamentos enviados como regalo por un reino aliado. Tomada de la mano del príncipe heredero, entró en el salón nupcial, componiendo una escena verdaderamente encantadora.

Los jóvenes que aún no podían transformarse en forma humana la observaban embelesados desde abajo. Al ver a la princesa casarse, el corazón de Naruto se llenó de felicidad.

La boda fue celebrada con gran esplendor. Se dispusieron mesas llenas de manjares de la montaña. Según los inmortales, los invitados eran de gran prestigio: el majestuoso Emperador Celestial, los príncipes y princesas del Mar del Este, y los honorables ancianos del Palacio del Norte.

Naruto, mientras mordisqueaba una hoja, se paró en la primera fila, mirando con entusiasmo a la princesa en la ceremonia. De repente, alguien lo empujó con mala intención. Se tambaleó y, confuso, giró la cabeza para ver quién había sido.

El conejo gris lo miraba con burla. —¡Qué apariencia más ridícula! No deberías estar en la primera fila, podrías asustar a la princesa. No es de buen augurio.

Mientras decía esto, lo empujó fuera del grupo de conejos, dejando a Naruto solo de pie, indefenso, en el extremo más alejado.

Una ráfaga de viento pasó, y Naruto, con aquella calva en su espalda donde el pelaje nunca volvió a crecer, sintió un escalofrío.

Después de mirar un par de veces a la princesa, de repente hizo aparecer unas cuantas mariposas. Últimamente su magia había mejorado bastante y ahora podía crear dos mariposas de colores diferentes.

Naruto comenzó a perseguir una pequeña mariposa amarilla. Corría detrás de ella mientras agitaba la mano para intentar atraerla, con la mirada completamente fija en sus alas. Sin darse cuenta, tropezó con algo y cayó al suelo. Adolorido, levantó la cabeza...

La mariposa se alejó volando. Cuando levantó la cabeza, se encontró con la figura de un joven apuesto. Era alto, vestía un largo manto azul oscuro y, por la calidad de la tela y la confección, parecía ser alguien de alto estatus.

Sus facciones eran juveniles y delicadas. Se quedó allí, mirándolo con una expresión serena y una ligera sonrisa.

Naruto pensó que su torpeza debía de haber sido muy graciosa de ver. Pero en los ojos de aquel joven solo había diversión, sin ninguna burla.

El pequeño y suave corazón de conejo fue tocado ligeramente, y en ese instante, todas las heridas que llevaba dentro parecieron disolverse bajo aquellos ojos tranquilos, tan pálidos como la luz de la luna.

Antes de que pudiera pensar demasiado, aquel joven tomó una flor de un ramo que Naruto nunca antes había visto. Era una flor hermosa, con pétalos de un verde tierno. Sus ojos siguieron la mano del joven con curiosidad, y en un instante, la flor fue colocada suavemente junto a su oreja.

Naruto, avergonzado, saltó lejos y se escondió. Hacía mucho tiempo que nadie era tan amable con él. Sacó la cabeza en secreto para mirar de nuevo. La silueta de aquel joven seguía siendo recta y firme.

Más tarde, Naruto volvió a ver ese ramo de flores, esta vez en las manos de la princesa.

Preguntó al maestro inmortal sobre el joven y descubrió que su nombre era Sasuke Uchiha. Era el futuro Emperador de la ciudad y, a pesar de su juventud, ya había logrado grandes hazañas. Apenas un mes atrás, había pasado por una gran tribulación en su entrenamiento. Comparado con Naruto, era mayor por unos veinte mil años.

Que el joven emperador hubiera asistido a la boda de la princesa para entregar su regalo fue algo inesperado, ya que rara vez salía de su palacio. Al escuchar todo esto, el corazón de Naruto se llenó de alegría.

A lo largo de los mil años siguientes, Naruto escuchó muchas veces noticias sobre Sasuke liderando ejércitos para el Emperador Celestial en la guerra contra el clan demoníaco. También supo que siempre salía victorioso y que era muy apreciado por el Emperador. Sin embargo, cada vez que Sasuke partía a la guerra, Naruto sentía una inexplicable ansiedad, temeroso de que un día ya no pudiera volver a verlo. Afortunadamente, Sasuke tenía un poder inmenso y nunca había estado en peligro real.

Con el tiempo, la magia de Naruto también dejó de ser solo un simple truco para crear mariposas. Aunque aún no había alcanzado la edad para tomar forma humana, su destreza mágica era la mejor entre sus compañeros, pues su talento innato era excepcional.

Últimamente, se había obsesionado con la herbolaria, pensando que tal vez podría encontrar una medicina que hiciera crecer su pelaje nuevamente. A menudo se aventuraba solo a la montaña para recolectar hierbas. Su maestro inmortal siempre le advertía que era peligroso y le aconsejaba que no lo hiciera tan seguido, pero él no le hacía caso. Lo único que tenía en mente era recuperar su pelaje blanco y esponjoso, para que cuando se encontrara con Sasuke otra vez, pudiera verse más presentable y tal vez ser más agradable a sus ojos.

Ese día, Naruto enfrentó una gran dificultad. Una hierba medicinal llamada Qicao crecía entre dos rocas en la cima de la montaña, justo en la nube más alta. No podía recogerla con magia, así que debía escalar por su cuenta.

Después de varias horas de esfuerzo, finalmente llegó a la cima. Sus pequeñas patas luchaban por aferrarse a la roca mientras extendía la mano con esfuerzo. Estaba a punto de alcanzarla, cuando su cuerpo perdió el equilibrio. Intentó apoyarse mejor en la roca, pero sin darse cuenta pisó un musgo resbaladizo. Su pata patinó y, de repente, cayó hacia el vacío.

Naruto cerró los ojos, sintiendo solo miedo y el dolor inminente. Pero en lugar de estrellarse contra las afiladas rocas, aterrizó en unos brazos cálidos.

El olor a sangre de sus heridas, causadas por las piedras cortantes de la montaña, llenaba el aire. Débilmente, abrió los ojos.

Era él otra vez. Aquel a quien había guardado en su corazón durante tanto tiempo.

Cuando despertó de nuevo, Naruto se encontró acostado en una pequeña cama. Un delicado aroma floral impregnaba el aire. Abrió lentamente sus cansados ojos de conejo y vio a una joven vestida como una sirvienta, sentada a su lado.

Ella trituraba diferentes flores en un cuenco y aplicaba la mezcla en sus heridas. Naruto sintió dolor y sus ojos se volvieron aún más rojos.

Llamó el nombre de Uchiha, pero nadie entendió lo que decía, aun así, Sasuke apareció, de pie en la puerta, observándolo en silencio.

Ahora ya había crecido y tenía la apariencia de un joven adulto. Vestía su característico manto azul oscuro, su figura era alta y su presencia irradiaba una madurez serena. Su rostro había adquirido un atractivo aún más profundo y sus ojos oscuros seguían siendo intensos, su mirada ligera pero inquietante hacía temblar el corazón de Naruto.

Sasuke también tenía heridas frescas en su cuerpo, lo que indicaba que probablemente acababa de regresar de una batalla. Naruto supuso que había sido en su camino de regreso de la guerra cuando lo había encontrado y salvado. De otro modo, ¿qué otra razón tendría para aparecer en la Montaña del Sur?

Sasuke se acercó a él y tomó de la sirvienta la mezcla de hierbas medicinales, aplicándola con cuidado en sus heridas.

—Mañana enviaré a alguien para que te lleve de vuelta a la Montaña del Sur —dijo mientras seguía curándolo.

Naruto sacudió rápidamente su pequeña cabeza de conejo. Sus largas orejas cayeron hacia abajo, dándole un aspecto suplicante.

Sasuke sonrió levemente. —Está bien, entonces quédate aquí y recupérate.

Nadie entendía por qué el Emperador era tan indulgente con un conejo tan feo. Ni por qué le permitía quedarse en la ciudad de las flores.


El clima estaba hermoso hoy. Naruto se giró y se tumbó perezosamente sobre la hierba para tomar el sol.

No tardó en ser atrapado por Sasuke, quien lo levantó y lo llevó de vuelta a la habitación. Naruto gruñó con disgusto, pero terminó sentándose obedientemente al lado de Sasuke para continuar su entrenamiento.

No importaba. Ya había pasado quinientos años aquí. Solo faltaban doscientos más para poder tomar forma humana.

Se paseó frente al antiguo espejo de la habitación, observando su reflejo. Sus ojos eran negros y redondos, su boca pequeña, y salvo por la calva en su pelaje, en su forma humana seguramente sería un joven inmortal muy apuesto.

Qué ganas tenía de que el Emperador lo viera en su forma humana. Pensando en eso, se rió solo.

Pero... ¿y si al transformarse en humano su cabello también quedaba a medio crecer?

Si eso pasaba, no había duda: su fuerte orgullo lo obligaría a huir para siempre. Nunca más podría aparecer ante el emperador.

Desde arriba, Sasuke entrecerró los ojos mientras miraba a ese tonto conejo hacer caras de alegría y terror frente al espejo. Chasqueó los dedos y, de repente, Naruto aterrizó en su regazo.

—¿Cómo puede alguien tan joven tener tantas preocupaciones? —Sasuke tomó una de sus largas orejas y le rascó suavemente la barbilla.

“Joven” no era la palabra correcta. A Naruto solo le faltaban doscientos años para transformarse en humano.

Sasuke observó su pequeña boca moverse, encantado con lo adorable que se veía. Tomó una diminuta flor amarilla del jarrón que la sirvienta había llenado con flores recién recogidas y se la puso en la boca.

Naruto bajó la mirada, sujetando la flor entre sus dientes. Recordó aquel primer encuentro, cuando el Emperador le había puesto una flor en la oreja. De inmediato, sintió que el calor subía a su rostro.

Sujeto aún a la flor, corrió rápidamente hacia la salida y luego saltó fuera de la habitación. Antes de irse, dejó tras de sí un grupo de mariposas de colores revoloteando alrededor del Emperador.

Sasuke sonrió ligeramente antes de volver su atención a los documentos en su escritorio.

El joven Emperador estaba en la plenitud de su vida, en la edad perfecta para el amor. En la ciudad, el ochenta por ciento de las hadas lo admiraban y lo tenían en alta estima. Lógicamente, a su lado debería haber una hermosa inmortal como su compañera. Sin embargo, cada vez que aparecía en público, lo que todos veían era siempre... un conejo.

No es que estuviera mal llevar un conejo. Tal vez el Emperador simplemente tenía una afición oculta por los animales adorables.

Pero ese conejo en particular no tenía nada de adorable. Todos los conejos solían verse más o menos iguales, pero este, con esa calva en su espalda, se veía de lo más ridículo. Y aun así, el Emperador no solo no lo despreciaba, sino que lo llevaba consigo todos los días.

En una ocasión, durante un aburrido banquete, se dedicó a jugar con el conejo con total despreocupación, ajeno a las miradas curiosas de los presentes.

Para quien no supiera la situación, parecía que estaba... coqueteando con él.

—¿De verdad no quieres comer? ¿Sigues enojado conmigo?

El pequeño conejo giró la cabeza, ignorándolo.

Todos contuvieron el aliento. Ese tonto animal realmente se estaba volviendo atrevido, aprovechándose descaradamente del favoritismo del Emperador. Pero Sasuke, lejos de molestarse, simplemente siguió sosteniendo el plato con la bandeja de zanahorias, con una rara sonrisa en los labios.

Con un movimiento ligero, acarició la barbilla del conejo con la punta de los dedos. —No te enojes más. Sé bueno.

Naruto estaba furioso. Sabía que, para Sasuke, tal vez él no era más que una simple mascota, pero cuando percibió el tenue aroma a polvos de arroz en la manga de Sasuke, se sintió inexplicablemente molesto.

Le dolía el pecho. Después de todo, solo era un conejo y aún faltaban tres meses para que pudiera transformarse en humano.

Pero... ¿quién dijo que los conejos no tienen sentimientos? Frustrado, se recostó en el pasto, sujetando entre los dientes una brizna de hierba y mirando el cielo.

Por primera vez, tuvo el pensamiento de regresar a casa, hacía tiempo que no veía a Jiraiya y a su maestro inmortal. Justo entonces, escuchó pasos acercándose, sus pensamientos se desvanecieron de inmediato.

Con una sonrisa, pensó: Sabía que el Emperador vendría a buscarme.

Pero justo cuando estaba a punto de salir corriendo hacia él, escuchó la suave y delicada voz de una mujer en la distancia.

De inmediato, se enfureció.

Qué molesto. Que se joda.

Aun así, salió corriendo, erguido y decidido, parándose con toda la dignidad que pudo reunir frente al Emperador.

Sasuke bajó la mirada y vio a la bolita blanca que hace un momento lo había estado ignorando. Le hizo un leve gesto de despedida a la mujer que lo acompañaba y luego, sin dudarlo, tomó a Naruto en sus brazos y se dirigió fuera del bosque.

—Vaya, parece que realmente te importa todo esto. — Le lanzó una mirada juguetona. —No será que de verdad te gusto, ¿verdad?

Las largas orejas de Naruto temblaron ligeramente antes de doblarse por completo.

Sin responder, simplemente se acurrucó más en su pecho.


Naruto jamás habría imaginado que el día en que finalmente se transformaría en humano sería estando en los brazos de Sasuke. Llevaba días cultivando su poder con gran dedicación, pues sabía que pronto alcanzaría la forma humana. Últimamente, dormía mucho más de lo habitual. Por supuesto, el Emperador no tenía ni idea de esto, para Sasuke, él no era más que un simple conejo con algunos trucos de magia.

Esa noche, como siempre, se quedó dormido acurrucado en el pecho del Emperador.

Dormir junto a él se había convertido en algo tan natural que incluso había hecho algunas travesuras, como lamerle la cara o besarle los ojos. Pensaba que, si algún día tenía que marcharse, al menos no se arrepentiría de nada.

Su sueño esa vez se sintió especialmente profundo, cuando abrió los ojos, sintió la cabeza algo aturdida. El aire de la habitación estaba impregnado con una energía que le resultaba extrañamente familiar.

Su campo de visión se había ampliado considerablemente, y la cara del Emperador, que antes solo veía desde abajo, ahora se veía mucho más clara.

Espera...

Esa energía flotante a su alrededor...

No era otra cosa que el aura que emanaban los seres inmortales cuando alcanzaban su forma humana. Sus ojos se abrieron de par en par. Todavía estaba en los brazos de Sasuke. Se encontraba sobre su pecho, y sus rostros estaban tan cerca que podían sentir el aliento del otro.

¿Era feo? ¿Estaría calvo? ¿O tal vez su cuerpo era demasiado pequeño?

Preso del pánico, se incorporó de golpe. Conjuró un espejo flotante y, con el corazón latiéndole con fuerza, se miró con cautela. El reflejo le devolvió la imagen de un joven delgado y de extremidades largas, vestido con una túnica blanca.

Su cabello dorado caía suavemente sobre sus hombros, y sus ojos, de un azul brillante, resaltaban con una mezcla de inocencia y picardía. Su rostro aún conservaba un rastro de redondez infantil, con mejillas ligeramente regordetas.

Se giró con una leve sonrisa de satisfacción, pero al ver su espalda reflejada en el espejo, su expresión se apagó. La quemadura en su piel seguía ahí, visible y marcada.

—¿Cómo te llamas? —escuchó que preguntaba el Emperador.

La pregunta lo tomo por sorpresa, no pudo evitar dar un grito del susto, intentando recomponerse respondió nervioso —Me llaman Naruto

Sasuke sonrió levemente y, con un gesto suave, acarició su espalda. —Tu cicatriz... parece un par de alas.

Al escuchar esas palabras, el miedo y la tristeza desapareció de inmediato. Naruto volvió a mirar su reflejo, luego a Sasuke, alto e imponente a su lado.

Avergonzado, deshizo el espejo con un leve movimiento de la mano. Al escuchar las palabras del Emperador, Naruto dejó de sentirse triste. Miró nuevamente su reflejo en el espejo y luego a Sasuke, alto e imponente a su lado. Avergonzado, deshizo el espejo con un leve movimiento de la mano.

Cuando finalmente pudo aparecer en su forma humana, Naruto estaba tan emocionado que no dejaba de tirar de la manga de Sasuke, rebosante de alegría.

—¿Por qué estás tan flaco? ¿No te he estado alimentando bien todos estos años?

Sasuke le pellizcó la mejilla, que era la parte más rellena de su cuerpo.

Naruto pensó que el Emperador lo estaba comparando con su forma de conejo y que ya no le resultaba tan cómodo de tocar. Ansioso, levantó su túnica y tomó la mano de Sasuke para meterla dentro, queriendo que sintiera lo suave que era su vientre.

Sasuke nunca había visto a alguien tan descarado. Se quedó atónito por un momento antes de retirar la mano y darle un leve golpecito en la frente.

—Eres un conejo tonto —dijo con una sonrisa.

Al principio, Naruto pensó que la queja de Sasuke sobre su delgadez era una simple broma, pero luego descubrió que realmente estaba buscando un nuevo cocinero.

Esto lo conmovió... hasta que vio que todos los aspirantes eran hadas femeninas, vestidas más como candidatas a consorte que como cocineras.

Soltó una risa sarcástica y volcó la pequeña mesa que Sasuke había preparado especialmente para él.


Un día, el Emperador le sirvió personalmente un gran tazón de fideos con verduras.

Levantó una ceja con interés y le pidió a Naruto que los probara, el caldo humeante tenía un color verde brillante y parecía delicioso.

Naruto tomó los palillos torpemente y se dispuso a comer. Sasuke lo observaba con las manos apoyadas en la barbilla, expectante, sin embargo, tras el primer bocado, la expresión de Naruto se torció en una mueca de sufrimiento.

Sacó la lengua con disgusto y dejó los palillos en la mesa. —Emperador... creo que deberíamos buscar otro cocinero —dijo sin pensarlo.

El rostro de Sasuke se ensombreció de inmediato.

Por su reacción Naruto pensó en la joven cocinera que Sasuke había contratado recientemente, amable y adorable. ¿Acaso se había enojado porque la estaba criticando? no quería hacerlo enojar, pero él también estaba molesto.

Así que añadió con tono de reproche: —Es pura apariencia sin sabor.

Creía que su indirecta sería suficiente para que el Emperador, tan inteligente como era, entendiera su disgusto y lo consolara, pero jamás imaginó que, poco después, una de las sirvientas le revelaría que el tazón de fideos había sido preparado por el propio Sasuke.

Se quedó atónito y, con un atisbo de pánico, miró dentro de la habitación hacia el Emperador. Inmediatamente, conjuró un enjambre de mariposas a su alrededor, intentando suavizar el ambiente.

Sasuke frunció el ceño, y con un simple movimiento de su mano, las mariposas se desvanecieron en polvo brillante. Naruto estuvo a punto de llorar. Tembloroso, volvió a sentarse en su asiento y, con determinación, extendió la mano para tomar los palillos, dispuesto a terminar el tazón de fideos para congraciarse con el Emperador.

Pero en cuanto sus dedos tocaron los palillos, el tazón se transformó en una rana, que saltó fuera de la mesa. Sasuke cruzó los brazos y lo observó fríamente.


Sin embargo, todos los presentes sospechaban que la molestia entre el Emperador y el “pequeño conejo” era mutua. En la mesa, Sasuke estaba irreconocible, perdiendo su habitual porte sereno cada vez que interactuaba con Naruto.

Se burló de él por no saber sostener los palillos correctamente. Naruto se enfureció y, con un pequeño hechizo, hizo desaparecer el tazón del Emperador.

Sasuke, que justo estaba a punto de tomar un bocado, quedó con los palillos en el aire, alzó la vista y vio a Naruto, que, satisfecho, seguía luchando torpemente con sus propios palillos.

Pero Sasuke no se molestó en cambio, lo jaló hacia su regazo y tomó su cuenco.

—Parece que hace demasiado tiempo que no te alimento yo mismo —dijo con calma—. Si vas a hacer berrinches, mejor comamos juntos.

Colocó una mano en la cintura de Naruto, tomó los palillos con la otra y acercó un bocado a su boca, observando su reacción. Las orejas de Naruto se pusieron completamente rojas.

¡El Emperador era un tramposo!


Días después, Naruto recibió una carta de su abuelo Jiraiya, sabía que ya había tomado forma humana y le urgía a regresar a casa. Le recordó que aún era joven y no conocía todas las reglas del mundo, que llevaba demasiado tiempo fuera y que podrían engañarlo. Naruto no quería irse, pero tampoco podía ignorar la carta, con el pergamino en mano, fue a buscar a Sasuke.

—Emperador... ¿puedo volver a casa por un tiempo? —preguntó, sintiéndose repentinamente cohibido.

Antes de que Sasuke pudiera responder, Naruto se convirtió en conejo y saltó a su regazo, acurrucándose. Al principio, había sido él quien se había aferrado a quedarse, usando la excusa de sanar sus heridas.

Ahora que debía partir, ¿realmente podría regresar después? sus pensamientos se oscurecieron y sus orejas se inclinaron con pesar.

—Mmm, enviaré gente a escoltarte de regreso —respondió Sasuke con un tono tranquilo, como si fuera un asunto sin importancia.

Naruto sintió un pequeño vacío en su pecho, saltó de su regazo y se alejó sin decir nada.


Dos noches antes de su partida, el Emperador visitó su habitación para despedirlo. Sasuke le ayudó a empacar sus cosas y le recordó que tuviera cuidado en el camino de regreso. Naruto, sin embargo, permaneció callado y melancólico. Al notar su estado de ánimo, Sasuke extendió la mano y le revolvió el cabello con suavidad.

—Parece que realmente te cuesta irte, conejito tonto. Has estado conmigo tanto tiempo. Antes de que te vayas, puedo concederte un deseo.

Los ojos de Naruto se iluminaron como si estuvieran llenos de estrellas y lunares, levantó la cara con una gran sonrisa, pensativo, evaluando qué pedir.

Sasuke lo observó y suspiró, llevándose una mano a la frente.

Es tan fácil de complacer...Si algún día alguien quisiera engañarlo, lo haría en cuestión de segundos.

Finalmente, Naruto tiró de la manga de Sasuke y le dijo con una sonrisa traviesa: —Quiero que el pelaje de mi espalda vuelva a ser blanco, completamente blanco.

Dicho esto, se transformó en conejo y giró en círculos alrededor de Sasuke antes de saltar a su regazo, señalando con la patita el área donde tenía la cicatriz.

Esta vez, fue Sasuke quien pareció ligeramente decepcionado.

Naruto notó su expresión y preguntó: —Emperador, ¿qué sucede?

Sasuke deslizó la mano sobre la cicatriz de su espalda y respondió con voz calmada: —Pero no podré borrar las pequeñas alas de tu espalda.

—¡No importa, no importa! ¡Mientras me crezca el pelaje otra vez, estará bien! —Naruto sonrió con entusiasmo. Quiero volver a ser el conejito más lindo y reluciente.

Sasuke, viendo su expresión llena de alegría, utilizó un hechizo de alto nivel para conceder su deseo.

Cuando Naruto volvió a su forma de conejo, su pelaje volvió a ser blanco y sedoso, sus ojos llenos de vitalidad y emoción. Sasuke frunció ligeramente el ceño.

Este conejo... Siempre tan despreocupado, mostrando sin reservas expresiones tan adorables. Es realmente peligroso...

Después de que Sasuke salió de la habitación, Naruto infló las mejillas con frustración.

¡Qué tonto! ¿Por qué no pedí un abrazo del Emperador? O mejor aún... ¿Por qué no le confesé mis sentimientos y le pedí que fingiera aceptar?

Los pequeños destellos en sus ojos se fueron apagando lentamente mientras caía en un sueño profundo.

Esa noche, soñó con el Emperador abrazándolo con fuerza y susurrándole que se quedara con él para siempre. Cuando despertó, sacó de debajo de su almohada el atrapasueños que le había regalado el anciano Jiraiya.

Cuando despertó, sacó de debajo de su almohada el atrapasueños que le había regalado el anciano Jiraiya y lo guardó con cuidado.

Tuve un buen sueño anoche, y ahora está guardado...Pensar en eso le levantó un poco el ánimo.


Naruto regresó a casa, y su recibimiento fue tan grandioso como el de Pan An en su tiempo: las jóvenes de su clan, al verlo ahora convertido en un apuesto joven, comenzaron a enamorarse de él y lo seguían a todas partes.

Poco después, muchas de ellas fueron a buscar al anciano para pedirle que intercediera y arreglara un matrimonio con él. El conejito que antes era rechazado por todos, ahora se había transformado en un joven apuesto y deseado.

Cuando el pequeño inmortal que lo escoltó de regreso a la Montaña del Sur informó al Emperador sobre esta situación, la ceja de Sasuke no dejó de temblar en toda la tarde. Por primera vez, no podía concentrarse en los documentos frente a él.


Naruto, por su parte, no entendía por qué, apenas volvió a casa, el anciano Jiraiya le había organizado tantas citas.

Sabía que en su clan los matrimonios solían celebrarse temprano: la princesa que se había casado el año pasado tenía apenas la edad adulta recién cumplida. Mientras le daba la bienvenida y lo ayudaba a limpiar el polvo del viaje, Jiraiya lo metió en una bañera de agua caliente y arrojó un montón de pétalos de flores para que se relajara.

Después, mientras peinaba su largo cabello dorado hasta los hombros, le dijo con tono serio:

—Ahora que tomaste forma humana, vas a pasar por tu primer período de celo. ¿Sabes lo que significa? Si no encuentras pronto una chica, ¿qué vas a hacer cuando llegue el momento?

Jiraiya, aunque era un bebedor empedernido y tenía una afición por los libros poco decentes, siempre había sido bueno con Naruto y realmente se preocupaba por su futuro. Naruto sintió que su rostro se calentaba y su corazón se hundía un poco.

Sumergido en el agua caliente, mirando la niebla blanca que flotaba sobre los pétalos, su primer pensamiento fue... Sasuke, en aquel lejano palacio.

Quiero verlo...


Más tarde, Naruto estaba sentado sin ganas en una mesa, bebiendo té frente a una de las jóvenes inmortales con las que lo habían citado.

La chica lo miraba con timidez y, al notar su expresión seria e indiferente, en lugar de desanimarse, su corazón latió aún más rápido.

—Te he admirado durante mucho tiempo —le confesó con las mejillas sonrojadas—. Poder conocerte hoy es una gran felicidad para mí.

Naruto, sin levantar la vista de su taza, respondió con indiferencia: —Yo he admirado a alguien por más de dos mil años.

La joven quedó atónita.

—¿Ah...? Entonces, ustedes ahora...

Naruto reflexionó por un momento y sus labios se torcieron en una leve mueca hacia abajo.

La joven captó el cambio en su expresión y, al notar su tristeza, pasó de la preocupación al alivio. Todavía tengo oportunidad, pensó.

Justo en ese momento, se escucharon unos pasos firmes que pisaban la hierba y avanzaban sobre el camino de piedras.

—Disculpen la intromisión.

Naruto levantó la cabeza de inmediato. Incluso sus piernas temblaban ligeramente de la emoción, y las comisuras de sus labios, que hacía un momento estaban caídas, se alzaron de inmediato. Parecía un niño al que acababan de darle un caramelo; siempre era tan cambiante en cuestión de segundos.

Con alegría, exclamó:—¡Sasuke!

Su voz sonaba como un algodón de azúcar esponjoso, dulce y vibrante.

Sasuke se inclinó ligeramente, sacudiendo con calma el polvo y la hierba de la parte baja de su túnica, y luego caminó hacia ellos, alzando una ceja con interés al observar a la joven hada que estaba sentada junto a su torpe conejito.

La muchacha, al ver que el emperador celestial, del que tantas veces había oído hablar en su familia, había descendido hasta allí, se sintió completamente abrumada.

Con un hilo de voz, preguntó con cautela: —Su Majestad... ¿qué lo trae por aquí?

Sasuke, con expresión indiferente, respondió: —Oh, solo vine a ver a cierto conejo tonto.

La joven quedó en blanco. Luego, sin más, Sasuke dijo “disculpa la interrupción” y, sin darle oportunidad de reaccionar, levantó a Naruto y se lo llevó consigo.

Los pequeños inmortales que lo acompañaban miraron a la joven con simpatía antes de darse la vuelta y alejarse en dirección opuesta a la del emperador y el conejo.


Mientras caminaban, Sasuke arqueó una ceja con frialdad y habló con su tono sereno pero gélido: —¿Así que volviste a casa para buscar pareja?

Naruto se apresuró a agitar las manos en un torpe intento de explicarse:—¡No, no es eso...!

Pero antes de que pudiera terminar su excusa, el emperador ya se había acercado más, apoyando suavemente la barbilla en su hombro y aspirando su aroma.

—Hueles muy bien.

Sasuke entrecerró los ojos. Parece que te preparaste bien para esas citas... Fuera de la vista de Naruto, la mirada de Sasuke se volvió más oscura.

—Es que... —dijo el conejo, rascándose la mejilla con nerviosismo—. Es que aquí, según las costumbres, uno debe purificarse al volver, así que me di un baño de flores por un rato...

Sasuke observó a Naruto mientras este explicaba con seriedad, y, sin poder evitarlo, esbozó una leve sonrisa antes de revolverle el cabello recién atado.

—¿Mañana seguirás con las citas? —preguntó el emperador.

Naruto vaciló. Si no iba, ¿cómo encontraría pareja? ¿Cómo superaría su período de celo? ¿Cómo dejaría de pensar en Sasuke todo el tiempo?

El tono de Sasuke era demasiado parecido al de aquella vez, una noche, cuando Naruto había robado un pastel de loto de la cocina y luego terminó con dolor de estómago. En aquel entonces, Sasuke le había preguntado con severidad si se atrevería a hacerlo de nuevo, y él, muy obediente, había sacudido la cabeza.

Los ojos del emperador seguían clavados en él, profundos e intensos. Naruto trató de desviar el tema con una risa nerviosa: —Emperador, ¿a qué viniste en esta ocasión? ¿Cuándo te marchas?

Sasuke probablemente ni siquiera sabía que él tenía una ceremonia de adultez, y mucho menos lo vería con otros ojos. Tal vez aquella fragancia de cosméticos que Naruto había notado en la manga de Sasuke la última vez pertenecía a la celebración de otra persona. Las jóvenes inmortales de la ciudad eran tan hermosas, siempre adornadas con flores en el cabello y vestidos ligeros y etéreos.

Sasuke no parecía contento. Apenas había llegado y su torpe conejo ya lo estaba echando.

Con una sonrisa fría, respondió: —Vine a asistir al banquete de cumpleaños del joven príncipe. Me quedaré un tiempo.

—¿Banquete de cumpleaños...? —Naruto parpadeó, confundido—. Pero aún faltan dos meses para eso...

Antes de que pudiera seguir preguntando, Sasuke ya le había dado la espalda y se alejaba, dejando solo la silueta de su túnica azul profundo.


Su período de celo parecía adelantarse. Quizás era culpa de esos sueños recurrentes sobre el joven emperador que ocupaba su corazón. Cada vez que despertaba, su corazón latía desbocado y estaba empapado en sudor, al punto de que ni siquiera podía controlar su magia. Era un problema grave para un conejo como él.

Y mientras tanto, Sasuke se había instalado en su casa y dormía en su habitación. Para colmo, el abuelo Jiraiya lo había mandado a dormir en el suelo.

¡Pero si soy un conejo en pleno período de celo! El que necesita dormir bien soy yo...

No estaba nada conforme. Así que, al final, Sasuke lo sujetó mientras dormía y, por supuesto, volvió a transformarse en conejo.

Naruto se acurrucó en el pecho de Sasuke, con sus dos pequeñas patas delanteras agarrando las manos del emperador, durmiendo profundamente y con una comodidad absoluta.


Sasuke notaba algo extraño en su conejo últimamente. Estaba demasiado ansioso por encontrar pareja. Y por las noches, sin darse cuenta, a veces recuperaba su forma humana y murmuraba su nombre en sueños.

Una noche, volvió a ocurrir. Naruto, en su forma humana, se aferraba a él, restregándose contra su cuerpo. Sasuke siempre había tenido el sueño ligero, así que se despertó enseguida.

Chasqueó los dedos y una lámpara de la mesa se encendió, iluminando la habitación con una tenue luz cálida. Miró al chico en su abrazo.

A la luz tenue, el rostro de su torpe conejo se veía suavemente aplastado contra su hombro, sus facciones redondeadas y suaves, respirando agitadamente mientras llamaba su nombre en murmullos entrecortados.

El peso sobre su cuerpo parecía hacerlo respirar más pesado, por un momento, pensó que su conejo estaba enfermo, pero enseguida notó que no era eso.

Los ojos de Naruto, siempre de un azul puro, se habían teñido con un leve tono rojizo, su piel también parecía más cálida de lo habitual, incluso ligeramente enrojecida.

Sasuke pensó por un instante.

¿Será su período de celo...?así que por eso tenía tanta prisa en conseguir pareja.

Frunció ligeramente el ceño.

Los labios de Naruto estaban entreabiertos, de un rojo húmedo y tentador, su cuello, de un blanco inmaculado, estaba cubierto por un fino rastro de sudor. Su cabello dorado, suave y brillante, caía con naturalidad sobre su piel, rozando el dorso de su mano con una delicadeza sedosa. Y sus ojos, normalmente inocentes, ahora teñidos de un rojo embriagador, tenían una pizca de magnetismo salvaje y hechizante.

Sus manos estaban aferradas a su cintura. —Sasuke... Sasuke... —llamaba con voz pastosa, como un borracho perdido en la niebla de sus propios deseos.

Sasuke bajó la cabeza y lo besó, no le dio oportunidad de escapar, fue un beso que no dejaba lugar a dudas, avasallador, reclamándolo sin reservas. Y luego, con la misma ternura con la que un maestro guía a su discípulo, le enseñó cómo responderle.

Los ojos de Naruto, brumosos por las emociones, reflejaban solo su imagen. Suavemente, con la respiración entrecortada, se aferró a Sasuke como una cría hambrienta.

Sus pupilas húmedas destellaban un anhelo y una posesividad instintiva, pegándose a él con una ligereza embriagadora. En medio de su aturdimiento, Naruto sintió que Sasuke lo atraía hacia sí.

En sus ojos danzaba una sonrisa.

Esa noche, compartieron un sueño dulce como la miel.


A la mañana siguiente, Naruto despertó con un dolor en la espalda y la cintura. Pero, sorprendentemente, todos los síntomas de su período de celo habían desaparecido. Se sentía despejado y con energía, más allá de las molestias musculares, estaba increíblemente aliviado.

¿Se acabó? ¿Así de fácil? ¿Ya no necesito buscar pareja?

Emocionado por compartir su felicidad, giró la cabeza para buscar a Sasuke, y enseguida abrió los ojos de par en par.

¿Por qué demonios el emperador estaba sin camisa?

Su físico era impecable, sí, pero...

Cuando vivió en mi casa antes, ¡no tenía la costumbre de dormir así!

El cerebro de Naruto, finalmente despertando, dirigió su atención a sí mismo; marcas por todo su cuerpo. Sus oídos captaron la respiración pausada de Sasuke a su lado, sumido aún en el sueño.

Naruto decidió mantener la calma, se cubrió con la manta y trató de convencerse de que era un mal sueño y se obligó a dormirse de nuevo.


Cuando despertó otra vez, se frotó los ojos y se encontró con Sasuke aún a su lado, pero esta vez, el emperador estaba despierto. Apoyaba una mano en su cabeza, recostado con aire despreocupado, observándolo con intensidad. Naruto sintió que todo su rostro se encendía, se cubrió la cara con ambas manos.

Quiero convertirme en conejo y cavar un agujero para esconderme dentro.

—Tú... anoche estabas bastante apasionado.

Naruto sintió que la sangre se le subía a la cabeza.

No podía perder. Al menos en actitud, no podía dejarse vencer.

—Nosotros... aquí tenemos una regla: si me ayudaste a pasar el celo, tienes que estar conmigo el resto de tu vida —dijo soltando un disparate con total seriedad. Después de todo, en el caso de Naruto, el dicho de que “un conejo no es vegetariano” encajaba a la perfección.

Lo dijo con toda la seriedad del mundo, aunque acababa de inventarlo sobre la marcha. Después de todo, si algo era seguro, es que los conejos no eran animales dóciles cuando se trataba de luchar por lo que querían. —Oh —Sasuke alargó la sílaba intencionadamente.

Naruto empezó a ponerse nervioso.

Si el emperador me quiere, ¿no debería abrazarme o acariciarme la cabeza en este momento?

Pero entonces Sasuke sonrió. —Eres tan tonto ¿De verdad no sabes por qué vine hasta aquí?

—Para traer un regalo por el cumpleaños del príncipe... —dijo Naruto, con los ojos brillando, ya sin el color rojo de la noche anterior.

Sasuke se rió. —Conejo tonto — Le revolvió el cabello con cariño —Por supuesto que vine a buscarte.

Naruto sintió que su corazón se detenía. —Yo encontré, así que, obviamente, serás mi conejo para toda la vida.

Fin.

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