Sueño I — El comienzo
Hay algo que Evander no sabrá hasta la séptima noche: que cada sueño es una pregunta, y que las preguntas, como las promesas, se responden en el orden en que uno se atreve a hacerlas.
Pero esta es la primera. Todavía no lo sabe.
El cielo era completamente azul.
Había flores, árboles y una luz cálida que parecía cubrirlo todo. Era el tipo de luz que no existe en ningún lugar real, esa que solo aparece cuando la mente construye algo desde el recuerdo de la felicidad, y no desde la felicidad misma.
Evander caminaba por un lugar que no reconocía.
No le pareció extraño. En los sueños, uno rara vez se pregunta dónde está. Solo camina, como si siempre hubiera sabido el camino.
Entonces la vio.
Elara estaba sentada frente al mar.
Cuando lo vio, sonrió.
No era una sonrisa triste.
Era la sonrisa de alguien que se siente feliz de encontrar a la persona que estaba buscando. Una sonrisa sin cálculo, sin la sombra de una respuesta tardía o un mensaje sin contestar. Aquí, en ese lugar sin nombre, no había horas de espera. No había "¿todo bien?" ni "sí, tranquilo". Solo estaban ellos, y el tiempo parecía haberse quedado exactamente donde ambos lo querían.
Evander se sentó a su lado.
Hablaron.
Rieron.
Recordaron cómo habían comenzado.
Los primeros mensajes.
Las primeras conversaciones que parecían no terminar.
Las noches en las que ninguno quería despedirse.
Todo estaba exactamente como antes.
Y por un momento —solo un momento— Evander pensó que tal vez todo lo que había sentido últimamente, esa distancia pequeña e inexplicable, no había sido más que su imaginación.
Pero entonces Elara miró su teléfono.
Lo desbloqueó.
Lo volvió a bloquear.
Evander la observó.
—¿Qué pasa?
Ella negó con la cabeza.
—Nada.
Después volvió a sonreír.
Pero unos minutos más tarde volvió a mirar el teléfono.
Esta vez Evander notó algo diferente.
Parecía tener miedo.
No el miedo de quien espera una mala noticia. Era otro tipo de miedo. El de quien sabe que algo bueno existe y no confía del todo en que vaya a seguir ahí.
—¿Qué estás esperando?
Elara bajó la mirada.
—Nada.
El viento comenzó a soplar.
El lugar seguía siendo hermoso, pero algo empezó a desaparecer.
Primero las flores.
Después los colores.
Luego el sonido del mar.
Como si el mismo escenario supiera que la felicidad de Elara ahí tenía fecha de vencimiento, y esa fecha coincidía siempre con el momento en que ella recordaba que existía un teléfono, una espera, una duda.
Evander miró a Elara.
—¿Elara?
Ella lo miró.
—No quiero que esto termine.
Y despertó.
Evander abrió los ojos de golpe.
Se quedó mirando el techo.
No entendía nada.
Había sido un sueño extraño. De esos que se sienten más reales que el día que uno está a punto de empezar.
Pero una frase no dejaba de repetirse en su cabeza.
¿Por qué Elara tiene miedo de perder algo que todavía tenemos?
No lo sabía todavía, pero esa pregunta —la primera de siete— iba a acompañarlo el resto del día, como una canción que uno no eligió escuchar pero que ya no puede sacarse de la cabeza.
Al día siguiente
Por la mañana, Evander tomó su teléfono.
Tenía un mensaje de Elara.
Nada extraño.
Nada que pudiera explicar el sueño.
Hablaron como cualquier otro día.
Ella le contó algo que le había pasado.
Él respondió.
Ella se rio.
Todo parecía normal.
Y sin embargo, Evander se sorprendió a sí mismo leyendo cada mensaje dos veces, buscando algo entre líneas que probablemente no estaba ahí. Como si el sueño le hubiera entregado una lupa que ahora no sabía cómo dejar de usar.
En algún momento Evander escribió:
—¿Dormiste bien?
Elara contestó:
—Sí, ¿por qué?
Evander observó la pantalla.
Podría haberle contado el sueño.
Pero no sabía cómo.
¿Cómo le dices a alguien "anoche soñé que tenías miedo de perderme" sin que suene como una acusación, o peor, como una petición de que confirme que todo está bien?
—Por nada. Me dio curiosidad.
Ella respondió con un simple:
—Jajaja.
Y siguieron hablando.
Evander dejó el teléfono sobre la mesa.
Pero la pregunta permaneció.
Se quedó ahí, quieta, esperando la segunda noche —aunque él todavía no sabía que habría una segunda, ni una tercera, ni que para cuando llegara la séptima, ya no sería el mismo que apagó la luz esa noche pensando que un sueño era solo un sueño.