𝓛𝓪 𝓬𝓲𝓪𝓷𝓸𝓼𝓲𝓼 𝓭𝓮𝓵 𝓭𝓮𝓼𝓮𝓸

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Sinopsis

Not all stories are enjoyable, but you can find different perspectives on "love".

Estado:
Complete
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

Zhiwei

Ine huele a salmuera, a madera vieja podrida por la humedad constante del mar de Japón y a aceite de linaza industrial. Es un olor denso, casi sofocante cuando el viento del norte deja de soplar y el agua del lago interno se transforma en un espejo grisáceo.

Llevo tres años viviendo en una *funaya*. Estas casas tradicionales de madera, suspendidas sobre la orilla, tienen el garaje de botes en la planta baja y el espacio habitable arriba. La mía es algo distinta: el hangar de abajo no guarda ningún bote de pesca. Es mi taller. Las mareas suben y bajan justo debajo de las vigas podridas, y el chapoteo nocturno del agua es lo único que consigue acallar el ruido en mi cabeza.

Antes de venir a este rincón olvidado de la prefectura de Kioto, el arte para mí era una cuestión de cacería.

Un lienzo en blanco no es una invitación; es una exigencia violentamente desnuda. En Taipéi, cuando sentía que el color se me terminaba en los dedos, salía a buscar a alguien. Modelos jóvenes, extraños de bares oscuros, gente cuya vida no dejaba rastros profundos. Los traía a mi estudio, les pedía que se desnudaran, que posaran bajo la luz fría de las lámparas halógenas. Y luego, cuando la postura comenzaba a fatigar sus músculos y el sudor hacía brillar sus hombros, cortaba la tensión. Matar a un modelo no es una cuestión de rabia ni de perversión sexual; es una necesidad puramente técnica. La muerte fija el color. El último aliento deja en la piel una palidez cerosa, una quietud perfecta que ningún ser vivo puede sostener durante horas. La sangre que deja de circular cambia el tono del rostro de un rosa cálido a un azul violáceo sutil, fascinante. Pintar a un cadáver es pintar la eternidad antes de que la descomposición reclame el cuerpo.

Pero el mundo digital es una jaula pequeña. Mis cuadros comenzaron a venderse por sumas desmedidas en galerías de Londres y Tokio. La cuenta de *DianLove* que manejaba mi representante no dejaba de crecer. Miles de personas comentaban en mis publicaciones: *“La textura de la piel parece real”*, *“Parece que el modelo va a exhalar en cualquier momento”*. Ninguno de esos idiotas entendía que era real porque había sido congelado justo a tiempo.

Entonces apareció él en mi pantalla.

Estaba revisando la pestaña de explorador en *DianLove* una noche de tormenta en Ine. El viento hacía crujir las maderas de la *funaya* y el mar golpeaba con furia los cimientos de piedra. En medio del brillo azul de la pantalla, apareció una fotografía analógica, de grano grueso. Un muchacho de espaldas, al borde de un muelle de madera, con una bata de algodón negro cayéndole hasta la mitad de las nalgas. Tenía los hombros anchos pero huesudos, la escápula izquierda ligeramente más elevada que la derecha, como la ala rota de un ave marina. En la etiqueta ponía un solo nombre: **Daiki**.

Hice clic en su perfil. No había descripciones elaboradas, solo fotos de su cuerpo. Rostro anguloso, mandíbula limpia, ojos rasgados que miraban a la cámara no con coquetería, sino con una frialdad despectiva. Pero lo que me paralizó no fue su cara. Fue la luz sobre su clavícula en una foto tomada al atardecer. La piel de su cuello tenía la transparencia de la porcelana fina de Dehua.

Pasé semanas obsesionado con esa cuenta. Guardé cada imagen. Las imprimí en papel fotográfico mate y las pegué en las paredes de mi taller, superponiéndolas hasta que el olor a tinta fresca sofocó el aroma del mariscal. Mi mente empezó a calcular los colores: *Blanco de titanio, un toque de sombra tostada para la sombra bajo su mentón, y una capa casi invisible de carmín de alizarina para la punta de sus dedos.*

Sabía que si lo traía aquí, tendría que matarlo. Sería mi obra cumbre. El trabajo final antes de retirarme a las sombras.

Le escribí un mensaje directo desde mi cuenta oficial.

> *"Hola, Daiki. Soy Zhiwei. Sigo tu trabajo en la plataforma desde hace meses. Estoy preparando una serie de lienzos al óleo sobre la luz de la costa de Kioto y me gustaría contar contigo para una sesión privada en mi taller de Ine. Todos los gastos corren por mi cuenta, además de tu tarifa habitual. Déjame saber si estás disponible."*

>

La respuesta llegó tres minutos después.

> *"Conozco tu trabajo, Zhiwei-san. He visto lo que haces con la piel de tus modelos. Estaré en Ine el jueves por la mañana."*

>

Esa noche no pude dormir. Bajé al taller, preparé un lienzo gigante de lino belga de tres metros por dos y mezclé los óleos. Oculto bajo la mesa de trabajo, envuelto en una franela impregnada de aceite de máquina, el cuchillo de desollar pescado que usaba para mis "preparaciones" esperaba pacientemente.

### Daiki

El autobús local desde la estación de Miyazu serpentea a lo largo de la costa. El mar de Japón a mi izquierda está agitado hoy, de un color verde botella oscuro que parece tragar toda la luz del sol de la tarde.

A mi lado, sobre el asiento de terciopelo verde gastado, descansa mi bolsa de viaje de lona. Dentro llevo poca ropa: un par de pantalones holgados, un jersey de lana gris, mi cámara Leica gastada y una pequeña libreta con las tapas de cuero desgastadas por el sudor de mis manos.

Todo el mundo piensa que los modelos somos cáscaras vacías. Que nos limitamos a pararnos bajo un foco y congelar la postura mientras alguien con un ego inflado nos dice hacia dónde mirar. La gente cree que soy solo un cuerpo bonito que muestra marcas de ropa independiente en una aplicación.

No tienen idea de las horas que he pasado frente a la pantalla de mi ordenador en mi apartamento de Kioto, haciendo zoom en las pinceladas de Zhiwei.

Descubrí su trabajo hace dos años en una exposición colectiva en el distrito de Ginza. Mientras los visitantes se agolpaban frente a paisajes abstractos de moda, yo me quedé petrificado ante una figura masculina yacente, pintada sobre una tabla de roble. Los críticos alababan la "tranquilidad meditativa" de la pose. Decían que el pintor lograba capturar una paz casi mística en sus sujetos.

Qué ciegos.

Cualquiera que haya visto morir a un animal, o que haya estado lo suficientemente cerca de la nada, reconoce esa mirada. La tensión muscular de ese modelo no era relajación; era *rigor mortis*. La forma en que la luz caía sobre su tórax no era un truco de veladura; era la ausencia absoluta de pulso. Zhiwei no pintaba personas posando; pintaba cadáveres frescos. Y la precisión con la que lo hacía me provocó un escalofrío que me recorrió la espina dorsal hasta la entrepierna. Un estremecimiento de devoción pura.

Desde ese día, me convertí en su sombra.

Investigué cada detalle de su vida pública. Rastreé sus compras de materiales de arte, sus cambios de residencia, sus breves estancias en Taiwán y su eventual retiro a este pueblo de pescadores olvidado por el tiempo. Abrí mi cuenta de *DianLove* con un solo objetivo: construir el tipo de cuerpo y la estética exacta que sabía que a él lo volvería loco. Estudié la iluminación de sus cuadros, la paleta de colores que elegía para sus víctimas, la inclinación exacta de las cabezas en sus composiciones.

Cada fotografía que publiqué durante el último año fue una carnada arrojada directamente a su acuario.

Cuando su mensaje iluminó la pantalla de mi teléfono esa noche, no sentí sorpresa. Sentí una plenitud salvaje, una sensación de triunfo absoluto. El gran depredador había picado el anzuelo. Cree que me ha elegido él. Cree que me está arrastrando a su guarida para convertir su violencia en arte.

El autobús se detiene con un chirrido de frenos de aire frente a la pequeña parada de madera de Ine. Me bajo. El aire me golpea la cara como una bofetada helada. Huele a algas secas y al humo de la leña de las casas vecinas donde las ancianas están preparando el almuerzo.

Camino despacio por el callejón estrecho que separa la montaña del mar. Las casas están tan juntas que casi se tocan los tejados de tejas oscuras. El silencio aquí es espeso, roto únicamente por el graznido distante de los milanos negros que giran en círculos sobre la bahía.

Encuentro su *funaya* al final del camino. La madera exterior está ennegrecida por el tratamiento tradicional de fuego, el *shou sugi ban*, para protegerla de la sal. La puerta corredera de la planta baja tiene un pequeño letrero de latón con su nombre en caracteres chinos: **志偉**.

Doy dos golpes secos con los nudillos sobre la madera dura.

A través del cristal opaco veo recortarse una silueta alta, de hombros anchos y postura ligeramente encorvada. La puerta se desliza hacia un lado con un gemido metálico.

Ahí está él.

Zhiwei es más alto de lo que imaginaba por las fotos de las entregas de premios. Lleva un jersey negro de cuello alto manchado de óxido de hierro en los puños y unos pantalones de trabajo desgastados. Su cabello negro, algo largo, le cae sobre la frente, tapando a medias unos ojos oscuros, extremadamente intensos, que me escanean de arriba abajo con la minuciosidad de un cirujano antes de la primera incisión.

—Daiki —dice. Su voz es grave, con el timbre raspado de alguien que pasa días enteros sin usar las cuerdas vocales. Su japonés tiene un acento taiwanés leve, suavizado por los años.

—Zhiwei-san —respondo, inclinando la cabeza lo justo, manteniendo esa distancia estudiada que sé que aumenta su curiosidad—. Gracias por recibirme. El viaje ha sido largo.

Él se hace a un lado para dejarme pasar.

—Entra. He preparado algo de comer antes de que empecemos a trabajar.

### Zhiwei

Pasó por mi lado y su olor me atravesó de inmediato. No llevaba perfume. Olía a frío exterior, a la lana húmeda de su jersey y a algo sutilmente dulce, como el arroz cocido al vapor.

El garaje del piso inferior es amplio y frío. Las olas chocan contra el suelo de cemento donde el agua de la bahía entra libremente por una abertura en la estructura. El sonido del mar ahoga el ruido exterior. Mis lienzos están apoyados contra las paredes de madera, algunos cubiertos con sábanas blancas, otros mostrando los estudios previos de tonos de piel que he pintado durante las últimas semanas.

Noté cómo sus ojos pasaban rápidamente por las esquinas oscuras del taller. No había miedo en su postura. Al contrario, caminaba con una soltura casi insolente, observando los frascos de pigmento en polvo, los pinceles de pelo de marta alineados con precisión militar y los disolventes.

—Arriba está la zona habitable —dije, señalando la escalera de madera sin barandilla—. Deja tus cosas allí.

Subió delante de mí. Me quedé dos peldaños por detrás, contemplando el movimiento de sus caderas bajo el pantalón. Su estructura ósea era incluso más perfecta en persona que en la pantalla. Había una tensión constante en su espalda, como si cada músculo estuviera listo para reaccionar ante una amenaza. Esa tensión desaparecería cuando su corazón dejara de latir. Me pregunté cuánto tardaría en fijar su tono de piel exacto una vez que la vida lo abandonara. Quizá tres horas. El aire frío del invierno de Ine ayudaría a conservar la carne firme.

En el piso de arriba, la luz filtrada por los grandes ventanales que dan a la bahía creaba una atmósfera gris y limpia. Sobre la mesa bajo de madera de cedro había preparado un almuerzo sencillo: dos cuencos de *zōshui* de cangrejo picado con arroz, pepinillos en salmuera y unas tazas de té verde caliente que echaban humo en el aire helado.

Nos sentamos uno frente al otro sobre los cojines de paja de arroz.

—Ine es un lugar muy silencioso —dijo Daiki, tomando la taza de té con ambas manos. Sus dedos eran largos, con las uñas cortadas impecablemente—. Un hombre podría desaparecer aquí y nadie se enteraría hasta que la marea devolviera sus botas a la playa.

Lo miré fijamente a los ojos. No había burla en su rostro, solo una tranquilidad aplastante.

—La gente de aquí no hace preguntas —respondí, tomando un poco del caldo caliente—. Los pescadores se levantan a las cuatro de la mañana y vuelven al atardecer. Si ven luz en mi taller por la noche, solo asumen que soy un artista loco trabajando. Nada más.

—Un artista loco —repitó él, marcando las palabras con una pequeña sonrisa que no llegó a sus ojos—. Tus cuadros en *DLove* son... perturbadores, Zhiwei-san. Hay algo en la piel de las personas que pintas. Parece que no hay vida debajo de los tonos rosas. Como si estuvieran posando desde el otro lado.

El pulso se me aceleró ligeramente en el cuello. Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta, sintiendo la textura de mis propios nudillos apretados.

—La piel viva es caótica —dijo lentamente, eligiendo cada palabra como quien coloca una trampa—. Cambia con el calor, con el miedo, con la vergüenza. A mí me interesa la verdad de la forma. Y la forma solo es pura cuando se detiene el movimiento.

Daiki dejó la taza sobre la mesa. El choque de la cerámica resonó en la habitación.

—Entonces me alegra haber venido —dijo, mirándome sin parpadear—. Quiero ver cómo logras detener mi movimiento.

La forma en que lo dijo me erizó el vello de los brazos. Había una entrega casi explícita en su tono, pero también una provocación helada. No era la respuesta aterrorizada ni la ingenuidad tonta de mis anteriores modelos. Este muchacho sabía dónde estaba parado. O, al menos, creía saberlo.

—Termina de comer —dije, poniéndome de pie para ocultar la turbación que empezaba a invadirme—. La luz de la tarde dura poco en esta época del año. Bajaremos al taller en veinte minutos. Quiero que te desnudas completamente para el primer boceto.

Él no protestó. Solo asintió, tomando un trozo de pepinillo con los palillos y llevándoselo a la boca con una lentitud exasperante.

### Daiki

Zhiwei cree que está al mando.

Lo veo en la forma rígida en que sostiene los hombros, en la manera en que esquiva mi mirada directa durante más de tres segundos seguidos. Su mente está acelerada, calculando el momento oportuno, visualizando el metal cortando la carne, el lienzo manchándose de bermellón.

Si supiera cuántas noches he pasado imaginando sus manos gruesas y manchadas de pintura alrededor de mi garganta, se le caería el tazón de las manos.

Cuando terminamos de comer, bajamos de nuevo a la penumbra del taller. El olor a disolvente es más fuerte aquí abajo. El sonido del mar chocando contra los pilares de la *funaya* ritmo constante, como un corazón gigante latiendo debajo del suelo de madera.

Él encendió una sola lámpara de luz cálida dirigiéndola hacia una plataforma baja de madera que había montado en el centro de la estancia.

—Ponte allí —ordenó, dándome la espalda mientras preparaba una paleta de madera pesada—. Quítate todo. No quiero telas ni marcas de elásticos en tu piel.

Me desabroché el jersey. La lana raspó mi piel al salir por mi cabeza. El aire frío del taller me golpeó el pecho de inmediato, haciendo que mis pezones se endurecieran al instante. Me quité los pantalones, los calcetines y la ropa interior. Quedé completamente desnudo en medio del espacio helado, expuesto a la luz amarilla del foco y a su mirada.

Escuché cómo Zhiwei contenía el aliento. Fue un sonido ahogado, casi imperceptible, pero para mis oídos entrenados fue tan claro como un disparo.

Se giró despacio. Sostenía el carboncillo en su mano derecha. Su mirada recorrió mi cuerpo desde mis pies descalzos sobre la madera fría, subiendo por la línea de mis espinillas, el muslo, la pelvis, el vientre encogido por el frío, hasta detenerse en el centro de mi pecho.

Esperaba ver en sus ojos la frialdad del cazador listo para el matadero. Pero lo que vi fue algo mucho más peligroso para él: fascinación desmedida. Un hambre descontrolada que amenazaba con romper su compostura.

—Siéntate en el borde de la plataforma —dijo. Su voz era un susurro rasposo—. Inclina el torso hacia atrás. Apoya los puños sobre la madera. Quiero que dejes caer la cabeza hacia la derecha, como si hubieras perdido el conocimiento.

Obedecí. La madera de la plataforma estaba helada, enviando descargas de electricidad por mis brazos hasta la nuca. Dejé caer la cabeza. Desde esta posición, con la garganta completamente expuesta y la vista inclinada hacia un lado, podía verlo a él.

Zhiwei empezó a trazar líneas en el lienzo gigante con trazos rápidos y violentos. El sonido del carboncillo rascando la tela rasposa llenó la habitación. *Chac, chac, chac.*

Pasaron diez minutos. Quince. El frío comenzaba a entumecerme las extremidades, pero no me moví ni un milímetro. Sabía exactamente qué posición hacía que mis costillas se marcaran con mayor elegancia under la piel.

De pronto, el carboncillo se detuvo.

Escuché sus pasos pesados acercándose. No abrió la mesa donde sabía que guardaba sus herramientas. Caminó directamente hacia mí.

Sentí el calor de su cuerpo antes de que me tocara. Zhiwei se detuvo a solo unos centímetros de mi rostro expuesto. Podía oler el tabaco rancio en su aliento y la trementina pegada a sus dedos.

Levantó su mano derecha. Esperé el golpe, el agarre brutal en la traquea, la hoja helada del cuchillo. Mi corazón latía a mil por hora contra mis costillas, una danza salvaje de anticipación.

Pero sus dedos solo tocaron levemente la base de mi cuello, justo donde se une la clavícula.

La yema de su pulgar estaba áspera, llena de callos por el uso del pincel y la espátula. Recorrió la línea de mi piel con una delicadeza temblorosa, casi reverencial. Sentí un estremecimiento que me hizo dar un leve ahogo.

—Tu piel... —murmuró Zhiwei, con los ojos fijos en el punto donde su dedo tocaba mi carne—. No cambia de color con el frío. Es como si ya estuvieras hecho de mármol.

Abrí los ojos despacio y lo miré desde abajo. Nuestros rostros estaban a menos de un palmo de distancia. Podía ver las pequeñas venas rojas en el blanco de sus ojos, la tensión de su mandíbula.

—Si quieres que me quede más quieto, Zhiwei-san... —susurré, dejando que mis labios casi rozaran la manga de su jersey—, vas a tener que usar algo más que tus manos para sostenerme.

Él dio un paso atrás de golpe, como si la piel de mi cuello lo hubiera quemado. Su respiración era agitada. Miró su propia mano, desorientado, y luego miró el cuchillo que sobresalía levemente por debajo del trapo en su mesa de trabajo.

La duda había entrado en su mente.

Por primera vez en su carrera de asesino, el depredador no estaba seguro de si quería destruir su presa o postrarse ante ella. Y yo iba a encargarme de que esa duda lo consumiera vivo.