SANGRE PREDESTINADA. Crónicas de Varelia I

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Sinopsis

Lo que debería haber sido una simple pelea termina cruzando el camino de dos mujeres que no tienen absolutamente nada en común. Una pertenece a la noche. La otra, a una manada que empieza a quebrarse desde dentro. Una ha vivido más de un siglo. La otra apenas está descubriendo quién quiere ser. Y ninguna entiende por qué, al mirarse por primera vez, sienten que ya se habían encontrado mucho antes. Porque en el mundo de Varelia existen vínculos que no dependen de nombres, especies ni decisiones. Hay encuentros que no son casualidad. Y hay personas que el destino reconoce antes de que ellas mismas sepan quiénes son. Pero el destino tiene una extraña manera de jugar sus cartas. Y esta vez, ha elegido sang

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En proceso
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Capítulo 1







El hombre llevaba siete minutos hablando y Seraphine ya había imaginado diecisiete maneras distintas de conseguir que se callara.

Ninguna implicaba matarlo.

Todavía.

—...la mercancía salió del distrito norte alrededor de las veintidós cuarenta. El conductor llevaba una matrícula falsa y, según nuestro contacto, el vehículo cambió de ruta cerca del puente viejo. Después desapareció del radar. No tenemos confirmación de que...

—¿Cuántos?

El hombre parpadeó.

—¿Perdón?

Seraphine levantó lentamente la mirada, con los brazos cruzado sobre su pecho habló.

—Niños.

La sala quedó en un silencio absoluto, algunos aguantaron la respiración mientras que tres ojos se dirigieron a aquel informante con una mirada feroz.

—¿Cuántos?

—Ocho.

—Nueve. — la voz llegó desde la puerta.

Eira entró sin llamar y sin mirar a nadie, su mirada se fijó en ella.

Llevaba el abrigo abierto, el cabello oscuro ligeramente despeinado y una expresión que decía que acababa de terminar algo que no había sido precisamente agradable.

En su mano derecha sostenía un teléfono y en la izquierda, algo que arrastraba por el suelo, dejando un rastro rojo tras de si sobre el piso pulido.

Seraphine bajó la mirada con su ceja levemente arqueada pero de pronto un sonido sordo se escuchó a su espalda, Eira había dejado caer el cuerpo del hombre, manchando el piso tras su aterrizaje.

Por el pelo, Eira llevaba la cabeza del mismo hombre en la otra mano.

La dejó sobre la mesa, dejando que el liquido carmesí se esparciera a lo largo de la mesa, nadie se sorprendió, mas bien se podía ver en sus rostros sonrisas de burla por la escena tan despreocupada.

—Nueve.

El informante paró de hablar en seco, tragando saliva se limpió el sudor de su frente con el dorso de su mano.

Seraphine observó la cabeza durante unos segundos, apoyando su cabeza en sus mano entrelazadas sobre la mesa.

Después miró a Eira, mientras una sonrisa medialuna se iva asomando con sorna.

—¿Tenías que traerlo por el pelo?

—Pesaba demasiado para cargarlo de otra forma. — Mientras hablaba esquivó su mirada, levantando sus hombros unos centímetros.

—Podías haberlo dejado fuera.

—Quería darte una sorpresa.

Seraphine sonrió, mientras negaba con la cabeza cerrando los ojos un segundo, suspirando con incredulidad.

—Qué considerada.

Riven apareció detrás de Eira.

—Yo le dije que no lo hiciera.

—Mentira — dijo Lucian entrando apresuradamente después, apartándolo y arrodillándose frente a Seraphine.

—No es mentira. — replicó Riven.

—Dijiste que sería gracioso. — entrecerrando los ojos lo delató, aún arrodillado a los pies de ella.

—También.

Seraphine se llevó dos dedos a la sien, y acariciando la cabeza del menor: Lucian, ya se hacían repetitivos sus suspiros, con estos niños se le iba a ir la vida.

—Sois insoportables.

Eira sonrió, Riven la siguió con una amplia sonrisa y Lucian la miraba de forma lastimera.

—Tú nos criaste.

—Ese fue mi primer error. — Hablo ella mientras le hacia señales con la mano a Lucian para que se levante.

—Y aun así nos quieres.

Seraphine los recorrió a los tres con la mirada, y girando sus ojos para acomodarse el pelo que le cubría los ojos, contestó con resignación.

—Desgraciadamente.

Eira le devolvió la sonrisa.

El hombre sentado frente a Seraphine no sabía dónde mirar.

Ella sí.

Lo observó a él, después al cadáver y a las fotografías que seguían sobre la mesa.

Nueve niños, nueve rostros, vidas inocentes.

Razones suficientes para que aquella noche dejara de ser tranquila.

Seraphine extendió una mano.

Lucian le pasó el teléfono en un movimiento rápido sin esperar indicaciones, ya sabía lo que haría. Ella era así.

Ella deslizó las fotografías una por una.

Una niña.

Un niño pequeño, junto a dos hermanos, otro niño con una camiseta demasiado grande, pero ninguno parecía tener más de doce años.

—¿Cuándo desaparecieron?

—Entre ayer y anteayer. — le respondió Lucian.

—¿Y los padres?

—Algunos siguen vivos. Otros... —siguió el informante.

—No pregunté por algunos. — con una expresión fría, cruzo sus piernas para recostarse en el respaldar de la silla, lo miró amenazante.

El hombre tragó saliva, esquivando la mirada hacia el monto de informes recopilados.

—Todos están vivos. — nerviosamente jugaba con sus dedos extendiendo las manos tras su espalda.

—Bien.

Seraphine dejó el teléfono sobre la mesa, con firmeza miró a sus cerberos.

—Entonces todavía podemos arreglarlo. — No fue una afirmación, ni tampoco una pregunta, estaba pidiendo opiniones y o ideas.

Riven se apoyó contra la pared, con sus manos en sus bolsillos.

—Tenemos tres posibles ubicaciones.

—¿Posibles? — levantó de forma inquisidora su ceja con evidente disgusto en el rostro.

—Una segura. Dos dudosas.

—Quiero la segura.

—La segura está vacía.

Seraphine estaba abriendo el mapa en su Tablet pero cuando lo escucho, giró suavemente la cabeza hacia él con una mueca en su boca.

Riven levantó las manos, mientras abría los ojos desmesuradamente.

—No me mires así. Estoy siendo sincero.

—Eso te salva la vida.

—Qué alivio.

Seraphine volvió a mirar las fotografías, luego el mapa ya cargado de la ciudad.

Había aprendido hacía mucho tiempo que los problemas grandes rara vez empezaban con explosiones.

Siempre comenzaban con una puerta que nadie vigilaba, o un teléfono que nadie contestaba, una persona que dejaba de existir para el mundo.

Y nueve niños desaparecidos eran exactamente el tipo de problema que terminaba creciendo hasta tragarse a demasiada gente sin que lo vieran venir.

—Quiero nombres. — sin apartar la mirada de la Tablet habló.

—Los tenemos. — sentándose rápidamente el informante comenzó a teclear en la computadora compartiéndole un documento con toda la información recopilada.

—Direcciones.—

—También. —

—Familiares.—

—En . . . En proceso.—

Seraphine levantó la mirada con suavidad, frunciendo el ceño.

—¿En proceso?

El hombre se removió en su asiento.

—Estamos trabajando en ello. —

—Entonces trabaja más rápido. —

El se levantó rápidamente aflojándose la corbata, mientras de su bolsillo trasero sacaba un teléfono marcando a un numero, y mientras caminaba hacia el roncón de la habitación, comenzó a dar indicaciones con rapidez, exigiendo eficacia inmediata.

Ella no levantó la voz, no le hizo falta.

La tranquilidad con la que hablaba resultaba mucho peor.

Se levantó, y su silla retrocedió suavemente.

Era muy alta, cuando caminaba, había algo en ella que hacía que la gente se apartara incluso antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo.

—Quiero a los niños antes de que salga el sol.

—Eso es imposible. — habló por lo bajo otro empleado tres asientes a su izquierda.

Seraphine se detuvo, y buscando a quien había hablado, lo recorrió con su mirada fría.

—No. —

Una pequeña sonrisa gélida a la par de sarcástica apareció en sus labios.

—Imposible sería que yo no pudiera hacerlo. —soltando una pequeña carcajada, pero sus ojos no la acompañaron.

Riven soltó una risa sonora, sin intenciones de ocultarla.

—Ahí está. — exclamó él.

—¿Qué? — lo miro con incredulidad, confundida.

—La frase que siempre dices antes de hacer algo terrible.

Seraphine lo señaló, mientras en su rostro iva apareciendo una pequeña sonrisa comprimida.

—Tú no ayudas.

—Nunca ha sido mi función. — dijo el con sorna aún sonriendo.

—¿Entonces cuál es tu función?

—Evitar que mates a todo el mundo.

—Fracaso constante.

—Bastante. — colocando su mano en el mentón, se detuvo a reflexionar.

—¿Y el traficante? — Preguntó ella, mirando a la responsable.

Eira se acercó a la mesa.

—Ese ya no tiene nada que decir.

Seraphine miró el cadáver, con una ceja levantada mientras que suspiraba.

—¿Lo interrogaste?

—Sí.

—¿Y?

Seraphine bebió un poco de agua.

—Mentía. — siguió Lucian.

Miró la cabeza con desprecio evidente en su expresión.

—¿Mucho?

—Muchísimo.

—¿Y cómo lo descubriste?

Seraphine la miró con absoluta seriedad.

—Porque le pregunté lo mismo tres veces y cada vez dio una respuesta diferente. — respondió Eira.

Lucian asintió, con los ojos cerrados y las manos en los bolsillos.

—Ah.

—Después dejó de responder.

Riven carraspeó, llevándose la mano en un puño hacia su boca.

—Qué método tan científico. — levantó las cejas bajándolas rápidamente, acompañado de una sonrisa socarrona.

—Gracias. —girando sus ojos, no dignándose a mirarlo.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Seraphine volvió a levantarse, y caminando hacia la puerta seguida de sus tres pequeños.

—Encontrad a los niños.

Sin mirar atrás, terminó la conversación, no porque no hubiera más preguntas, sino porque todos sabían que aquella frase era una orden.

Y cuando Seraphine Vhalor daba una orden, Dark Dangers se movía.

Saliendo de su edificio acompañada por el grupo cerberos, entre risas y frases sarcásticas se fueron perdiendo en los pasillos y puertas.

—Perla Azul.

Lucian pronunció el nombre mientras caminaban por las calles, observando a los niños abandonados en las aceras, pidiendo lo mínimo para sobrevivir. Los locales ostentosos con sus luces demasiada llamativa se podía ver lo abarrotado que se encontraba.

Seraphine ni siquiera se giró.

—No.

—Ni siquiera he terminado.— haciendo un puchero infantil mientras se lanzaba a colgarse del antebrazo, replicó.

—No.

—Solo iba a preguntar si...

—Sí.

—Entonces sí. — dejando ver una pequeña sonrisa de victoria, no es la primera vez que ella le gana, como si pudiera leerle la mente.

Seraphine se paró en seco, volviéndose hacia los otros dos, soltando dulcemente el agarre del menor.

—¿Qué ibas a preguntar? — se dirigió a Lucian, levantando la comisura de sus labios disimuladamente en una sonrisa.

—Si querías ir a la Perla Azul.

—He dicho que sí.

Lucian sonrió en señal de victoria, acompañado de una pose ridícula, típica de un superhéroe.

—Pero antes has dicho que no. — detuvo en seco su celebración por un momento.

—He cambiado de opinión. — sonriendo, en su rostro se podía distinguir un dejo de burla.

—¿Por qué?

—Porque me gusta llevarte la contraria.— levantando los hombros con desdén, aún sonriendo.

Riven no se pudo soportar y soltó una carcajada, dándose unos pequeños golpes en las piernas, se pudo llegar a distinguir unas pequeñas lagrimas rodando por sus mejillas debido a la risa.

Eira negó con la cabeza, plasmando en su rostro una sonrisa resignada.

—Algún día alguien va a conseguir ganarte una discusión. — le reprochó con frustración a la par que con un dejo de burla Lucian.

Llegando al coche, que estaba aparcado a dos calles del edificio, Seraphine abrió la puerta del copiloto, mientras que los tres niños se iban acomodando en sus asientos, mientras que Riven se subía al asiento del conductor ya que le tocaba conducir esa semana.

—Ese día me retiro. — resoplando con burla, miró hacia atrás donde se encontraban Lucian y Eria.

—¿De Dark Dangers?. — preguntó Eria mientras se ponía en cinturón.

—De la existencia.

—Dramática. — contestaron los tres al unísono.

—Realista. — volteando sus ojos, los miraba con una sonrisa tenue.

En el trayecto hacia La Perla Azul siguieron las bromas y las conversaciones cercanas entre ellos, Seraphine como siempre, se mantenía mayormente callada, solo respondiendo con sarcasmo o gracia a alguna frase interesante.

Llegando a La Perla Azul, que en esas horas se encontraba llena, Las luces azules de neón sobre las paredes.

Música movida y llamativa se escuchaba retumbar a través de las paredes gruesas. Bullicio y vasos chocando. . . o rompiéndose.

Una pareja discutía cerca de una ventana y dos hombres jugaban a las cartas.

Una camarera pasó junto a ellos deteniéndose, sin esperar a que la llamen.

—Seraphine. — con una pequeña reverencia se dirigió a ella, sin mirarla directamente a los ojos.

—Mara.

—Aquí tienes lo de siempre.

—No he pedido nada. — levanto las cejas, con los brazos cruzando en la pequeña mesa redonda bajo de si.

—Lo sé.

La camarera dejó cuatro copas sobre la mesa, esperando con la cabeza aún gacha a un lado de ella.

—Pero siempre terminas pidiendo lo mismo. — comentó en un murmullo apenas audible.

Seraphine tomó la copa, dándole un pequeño sorbo.

—Por eso me caes bien. — le dijo mientras balanceaba la copa en sus mano suavemente.

—¿Por qué te conozco?.

Levantando la mirada hacia ella, en su expresión se pudo ver la confusión.

—Porque no haces preguntas innecesarias.

Mara sonrió ampliamente, aún mirándola pero cuando sus miradas se cruzaron no fue capaz de sostenerla, bajando nuevamente la cabeza rápidamente.

—Eso va por todos ustedes.

Dijo levantando su copa, Riven, Eira y lucio la siguieron.

—Yo hago preguntas importantes. — dijo Riven, mirando a Mara con desdén.

Eira lo miró con las cejas arqueadas y la boca entre abierta.

—Ayer preguntaste si un vampiro podía emborracharse con zumo de uva.

—Era importante.

Seraphine se quedó quieta. Los miró con dulzura disimulada con burla.

—¿Y qué descubriste? — preguntó ella.

Riven sonrió con orgullo.

—Que no.

—Entonces has desperdiciado una noche.

—Pero ahora lo sabemos.

Seraphine bebió un sorbo para luego mirarlo negando con la cabeza.

—La ciencia avanza.

La noche continuó entre conversaciones absurdas, comentarios que no deberían haber sido graciosos y alguna que otra amenaza pronunciada con una sonrisa.

Con ellos Seraphine era diferente, no necesitaba medir cada palabra ni controlar el tono.

No necesitaba ser la mujer que todos esperaban, eran los únicos que podían verla reírse de verdad, que podían entrar en su casa sin anunciarse.

Los únicos que podían llamarla por un apodo que nadie más conocía y sobrevivir. Eran también los únicos que habían tenido la oportunidad de marcharse pero no lo hicieron.

Seraphine los había encontrado cuando eran niños.

Tres huérfanos en una calle donde nadie quería mirar, ella les había dado comida y una casa.

Después con el tiempo, una educación y el significado de lo que era una familia.

Ellos habían decidido devolverle todo aquello de una forma bastante particular.

Quedándose y protegiéndola, convirtiéndose en los tres problemas más persistentes de su existencia.

—¿En qué piensas? —preguntó Eira.

Seraphine salió de sus pensamientos.

—En que quiero dormir.

—Mentira.

—Sí.

—¿Entonces?

Seraphine giró la copa entre los dedos.

—En los niños.

Eira dejó de sonreír mientras que ella tenia una mirada de preocupación constante.

—Los encontraremos.

—Lo sé.

—Entonces relájate.

Seraphine la miró.

—Estoy relajada.

Riven señaló su mano.

—Estás rompiendo la copa. — le señaló en dirección a la bebida.

Seraphine bajó la mirada. El cristal estaba empezando a agrietarse bajo su firme agarre.

—Ah. . .

Dejándola sobre la mesa, parpadeando varias veces con rapidez, sorprendida de su reacción inesperada.

Lucian se echó a reír.

—¿Cómo consigues hacer eso sin darte cuenta?

Seraphine lo miró con una sonrisa de burla.

—Ventajas de ser yo. — le contesto, levantando y bajando las cejas con la misma rapidez.

Cuando salieron de la Perla Azul ya era tarde, la noche se mantenía tranquila. Demasiado tranquila.

Seraphine caminaba entre los tres Cerberos mientras las luces de las calles se reflejaban en los charcos.

Criticuls parecía distinto a esas horas, los comercios ya cerrados, las luces de los hogares en una tenue luz que salía a través de las ventanas, algún vecino fumando en su balcón, y mientras bajaba la mirada a las calles de más adelante, pudo ver a una pareja cruzando y más atrás una anciana regando las plantas del frente de su casa a pesar de que era pasada la medianoche.

Ella levanto una mano al pasar junto a la señora.

—Buenas noches, señora.

La mujer la reconoció, y sonriendo ampliamente deteniendo su accionar, se giró hacia el grupo.

—Buenas noches, niña. . . Cerberos.

Riven sonrió y Seraphine lo vio por el rabillo de ojo.

—No.— articuló firmemente sin dudarlo.

—No he dicho nada.

—Lo ibas a hacer.

—¿Qué?

—Lo de “niña”.

—Jamás. — moviendo sus manos frente a su pecho de un lado a otro, aún manteniendo su risa.

—Mentiroso.

—Tengo treinta años.

—Exactamente, y aún mientes sin dudarlo como un niño. — le sonrió con gracia

Siguieron su camino atravesando una calle más, a pocos metros de donde se encontraba el coche aparcado, sin previo aviso comenzaron a escuchar unos gritos lastimeros acompañado de unos golpes en seco.

Seraphine se detuvo, cerberos se puso en alerta, Eira se colocó en frente de ella flexionando las rodillas con su mano izquierda en su cintura baja y la derecha frente a su pecho en lateral, lista para atacar. Mientras Riven simplemente saco su hacha del maletero y en segundo ya estaba en el lado derecho de Seraphine, y Lucio estaba inclinado al otro extremo del coche, lentamente fue caminando hacia adelante.

Mientras más cerca se encontraba de un callejón sin salida, se fueron escuchando más golpes.

Plaft . . .

Crack . . .

Plaft . . .

Lucian se pegó a la pared al lado del callejón, asomando su cabeza mínimamente susurró.

—Eso no es normal.

—Qué observador —dijo Seraphine, rodando los ojos sobre si mismos.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Cortando la conversación, ella se lanzo a correr entrando al callejón, fijándose que, aunque había ruido y gritos de auxilio pidiendo ayuda, ninguno de los vecinos, ni el que se encontraba fumando en su balcón tranquilamente ni la vecina que se encontraba grabando la escena como si de un circo se tratase. Nadie fue lo suficiente valiente para salir a ayudar.

Solo dos jóvenes en un lateral del callejón, discutían sobre si llamar a la policía.

En el final de la calle...

Una chica estaba peleando por su vida, se defendía como podía, pero dos hombres mas robustos y fuertes la sujetaban de los brazos mientras un tercero un poco mayor arremetía contra el estómago y las costillas de la niña sin miramientos.

Seraphine la vio, sorprendida ya que tendría diecinueve años, aproximadamente.

Cabello despeinado, sangre en la ceja y en la comisura del labio le rodaba una fina pero abundante rastro de sangre carmesí.

Ropa deportiva, con complexión de alguien acostumbrado a entrenar.

No parecía derrotada, parecía furiosa, con su mirada feroz hacia sus mayores.

—Arrodíllate —ordenó el más alto.

—No. — soltó la niña escupiéndole la cara.

—Has perdido. — dijo otro con burla.

—No.

El segundo se lanzó y la chica se soltó del agarre de los otros dos fornidos hombres con agilidad, esquivo el gancho siguiente, deteniéndolo con su antebrazo ya morado.

Lanzo su derecha en un golpe firme y preciso.

El hombre cayó sobre su espalda, sangrando de la nariz a borbotones.

El otro que segundos antes se burlaba, se hallaba levantándose del empujón anterior, gruñendo.

—¡Eres una hembra! . . .

La palabra quedó suspendida en el aire.

Algo cambió en los ojos de la joven.

No con miedo más bien con rabia.

Seraphine sintió algo extraño, tocándose el pecho anonadada. El corazón le dio un vuelco, no sabiendo porque.

Como si alguien hubiese cerrado una mano alrededor de su corazón.

Miró a la chica.

Ella levantó la vista, y la vio, a unos metros de ellos se encontraba con tres personas detrás de ella en guardia y listos para intervenir.

El mundo pareció quedarse un poco más quieto, no podía escuchar nada, ni a Riven llamándola ni a los matones gritando el nombre de la chica.

Seraphine no conocía aquel rostro.

Nunca lo había visto. Y, sin embargo...

Algo dentro de ella susurró una palabra que no comprendía.

No era una voz, no exactamente. Era una certeza.

La joven también se quedó inmóvil. Como si las personas que la golpearon hubieran quedado suspendidas en el pasar del tiempo.

Sus ojos se abrieron ligeramente, ninguna apartaba la mirada.

—¿La conoces? —habló Riven, cuando Seraphine reaccionó.

—No.

—Entonces, ¿por qué la miras así?

Seraphine no respondió.

No sabía qué decir.

La joven recibió un golpe en el costado de improviso, provocando que se arqueara sobre sí y sangre saliera disparada de su boca, y le manchara el cuello antes de salpicar el suelo.

Seraphine reaccionó.

Avanzó rápidamente hacia ella, y los tres hombres se giraron al escuchar sus pisadas, gruñendo dijo el mayor.

—No te metas.

Seraphine aminoró el paso, no había prisa en sus pasos y aquello preocupó más a los tres hombres.

—¿Quieres que me meta...

Se detuvo delante de ellos, hablándole a la chica sin mirarla nuevamente.

Sus ojos rojos brillaron con su distinguida ferocidad bajo la luz de la única farola del callejón. .

—...o te dejo con vuestras maldades? —

El hombre dio un paso hacia ella, con el pecho inflado y las manos extendidas a sus laterales.

—Esto no es asunto tuyo.

Seraphine sonrió.

—¿Y si digo que si es asunto mío?. — se inclinó hacia el señor, sujetándole la barbilla.

El movimiento fue tan rápido que apenas tuvo tiempo de reaccionar, lanzándolo contra la pared del costado con una facilidad insultante.

La joven respiraba con dificultad.

Miró a Seraphine, sorprendida y a la vez confundida de su llegada.

—Me quieren matar.

La voz apenas salió, entrecortada y rasposa.

Seraphine se mantuvo esperando, vigilando que los otros dos no hicieran ningún movimiento.

La joven tragó saliva con dificultad.

—Y no sé por qué.

Seraphine le dedicó una mirada fugaz, y haciendo una seña con las manos hacia cerberos procedió a hablar.

— Llévenla a la base, que el médico la examine.

Durante un instante sintió aquella extraña familiaridad otra vez al observarla retirarse apoyada en Eira.

Algo antiguo, algo imposible de explicar, algo que no sabia que nombre llevaba. . . Todavía.

Seraphine sonrió lenta y espeluznantemente hacia aquellos dos señores que ya la esperaban en guardia.

—Entonces tendremos que averiguarlo.

Dio un paso hacia ellos, tronando sus dedos, con un pisotón se lanzo dos metros en el aire, sacando su espada extensible de su cintura, cayendo en picada.






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