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Una daga punzante. (Cuentos de terror psicológico)

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Sinopsis

Esta antología reúne cuentos cortos de terror psicológico, donde lo inquietante se esconde en lo cotidiano. Situaciones aparentemente normales revelan verdades perturbadoras, personajes enfrentan miedos profundos, y la realidad se quiebra en los momentos más inesperados. Cada historia explora temas como el control, la identidad, la soledad, la muerte y la pérdida de sentido, con una narrativa íntima y envolvente. No hay sustos fáciles, sino una tensión constante que crece hasta dejar una marca. Una lectura breve, intensa y emocionalmente incómoda. Para quienes disfrutan del silencio antes del grito.

Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La voz de Dios.

Inmóvil, con la respiración pesada, aún sostenía el vaso de agua que fui a buscar; el líquido en su interior se revolvía y me salpicaba: era mi mano que temblaba.


Él estaba parado en el medio de la habitación, tan quieto como yo; era una sombra humanoide ahí, en la oscuridad, solo podía distinguir sus ojos penetrantes y brillantes que no dejaban de observarme, de penetrar mi cuerpo hasta llegar a mi alma.


—Hola —su voz, grave, como un eco profundo que ahogó el cuarto, me atravesó los oídos y retumbó en mi cabeza.


Me mareaba, mi vista se volvía extraña, borrosa, inquieta. Bajé la mirada al suelo, eso me reconfortó. Pero su presencia, pesada e innegable, ejercía presión en mi ser.


Volvió a hablar: —Yo soy Dios.


¿Dios? ¿Por qué Dios estaría en mi sala, hablándome? ¿Por qué Dios tenía esa aura inquietante, aterradora?


—Mírame, yo soy Dios.


No quería mirarlo, no podía, mi ser me suplicaba que no lo hiciera, que no me moviera. Su voz era doble, grave, antinatural. Si es Dios, no es como lo recitan en la Biblia.


—Francisco, mírame, yo soy Dios.


Un escalofrío trepó por mi cuerpo, me recorrió como una electricidad intensa. Sabe mi nombre, sabe mi nombre, sabe quién soy, ¿es Dios?


Mis rodillas temblaban, se doblaban, parecían desear chocar contra el suelo; mi mente solo podía pensar en plegarias, rezos, alabanzas. Quería que me pusiera a rezarle, rezarle a Dios. No puedo hacerlo, no quiero. Pero pareciera haber una gravedad invisible que me obliga.


—Tu madre enfermó ayer, puedo curarla. Yo soy Dios.


¿Cómo lo sabe? El ambiente se volvió frío, mi aliento caliente hacía vapor al salir.


—Tu padre murió cuando eras niño, él te extraña, quiere verte, puedo ayudarte a verlo. Yo soy Dios, mírame.


Mi mano se aflojó y el vaso cayó haciéndose trizas contra el suelo. Mis pies descalzos se mojaron, pero no quiero moverme, no quiero mirarlo. ¿Cómo sabe todo eso de mí?


—Porque soy Dios, yo lo sé todo.


Me cuesta respirar. El frío y el miedo me hacen temblar. Él sabe lo que pienso, lo sabe todo.


—Yo soy Dios.


Dios, lo escucho hablar, lo siento cerca, en mi mente, en mi cuerpo, en mi alma. Me resisto a la tentación de rezarle.


Él no puede ser Dios; Dios no necesita decir que lo es y, si insiste en decirlo, es porque quiere que le crean. Si quiere que le crean, es porque no es Dios.


Solo espero poder resistir antes de sucumbir a sus palabras y, si eso no es posible, que el verdadero Dios se apiade de mi alma corrupta.



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