El comienzo
El día que todo comenzó, el cielo se pintó de rojo
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Alfas, betas y omegas continuaban con sus vidas como lo habían hecho durante siglos. Para ellos, las tres castas siempre habían formado parte de la sociedad.
Existían desde mucho antes de que alguien pudiera recordar, y aunque las diferencias entre ellas habían provocado conflictos a lo largo de la historia, nadie imaginaba que algún día habría una amenaza capaz de hacer que aquellas diferencias dejaran de importar.
En un inicio, nadie creyó que hubiera un problema. Parecía algo casi normal, pues algo así como un cielo rojo jamás había sido visto. Al cabo de unos días, a nadie más le dio importancia. Las personas continuaron con sus actividades, los autos seguían circulando y las calles estaban llenas de ruido.
Pero al cabo de una semana, con el cielo aún carmesí, se escuchó un ruido extraño.
Un sonido profundo hizo temblar el planeta entero. Tomó a todos desprevenidos, pues era media noche cuando sucedió. Como pudieron, las personas salieron de sus hogares para descubrir qué estaba ocurriendo. Sin embargo, nadie había estado preparado para lo que apareció frente a ellos.
Criaturas gigantescas comenzaron a aparecer por todas partes. No había lugar por donde no hubiera una. Sus cuerpos eran alargados y, en lugar de tener una cabeza normal, tenían un enorme ojo.
Aquel día fue la primera vez que los humanos vieron a esos seres.
Y nadie sabía todavía por qué habían llegado.
Entre todo aquel caos, se encontraba un niño de apenas seis años.
Su nombre era Eiden.
Él no comprendía el motivo de los gritos desesperados que se escuchaban afuera. No entendía por qué las personas corrían ni por qué sus padres estaban tan asustados. Lo único que sabía era que algo terrible estaba ocurriendo.
Eiden se encontraba debajo de la mesa, abrazando su libro de cuentos, el mismo que sus padres le habían estado leyendo poco antes de que todo comenzara.
—Mamá... ¿qué está pasando? —preguntó con la voz temblorosa.
Su madre no respondió.
Eiden salió lentamente de debajo de la mesa y caminó hacia la ventana. Se asomó con cuidado, intentando descubrir qué estaba causando todo aquel caos.
A lo lejos, entre los edificios, pudo distinguir una enorme silueta.
Era demasiado grande para ser humana.