EXPERIMENTO Z

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Sinopsis

En 2025, una vacuna experimental contra el cáncer provoca una catástrofe que convierte al mundo en un apocalipsis. Tres años después, Jake, un joven con habilidades extraordinarias, escapa de un laboratorio militar y encuentra refugio junto a Angello y otros sobrevivientes. Mientras el comandante Robert intenta capturarlo, Jake descubre que el virus fue creado deliberadamente para reiniciar la humanidad. Ahora, junto a Valeria, Angello, Jonathan y Marissa, deberá enfrentarse a los responsables del proyecto, incluyendo al doctor Carlos, padre de Valeria. Para Jake, sobrevivir ya no será suficiente: tendrá que decidir qué futuro merece la humanidad.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Guillermo
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

HISTORIA COMPLETA

03 de abril de 2025

La explanada frente a la Casa Blanca estaba repleta de cámaras, cables, micrófonos y reporteros de todo el mundo. Helicópteros sobrevolaban la zona mientras una multitud de periodistas hablaba al mismo tiempo, cada uno transmitiendo para su respectiva cadena. Pantallas gigantes mostraban el logo del proyecto médico que había capturado la atención global: un tratamiento experimental que prometía curar el cáncer.

Dentro del recinto, una sala blanca, amplia y perfectamente iluminada había sido acondicionada como área médica. Camillas alineadas, monitores cardíacos, sueros colgando y personal sanitario moviéndose con precisión. Sobre cada camilla, pacientes de distintas edades permanecían recostados, algunos nerviosos, otros visiblemente emocionados.

Una reportera de cabello oscuro, traje formal y micrófono en mano caminaba lentamente entre las camillas, mientras una cámara la seguía de cerca.

—Así es, compañeros —dijo con una sonrisa profesional—. Nos encontramos en este momento dentro de la Casa Blanca, donde hace apenas unos minutos comenzó lo que muchos ya llaman el mayor avance médico del siglo.

La reportera hizo una pausa breve, dejando que la cámara captara a los pacientes.

—Estas personas que ven detrás de mí son los primeros voluntarios en recibir la nueva vacuna contra el cáncer. Pacientes que han luchado durante años contra esta enfermedad y que hoy, por primera vez, tienen una verdadera razón para creer que todo puede cambiar.


La cámara se acercó a un hombre de unos cincuenta años. Un médico revisaba su pulso mientras otro ajustaba el monitor.

—Señor, ¿cómo se siente en este momento? —preguntó la reportera con voz suave.

El hombre respiró hondo antes de responder.

—La verdad… nervioso —admitió—, pero también esperanzado. Me dijeron que este tratamiento podría salvarme la vida, y cuando llevas tanto tiempo escuchando malas noticias, escuchar algo así… te devuelve las ganas de seguir luchando.

La reportera asintió con empatía.

—Muchas gracias por compartirlo. Le deseamos lo mejor.

Avanzó unos pasos más.

—Mi nombre es Karla Martínez y estamos transmitiendo en vivo para todo el país. Hoy no solo se prueba una vacuna, hoy se prueba el futuro de millones de personas.

En otra camilla, una mujer joven sostenía la mano de una doctora.

—Todo va a estar bien —le decía la médica—. El procedimiento es rápido y estaremos monitoreando cada reacción.

—Confío en ustedes —respondió la paciente—. Si esto funciona… nadie más tendrá que pasar por lo que yo pasé.

Karla observó la escena con evidente emoción.

—Como pueden ver, el ambiente aquí es de nervios, sí, pero también de ilusión.

Científicos, médicos y pacientes comparten un mismo sentimiento: la esperanza de que hoy marque un antes y un después en la historia de la medicina.

La cámara se abrió un poco más y enfocó a un grupo de científicos conversando cerca de una mesa llena de documentos y tabletas.

—Y precisamente hablando de ciencia —continuó Karla—, me acompaña uno de los responsables principales de este proyecto revolucionario.


Karla giró hacia un hombre de bata blanca, lentes y expresión segura.

—Doctor Carlos, gracias por acompañarnos. Millones de personas están viendo esta transmisión. ¿Qué puede decirnos sobre este tratamiento?

El doctor Carlos acomodó ligeramente su bata y miró a la cámara.

—Gracias a ustedes por estar aquí —respondió con voz firme—. Este proyecto es el resultado de muchos años de investigación, pruebas y colaboración entre distintos equipos científicos. No es solo una vacuna, es una nueva forma de enseñarle al cuerpo a luchar contra el cáncer desde su raíz.

Karla asintió.

—¿Confía en los resultados que se han obtenido hasta ahora?

—Absolutamente —respondió Carlos—. Los estudios previos han mostrado una respuesta positiva muy alentadora. Sabemos que aún estamos en una etapa crucial, pero creemos sinceramente que estamos frente a algo que puede cambiar la vida de millones de personas en todo el mundo.

—¿Qué significaría para usted que esto funcione? —preguntó Karla.

Carlos hizo una breve pausa.

—Significaría que todo el esfuerzo, cada desvelo, cada sacrificio… valió la pena. Nadie debería perder a un ser querido por una enfermedad que hoy, finalmente, podemos enfrentar.

De pronto, el teléfono del doctor vibró en el bolsillo de su bata. Carlos frunció ligeramente el ceño al ver la pantalla.

—Discúlpenme un momento —dijo—. Necesito atender esto.

Se alejó de la sala mientras respondía la llamada, perdiéndose por un pasillo lateral.

Karla volvió a mirar a la cámara, manteniendo su sonrisa.

—Ahí lo tienen. Un paso gigante para la ciencia, un día histórico que el mundo entero está presenciando en tiempo real.


La reportera observó nuevamente a los pacientes, a los médicos preparando las jeringas, a los científicos revisando datos en silencio.

—Si todo sale como se espera, hoy será recordado como el día en que la humanidad comenzó a ganar una de sus batallas más difíciles.

La cámara se quedó fija en el rostro de Karla, iluminado por las luces del estudio.

Todo seguía desarrollándose con aparente normalidad.

Los doctores comenzaron a preparar las jeringas mientras revisaban por última vez los monitores. Uno a uno, se acercaban a las camillas donde los pacientes aguardaban con nervios visibles, algunos tomándose de las manos, otros cerrando los ojos.

—Respire profundo —dijo un doctor con voz calmada—. Esto solo tomará unos segundos.

Las agujas penetraron la piel y el líquido transparente fue inyectado lentamente. Las cámaras captaban cada movimiento, cada gesto, cada respiración contenida.

Karla caminaba con cuidado entre las camillas, hablando directamente a la cámara.

—Como pueden ver, el proceso de vacunación ya ha comenzado. Los doctores están aplicando la vacuna a todos los pacientes bajo estrictos protocolos de seguridad y monitoreo constante. En estos momentos, millones de personas están presenciando lo que podría convertirse en uno de los mayores avances médicos de la historia moderna.

Las inyecciones continuaron. Minutos después, el último paciente fue vacunado.

Un silencio expectante se apoderó de la sala… hasta que alguien comenzó a aplaudir.

Luego otro.

Y otro más.

Pronto, toda la sala estalló en aplausos. Doctores, enfermeras, asistentes y pacientes compartían sonrisas, algunos con lágrimas en los ojos.

—Gracias —decía el doctor Owen—. Gracias por confiar.

—Esto va a cambiarlo todo —respondía otro.

Karla sonreía con evidente emoción.

—Acaban de ver el momento exacto en el que la ciencia dio un paso gigantesco hacia el futuro. Los pacientes ya han recibido la vacuna y ahora solo queda esperar los resultados iniciales.

La cámara se detuvo en una joven de unos quince años, recostada en su camilla. Sonreía ampliamente, mirando al techo, respirando con tranquilidad.

—Ella es una de las pacientes más jóvenes del grupo —comentó Karla—. Y como pueden ver, luce tranquila, incluso feliz. Una imagen que sin duda quedará grabada en la memoria colectiva.

De pronto, la sonrisa de la joven se tensó.

Llevó una mano a su boca.

Y vomitó…

El aplauso se detuvo en seco.

—¿Está bien? —preguntó una enfermera acercándose rápidamente.

—Tranquila, tranquila —dijo el doctor Owen—. Puede ser una reacción normal.

La joven volvió a vomitar, esta vez con más fuerza.

—Necesito una cubeta —ordenó una doctora—. Revisa sus signos vitales.

Los demás pacientes parecían estar bien. Algunos miraban con preocupación, otros seguían tranquilos.

—Al parecer una de las pacientes está presentando una reacción adversa —dijo Karla, con un tono aún controlado—. Los doctores ya se encuentran atendiéndola. Es importante recordar que estamos ante un tratamiento experimental y que este tipo de situaciones pueden ocurrir.

Un doctor Owen miró alrededor, inquieto.

—¿Dónde está el doctor Carlos? —preguntó—. Necesito que venga ahora.

—No lo hemos visto desde hace unos minutos —respondió una asistente—. Salió a contestar una llamada.

La joven comenzó a temblar.

—Está convulsionando —dijo una enfermera—. ¡Sujétenla!

Su cuerpo se arqueó violentamente sobre la camilla. Los monitores comenzaron a emitir pitidos irregulares.

—Estamos viendo una situación inesperada —continuó Karla, aunque su voz ya no era tan segura—. Los médicos intentan estabilizar a la paciente. Aún no está claro si se trata de una falla aislada o de una reacción secundaria a la vacuna.

De pronto, otro paciente vomitó.

Luego otro más.

—Doctor… —dijo una enfermera con la voz temblorosa—. Los demás también están presentando síntomas.

Algunos comenzaron a convulsionar, otros se retorcían de dolor.

—¿Qué está pasando? —preguntó alguien en voz alta.

—Revisen los monitores —ordenó un médico—. ¡Ahora!

Karla miraba a su alrededor, visiblemente confundida.

—No… no entendemos qué está ocurriendo en este momento —dijo a cámara—. Los pacientes están presentando reacciones simultáneas. Los doctores intentan determinar si se trata de una respuesta extrema al tratamiento.

De pronto, el monitor de la joven emitió un pitido continuo.

—No tiene pulso —dijo una doctora—.

—¿Qué? No… —respondió otro—. Verifica de nuevo.

—Signos vitales en cero —confirmó ella.

La sala quedó en silencio.

—Al parecer… —tragó saliva Karla— La paciente ha fallecido…

Los doctores quedaron paralizados. Algunos pacientes seguían convulsionando, otros gritaban.

—Esto no tiene sentido —dijo el doctor Owen—. Esto no puede estar pasando.

De pronto… La joven se incorporó.

Un hilo de sangre bajaba por su nariz. Sus ojos estaban abiertos, vacíos.

—Eso es imposible… —susurró alguien—. Ella estaba muerta.

La joven giró la cabeza bruscamente y se lanzó sobre el doctor Owen.

—¡Cuidado! —gritó una enfermera.

Le mordió la mano con fuerza. El doctor gritó de dolor mientras otros intentaban separarla.

—¡Aléjenla! ¡Aléjenla! —gritaban.

Pero ya era tarde.

Los demás pacientes comenzaron a levantarse.

Algunos se arrojaban contra doctores, otros mordían a asistentes, incluso a los policías que custodiaban la sala.

Gritos. Sangre. Caos.

—No… no entiendo qué les está pasando —decía Karla, completamente alterada—. Esto no parece una reacción normal. Repito, no entendemos qué está ocurriendo.

De pronto, uno de los reporteros cayó al suelo, atacado por uno de los pacientes. Segundos después, se levantó y se lanzó directamente contra Karla.

La cámara cayó al suelo mientras el camarógrafo gritaba.

La transmisión siguió… hasta que todo se volvió negro.

El foro de noticias estaba en silencio.

Las luces del estudio permanecían encendidas, pero el ambiente ya no tenía la energía de minutos antes. Los conductores miraban sus pantallas, recibían indicaciones por los audífonos y respiraban con dificultad.

—Hemos perdido comunicación con nuestra reportera Karla Martínez —dijo uno de ellos, con el ceño fruncido—. Nuestros equipos técnicos no han logrado restablecer la señal desde la Casa Blanca.

La cámara se centró en su rostro.

—En este momento no podemos confirmar exactamente qué está ocurriendo. Las imágenes que acabamos de presenciar son confusas y preocupantes.

Otra reportera tomó la palabra.

—Por seguridad, y hasta que tengamos información oficial, pedimos a la población que permanezca en sus hogares. Eviten salir, mantengan puertas y ventanas cerradas y sigan únicamente fuentes oficiales de información.

El silencio volvió a dominar el estudio.

—Repetimos —añadió el conductor—. No sabemos qué está pasando. Les pedimos calma.

La transmisión se cortó.

Tres años después.

Las grandes ciudades ya no existían como antes.

Rascacielos derrumbados, avenidas partidas en dos, autos oxidados cubiertos por plantas que crecían sin control. La naturaleza había reclamado lo que el hombre abandonó. En algunos lugares, la arena se había tragado barrios enteros, formando desiertos donde antes hubo vida.

Entre montañas, lejos de las rutas principales, se alzaba un pueblo casi olvidado: Villa Verde.

Sus calles estaban cubiertas de arena y polvo. Las casas permanecían vacías, con ventanas rotas y puertas abiertas que se mecían con el viento. Señales oxidadas crujían en silencio.

A lo lejos al norte, entre las montañas, un enorme muro de concreto se extendía como una cicatriz en la tierra. Puertas metálicas reforzadas bloqueaban el acceso. Desde afuera, parecía una fortaleza abandonada.

Pero dentro… todo estaba intacto.

Un laboratorio perfectamente iluminado, con pasillos limpios y maquinaria funcionando como si el mundo nunca se hubiera acabado.

En los ductos de ventilación, un joven avanzaba con cuidado. Se arrastraba lentamente, cargando una mochila ajustada a la espalda. Dos katanas cruzaban su cuerpo, sujetas con firmeza.

Su respiración era controlada. Cada movimiento, calculado.

Finalmente, llegó a una rejilla. Debajo, una puerta de salida.

Con cuidado, empujó la rejilla y descendió sin hacer ruido. Miró a su alrededor, asegurándose de que no hubiera nadie. Caminó despacio hasta la puerta metálica.

Del bolsillo de su pantalón sacó un gafete de identificación. Estiró la mano hacia el lector.

—¿A dónde crees que vas, Jake?

La voz resonó detrás de él.

Jake se giró lentamente.

Frente a él estaba un hombre de unos cincuenta años, uniforme impecable, postura rígida. Su mirada era fría, calculadora. Un comandante.

—Lejos de ustedes —respondió Jake con voz firme.

El comandante dio un paso al frente.

—No puedes irte. Nos perteneces. Todo lo que eres, todo lo que puedes hacer, es gracias a nosotros.

Jake apretó los dientes.

—No —dijo—. Estoy harto. Me prometieron que estas habilidades eran para combatir a los infectados, para intentar salvar lo que queda de la humanidad. Pero lo único que hacen es proteger a los que tienen dinero, a los que siempre estuvieron a salvo. Nunca les importaron los verdaderamente vulnerables.

El comandante soltó una risa seca.

—La humanidad ya eligió —respondió con calma—. Los fuertes sobreviven. Los débiles sirven… o desaparecen. Así ha sido siempre, solo que ahora es más evidente.

Jake dio un paso al frente, furioso.

—Cállate —dijo—. No tienes idea de lo que hablas. No soy su arma, no soy su experimento. Me voy, y no voy a volver.

El comandante lo observó unos segundos en silencio.

—No vas a ningún lado —dijo finalmente.

Levantó su arma.

El sonido metálico resonó en el pasillo.

Jake se quedó inmóvil.

El aire se volvió pesado.

Jake miraba fijamente al comandante.

Su respiración era tranquila, controlada, muy distinta a la tensión que llenaba el pasillo. Lentamente, volvió a meter la mano en el bolsillo y guardo el gafete.

—¿De verdad crees que con eso vas a detenerme? —dijo Jake, rompiendo el silencio—. Tú mejor que nadie sabe lo que me hicieron. Me dieron habilidades que ustedes mismos no pueden controlar. Si hubiera querido matarte, ya estarías muerto.

El comandante no bajó el arma.

—No te equivoques —respondió con voz fría—. No eres más que un recurso. Uno muy costoso. Y no voy a permitir que se pierda.

Jake dio un paso al frente.

—Baja esa arma, Robert —dijo—. No quiero hacerte daño.

El comandante apretó los labios.

—Haré lo que sea necesario —respondió—. Pero no voy a dejar que salgas de este laboratorio.

Disparó.

Jake se movió antes de que el sonido del disparo terminara de resonar. La bala pasó a centímetros de su rostro. En un instante, se lanzó hacia adelante con una velocidad que parecía antinatural.

Robert reaccionó por puro instinto, logrando esquivarlo por muy poco.

—Maldita sea… —murmuró.

Retrocedió rápidamente y sacó una segunda arma. Comenzó a disparar con ambas pistolas, llenando el pasillo de estruendos.

Jake esquivaba cada disparo con precisión absoluta, como si pudiera anticipar el recorrido de las balas antes de que fueran disparadas. Giraba, se agachaba, avanzaba.

En un movimiento rápido, lanzó una patada directa a las manos del comandante. Las armas salieron volando y cayeron al suelo con un sonido metálico.

Robert no tuvo tiempo de reaccionar.

Jake se lanzó contra él y ambos chocaron con fuerza. Comenzaron a luchar cuerpo a cuerpo. Golpes, bloqueos, empujones. Robert era fuerte y entrenado, pero Jake siempre parecía ir un paso adelante.

—¡Deja de resistirte! —gritó Robert mientras intentaba golpearlo.

Jake bloqueó el ataque, giró sobre sí mismo y lanzó una patada que impactó de lleno en el pecho del comandante.

Robert cayó al suelo con fuerza.

Jake se colocó frente a él, respirando con calma.

—No te levantes —dijo—. Esto no tiene que terminar peor.

Robert permaneció en el suelo, riendo con dificultad.

—Mátame —escupió—. Porque si te escapas… te voy a cazar como a un animal. No voy a descansar. Voy a ir tras de ti, tras cualquiera que te proteja. Los voy a destruir a todos.

Jake lo miró en silencio. Sus ojos no mostraban rabia. Solo decisión.

Sacó una de sus katanas lentamente. La hoja brilló bajo las luces del pasillo.

Ambos se miraron fijamente durante unos segundos que parecieron eternos.

Entonces Jake levantó la katana… y con un movimiento rápido golpeó al comandante con la empuñadura.

Robert cayó inconsciente.

Jake guardó el arma y se dirigió a la puerta. Sacó nuevamente el gafete y lo pasó por el lector.

En ese instante, miró fijamente la identificación.

Doctor Carlos.

La puerta se abrió.

Jake dio un paso adelante, pero se detuvo al escuchar pasos apresurados detrás de él. Giró la cabeza.

Por los pasillos venían varios militares armados, avanzando rápidamente.

Jake miró el gafete una última vez… y lo dejó caer al suelo.

Salió corriendo.

Al salir, el aire libre lo golpeó de lleno. El sol, el polvo, el silencio del exterior.

Los militares lo siguieron, pero Jake tenía ventaja. Corría con una velocidad imposible de igualar.

Ninguno disparó. Sabían lo que Jake representaba. Sabían que si lo mataban, sus propias vidas no valdrían nada.

Jake vio el muro de concreto frente a él y sin detenerse, tomó impulso y saltó.

Su cuerpo se elevó con facilidad, superando el muro sin esfuerzo alguno.

Los militares se detuvieron, observándolo con asombro y miedo.

Jake aterrizó del otro lado del muro, no miró atrás.

Corrió hacia el sur, hacía el pueblo abandonado de Villa Verde.

Jake tardó quince minutos en llegar al pueblo de Villa Verde.

A cada paso, el polvo se levantaba bajo sus botas. Las calles estaban cubiertas de arena, como si el desierto hubiera reclamado el lugar. Las casas permanecían en pie, pero vacías, silenciosas. No había autos en movimiento, ni voces, ni señales de vida.

Jake avanzaba con cautela, observando cada esquina, cada ventana rota.

—Demasiado tranquilo —murmuró.

No había rastros recientes de personas. Tampoco se escuchaban gruñidos ni pasos arrastrados. El pueblo parecía detenido en el tiempo.

Caminó entre las casas, cruzó una pequeña plaza cubierta de maleza y continuó hacia el sur, manteniendo siempre la mano cerca de sus armas.

De pronto, una puerta se abrió de golpe.

De una casa salió un infectado. Su cuerpo se movía con torpeza, la piel pálida y dañada. Avanzaba lentamente, arrastrando los pies.

Jake lo observó un segundo.

—Un errante —dijo para sí mismo—. No es problema para mí.

Sacó una de sus katanas con un movimiento fluido. En un solo golpe, limpio y preciso, le arrancó la cabeza. El cuerpo cayó al suelo sin vida.

Jake no se detuvo.

Guardó el arma y siguió caminando, manteniendo el rumbo hacia el sur.

Entonces, un sonido interrumpió el silencio. Un radio militar comenzó a emitir estática dentro de su mochila.

Jake se detuvo. Se quitó la mochila de los hombros y la colocó en el suelo. Abrió uno de los compartimentos y sacó el radio.

La estática se aclaró poco a poco… hasta que una voz se escuchó con claridad.

—Aquí habla Angello —decía la voz—. Si alguien me está escuchando, repito, aquí habla Angello.

Jake subió el volumen.

—Nos encontramos en un refugio seguro, ubicado al sur, entre las montañas. Somos alrededor de doscientas personas y seguimos recibiendo sobrevivientes.

La voz sonaba firme, tranquila.

—Cualquiera puede venir, siempre y cuando no esté infectado. Todos son revisados al llegar. Si pasan la verificación, pueden quedarse con nosotros. Aquí nos cuidamos entre todos.

Hubo una breve pausa.

—No aceptamos militares —continuó Angello—. Lo que queda de este mundo no necesita más órdenes ni más armas apuntando a inocentes.

Jake escuchaba atento.

—A los que siguen luchando allá afuera, no pierdan la esperanza. La humanidad todavía no está perdida. Mientras sigamos cuidándonos unos a otros, todavía hay algo por lo que vale la pena sobrevivir.

La transmisión terminó. El silencio volvió a cubrir el pueblo.

Jake bajó el radio lentamente y lo sostuvo entre sus manos unos segundos. Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Así que aún quedan personas… —murmuró—. Y aún saben cuidarse.

Se colocó de nuevo la mochila y miró hacía el sur, hacía las montañas.

Sin dudarlo, comenzó a caminar en esa dirección.

Jake estaba a pocos kilómetros del refugio.

Podía haber seguido el camino principal, pero no lo hizo. Se desvió hacia la izquierda, alejándose de cualquier acceso visible. Avanzó hacia las montañas y comenzó a escalar con movimientos ágiles y silenciosos.

Pronto se perdió entre las rocas, desapareciendo de la vista de cualquiera que pudiera estar vigilando.

El refugio estaba oculto entre las montañas.

Altos muros de concreto y metal lo rodeaban por completo. Enormes puertas metálicas reforzadas protegían la entrada principal. Desde fuera, parecía una fortaleza aislada. Desde dentro, era lo más parecido a un hogar que quedaba en ese mundo.

Había varias cabañas construidas de manera ordenada, un comedor comunitario y una pequeña bodega donde se almacenaban las provisiones. Personas caminaban de un lado a otro, algunas cargando cajas, otras conversando en voz baja.

Angello caminaba por el refugio con tranquilidad. Su cabello rubio contrastaba con el polvo del lugar, y sus ojos verdes observaban atentos a todo lo que ocurría. Se acercó a tres jóvenes que acababan de llegar esa misma mañana.

—Bienvenidos —les dijo—. Sé que llegar hasta aquí no fue fácil, pero ya están a salvo. Mientras sigan las reglas y colaboren con el refugio, este lugar también será su casa.

Los tres asintieron, visiblemente aliviados.

—Gracias —dijo uno de ellos—. Pensamos que no lo lograríamos.

Angello sonrió.

—Lo lograron. Eso es lo que importa.

Continuó caminando hasta encontrarse con Valeria. Era una chica rubia, de ojos verdes, con una expresión firme y segura. Angello la saludó con un gesto.

—¿Cómo están los nuevos? —preguntó.

—Se llaman Abraham, Alessa y Saul —respondió Valeria—. Ya los revisamos por completo. No presentan mordeduras ni síntomas de infección. Están en buenas condiciones, así que se quedarán con nosotros.

Angello asintió, satisfecho.

—Eso es bueno —dijo—. Que sigamos creciendo significa que aún hay esperanza.

Valeria sonrió ligeramente.

—Eso intento recordar todos los días.

Antes de que pudieran decir algo más, una mujer mayor se acercó a ellos. Su cabello canoso y su caminar pausado no ocultaban la seriedad de su expresión. Era Stella.

—Valeria —dijo—. Estuve revisando la bodega. Las provisiones se están acabando. Si seguimos así, solo nos queda comida para tres días más.

Angello frunció el ceño.

—Eso no suena nada bien —dijo—. No podemos quedarnos de brazos cruzados.

Valeria suspiró.

—Lo sé. Tendremos que hacer algo pronto.

Angello levantó la mirada, decidido.

—Mañana saldremos al pueblo a buscar recursos —dijo—. Comida, agua, lo que encontremos. No podemos permitir que esto se nos salga de las manos.

Stella asintió lentamente.

—Gracias —dijo—. Avisaré a los demás para que estén preparados.

La mujer se alejó, dejando a Angello y Valeria en silencio por un momento.

La noche había caído por completo sobre el refugio.

El silencio dominaba el lugar. La mayoría de los sobrevivientes dormían en sus cabañas, agotados tras un día más de resistencia. Solo unos pocos permanecían despiertos, cumpliendo con el turno nocturno, vigilando desde las torres y recorriendo lentamente los muros para evitar cualquier ataque sorpresa.

Entre las sombras, algo se movió.

Una figura avanzaba con extrema cautela, pegándose a las paredes, evitando las zonas iluminadas. Cada paso era medido, cada respiración controlada.

La sombra llegó hasta la bodega.

La puerta se abrió apenas lo suficiente para que pudiera entrar. Una vez dentro, la cerró con cuidado, asegurándose de no hacer ruido. Entonces, se quitó la capucha que cubría su rostro, nadie parecía haberlo notado.

Era Jake.

Observó el interior de la bodega durante unos segundos. Cajas, estantes, sacos de provisiones.

Sacó unas sábanas de su mochila y se acomodó en una esquina, lo suficientemente oculta como para no ser visto si alguien entraba. Se recostó contra la pared, cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, permitió que el cansancio lo venciera.

Se quedó dormido.

A la mañana siguiente, el sol comenzaba a iluminar el refugio.

Todos comenzaron dar paso a la rutina diaria.

Jake seguía profundamente dormido, ajeno a todo, la puerta de la bodega se abrió con cuidado.

Angello entró, cargando una libreta. Caminaba tranquilo, revisando las cajas mientras murmuraba para sí mismo.

—A ver cuánto queda… —dijo en voz baja—. Esto debería alcanzar para hoy… esto no… De pronto, un sonido rompió el silencio.

La radio de Jake comenzó a emitir estática.

Jake abrió los ojos de golpe.

Se incorporó de inmediato y, en un solo movimiento, sacó sus dos katanas, adoptando una postura defensiva.

Angello se giró sorprendido, levantando las manos instintivamente.

—Espera —dijo con calma—. Tranquilo. No vine a pelear.

Ambos se miraron fijamente. Los ojos azules de Jake se encontraron con los ojos verdes de Angello. El silencio se volvió tenso, cargado de desconfianza.

—¿Quién eres? —preguntó Angello—. ¿Y cómo entraste aquí?

Jake respiró hondo y bajó ligeramente las armas.

—Perdón por meterme sin avisar —dijo—. No tenía a dónde ir. No quería causar problemas.

Angello mantuvo la distancia, pero su tono no era agresivo.

—Dijimos que cualquiera podía venir… pero no entrar a escondidas —respondió—. Dime quién eres.

—Me llamo Jake.

Angello asintió lentamente.

—Yo soy Angello —dijo—. Y ya habrás escuchado la transmisión. Aquí todos son bienvenidos… excepto los militares.

Jake negó con la cabeza.

—No soy militar.

Angello lo observó con atención, como tratando de leerlo.

—No entiendo por qué… pero voy a confiar en ti —dijo finalmente—. Aunque antes necesito hacerte unas preguntas. ¿Cuántos años tienes?

—Veintidós.

—Yo tengo veintiuno —respondió Angello—. Y hay algo más que debemos hacer.

Jake inclinó la cabeza, atento.

—Todos los que llegan deben ser revisados —continuó Angello—. Tenemos que asegurarnos de que no estén contagiados. Es por seguridad de todos. Si quieres quedarte aquí, necesito revisar que no seas una amenaza.

Jake no dudó.

—Está bien —dijo—. Dime qué tengo que hacer.

Angello pareció titubear un segundo.

—Bueno… —dijo, algo incómodo—. Tendrías que desnudarte. Es la única forma de revisar bien si no tienes mordidas o heridas ocultas.

Jake lo miró un momento… y luego comenzó a quitarse la ropa sin decir nada.

Angello se quedó sorprendido.

—¿En serio no te da pena desnudarte así de fácil? —preguntó.

—No —respondió Jake con total tranquilidad—. No veo el problema.

Angello soltó una pequeña risa nerviosa.

—Supongo que tienes razón —dijo—. Está bien… empecemos.

Se acercó con cuidado para revisarlo.

Minutos después

Angello terminó la revisión con cuidado y dio un pequeño paso atrás, dejando claro que había concluido. Jake tomó su ropa del suelo y comenzó a vestirse en silencio, con movimientos tranquilos y precisos, como si estuviera acostumbrado a hacerlo todo rápido y sin llamar la atención.

—Listo —dijo Angello finalmente, con un tono serio pero calmado—. No tienes ninguna mordida, ni heridas sospechosas, ni señales de infección. Estás limpio. Puedes quedarte en el refugio.

Jake levantó la mirada hacia él mientras ajustaba su chaqueta.

—Gracias —respondió—. No causaré problemas, te lo prometo. Solo necesito un lugar donde pasar el tiempo… y seguir adelante.

Angello asintió despacio y luego señaló hacia la salida de la bodega.

—Aún queda espacio en una de las cabañas —explicó—. No es lujosa, pero es segura. Toma tus cosas y vamos, te mostraré el lugar.

Jake negó con la cabeza casi de inmediato.

—No —dijo con firmeza—. Prefiero quedarme aquí, en la bodega. No necesito mucho espacio.

Angello frunció ligeramente el ceño, sorprendido.

—No puede ser así —respondió—. Tienes que conocer a los demás. Además, la dueña del refugio es también mi amiga, y ella tiene la última palabra. Si no te acepta, no importa lo que yo diga.

—No quiero conocer a nadie —contestó Jake, evitando mirarlo directamente—. Me quedaré aquí y no estorbaré.

Angello suspiró, cruzándose de brazos.

—Jake, escúchame —dijo con más seriedad—. Si te quedas escondido, tarde o temprano te van a descubrir. Y cuando se enteren de que entraste por tu cuenta, sin avisar, va a ser mucho peor. No van a confiar en ti.

Jake guardó silencio, pero Angello continuó.

—Les diré que yo fui quien te encontró —añadió—. Yo te dejé pasar. Déjame ayudarte antes de que esto se complique más.

—No —repitió Jake, con voz baja pero firme—. Aquí estaré bien.

Angello lo observó durante unos segundos, tratando de entenderlo. Aquella negativa constante le resultaba extraña.

—Es raro —admitió—. Cualquiera en tu lugar estaría feliz de salir de aquí, de tener una cama y gente alrededor. ¿Por qué no quieres?

Jake no respondió. Solo bajó la mirada.

Angello no insistió más, pero la duda quedó flotando en el ambiente.

En el laboratorio el comandante Robert se encontraba en una video llamada con su jefe.

—No quiero excusas —dijo la voz del hombre, fría y autoritaria—. Encuentren el Proyecto ARES. Tráiganlo de vuelta.

Robert apretó los dientes.

—Estamos haciendo todo lo posible —respondió—. El rastro es débil, pero lo encontraremos.

—Más les vale —continuó la voz—. Y escúchame bien: lo quiero con vida. Es demasiado costoso como para perderlo. No fue creado para desaparecer.

—Entendido —contestó Robert, sin levantar la voz—. Volverá.

La pantalla se apagó y la videollamada terminó. Robert se quedó inmóvil unos segundos, respirando con dificultad, hasta que tomó un vaso de vidrio de la mesa y lo lanzó con fuerza contra la pared. El sonido del cristal rompiéndose resonó en el laboratorio.

—Maldita sea… —murmuró.

Luego se giró hacia los soldados y científicos que se encontraban cerca.

—Prepárense todos —ordenó con voz dura—. Vamos a buscar a Jake. Cueste lo que cueste.

En el refugio

Angello se quedó unos segundos en silencio, observando a Jake dentro de la bodega. Sabía que no iba a convencerlo; había algo en su mirada que dejaba claro que su decisión ya estaba tomada. Suspiró con suavidad y finalmente habló.

—Está bien —dijo con tono serio—. Si de verdad quieres quedarte aquí, haré algo para que no tengas problemas.

Jake levantó la vista, atento.

—Voy a cerrar la bodega con llave —continuó Angello—. Así nadie va a entrar, nadie va a hacer preguntas y estarás más tranquilo.

Jake asintió lentamente.

—Me parece bien —respondió—. No quiero llamar la atención.

—Te traeré comida cada noche —añadió Angello—. O, si lo prefieres, puedes tomar un poco de lo que está enlatado aquí, pero con cuidado. No sobra mucho.

Jake negó con la cabeza.

—No hace falta —dijo—. Traigo comida en mi mochila. Me alcanza para unos días.

Angello lo miró con una mezcla de alivio y preocupación.

—De acuerdo —respondió—. Pero si necesitas algo, golpea la puerta. Estaré atento.

Sin decir nada más, Angello salió de la bodega y cerró la puerta desde afuera, colocando la cerradura con cuidado. Se quedó un segundo mirando el candado, como si dudara, pero luego se dio la vuelta.

En ese momento, Valeria se acercó con el ceño ligeramente fruncido.

—Oye —dijo—, ¿por qué estás cerrando la bodega con llave? Nunca hacemos eso.

Angello se tensó un poco, pero reaccionó rápido.

—Es por seguridad —respondió—. No queda mucha comida y, aunque salgamos hoy, no sé si encontraremos suficientes recursos. Prefiero que nadie entre ahí y tome cosas sin control, por si la situación empeora.

Valeria lo observó unos segundos y luego asintió.

—Tiene sentido —dijo—. Elegiste bien. Me alegra haber tomado la decisión de hacerte mi segundo al mando. Piensas en el refugio antes que en todo.

Angello forzó una sonrisa.

—Gracias, Valeria —respondió.

Ella se alejó para continuar con sus tareas. Angello se quedó mirando al suelo un instante, sintiéndose mal por haberle mentido, pero sabía que no tenía otra opción. Luego levantó la vista y caminó hacia una de las torres de vigilancia.

—¡Jonathan! —gritó—. ¿Vendrás conmigo?

Desde lo alto, Jonathan miró hacia abajo y respondió:

—Claro que sí. Dime cuándo salimos y estoy listo.

Jonathan bajó de la torre y se acercó a él.

—No te preocupes —añadió—. Todo saldrá bien.

Más tarde

Angello ya se encontraba reunido con el equipo de exploración. A su lado estaban Jonathan, Valeria, Steve, Marissa y Brenda. Todos cargaban mochilas y armas, listos para salir.

Se colocaron frente a la enorme puerta de metal del refugio. Desde una de las torres, Don Albert les gritó:

—¡Todo despejado! No hay zombies afuera. Pueden salir sin problema.

Valeria se acercó al panel y presionó el botón. La puerta comenzó a abrirse lentamente, soltando un sonido metálico grave. Cuando el espacio fue suficiente, el equipo empezó a salir uno por uno.

Desde el interior del refugio, varias personas los observaban en silencio. Algunos les deseaban suerte en voz baja. Entre ellos, una niña y un niño de unos diez años levantaron la voz.

—¡Vuelvan a salvo! —gritaron casi al mismo tiempo.

Valeria se giró un segundo y les sonrió con tranquilidad, levantando la mano en señal de despedida.

Villa Verde

Angello y los demás ya se encontraban dentro del pueblo de Villa Verde. En el lugar se sentía un silencio pesado que hacía que cada paso se sintiera más fuerte de lo normal. Avanzaban con cuidado, entrando a las casas una por una, revisando cajones, alacenas y habitaciones.

—Recuerden —dijo Valeria en voz baja—, comida enlatada, agua, medicamentos… lo que sea útil. Y no bajen la guardia.

—Entendido —respondió Steve mientras empujaba lentamente la puerta de una casa.

Marissa se había separado un poco del grupo y revisaba una casa cercana. Caminaba despacio, con el arma firme entre las manos, mirando cada rincón. De pronto, en la sala vio a una niña de espaldas, quieta, con la cabeza ligeramente inclinada.

—Oye… —dijo Marissa con cautela—. ¿Estás bien? No tengas miedo, estamos aquí para ayudarte.

La niña no respondió. Lentamente, comenzó a girar la cabeza. Cuando se dio la vuelta, Marissa pudo ver su rostro pálido, los ojos blancos y la boca manchada de sangre.

—No… —susurró Marissa, llevándose el arma al pecho.

Disparó sin pensarlo. El balazo impactó en el pecho de la niña, pero esta no cayó. Al contrario, soltó un gruñido y se lanzó con rapidez contra Marissa.

—¡No, no, no! —gritó ella retrocediendo.

La niña zombie estuvo a punto de morderla cuando un disparo seco resonó en la habitación. La cabeza de la zombie explotó y su cuerpo cayó al suelo sin vida. Jonathan apareció detrás, con el arma aún levantada.

—Apunta a la cabeza —dijo con voz firme—. Siempre a la cabeza.

Marissa se quedó temblando, respirando con dificultad.

—Yo… yo estuve a nada de… —dijo con la voz quebrada—. Pensé que era una niña normal.

Jonathan bajó el arma.

—Lo sé —respondió—. Pero no podemos confiarnos. Ya no hay reglas aquí.

Los demás entraron corriendo a la casa.

—¿Marissa, estás bien? —preguntó Angello, preocupado.

—Sí… sí —respondió ella—. Gracias a Jonathan sigo viva.

Marissa lo miró.

—Gracias… de verdad.

—No es nada —dijo Jonathan—. Solo prométeme que la próxima vez no te acercarás sola.

Algunos sonrieron con nerviosismo, tratando de relajarse un poco tras el susto.

De repente, un grito desgarrador rompió el momento.

—¡AAAAH!

Todos voltearon. Un zombie se había lanzado contra Steve, tirándolo al suelo. Antes de que pudieran reaccionar, la criatura comenzó a devorarle el rostro. Steve gritaba desesperado mientras la sangre salpicaba el piso.

—¡No! ¡Dispárenle! —gritó Valeria.

Todos comenzaron a disparar. Finalmente, el zombie cayó muerto, pero ya era demasiado tarde. Steve dejó de moverse.

Marissa se llevó la mano a la boca.

—Dios… no…

En ese instante, varios gruñidos comenzaron a escucharse desde afuera.

—No estamos solos —dijo Angello con el rostro tenso—. Escuchen eso.

Por las ventanas comenzaron a verse figuras corriendo hacia la casa.

—¡Son muchos! —gritó Brenda—. ¡Tenemos que irnos ya!

—¡Por atrás! —ordenó Valeria—. ¡Corran!

Salieron por la puerta trasera y comenzaron a correr sin mirar atrás. Los zombies los siguieron, pero no caminaban… corrían.

—¿¡Desde cuándo corren!? —gritó Valeria mientras disparaba.

—¡No lo sé! —respondió Angello—. ¡Pero no se detengan!

Angello disparaba mientras corría, pero notó algo extraño.

—¡Las balas no les hacen nada! —gritó—. ¡No caen!

Jonathan, corriendo a su lado, gritó:

—¡A la cabeza! Yo maté a la niña disparándole en la cabeza. ¡Ese es su punto débil!

—¡Apunten a la cabeza! —repitió Angello.

Comenzaron a disparar así, y algunos zombies caían, pero eran demasiados. El cansancio comenzaba a notarse y la horda no dejaba de acercarse.

—¡No vamos a lograrlo así! —gritó Marissa entre jadeos.

—¡Sigan corriendo! —ordenó Valeria—. ¡Ya casi llegamos!

Don Albert observaba la escena desde la torre de vigilancia. Sus ojos se abrieron con horror.

—¡Stella! —gritó—. ¡Ábreles la puerta ya!

Doña Stella, nerviosa, asintió.

—¡De inmediato!

La enorme puerta de metal comenzó a abrirse lentamente. Angello y los demás corrían con todas sus fuerzas hacia el refugio, mientras la horda de zombies se acercaba cada vez más, rugiendo y corriendo tras ellos.

Angello y los demás corrían sin detenerse

Pero el cansancio comenzaba a pasarles factura. Sus respiraciones eran pesadas, las piernas les ardían y cada paso se sentía más lento que el anterior. La horda seguía detrás de ellos, cada vez más cerca.

—No… no vamos a llegar —dijo Valeria con la voz agitada—. No así.

Sin detenerse, sacó el radio de su bolsillo y lo llevó a su boca.

—Don Albert… ¿me copia? —preguntó entre jadeos.

—Te copio, Valeria —respondió la voz desde la torre—. Los tengo a la vista, sigan corriendo, ya casi.

—No —lo interrumpió ella—. Cierre la puerta… no vamos a lograrlo. Si algo nos pasa, dejo el refugio a tu cargo.

Del otro lado hubo un breve silencio.

—No digas eso —respondió Don Albert con firmeza—. No se rindan, ya están muy cerca. Corran, por favor.

Valeria apretó los dientes, con la mirada cansada y el rostro cubierto de sudor.

—Lo siento… —susurró, bajando el radio.

Mientras tanto, dentro del refugio, un fuerte golpe resonó en la bodega.

La puerta cedió tras un solo impacto y cayó al suelo con estruendo. De entre las sombras salió Jake, con una katana en la mano y la otra colgando de su espalda. Su mirada era fría, enfocada.

Don Albert, desde la torre, volteó alarmado hacia la bodega.

—¿Qué…? —murmuró—. Hay alguien… alguien salió de la bodega.

Tomó el radio rápidamente.

—Valeria, Angello… hay un sujeto desconocido. Salió de la bodega y va hacia afuera.

Angello escuchó eso mientras corría y su expresión se tensó.

—¿Qué? —dijo Valeria —. ¿Cómo que alguien salió de la bodega?

Pero no hubo tiempo para más preguntas.

Jake salió corriendo del refugio por la puerta aún abierta y se lanzó a toda velocidad en dirección al grupo. En menos de dos minutos logró estar frente a ellos. De pronto, dio un gran salto y pasó por encima de ellos, cayendo justo frente a la horda.

Todos se detuvieron en seco.

—¿¡Qué demonios haces!? —gritó Angello.

Jake no respondió. Solo miró a Angello por un segundo y, sin decir una palabra, se giró hacia los zombies. Con un movimiento limpio, partió la cabeza de uno por la mitad. El cuerpo cayó al suelo antes de que los demás reaccionaran.

—¡Corran! —gritó Jake con voz firme—. ¡Ahora!

De una patada derribó a otro zombie y le clavó la katana directamente en la cabeza. La sangre salpicó el suelo mientras Jake se movía con una precisión casi irreal.

Angello dudó un segundo.

—¡Muévanse! —gritó Valeria—. ¡Hagan caso!

Todos comenzaron a correr de nuevo hacia el refugio. Jake seguía luchando solo contra la horda, esquivando ataques, cortando cabezas, clavando acero en cráneos como si supiera exactamente cada movimiento que los zombies harían.

Después de varios minutos de carrera, Angello y los demás lograron cruzar la entrada.

—¡Cierren la puerta! —gritó Valeria.

La enorme puerta de metal comenzó a cerrarse.

Angello volteó hacia atrás, desesperado, señalando a lo lejos.

—¡Falta él! —gritó—. ¡Aún está afuera!

Jonathan negó con la cabeza.

—No va a lograrlo —dijo con voz seria—. Ya es hombre muerto.

Desde la torre, Don Albert grito.

—No… no lo es.

Jonathan levantó la vista.

—¿De qué está hablando?

—De ese chico —respondió Don Albert—. Está… está acabando con los zombies. Con facilidad.

Brenda abrió los ojos, incrédula.

—Eso es imposible —dijo—. Nadie puede hacer eso solo.

—Lo que estoy viendo dice lo contrario —respondió Don Albert—. Y no pienso apartar la mirada.

Por varios minutos.

Angello caminaba de un lado a otro dentro del refugio, con los puños cerrados y la mirada fija en la puerta metálica. Su respiración aún no se normalizaba, pero no era solo por la carrera; la preocupación lo estaba consumiendo.

—No debió quedarse ahí afuera… —murmuró para sí—. No solo… Desde una de las torres de vigilancia se escuchó un grito.

—¡Oigan! ¡Oigan todos! —era la voz de Jonathan—. ¡El chico… el chico misterioso…!

Todos levantaron la mirada.

—¿Qué pasa? —gritó Valeria desde abajo—. ¡Habla claro!

Jonathan ajustó los binoculares, claramente alterado.

—Acabó con todos —dijo—. La horda… la eliminó él solo.

Hubo un silencio pesado en el refugio.

—¿Qué? —dijo Valeria, incrédula—. ¿Estás seguro de lo que estás diciendo?

—Tan seguro como puedo estarlo —respondió Jonathan—. A menos que mis binoculares fallen de repente, no queda ni un solo zombie en pie.

Los murmullos comenzaron a recorrer el refugio. Nadie podía creerlo. Angello se quedó quieto, con el corazón acelerado.

Valeria lo miró directamente.

—Angello… —dijo con tono serio—. Afuera le hablaste como si lo conocieras. ¿Quién es él?

Angello tragó saliva.

—Yo… —dudó—. No lo conozco del todo.

—¿Entonces? —insistió Valeria—. ¿Desde cuándo sabes que estaba escondido aquí?

Angello bajó la mirada.

—Desde esta mañana.

Valeria abrió los ojos, sorprendida y molesta.

—¿Desde esta mañana? —repitió—. ¿Y no pensabas decírmelo?

Angello no respondió.

—Confié en ti —continuó Valeria, con la voz temblando de enojo—. Te dejé a cargo cuando no estoy, te hice mi segundo al mando… y tú ocultas a alguien dentro del refugio sin decir nada.

—Valeria, yo solo— —intentó decir Angello.

—No —lo interrumpió ella—. Violaste mi confianza.

En ese momento, un fuerte golpe resonó. Una sombra pasó por encima del muro y cayó dentro del refugio con un impacto seco. El polvo se levantó del suelo.

Era Jake.

Todos gritaron al mismo tiempo. Instintivamente, los guardias y varios sobrevivientes levantaron sus armas y le apuntaron.

—¡No te muevas! —grito Brenda.

¡Esperen! —ordenó Valeria—. ¡Nadie dispare todavía!

Jake se quedó de pie, respirando con calma, las katanas aún manchadas de sangre.

—Eso no es posible… —murmuró Valeria—. Nadie puede saltar el muro así.

Angello reaccionó de inmediato y se puso frente a Jake, abriendo los brazos.

—¡No disparen! —gritó—. ¡Él no es malo!

—¡Apártate, Angello! —ordenó Valeria—. No sabes quién es.

—Sí lo sé —respondió él, firme—. Pero no está infectado. Yo mismo lo revisé. No tiene mordidas, no tiene heridas, le dije que puede quedarse.

Valeria lo miró con dureza.

—¿Y desde cuándo tomas decisiones así sin consultarme?

Jake dio un paso al frente.

—Fue mi culpa —dijo con voz tranquila—. Yo le pedí que no dijera nada. No quería causar problemas. No quería molestar a nadie. Si tengo que irme… me iré ahora mismo.

Se giró ligeramente, como dispuesto a marcharse. En ese instante, Don Albert bajó apresurado de la torre de vigilancia.

—Esperen —dijo con voz fuerte pero calmada—. Esperen todos.

Se colocó al lado de Valeria y miró a Jake con atención.

—¿De verdad vas a echarlo después de lo que hizo? —preguntó—. Yo lo vi. Vi cómo enfrentó a esa horda como si supiera exactamente qué hacer. Los salvó a ustedes, puede protegernos.

Jake frunció el ceño.

—No quiero ser su arma —dijo—. No vine a eso.

Don Albert lo miró con una leve sonrisa cansada.

—Entonces no lo seas —respondió—. Aquí no necesitamos armas… necesitamos protectores. Personas que quieran cuidar a otros, no por órdenes, no por dinero… sino porque aún creen que vale la pena.

El refugio quedó en silencio.

Valeria cruzó los brazos, pensativa.

—No es tan sencillo —dijo—. No sabemos quién es, de dónde viene, ni por qué puede hacer… eso.

—Pero sí sabemos lo que hizo —respondió Don Albert—. Y eso ya dice mucho.

De pronto, una voz pequeña se alzó entre la gente.

—Yo quiero que se quede —dijo Jack, el niño de diez años, levantando la mano—. Él nos salvó.

Algunos sonrieron, otros se miraron entre sí.

Angello dio un paso adelante.

—Yo también —dijo—. Quiero que se quede.

Valeria cerró los ojos por un momento, respiró hondo y volvió a mirar a Jake, sabiendo que la decisión que tomara cambiaría el rumbo del refugio.

El silencio se prolongó unos segundos más dentro del refugio.

Valeria observó a Jake con atención.

—Está bien —dijo finalmente—. Puedes quedarte… pero solo si tú quieres hacerlo.

Jake levantó la vista, sorprendido.

—¿De verdad? —preguntó con cautela.

—Sí —respondió Valeria—. No te obligaremos a nada. Si decides quedarte, será bajo las mismas reglas que todos. Aquí nadie manda más que la necesidad de sobrevivir juntos.

Jake asintió lentamente.

—No tengo a dónde ir —admitió—. Así que… sí. Me quedo.

Angello soltó el aire que parecía haber estado conteniendo y sonrió con alivio.

—Me alegra escucharlo —dijo.

Sin embargo, no todos compartían ese sentimiento. Algunos sobrevivientes murmuraban entre ellos, miraban a Jake con desconfianza o se alejaban discretamente.

—Es peligroso —susurró una mujer—. No sabemos qué es.

—Nadie puede hacer eso sin ser… algo raro —dijo otro.

Valeria levantó la voz.

—Basta —ordenó—. Esta es mi decisión final. El refugio existe para sobrevivir, no para juzgar. Aquí cualquiera es bienvenido mientras no represente una amenaza. Y no se va a discutir más.

Los murmullos cesaron, aunque las miradas desconfiadas permanecieron.

Horas después, en el comedor.

Jake estaba sentado solo frente a una mesa de madera, comiendo en silencio. Varias personas lo observaban desde lejos, pero nadie se atrevía a acercarse.

Angello tomó una bandeja y se sentó frente a él sin dudar.

—No les hagas caso —dijo en voz baja—. Tienen miedo, eso es todo. No todos los días aparece alguien como tú.

Jake siguió comiendo, sin levantar mucho la mirada.

—No me importa —respondió—. Si no quieren sentarse conmigo, está bien.

—Aun así —insistió Angello—, no significa que estén en lo correcto.

Antes de que Jake pudiera responder, Jonathan apareció y dejó su bandeja sobre la mesa.

—¿Puedo? —preguntó, sin esperar respuesta—. Lo que hiciste hace rato fue increíble, en serio. Nunca había visto algo así, ni siquiera antes del brote.

Jake parpadeó, incómodo.

—Solo hice lo que tenía que hacer —dijo.

—No, en serio —continuó Jonathan—. La forma en que te movías, cómo atacabas… parecías—

—Jonathan —interrumpió Angello—. Déjalo comer tranquilo.

Jonathan levantó las manos.

—Está bien, está bien —dijo sonriendo—. Solo decía.

Jake bajó la mirada otra vez, claramente incómodo con la atención.

Al día siguiente.

El sol apenas comenzaba a iluminar el refugio cuando Jake despertó. Salió al patio trasero, donde Angello ya estaba trabajando en unas pequeñas hileras de tierra.

—Buenos días —dijo Angello—. ¿Te animas a ayudar?

Jake asintió y tomó una herramienta, comenzando a plantar junto a él en silencio.

Después de unos minutos, Angello habló.

—¿Y cómo te sientes?

Jake se quedó pensando unos segundos.

—Bien —respondió—. Extraño… Hace mucho que no me sentía así en un lugar.

Angello sonrió levemente.

—Entonces supongo que estás donde debes estar.

El sol ya estaba más alto.

Cuando Jake se quedó observando el pequeño terreno que había trabajado junto a Angello. Las hileras de tierra estaban ordenadas, las semillas bien cubiertas, y por primera vez en mucho tiempo, ese espacio le transmitía una sensación de calma.

Angello se limpió las manos con el pantalón y sonrió.

—La verdad… hicimos un muy buen trabajo —dijo—. Si todo sale bien, en unas semanas vamos a tener algo decente para comer.

Jake asintió.

—Quedó mejor de lo que pensé —respondió—. No soy muy bueno con estas cosas.

—Aprendes rápido —dijo Angello—. Eso ya cuenta mucho.

En ese momento, Valeria se acercó a ellos con el ceño ligeramente fruncido.

—Angello —dijo—. Ayer, cuando salimos al pueblo… ¿lograste encontrar medicamentos?

Angello negó con la cabeza.

—No —respondió—. Con el ataque de los zombies apenas pudimos recoger algo.

Valeria suspiró con preocupación.

—Eso no es bueno —dijo—. Elisa tiene mucha fiebre desde anoche. Stella ha estado con ella todo el tiempo, pero sin medicamentos no podemos hacer mucho.

Jake levantó la mirada.

—En el Supermercado Villa Verde —dijo—. Ahí había farmacias dentro. Podría haber antibióticos, analgésicos… cosas así.

Angello frunció el ceño.

—Nunca hemos ido ahí —comentó—. Es un lugar enorme. Si el pueblo ya estaba lleno de zombies, ese sitio debe estar peor.

—Lo sé —respondió Valeria—. Pero no tenemos muchas opciones. La comida, el agua y ahora los medicamentos… todo se está acabando.

Jake dio un paso al frente.

—Puedo ir —dijo con firmeza—. Yo solo.

Valeria negó de inmediato.

—No —respondió—. No irás solo.

Jake la miró, confundido.

—Es más seguro así —intentó decir.

—No —repitió Valeria—. Si vas, iremos juntos. Aquí no eres un arma que se manda al frente… eres parte del equipo.

Jake se quedó en silencio unos segundos, procesando sus palabras. Luego, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Está bien —dijo finalmente—. Vamos juntos.

El grupo se encontraba reunido alrededor de una mesa improvisada dentro del refugio.

Un mapa viejo del pueblo de Villa Verde estaba extendido frente a ellos, con varias marcas hechas a mano.

—Tenemos que asumir que el supermercado está lleno de zombies —dijo Valeria con tono serio—. Es grande, tiene muchas entradas y seguramente es un punto donde se concentraron después del brote.

—Mi papá tenía una camioneta —añadió—. Está escondida afuera de las montañas. No la hemos usado en dos años, pero debería seguir funcionando.

Angello levantó la mirada.

—¿Y la gasolina?

—Tiene suficiente —respondió Valeria.

Jake observaba el mapa en silencio. Luego apoyó las manos sobre la mesa.

—Necesitamos una salida rápida —dijo—. Si aparece una horda, no podemos improvisar. Uno debe quedarse afuera, con la camioneta encendida, listo para irse en segundos.

Todos lo miraron.

—Mientras tanto —continuó—, los demás entran, pero no todos juntos. Si nos separamos por objetivos, reducimos el tiempo adentro. Nadie corre, nadie grita, y si algo sale mal, el punto de reunión será el estacionamiento trasero. Si pasan más de cinco minutos sin que alguien aparezca… el que esté afuera se va. Sin dudar.

—¿Y si alguien se queda atrás? —preguntó Brenda.

Jake la miró con seriedad.

—Sobrevivir también es saber cuándo retirarse —respondió—. No quiero héroes muertos.

Hubo un silencio incómodo.

—Tiene razón —dijo Valeria finalmente—. Es un buen plan.

—Muy bueno —añadió Jonathan—. Bastante frío… pero efectivo.

Todo quedó decidido para el día siguiente.

Al día siguiente, por la tarde.

El equipo ya estaba listo. Valeria abrió la enorme puerta metálica del refugio mientras Don Albert y Stella los observaban.

—Regresen con cuidado —dijo Stella—. Y no se arriesguen de más.

—Buena suerte —añadió Don Albert—. Los estaremos esperando.

Valeria guio al grupo por un sendero oculto entre las montañas hasta llegar a una camioneta cubierta con una lona. La retiraron y, tras unos intentos, el motor rugió.

—Sigue viva —dijo Valeria con una leve sonrisa.

Marissa tomó el volante.

—Vámonos antes de que cambie de opinión.

Diez minutos después.

El supermercado Villa Verde apareció ante ellos: un edificio enorme, con vidrios rotos y puertas entreabiertas.

Se estacionaron cerca de la entrada.

—Yo me quedo aquí —dijo Marissa—. La dejo encendida.

Los demás bajaron con cuidado, con sus mochilas y armas listas.

—Recuerden el plan —susurró Jake.

Se dividieron rápidamente.

Valeria y Jake se dirigieron hacia la zona de farmacias.

Angello y Brenda avanzaron hacia alimentos y agua.

Jonathan tomó otro pasillo, buscando baterías, herramientas y cualquier cosa útil.

El silencio dentro del supermercado era inquietante.

A varios kilómetros de ahí.

En el laboratorio, el comandante Robert estaba sentado en su oficina cuando alguien tocó la puerta.

—Pase —dijo sin levantar la vista.

Un militar entró.

—Señor, encontramos una pista del Proyecto ARES.

Robert levantó lentamente la cabeza y sonrió.

—¿Dónde?

—Un dron de vigilancia detectó varios cuerpos de zombies clase E-2 en las montañas del sur.

Robert se levantó.

—Eso no es casualidad —dijo—. Esos zombies no caen así de fácil. Solo alguien como él podría hacerlo.

Tomó su chaqueta.

—Prepárenlo todo —ordenó—. Vamos tras Jake. Yo también iré.

Su sonrisa era fría, llena de determinación.

Dentro del supermercado, el silencio era tenso pero esperanzador.

Valeria y Jake avanzaban por la zona de farmacias, revisando estantes con rapidez.

—Aquí hay antibióticos —dijo Valeria en voz baja—. Analgésicos… sueros… esto es justo lo que necesitábamos.

—Agárralo todo —respondió Jake—. Lo que no usemos ahora puede salvar a alguien después.

Ambos comenzaron a llenar sus mochilas, trabajando con cuidado pero sin perder tiempo.

En otro pasillo, Jonathan sonrió al encontrar varias cajas.

—Baterías… linternas… —murmuró—. Y mira esto…

Tomó unos juguetes empolvados: un coche pequeño y una muñeca de tela.

—A Jack y Elisa les va a gustar —dijo para sí.

Mientras tanto, Angello y Brenda estaban frente a una larga fila de estantes llenos de comida enlatada.

—No lo puedo creer —susurró Brenda—. Hay comida para días… para muchas personas.

—Sí —respondió Angello—. No podemos cargar todo, pero lo que llevamos ayudará bastante. Podemos volver otro día.

Comenzaron a guardar latas en sus mochilas. De pronto, una de las latas resbaló de las manos de Brenda y cayó al suelo.

El sonido retumbó por todo el supermercado. Ambos se quedaron completamente quietos.

—No… no… —susurró Brenda, conteniendo la respiración.

Angello levantó lentamente su arma, mirando a su alrededor.

—¿Escuchaste algo más? —preguntó en voz muy baja.

Brenda negó con la cabeza. No se veía ningún zombie.

—Vámonos —dijo Angello—. Ahora.

Cerraron las mochilas y avanzaron con cuidado por el pasillo hasta reunirse con los demás.

—¿Todo bien? —preguntó Valeria.

—Sí —respondió Angello—. Tenemos comida.

Jonathan levantó su mochila.

—Y yo tengo baterías… y algunas cosas extra.

Antes de que alguien pudiera decir algo más, un sonido pesado comenzó a escucharse.

El suelo vibraba ligeramente. Todos voltearon lentamente.

Desde la oscuridad del pasillo central emergió una figura enorme: un zombie de casi tres metros, con brazos largos que rozaban el suelo, caminando en cuatro patas. Su cuerpo estaba deformado, cubierto de cicatrices y piel endurecida.

—¿Qué… qué mierda es eso? —dijo Valeria, horrorizada.

Nadie respondió de inmediato.

Jake dio un paso al frente, con el rostro serio.

—Es un Coloso —dijo—. Un zombie mutado.

Tragó saliva.

—Y creo que estamos en su territorio.

—¿Eso se puede matar? —preguntó Jonathan.

Jake no apartó la vista del monstruo.

—No fácilmente —respondió—. Escóndanse. Ahora.

—¿Y tú? —preguntó Angello.

—Yo lo distraigo —dijo Jake—. ¡Váyanse!

El equipo salió corriendo a esconderse entre los locales mientras Jake levantaba su rifle y disparaba.

Las balas impactaron en el cuerpo del Coloso, pero apenas parecían molestarlo. El monstruo rugió con furia y se lanzó contra Jake.

Jake esquivaba con agilidad, disparando sin parar.

—Vamos… —murmuró—. Enójate conmigo.

El Coloso golpeó estantes, paredes, rugiendo cada vez más fuerte. De pronto, con un movimiento brutal, logró alcanzarlo y le dio un golpe directo.

Jake salió volando varios metros y cayó contra el suelo, quedando inconsciente.

El Coloso giró la cabeza y comenzó a olfatear, buscando a los demás.

El equipo estaba escondido detrás de una cortina metálica de uno de los locales cerrados. Brenda temblaba.

—Jake… —susurró Angello—. Por favor…

De pronto, una enorme mano atravesó la cortina como si fuera papel.

—¡NO! —gritó Brenda.

El Coloso la tomó y la arrancó de su escondite. Los demás salieron desesperados.

—¡Brenda! —gritó Valeria.

Con un movimiento brutal, el Coloso partió el cuerpo de Brenda en dos. La sangre salpicó el suelo mientras el monstruo rugía con furia.

—¡Maldita sea! —gritó Jonathan, disparando.

Todos comenzaron a disparar, pero solo lograban enfurecer más al Coloso. El monstruo se lanzó hacia ellos.

En ese instante, Jake, ensangrentado pero consciente, apareció y le dio una poderosa patada en la cabeza al Coloso, haciéndolo retroceder.

—¡Corran! —gritó—. ¡Ahora!

El Coloso rugió, aturdido, mientras el equipo aprovechaba esos segundos para huir.

En el refugio.

Don Albert estaba en la torre de vigilancia, con el rifle apoyado en el borde de madera, observando el horizonte como hacía todas los días. El viento era frío cuando algo le llamó la atención: varias camionetas avanzaban lentamente por el camino de tierra, levantando polvo. No eran vehículos improvisados. Eran militares.

—No… —murmuró entre dientes—. Mierda, no…

Se giró de inmediato y gritó con todas sus fuerzas:

—¡STELLA! ¡STELLA, ESCONDE A LOS NIÑOS, YA!

Stella, que estaba organizando unas vendas cerca de las cabañas, levantó la cabeza al escuchar el tono desesperado. No preguntó nada. Corrió directo hacia Elisa, que seguía débil y recostada en una camilla improvisada.

—Elisa, mi amor, tenemos que movernos ya —dijo con la voz temblorosa pero firme, cargándola con cuidado—. Todo va a estar bien, ¿sí? No hagas ruido.

Luego miró a Jack, que estaba paralizado.

—Jack, mírame —le dijo agachándose frente a él—. Necesito que me sigas y que no te separes de mí, pase lo que pase. ¿Entendido?

Jack tragó saliva y asintió.

—Sí… sí, abuela Stella.

Mientras tanto, Don Albert bajó de la torre solo unos escalones y gritó al resto del refugio:

—¡TODOS LOS QUE PUEDAN PELEAR, AGARREN SUS ARMAS! ¡NO DISPAREN A MENOS QUE SEA NECESARIO!

El ambiente se llenó de tensión. Algunos sobrevivientes apenas podían sostener un arma.

Stella se metió con Elisa y Jack a una cueva secreta y oculta detrás del refugio. Se sentó contra la pared de roca, abrazando a Elisa, mientras Jack se pegaba a su lado.

—No salgan, no hablen… —susurró Stella—. Pase lo que pase, quédense aquí.

De pronto, un zumbido agudo cortó el aire.

—¿Escuchan eso…? —susurró Jack, con los ojos llenos de miedo.

Un dron kamikaze se estrelló contra el centro del refugio.

La explosión sacudió toda la montaña. Gritos, fuego, madera y metal volaron por los aires. Stella apretó a los niños contra su pecho mientras el suelo temblaba.

—¡TRANQUILOS! —murmuró, conteniendo el llanto.

Afuera, varios sobrevivientes quedaron heridos en el suelo, y otros murieron al instante.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, un segundo dron se lanzó directo contra la gran puerta de metal del refugio. El impacto fue brutal. La puerta salió despedida, retorcida, cayendo con estruendo.

—¡MALDITOS SEAN! —gritó Don Albert mientras bajaba corriendo de la torre y se dirigía hacia los heridos—. ¡AYUDEN A LOS QUE SIGAN VIVOS!

Las camionetas militares entraron sin ningún cuidado, aplastando escombros. Se estacionaron y de ellas bajaron soldados armados, apuntando directamente a los sobrevivientes, incluso a los heridos que apenas podían moverse.

—¡NADIE SE MUEVA! —gritó uno de los militares—. ¡ARMAS AL SUELO!

Don Albert se paró frente a ellos, con las manos manchadas de sangre ajena.

—¿Qué clase de monstruos son ustedes…? —dijo con rabia contenida—. Aquí solo hay gente intentando sobrevivir.

De una de las camionetas bajó Robert. Su uniforme estaba impecable. Caminó con calma, observando el caos que había causado.

—Comandante Robert —se presentó con una sonrisa fría—. Y estoy buscando a alguien.

Se detuvo frente a Don Albert.

—Un joven llamado Jake. Extremadamente peligroso. Escapó de nuestras instalaciones — dijo con voz tranquila—. Si me dicen dónde está, los dejaremos ir.

Don Albert soltó una risa amarga.

—¿Dejarnos ir? —negó con la cabeza—. He visto suficientes basuras como ustedes para saber que mienten. Aunque hablara, nos matarían igual.

Robert lo miró divertido.

—Vaya… viejo sabio. Lástima que eso no te va a salvar.

Desde la cueva, Stella escuchaba todo, tapándole la boca a Jack para que no hiciera ruido. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Don Albert dio un paso al frente.

—No te diré nada —escupió—. Tú y tu gente pueden pudrirse aquí mismo.

La sonrisa de Robert desapareció.

—Muy bien —dijo con frialdad—. Entonces no hay nada más que hablar.

Levantó la mano.

—Mátenlos.

Se inclinó un poco hacia Don Albert.

—Pero no te preocupes… —susurró—. Encontraré encontrare a quién busco.

Y sin mirar atrás, dio la orden final.

Diez minutos después

El refugio era poco más que ruinas humeantes. La tierra estaba marcada por explosiones, restos de madera quemada y cuerpos inmóviles cubiertos de polvo y sangre. Los militares recorrían el lugar con linternas y armas levantadas, revisando cada rincón, cada cabaña destruida, cada sombra.

Uno de los soldados se acercó al comandante Robert y saludó con rigidez.

—Señor, ya revisamos todo el perímetro —dijo con tono serio—. No hay rastro de Jake.

Robert apretó la mandíbula y miró alrededor con desprecio.

—¿Me estás diciendo que perdí mi tiempo aquí? —preguntó con una calma peligrosa.

—Sí, señor… eso parece.

El comandante soltó una risa corta y amarga.

—Entonces todo esto fue por nada… —dijo mirando los cuerpos—. Perdí el tiempo con estas basuras.

Se dio la vuelta con brusquedad.

—Retírense. Nos vamos de aquí.

Los soldados obedecieron de inmediato. Subieron a las camionetas sin mirar atrás. Robert fue el último en subir. Observó una vez más el refugio destruido y negó con la cabeza.

—Jake… tarde o temprano te voy a encontrar.

Las camionetas arrancaron y desaparecieron entre el polvo del camino de montaña.

En la cueva, Stella seguía escondida con Jack y Elisa. El silencio era tan pesado que dolía. Stella no podía dejar de llorar, tapándose la boca para no hacer ruido. Jack la abrazaba con fuerza, temblando.

—¿Ya… ya se fueron? —susurró él.

Stella no respondió. Solo apretó más a Elisa contra su pecho, mientras las lágrimas le caían sin control.

En el supermercado, el caos continuaba.

Jake corría al frente del grupo, seguido por Valeria, Angello y Jonathan. Salieron por la entrada principal y vieron la camioneta.

—¡MARISSA! —gritó Valeria—. ¡ARRANCA, YA!

Marissa estaba al volante, pálida mientras los demás subían.

—¿Qué pasó? —preguntó alterada—. Escuché disparos… ¿y Brenda? ¿Dónde está Brenda?

Nadie respondió.

—¡Arranca! —gritó Jake—. ¡No hay tiempo!

Antes de que Marissa pudiera preguntar algo más, un estruendo sacudió el lugar. El Coloso rompió una de las paredes del supermercado, saliendo entre concreto y polvo, rugiendo con furia.

—¡DIOS MÍO! —gritó Marissa—. ¿QUÉ ES ESA COSA?

—¡PISA EL ACELERADOR! —ordenó Jake—. ¡RÁPIDO, NO PARES!

Marissa arrancó con fuerza, la camioneta salió disparada por el camino. El Coloso comenzó a correr detrás de ellos, golpeando el suelo con sus extremidades, acercándose cada vez más.

Dentro del vehículo, nadie hablaba. Valeria respiraba agitadamente, Angello tenía la mirada perdida y Jonathan apretaba su arma con las manos temblorosas.

—Nos está alcanzando… —susurró Jonathan.

—¡Sigue, sigue! —gritó Jake—. ¡No frenes por nada!

De pronto, el Coloso dio un salto brutal y golpeó la camioneta con uno de sus brazos. El impacto fue devastador. El vehículo perdió el control y volcó varias veces hasta quedar con las llantas hacía arriba.

Todo quedó en silencio por un segundo.

—¡SALGAN! —gritó Jake—. ¡POR LA DERECHA!

Uno por uno, aturdidos y heridos, lograron salir mientras el Coloso golpeaba la camioneta por el lado izquierdo, destrozándola como si fuera de papel.

—¡CORRAN! —gritó Valeria.

El Coloso los vio y rugió con más fuerza, preparándose para perseguirlos.

Jake se detuvo de golpe. Abrió su mochila con rapidez y sacó varias granadas. Miró a los demás con una expresión seria, decidida.

—Sigan adelante —dijo con voz firme—. No miren atrás. Yo me encargo.

—¡Jake, no! —gritó Angello—. ¡Vámonos juntos!

Jake negó con la cabeza.

—No hay tiempo. ¡MUÉVANSE!

El equipo dudó un segundo… y luego corrió.

Jake cerró el puño alrededor de las granadas, mirando al Coloso.

Jake estaba frente al Coloso.

Respirando con dificultad, con las granadas firmemente sujetas en sus manos. La criatura rugía con furia, golpeando el suelo, acercándose.

A lo lejos, Angello miraba la escena con el corazón acelerado. Sabía que debía seguir corriendo… pero algo dentro de él no lo dejó hacerlo.

—No… —murmuró, apretando los dientes—. No te voy a dejar solo.

Se dio la vuelta y regresó a toda velocidad.

—¡JAKE! —gritó Angello mientras levantaba su arma y disparaba.

Las balas impactaron en el Coloso, que giró su cabeza deformada hacia él, rugiendo con más rabia.

Jake volteó sorprendido.

—¡¿QUÉ HACES AQUÍ?! —gritó.

—¡Aprovecha la distracción! —respondió Angello—. ¡Haz lo que tengas que hacer!

Jake no dudó más. Se lanzó hacia el Coloso con una velocidad sobrehumana, esquivando uno de sus golpes y saltando sobre su espalda. Con movimientos rápidos, comenzó a colocar las granadas en puntos clave: en las articulaciones de las piernas, en los brazos, cerca del cuello y en la parte posterior del cráneo.

El Coloso trataba de atraparlo, sacudiéndose violentamente, pero cada vez que se enfocaba en Jake, Angello disparaba para distraerlo.

—¡Vamos, maldito! —gritaba Angello—. ¡Mírame a mí!

Jake terminó de colocar la última granada. Saltó hacia enfrente y sacó sus katanas.


Esto es por todos los que mataste —murmuró.

Se lanzó una última vez y enterró ambas katanas en los ojos del Coloso. La criatura rugió con un sonido inhumano, tambaleándose.

Jake corrió hacia Angello.

—¡Ahora! —gritó.

Angello apuntó con precisión y disparó a una de las granadas.

La explosión fue ensordecedora.

Luego otra.

Y otra.

El Coloso explotó en una cadena de fuego y sangre, su cuerpo desintegrándose en pedazos que volaron por el aire. La onda expansiva los lanzó al suelo, pero ambos se levantaron y corrieron sin mirar atrás mientras el monstruo era reducido a fragmentos humeantes.

—¡SIGUE! —gritó Jake—. ¡NO TE DETENGAS!

Corrieron moviéndose entre el caos, hasta alcanzar al resto del grupo.

Valeria, Jonathan y Marissa los miraron con asombro.

—¿Lo… lo mataron? —preguntó Jonathan, aún en shock.

Jake asintió, sin poder decir nada más.

Horas después

Caminaban de regreso hacia las montañas del refugio. Estaban agotados, cubiertos de polvo. A lo lejos, vieron humo.

—Eso no estaba ahí… —susurró Valeria, deteniéndose.

—No… —dijo Angello, sintiendo un nudo en el estómago—. No puede ser…

Comenzaron a correr.

Cuando llegaron al camino de tierra, vieron la puerta del refugio destrozada, caída sobre el suelo. Las cabañas estaban en ruinas, quemadas, destruidas. El silencio era aterrador.

Entraron lentamente, con las armas levantadas. Lo que vieron los dejó helados.

Cuerpos por todas partes. Personas que conocían. Personas que habían reído con ellos. Sangre, escombros, fuego apagado.

Jonathan cayó de rodillas al ver a Don Albert entre los muertos.

—No… no… —susurró, con la voz quebrada—. Don Albert…

Angello sintió que el mundo se le venía abajo. No podía creerlo. Sus manos temblaban.

—Esto… no puede ser real… —murmuró.

Valeria gritó con desesperación:

—¡¿HAY ALGUIEN CON VIDA?! ¡¿ALGUIEN?!

Por un momento, solo hubo silencio.

Entonces, desde la cueva oculta, salió Stella, cargando a Elisa en brazos, con el rostro lleno de lágrimas. Jack caminaba a su lado, cubierto de polvo.

—Aquí… —susurró Stella, con la voz rota—. Estamos aquí… Angello corrió hacia ellos sin pensarlo. Tomó a Elisa con cuidado.

—Tranquila, pequeña… ya estás a salvo —dijo, con la voz temblorosa.

Valeria abrazó a Stella con fuerza.

—Lo siento… lo siento tanto… —murmuró.

Marissa se arrodilló frente a Jack y lo abrazó.

—Ya pasó… ya pasó… —susurró.

Stella permanecía sentada sobre una roca con las manos temblorosas y la mirada perdida

El humo del refugio aún se elevaba. Valeria se acercó lentamente y se agachó frente a ella, intentando mantener la calma aunque sus ojos reflejaban furia y dolor.

Stella… necesito que me cuentes exactamente qué pasó —dijo con voz firme, pero no agresiva—. Todo lo que recuerdes.

Stella tragó saliva y miró a Elisa, que dormía en brazos de Angello, su respiración débil pero estable.

—No… no estoy segura de todo —respondió con la voz quebrada—. Albert estaba muy nervioso. Dijo que teníamos que escondernos, que agarrara a los niños.

Valeria apretó los puños.

—¿Y luego?

—Escuché explosiones… disparos… voces—continuó Stella—. No parecían zombies. Eran voces humanas… organizadas.

Jonathan, que estaba de pie con el rostro cubierto de polvo y sangre seca, apretó la mandíbula con furia.

—Eran militares —dijo con rabia—. Los malditos militares.

Valeria lo miró sorprendida.

—¿Militares? ¿Por qué demonios harían algo así? Nosotros solo éramos un refugio. No teníamos nada que representara una amenaza.

Marissa, sentada en el suelo con la mirada vacía, habló en voz baja:

—Tal vez por las transmisiones… —dijo—. Angello dejó claro que no queríamos militares aquí. Tal vez se lo tomaron como una provocación.

Valeria negó con la cabeza.

—No… eso no tiene sentido. No es motivo suficiente para arrasar un refugio entero. Esto fue una ejecución, no una advertencia.

Stella levantó la mirada lentamente.

—Ellos decían… que buscaban a alguien —susurró.

Angello frunció el ceño y se acercó.

—¿A quién?

Jake, que había permanecido en silencio desde que llegaron, levantó la vista lentamente.

—A mí —dijo con voz grave.

Todos se quedaron en silencio. Valeria se levantó de golpe y caminó hacia Jake.

—Explícate. Ahora.

Jake dudó unos segundos, luego respiró hondo y comenzó a hablar.

—Cuando tenía veinte años… un año después del inicio del brote… vivía en una escuela abandonada con cinco amigos. No éramos un refugio grande, pero teníamos reglas, turnos de vigilancia, almacenamiento de comida… lo básico para sobrevivir.

Angello lo miraba en silencio, escuchando cada palabra.

—Un día llegaron militares —continuó Jake—. Dijeron que estaban rescatando sobrevivientes, que tenían un lugar seguro. Nosotros confiamos en ellos. Nos llevaron a un laboratorio… y ahí todo cambió.

Valeria cruzó los brazos, tensa.

—¿Qué laboratorio?

—Nunca supe el nombre real —respondió Jake—. Pero nos dijeron que estaban desarrollando un suero para crear soldados capaces de exterminar a los zombies. Querían probarlo en nosotros porque éramos jóvenes, fuertes, sin enfermedades.

Tragó saliva antes de continuar.

—Mis cinco amigos y yo aceptamos. Pensamos que podíamos ayudar… que seríamos héroes o algo así. Pero… —su voz se quebró— solo yo sobreviví.

Angello bajó la mirada.

—¿Qué pasó con los demás? —preguntó Valeria, aunque parecía temer la respuesta.

—Murieron durante las pruebas —respondió Jake sin rodeos—. Sus cuerpos no resistieron el suero. Yo… fui el único que aguantó. Me entrenaron como un arma. Me mandaban a misiones, a limpiar zonas, a matar zombies… y también personas que consideraban “peligrosas”.

Jonathan apretó los dientes.

O sea que eras su perro.

Jake no lo negó.

—Sí. Durante dos años. Hasta que me di cuenta de que no les importaba salvar a nadie. Solo querían control, poder, experimentos. Así que escapé hace unos días. Y fue cuando encontré este refugio… entré a escondidas.

Angello lo miró con tristeza.

—Por eso no querías salir de la bodega… —murmuró.

Jake asintió.

Valeria lo miraba con una mezcla de ira y decepción.

—¿Cuándo pensabas decirnos esto, Jake? —preguntó—. ¿Después de que te encontraran? ¿Después de que nos mataran a todos?

Jake bajó la cabeza.

—No sabía cómo… —susurró—. Tenía miedo de que me expulsaran. Tenía miedo de perder lo único que sentía como un hogar.

Valeria dio un paso hacia él.

—Nos pusiste en peligro. Por tu culpa este refugio está destruido. Por tu culpa mucha gente que conocíamos está muerta.

Jake levantó la mirada, con los ojos llenos de culpa.

—Lo sé. Y lo siento. Si pudiera cambiarlo, lo haría. Lo juro.

Valeria negó con la cabeza.

—El perdón no los va a traer de vuelta. Albert, todos los que murieron aquí… no van a regresar porque tú te sientas mal.

El silencio cayó sobre el grupo.

—Deberías entregarte —dijo Valeria finalmente—. Si te buscan a ti, tal vez se detengan. Tal vez no vuelvan por nosotros.

Jake cerró los ojos por un momento.

—Tal vez eso sea lo mejor —respondió con voz apagada.

Angello dio un paso adelante, pero no dijo nada. Solo miró a Jake, sin saber si debía odiarlo, protegerlo o perderlo.

El silencio que había quedado después de la confesión de Jake duró apenas unos minutos antes de convertirse en una discusión intensa.

El grupo se reunió alrededor de una fogata improvisada entre las ruinas del refugio.

Valeria estaba de pie, con los brazos cruzados y el rostro endurecido.

—Tenemos que entregarlo —dijo sin rodeos—. Es la única forma. Si los militares lo quieren a él, entonces debemos dárselo y listo.

Jonathan golpeó el suelo con la bota, molesto.

—Don Albert siempre decía que no confiáramos en los militares —respondió con voz firme—. Siempre decía que el día que les entregáramos algo, nos quitarían todo. Si les damos a Jake, ¿qué sigue? ¿Nos van a perdonar por tenerlo escondido?. No lo creo. Lo más probable es que nos ejecuten para que no queden testigos.

Valeria lo miró con frustración.

—¿Y entonces qué sugieres? ¿Que sepan que estuvo con nosotros todo este tiempo y nos maten uno por uno?

Jonathan negó con la cabeza.

—Sugiero no regalarles lo que quieren. Porque cuando obtengan a Jake, van a pensar que somos un riesgo. Y ya viste lo que hicieron aquí. No van a dudar en terminar el trabajo.

Angello, que había permanecido callado, se levantó lentamente.

—Yo digo que los ataquemos —dijo con voz baja pero firme—. Que los matemos. Que les hagamos pagar por esto.

Todos lo miraron sorprendidos.

—¿Estás hablando en serio? —preguntó Valeria.

Mira a tu alrededor —respondió Angello, señalando las ruinas y los cuerpos —. Mira lo que hicieron. Mataron a Albert, destruyeron el refugio, casi matan a Elisa. No son héroes, no son salvadores. Son asesinos con uniforme.

Jonathan asintió lentamente, aunque parecía dudoso.

—Pero son militares —dijo—. Tienen armas, entrenamiento, vehículos… nosotros apenas tenemos recursos y armas.

Valeria apretó los labios.

—Estoy de acuerdo con vengarnos —admitió—. Pero no sé si podamos ganarles.

Angello volteó a ver a Jake, que estaba sentado en silencio, escuchando todo.

—Ahí es donde entras tú —dijo.

Jake levantó la mirada.

—Tú más que nadie has sufrido por ellos —continuó Angello—. Te usaron, te convirtieron en un arma. Ahora tienes la oportunidad de devolverles todo eso. De acabar con ellos antes de que acaben con más refugios.

Jake guardó silencio unos segundos, luego asintió lentamente.

—Estoy dispuesto —dijo con voz seria—. No quiero que nadie más pase por esto.

Valeria lo miró fijamente.

—¿Sabes dónde están? —preguntó.

—Sí —respondió Jake—. El laboratorio está al norte, en las montañas. De ahí escapé. Sé cómo entrar… y cómo destruirlos.

El grupo se miró entre sí. El miedo se mezclaba con la rabia y la esperanza.

—Entonces estamos de acuerdo —dijo Jonathan finalmente—. No lo entregamos. Vamos a atacarlos.

Valeria respiró hondo.

—Si hacemos esto, no hay vuelta atrás —advirtió—. Seremos enemigos directos del ejército, de lo que quede de ellos.

Angello miró las cenizas del refugio.

Pasaron el resto del día planeando.

Se reunieron alrededor de un mapa improvisado que Jake dibujó en una tabla quemada.

—El laboratorio está rodeado por un muro de concreto de unos cuatro metros —explicó Jake, señalando el dibujo—. Pero puedo saltarlo. No necesito escaleras ni nada. Entro, aseguro el área y les abro desde dentro.

Valeria frunció el ceño.

—¿Y las torres de vigilancia?

—No hay —respondió Jake—. Pero tienen cámaras y eso será un problema, pero las destruiré disparandoles.

Jonathan se inclinó sobre el mapa.

—¿Cuántos soldados?

—No sé el número exacto —dijo Jake—, pero no es un ejército completo. Es un destacamento científico-militar. Tal vez treinta o cuarenta hombres, más científicos.

Marissa levantó la vista.

—¿Y los zombies?

Jake dudó.

—No tienen zombies en el laboratorio pero debemos tener cuidado en llamar la atención de los que se encuentren cerca.

Angello apretó el puño.

—Entonces entramos, disparamos a todo lo que se mueva con uniforme y sacamos cualquier información que podamos.

Valeria lo miró.

—No somos asesinos.

—Ellos sí —respondió Angello.


Jake señaló otra parte del mapa.

—Cuando yo abra el muro, ustedes entran y avanzan en formación. Disparen a cualquier militar que encuentren. Yo los cubriré. Si llegan al edificio principal, ahí estarán los archivos, el generador y posiblemente los responsables del proyecto.

Jonathan levantó la vista.

—¿Y si nos superan?

Jake respiró hondo.

—Entonces morimos peleando. Pero si no hacemos nada, nos van a cazar uno por uno.

El grupo quedó en silencio.

Finalmente, Valeria extendió la mano hacia el centro del mapa.

—Entonces es un trato —dijo—. Vamos al laboratorio y terminamos con esto.

Uno por uno, los demás pusieron sus manos sobre la de ella.

Angello fue el último. Miró a Jake a los ojos.

—Esto no es solo venganza —dijo—. Es justicia.

Jake asintió.

—Y es el final de mi historia con ellos.

La noche cayó sobre las ruinas del refugio mientras el grupo se preparaba para la guerra.

El siguiente día llegó.

No hubo discursos, ni promesas. Solo miradas cansadas y una decisión que ya no tenía marcha atrás.

Jake revisaba su rifle mientras ajustaba las correas de su mochila. Angello comprobaba los cargadores uno por uno, Valeria limpiaba su arma con manos firmes y Jonathan metía linternas a su mochila por si acaso. Marissa observaba el horizonte, en silencio.

Stella apareció con Elisa caminando lentamente a su lado y Jack sujetándole la mano. La niña todavía estaba débil, pero ya no necesitaba que la cargaran.

Cuídense —dijo Stella con voz baja—. No quiero perderlos también.

Valeria se acercó y la abrazó con fuerza.

—Vamos a volver —dijo—. Te lo prometo.

Jake miró a Elisa y le dio una pequeña sonrisa.

Elisa tímida le devolvió la sonrisa.

Jack miró a Angello.

—No vayas a morir —dijo con voz seria.

Angello se agachó frente a él.

—No. Tengo que regresar contigo. Tengo que contarte muchas cosas.

Stella los llevó a los niños de nuevo a la cueva oculta, y los chicos comenzaron a caminar hacia el norte, rumbo a las montañas donde se encontraba el laboratorio.

Treinta y dos minutos después

Llegaron a Villa Verde. Aún les faltaban varios kilómetros, pero el cansancio ya empezaba a notarse.

De pronto, Marissa levantó la mano.

—Oigan… —dijo—. Miren eso.

Señaló hacia un camino lateral. Entre la maleza, medio cubierto de polvo, estaba un vehículo militar intacto.

—¿En serio? —murmuró Jonathan.

Se acercaron con cuidado, armas listas, revisando alrededor.

—No hay cuerpos —dijo Valeria—. Ni sangre.

Jake observó el interior.

—Tal vez lo abandonaron —dijo—. O algo los obligó a huir rápido.

Angello abrió la puerta.

Sea lo que sea, nos sirve.

Decidieron subir. Marissa se sentó al volante, Jonathan en el asiento del copiloto, y los demás atrás. Marissa giró la llave. El motor rugió.

—Gracias, destino —dijo con una leve sonrisa.

El vehículo avanzó a toda velocidad hacia el norte.

Once minutos después.

El laboratorio ya se divisaba entre las montañas.

—Ahí está —dijo Jake—. Donde todo empezó… y donde termina.

Los chicos comenzaron a preparar sus armas. Cambiaron cargadores, ajustaron miras, respiraron profundo.

Jake sacó su rifle por la ventana.

—Voy a apagarles los ojos —dijo.

Disparó una, dos, tres veces. Las cámaras de seguridad explotaron en chispas y humo.

—Ahora están ciegos —añadió.

El vehículo se detuvo frente a la puerta metálica.

—Es mi turno —dijo Jake.

Abrió la puerta y bajó.

—Cúbranme —pidió.

Tomó impulso, corrió unos pasos y saltó. Su cuerpo voló sobre el muro con una facilidad inhumana. Cayó del otro lado, rodando y levantándose de inmediato.

Sacó sus dos katanas.

—Vamos —murmuró.

Corrió hacia el panel de control de la puerta y atravesó el lector con ambas katanas. Las chispas saltaron, las luces parpadearon y el sistema falló. La puerta comenzó a abrirse con un sonido metálico.

¡Entren, ahora! —gritó.

Marissa aceleró y el vehículo cruzó. Apenas se detuvieron, todos bajaron apuntando con sus armas y buscando cubrirse detrás de vehículos y estructuras metálicas.

De pronto, puertas se abrieron y varios militares comenzaron a salir corriendo.

—¡Contacto! —gritó uno de ellos.

Las balas empezaron a volar.

—¡Fuego! —gritó Angello.

Jonathan y Valeria disparaban, mientras Marissa se agachaba detrás del vehículo.

—¡No se detengan! —gritó Valeria—. ¡No les den tiempo de organizarse!

Los militares respondían con ráfagas, el sonido de los disparos llenaba el aire, las balas golpeaban metal y concreto.

Jake, sin decir nada, corrió hacia adelante.

—¡Está loco! —gritó Jonathan.

Jake esquivaba las balas como si pudiera preverlas. Saltó sobre una caja, rodó por el suelo, lanzó una de sus katanas clavándola en el pecho de un soldado, tomó la otra y se lanzó contra otro, cortándolo en el cuello.

—¡¿Qué demonios es ese tipo?! —gritó un militar.

Angello aprovechaba el caos.

—¡Disparen mientras esté distraído! —gritó.

Los soldados que intentaban apuntar a Jake eran abatidos por Valeria y Jonathan. El laboratorio se convirtió en un campo de guerra, alarmas sonando, gente corriendo, órdenes gritadas por radios.

—¡No los dejen avanzar! —se escuchó por los altavoces.

Jake saltó sobre un camión, se impulsó y cayó entre tres soldados, girando sus katanas con precisión brutal.

Esto es por mis amigos —murmuró.

El caos se apoderó del laboratorio.

Los disparos finalmente cesaron.

El olor a pólvora llenaba el aire mientras los últimos soldados caían al suelo. Jake respiraba con dificultad, su mirada aún llena de furia y odio. Angello, Jonathan, Marissa y Valeria se reagruparon rápidamente.

—Creo que… ya no hay más afuera —dijo Jonathan, mirando alrededor con cautela.

—No bajen la guardia —respondió Angello—. Si este lugar es tan importante como Jake dice, deben tener más gente adentro.

Jake no respondió. Solo avanzó hacía adentro de las instalaciones, decidido, caminando por los pasillos blancos llenos de luces frías, puertas metálicas y ventanas de cristal donde científicos temblorosos levantaban las manos.

—No disparemos a los científicos —dijo Valeria—. Ellos no son soldados.

—Muchos sabían lo que hacían —respondió Jake con voz dura—. Pero hoy no son nuestro objetivo.

Mientras avanzaban, algunos militares aparecían en los pasillos, pero eran rápidamente abatidos por el equipo.

—¡No los dejen llegar a control central! —se escuchó por una radio antes de que el soldado cayera.

Jake apretó los dientes.

—Robert está aquí —dijo—. Lo siento.

Finalmente llegaron a una enorme sala de experimentos, llena de cápsulas, camillas, cables y pantallas. En el centro, de espaldas, estaba Robert observando una pantalla.

—Robert… —murmuró Jake.

El comandante giró lentamente, sin sorpresa, con una sonrisa tranquila.

—Llegaste —dijo—. Te estaba esperando, Proyecto ARES.

Jake levantó su arma y le apuntó directamente a la cabeza.

Se acabó —dijo con voz temblorosa—. Todo esto se acaba hoy.

Angello, Valeria, Jonathan y Marissa también le apuntaron.

Robert levantó una ceja, sin miedo.

—No creo que te convenga hacer eso —dijo con calma.

—¿Por qué no? —contesto Jake.

Robert presionó un botón y una pantalla se encendió detrás de él. Apareció una imagen aérea del refugio destruido… y de la cueva oculta.

—Tengo un dron armado apuntando a ese lugar —dijo—. Desde ayer los hemos estado vigilando. Sabía que ibas a venir por mí, así que tomé precauciones.

Valeria dio un paso adelante.

—No… no lo hagas —dijo con voz temblorosa—. Ahí están los niños Jack… Elisa… y doña Stella.

—Si me matas —continuó Robert, mirando a Jake—, el dron disparará. Y no quedará nada de esa cueva. Ni niños, ni la anciana.

Jake apretó el gatillo, pero no disparó.

—Bajen las armas —dijo Valeria, casi suplicando.

—No —respondió Jake—. No puedo dejarlo vivir.

Angello se acercó a él lentamente.

—Jake… —dijo con voz baja—. Si disparas, ellos mueren. No lo permitas.

Jake cerró los ojos por un segundo y bajó el arma.

—Maldita sea… —murmuró.

En ese momento, varios soldados entraron detrás de ellos y les apuntaron por la espalda.

—¡Manos arriba! —gritó uno.


Jonathan maldijo.

—Nos tendieron una trampa…

Jake sintió un nudo en el pecho. Por primera vez desde que escapó, se sintió completamente derrotado.

Entonces, otra puerta se abrió.

Un hombre con bata blanca entró con una sonrisa orgullosa.

—Comandante Robert, debo felicitarlo —dijo—. Ha logrado recuperar al Proyecto ARES. Es un logro impresionante.

Jake lo miró con odio.

—Doctor Carlos… —susurró.

Valeria dio un paso al frente, mirando al hombre con ojos abiertos.

—¿Papá…?

El silencio cayó. Jake volteó lentamente hacia ella.

—¿Él… es tu padre?

Valeria asintió, sin dejar de mirar a Carlos.

—Sí… es mi papá.

Carlos se quedó inmóvil al verla.

—Valeria… ¿qué haces aquí? —preguntó con voz temblorosa.

Robert frunció el ceño.

—No sabía que era su hija —dijo.

Valeria respiró hondo.

—El refugio que atacaron… el que destruyeron… era el que tú construiste —dijo con rabia—. Era donde vivía.

Carlos abrió los ojos con horror.

—¿Qué…? Robert, ¿qué hiciste?

—Era necesario —respondió Robert—. Estábamos buscando a ARES.

—¡Pusiste en peligro a mi hija! —gritó Carlos, acercándose furioso—. ¿En qué estabas pensando?

Valeria levantó la voz.

—Yo no estaba ahí cuando atacaron —dijo—. Pero muchas personas importantes para mí si. Todos murieron por tu culpa.

Carlos apretó los puños, pero luego respiró profundo.

—Valeria, ven conmigo —dijo con voz firme—. Tenemos que hablar. Ahora.

Se volvió hacia los soldados.

—Llévense al Proyecto ARES a las celdas de contención —ordenó.

Dos soldados tomaron a Jake por los brazos.

—¿Y los demás? —preguntó uno.

Robert dio un paso adelante.

—Mátenlos. No los necesitamos.

Valeria giró rápidamente.

—¡No! —gritó—. ¡Papá, no! Son mis amigos. Si les haces algo, nunca te lo voy a perdonar.

Carlos dudó, mirando a su hija.

—Enciérrenlos —ordenó finalmente—. No los maten.

Robert chasqueó la lengua, molesto.

—Está bien.

Los soldados esposaron a Angello, Jonathan y Marissa.

Carlos tomó a Valeria del brazo.

—Ven —le dijo—. Vamos a mi oficina.

Valeria miró a sus amigos y a Jake mientras se los llevaban por el pasillo. Jake sostuvo su mirada.

—Lo siento… —murmuró.

Valeria no respondió. Solo lo miró, con una mezcla de culpa, dolor y confusión.

Las puertas se cerraron detrás de ellos.

Oficina de Carlos.

La oficina era amplia, fría, con paredes blancas y una enorme ventana. Carlos se sentó detrás de su escritorio, mientras Valeria permanecía de pie, con los brazos cruzados y la mirada llena de enojo.

Carlos tomó una jarra de agua y llenó un vaso de cristal.

—Toma —le dijo con voz suave—. Debes estar agotada.

Valeria no tocó el vaso.

—Te creí muerto —dijo con la voz tensa—. Desapareciste. Me dejaste sola en ese refugio. ¿Sabes lo que pasamos? ¿Sabes cuántas personas murieron?

Carlos bajó la mirada por un segundo.

—Lo sé… —respondió—. Y lo siento.

Valeria se acercó al escritorio, apoyando las manos con fuerza.

—Explícame qué tienes que ver con esas personas. Con los militares. Con este laboratorio. Dime que no sabías lo que le hicieron a Jake.

Carlos cerró los ojos un momento.

—Sí lo sabía —dijo finalmente—. Y trabajé para ellos.

Valeria sintió que el mundo se le caía encima.

—¿Qué? —susurró—. No… no puede ser. ¿Cómo puedes trabajar para gente así? ¡Lo usaron como un experimento!

Carlos respiró hondo.

—Porque creemos que es la única forma de salvar a la humanidad —dijo con seriedad—. Valeria, el mundo ya estaba condenado antes de los infectados. Sobrepoblación, guerras, recursos agotándose, el planeta colapsando por el calentamiento global… La humanidad se estaba destruyendo a sí misma.

Valeria negó con la cabeza.

—Eso no justifica nada.

—Sí lo justifica —respondió Carlos con firmeza—. Por eso creamos el Virus Z.

Valeria abrió los ojos, horrorizada.

—¿Qué…?

—El virus que supuestamente era una vacuna contra el cáncer —continuó—. Fue diseñado para ser un filtro. Un reinicio forzado del mundo.

Valeria retrocedió un paso.

—Tú… tú hiciste eso…

—Lo hicimos —corrigió—. La corporación para la que trabajo. Decidimos que el mundo necesitaba empezar de nuevo. Que solo los más capaces, los más inteligentes, los que podían reconstruir la civilización debían sobrevivir.

Valeria apretó los puños.

—Con razón construiste ese refugio… y me encerraste ahí.

—Era para salvarte —dijo Carlos—. Sabía que el virus iba a desatar el caos. Quería protegerte de lo que vendría. De lo que hicimos.

Valeria lo miró con asco.

—¿Salvarme? ¡Condenaste a millones de personas!

Carlos se levantó de su silla.

—Los humanos comunes solo destruyen el mundo, Valeria. Siempre lo han hecho. Queremos crear una nueva humanidad. Una civilización perfecta, sin guerras, sin hambre, sin contaminación. Un mundo gobernado por los que pueden mantenerlo en equilibrio.

Valeria negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos.

—Eso es una locura.

—Por eso creamos a Jake —continuó Carlos—. Proyecto ARES era la clave. Un soldado capaz de exterminar a los infectados, limpiar el planeta y preparar el mundo para los “nuevos humanos”. Él iba a ser el arma que limpiaría el tablero.

Valeria sintió náuseas.

—No es un arma. Es una persona.

—Para ellos, no —respondió Carlos—. Para ellos es una herramienta. Pero yo… yo solo quería que este mundo tuviera una segunda oportunidad. Y que tú estuvieras en él.

Valeria tomó el vaso de agua con la mano temblorosa.

—Eres un monstruo…

De pronto, lanzó el vaso contra su padre. El cristal se estrelló contra su rostro, cortándole la mejilla. Carlos retrocedió, sorprendido.

Valeria agarró el arma que estaba sobre el escritorio y le apuntó.

—Nunca debiste hacer eso… —dijo entre sollozos—. Nunca debiste jugar a ser Dios.

Carlos dio un paso adelante y golpeó el arma, desviando el disparo. La bala rozó su brazo, causandole un gemido de dolor.

—¡Valeria, cálmate! —gritó—. No sabes lo que estás haciendo.

Valeria no respondió. Corrió hacia la puerta y salió al pasillo. Carlos tomó un micrófono desde su oficina.

—Atención a todas las unidades —dijo—. Mi hija está fuera de control. Encuéntrenla y deténganla, pero no le hagan daño. Repito, no le hagan daño.

Valeria corría por los pasillos, buscando las celdas.

Las celdas.

Las luces eran tenues, las paredes grises y frías. Jake estaba sentado en el suelo, mirando al vacío. Angello estaba frente a él, Jonathan caminaba de un lado a otro y Marissa se apoyaba en la pared.

—Lo siento… —dijo Jake con voz baja—. Si no hubiera venido… nada de esto habría pasado. Brenda, el refugio… ustedes…

Angello se acercó y se sentó frente a él, sujetándole la mano con firmeza.

—Oye —dijo con voz seria—. La decisión de venir fue de todos. Nadie nos obligo. Yo acepté, Valeria aceptó, todos aceptamos.

Jake lo miró, sorprendido.

—Pero yo los traje directo a una trampa.

—Nadie sabía que sería una trampa —respondió Angello—. No te culpes. No te mereces cargar con todo esto solo.

Jonathan se detuvo.

—Además —dijo—, si no veníamos, esos tipos seguirían haciendo sus experimentos como si nada.

Marissa asintió lentamente.

—Sí… y no estamos muertos. Eso ya es algo.

Jake bajó la mirada.

—Nunca quise que murieran por mi culpa.

Angello apretó su mano.

—Entonces no dejes que sus muertes sean en vano. Vamos a salir de aquí. Juntos.

Jake cerró los ojos, respirando profundo.

Pasaron casi dos minutos en completo silencio dentro de la celda.

Nadie hablaba. Solo se escuchaba el zumbido de las luces y pasos lejanos de soldados patrullando los pasillos.

De repente, los pasos se hicieron más cercanos.

Angello levantó la cabeza.

—¿Escucharon eso? —susurró.

Jonathan asintió.

—Sí… vienen hacia aquí.

De pronto, una figura apareció frente a las rejas. Valeria estaba ahí, con varias armas colgadas del hombro y un rifle en las manos. Su mirada era fría, decidida.

—No tenemos tiempo —dijo en voz baja pero firme—. Es hora de acabar con esto.

Sin dudarlo, apuntó a la cerradura de la celda y disparó. El metal saltó en pedazos y la puerta se abrió.

Jake se levantó de inmediato.

—Valeria… —dijo sorprendido.

Ella se acercó y les entregó sus armas uno por uno.

—Tomen. No pienso dejar que ellos decidan qué pasa con nuestras vidas.

Angello tomó su rifle.

En ese momento, varios soldados entraron al área de celdas, apuntándolos. Sin embargo, dudaron al ver a Valeria al frente.

—Señorita Valeria, por favor, suelte las armas —dijo uno de ellos—. No queremos hacerle daño.

Valeria sonrió con desprecio.

—Lo sé. Y esa es la razón por la que no van a disparar.

Jake, Angello, Jonathan y Marissa aprovecharon el momento y se movieron hacia la salida trasera del área de celdas. Antes de irse, Valeria sacó una granada.

—Esto es por Don Albert —murmuró.

Lanzó la granada al grupo de soldados. Corrieron, y segundos después, la explosión sacudió el pasillo, llenándolo de fuego, humo y gritos.

Caminó al comandante.

Avanzaron por los pasillos del laboratorio, disparando sin detenerse. Los científicos gritaban y corrían, los soldados intentaban responder, pero el caos era total.

Jake iba al frente, con sus dos katanas y su rifle, moviéndose como una sombra.

—No se detengan —dijo con voz firme—. Robert tiene que estar en la sala central. Es el único que controla los drones.

Angello disparaba mientras corría.

—Entonces vamos directo a él.

Jonathan miró a los científicos que levantaban las manos.

—¿Qué hacemos con ellos?

Jake apretó los dientes.

—Ya es demasiado tarde para arrepentimientos. Nadie aquí es inocente.

Marissa no dijo nada, pero siguió avanzando.

Finalmente, llegaron a la sala principal. Las puertas se abrieron de golpe.

Carlos estaba ahí, junto a Robert, quien les apuntaba con su pistola.

—Sabía que vendrían —dijo Robert con una sonrisa fría—. Proyecto ARES siempre fue predecible.

Jake levantó su arma.

—Esto ya se acabó, Robert. No vas a controlar nada más.

Carlos dio un paso al frente.

—No —dijo con calma—. Apenas está comenzando.

Robert presionó un botón.

—El dron ya está en posición sobre el refugio. Un solo comando y esa cueva desaparece del mapa.

Valeria sintió que el corazón se le detenía.

—No… papá, no hagas esto.

Carlos la miró con tristeza.

—Es necesario, Valeria. El mundo tiene que seguir adelante, aunque tenga que pasar sobre algunos sacrificios.

Valeria levantó su arma con manos temblorosas.

—Tú no decides quién merece vivir.

Disparó.

Carlos levantó el brazo instintivamente y la bala lo atravesó, haciéndolo gritar de dolor, entonces corrió hacía la salida. Robert aprovechó y comenzó a disparar contra Jake y los demás.

—¡Cúbranme! —gritó Valeria—. ¡Voy tras él!

Jake, Angello, Jonathan y Marissa respondieron al fuego, creando una cortina de balas. Valeria salió corriendo tras su padre, atravesando los pasillos hasta llegar al exterior del laboratorio.

Carlos corría hacia una camioneta militar, con el brazo sangrando. Abrió la puerta y se preparó para subir, pero Valeria llegó y le apuntó.

—¡Detente!

Carlos la miró, respirando con dificultad.

—¿Vas a matarme? —preguntó con voz cansada—. ¿Eso es lo que quieres?

Valeria apretó el gatillo, pero no disparó.

—No me dejaste otra opción.

Carlos la miró a los ojos.

—Entonces hazlo. Porque no me detendré. El mundo necesita lo que estamos haciendo. Y aunque tú me odies, no pienso dejar que lo destruyan.

Antes de que Valeria pudiera responder, un soldado apareció por detrás y la sujetó del brazo.

—¡Suelta el arma!

Valeria gritó de rabia y le dio un cabezazo, liberándose. Giró rápidamente y le disparó en la cabeza sin dudarlo.

El soldado cayó al suelo.

Carlos aprovechó el momento, subió a la camioneta y arrancó a toda velocidad, perdiéndose entre el polvo y las montañas.

Valeria gritó con furia.

—¡Maldito!

Se quedó mirando cómo la camioneta desaparecía en el horizonte, con el corazón lleno de rabia y dolor.

En la sala principal del laboratorio.

El eco de los disparos seguía retumbando en las paredes. El humo de la pólvora flotaba en el aire, y las luces parpadeaban.

Robert seguía disparando hacia la dirección donde había visto a Marissa por última vez, creyendo que todos estaban ahí. Su rostro mostraba una mezcla de furia y desesperación.

—¡Salgan, malditos! —gritó—. ¡No pueden escapar de esto!

Sin que él lo notara, Jonathan, Angello y Jake se movieron en silencio por los laterales de la sala, rodeándolo. Jake levantó su arma, respiró profundo y disparó con precisión.

La bala impactó directamente en la mano de Robert, arrancándole dos dedos. La pistola cayó al suelo.

—¡Agh! ¡Mierda! —gritó Robert, cayendo de rodillas—. ¡Malditos…!

Los disparos cesaron. Robert apretaba su muñón sangrante, respirando con dificultad.

En ese momento, Valeria regresó corriendo a la sala, con el rostro lleno de rabia y frustración.

—Escapó —dijo entre dientes—. Mi padre logró escapar.

Robert comenzó a reír, una risa rota, casi histérica.

—No importa… no importa en absoluto —dijo, mirando a Jake—. Mátame si quieres. No cambiará nada. Siempre habrá alguien más. Esto es más grande que tú, más grande que yo, más grande que todos ustedes. Yo soy una pieza de ajedrez… reemplazable. Si yo caigo, vendrá otro. Y así hasta que el mundo sea como nosotros queremos.

Jake lo miró con desprecio.

—No eres un dios. Solo eres un hombre que decidió jugar a serlo.

Robert escupió sangre.

—Y tú decidiste ser su arma. Aunque ahora creas que eres libre.

Angello levantó su arma.

—Se acabó.

Jonathan, Marissa y Valeria apuntaron también. Robert los miró uno por uno.

—Los veo en el infierno.

Los cinco dispararon al mismo tiempo. El cuerpo de Robert cayó hacia atrás, sin vida.

El silencio se apoderó de la sala por unos segundos.

Angello bajó su arma, respirando con dificultad.

—Se… se terminó.

Jake no respondió. Su mirada seguía fija en el cuerpo de Robert.

—No —murmuró—. Apenas está empezando.

De pronto.

Un gruñido rompió el silencio.

Luego otro.

Y otro.

Los cinco corrieron hacía la entrada principal. Las alarmas comenzaron a sonar, y los sensores de movimiento se activaron.

—¿Qué es eso? —preguntó Marissa, apuntando su arma.

Comenzaron a aparecer zombies. No caminaban lentamente. Corrían.

—Acechadores —dijo Jake con tensión—. Y vienen muchos.

La horda comenzaron a entrar. Los chicos comenzaron a disparar, pero era difícil apuntar a la cabeza mientras corrían hacia ellos a toda velocidad.

—¡No caen! —gritó Jonathan—. ¡Son demasiados!

—¡Retrocedan! —ordenó Valeria—. ¡A la sala principal!

Corrieron y se encerraron dentro de la sala principal. El vidrio blindado resistía, pero los zombies se estrellaban contra él una y otra vez. Se escuchaban grietas formarse.

—No va a aguantar mucho —dijo Angello, mirando el vidrio agrietarse.

Jake se acercó a una computadora central y comenzó a teclear frenéticamente.

—¿Qué estás buscando? —preguntó Angello, acercándose.

—El protocolo de destrucción —respondió Jake sin mirarlo—. Este laboratorio tiene una bomba. Si algo salía mal, lo borrarían del mapa.

—¿Y puedes activarla? —preguntó Marissa.

—Eso intento.

Pasaron segundos eternos. Los zombies golpeaban el vidrio.

—¡Vamos, Jake! —gritó Jonathan—. ¡Se va a romper!

Jake encontró el archivo.

—Aquí está… pero necesita la huella de un alto mando.

Miró la mano mutilada de Robert en el suelo. Sin dudarlo, se acercó, tomó uno de los dedos arrancados, lo limpió con su ropa y volvió a la consola.

—Lo siento, bastardo —murmuró.

Colocó el dedo en el lector.

Un pitido sonó.

ACCESO CONCEDIDO.

La pantalla mostró una cuenta regresiva.

05:00

Todos se miraron.

—Cinco minutos —dijo Jake—. Eso es todo lo que tenemos.

—¡Muévanse! —gritó Valeria—. ¡Por la otra puerta!

Los cinco corrieron hacia la salida mientras las alarmas del laboratorio resonaban y la cuenta regresiva seguía bajando.

04:57… 04:56… 04:55…

Valeria fue la primera en cruzar la puerta, Marissa salió detrás de ella, seguida de Jonathan.

Angello era el último en salir.

Cuando estaba a punto de cruzar la puerta, sintió que alguien lo tomaba de la mano con fuerza.

—¿Jake? —preguntó, volteando.

Jake estaba sonriendo. Una sonrisa tranquila, pero triste.

—Espera —dijo Jake con voz baja.

—¿Qué pasa? ¡Tenemos que irnos ya! —dijo Angello, mirando hacia atrás donde los zombies comenzaban a llenar los pasillos.

Jake negó con la cabeza.

—Yo no voy a salir.

Angello sintió que el corazón se le detenía.

—¿Qué? No digas eso, vámonos juntos —dijo, jalándolo—. Hicimos todo esto para salir vivos.

Jake lo miró con una calma que asustaba.

—Si me voy con ustedes, nunca van a estar a salvo —dijo—. Me van a buscar siempre. A ti, a Valeria, a Jonathan, a Marissa, a los niños… a todos. No voy a permitir eso.

Los demás regresaron al escuchar la discusión.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Valeria, acercándose—. No seas idiota, Jake.

—Yo los metí en esto —dijo Jake—. El refugio cayó por mí. Don Albert murió por mí. Brenda murió por mi culpa. No puedo seguir cargando a la gente conmigo.

Valeria apretó los puños.

—Eso no fue tu culpa —dijo con la voz temblorosa—. Yo te culpé porque estaba enojada, porque había perdido todo. Pero eso no te hace responsable de lo que ellos hicieron. Lo siento… de verdad.

Jake la miró y asintió lentamente.

Angello estaba llorando.

—No te quedes —dijo, con la voz quebrada—. No quiero perderte también. Ya perdimos a todos.

Jake se acercó y tomó su rostro con cuidado.

—Angello… tú me salvaste —dijo—. Cuando me escondiste en la bodega, cuando confiaste en mí sin conocerme, cuando me trataste como una persona y no como un arma. Eso nunca lo voy a olvidar.

Jonathan miró la cuenta regresiva en la pantalla.

—Tenemos que irnos —dijo en voz baja a Valeria y Marissa—. No hay tiempo.

Valeria apretó los dientes y tomó a Angello del brazo.

—Angello, vámonos —dijo con dolor—. Él ya decidió.

—¡No! —gritó Angello—. ¡No puedes decidir esto solo!

Jake se inclinó y lo abrazó con fuerza.

—Gracias —susurró—. Por confiar en mí… cuando ni yo confiaba en mí mismo.

Luego, sin dudarlo, besó a Angello. Angello se quedó en shock, llorando, sin saber qué decir.

Jonathan y Valeria los separaron con cuidado.

—Lo siento —dijo Valeria, arrastrando a Angello—. Si te quedas, mueres con él.

Jake los miró a todos por última vez.

—Gracias… por darme un lugar al que llamar hogar.

Cerró la puerta y le puso llave.

Quedaban 2 minutos y 40 segundos.

Jake se sentó en un escritorio, abrió la laptop de Carlos que se encontraba ahí y activó una llamada cifrada.

La pantalla mostró a un hombre de traje oscuro, con expresión fría.

—¿Quién eres? —preguntó el hombre.

Jake sonrió.

—El Proyecto ARES.

El hombre abrió los ojos con sorpresa.

—¿Qué hiciste? ¿Dónde estás?

Jake giró la cámara, mostrando las alarmas y la cuenta regresiva.

—Activé la autodestrucción del laboratorio —dijo—. Esto se acabó.

El hombre se levantó furioso.

—¡No te atrevas! ¿Sabes cuánto costó todo esto? ¡Eres mi propiedad!

Jake negó con la cabeza.

—No soy propiedad de nadie. Y no quiero que me sigan cazando. No quiero que sigan muriendo personas por mi culpa, esto termina aquí.

—Podemos negociar —dijo Anthony, furioso—. Te daremos todo, seguridad, poder, control.

—Yo no quiero nada de eso —respondió Jake—. Solo quiero que se detengan.

—¡Detén la cuenta regresiva! —ordenó Anthony.

Jake cerró los ojos por un momento.

—Lo siento.

Colgó la llamada.

Valeria, Angello, Jonathan y Marissa subieron a una camioneta y condujeron lo más rápido que pudieron, alejándose del laboratorio.

Nadie hablaba.

Solo se escuchaba el motor y los sollozos de Angello.

A varios kilómetros, Valeria detuvo la camioneta. Todos bajaron y miraron hacia las montañas.

El laboratorio explotó.

Una enorme bola de fuego iluminó el cielo, seguida de una onda expansiva que sacudió la tierra.

Angello cayó de rodillas.

—Jake… —susurró.

Valeria puso una mano en su hombro.

—Él eligió salvarnos.

Jonathan miró el horizonte.

—Y eligió ser libre.

Dos meses después.

Un viejo autobús escolar avanzaba lentamente por la carretera agrietada, con la pintura amarilla descolorida por el sol. En su interior, el grupo viajaba en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos mientras el mundo destruido pasaba frente a ellos.

Jonathan iba al volante, concentrado en la carretera, con las manos firmes en el volante y la mirada cansada pero decidida. En los asientos traseros, Marissa revisaba una mochila llena de provisiones, Elisa y Jack dormían apoyados el uno en el otro, y Stella iba recostada

Angello estaba sentado solo, cerca de una ventana, mirando el cielo gris que se extendía hasta el horizonte. Sus ojos estaban cansados, pero no por falta de sueño, sino por los recuerdos que no dejaban de perseguirlo.

Valeria lo observó desde el otro lado del autobús durante unos segundos. Dudó, pero finalmente se levantó y caminó hacia él. Se sentó a su lado sin decir nada al principio, mirando también por la ventana.

—El cielo se ve diferente cuando no hay ciudades —murmuró Valeria, rompiendo el silencio—. Antes siempre estaba lleno de humo, luces, ruido… ahora es solo… vacío.

Angello no respondió de inmediato. Seguía mirando hacia afuera, como si buscara algo en las nubes.

—A veces siento que todo esto no es real —dijo finalmente, con voz baja—. Que en cualquier momento voy a despertar y Jake va a estar ahí.

Valeria bajó la mirada, apretando los labios.

—Yo también lo extraño —admitió—. Aunque al principio lo veía como una amenaza… terminó siendo uno de nosotros. Más de lo que pensé.

Angello soltó una pequeña sonrisa sin humor.

Valeria continuó.

—Lo que hizo… no fue solo para salvarnos. Fue para dejar de ser perseguido, para que nadie más tuviera que cargar con él. Y aun así, eligió quedarse para que nosotros pudiéramos seguir adelante.

Angello apretó las manos sobre sus piernas.

—Ojalá hubiera podido convencerlo de venir con nosotros —susurró—. Tal vez si hubiera insistido más…

Valeria negó con la cabeza.

—No habrías podido cambiar su decisión. Jake ya había decidido qué quería hacer desde mucho antes de que lo dijera en voz alta. A veces, cuando alguien toma una decisión así, no es porque quiera morir… es porque quiere que los demás puedan vivir sin miedo.

Angello giró el rostro para mirarla.

—¿Tú crees que valió la pena?

Valeria lo miró fijamente, con una expresión firme.

—Sí. Porque gracias a él, tú estás aquí. Nosotros estamos buscando un nuevo hogar. Eso es lo que él quería.

Angello bajó la mirada y respiró hondo. Luego levantó la vista hacia el cielo otra vez, pero esta vez una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

—Espero que, donde sea que esté… esté en paz.

Valeria le dio una leve palmada en el hombro.

—Lo está.

El autobús siguió avanzando por la carretera, alejándose de las ruinas del pasado y acercándose a un futuro incierto, pero lleno de posibilidades. El mundo estaba roto, pero ellos seguían vivos, y mientras siguieran juntos, aún había esperanza.

FIN


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