La Historia Que Nadie Recuerda
El aire olía a musgo húmedo y a la savia dulce de los árboles frutales que bordeaban el sendero. Elyra caminaba al frente, con la capucha baja y las manos libres por primera vez en semanas, mientras detrás de ella los seis aprendices se turnaban para robarse las bayas que juntaban en las cestas.
—¡Esas eran para el maestro Kaidos! —protestó uno, persiguiendo a otro que masticaba con la boca llena.
Elyra no se giró. Dejó que el bosque hiciera de árbitro: una rama baja atrapó al ladrón por la capa y lo hizo tropezar entre risas ajenas.
El sendero se abrió sin aviso en un claro despejado, rodeado de rocas planas dispuestas casi en círculo, como si generaciones de asientos hubieran pulido su superficie. El lugar se alzaba un poco sobre el resto del bosque, lo justo para que las copas más bajas se abrieran hacia el norte en una brecha de cielo. Los niños se dejaron caer sobre las rocas sin preguntar, demasiado hambrientos para notar que aquel lugar tenía la forma deliberada de una asamblea antigua.
—Coman —dijo Elyra, sentándose sobre la roca más baja—. Después seguimos.
Por un rato solo hubo el sonido de mordidas y quejas sobre quién había recogido menos. Fue una niña de trenzas deshechas por el viento quien rompió el silencio, con la boca aún llena:
—Maestra, cuéntenos algo. Del pasado.
Elyra levantó la vista. No tenía preparada ninguna lección, y las historias de guerra que conocía no le parecían apropiadas para una tarde de frutas robadas. Miró el claro, las rocas, el modo en que la luz caía entre las copas, y decidió que el lugar mismo le daba la respuesta.
—Está bien —dijo, limpiándose las manos—. Les contaré lo que dicen los registros sobre cómo se formó Thalassara.
Los niños se acomodaron, y hasta el ladrón de bayas dejó de masticar.
—Se dice que cuando el universo aún estaba en formación, ocho espíritus llegaron a este planeta y lo encontraron estéril. Sin posibilidad alguna de que naciera vida con el tiempo. Al ver que era un mundo inmenso, decidieron descender y moldearlo. Cada uno dominaba un elemento distinto, y entre todos construyeron lo que hoy conocemos.
—¿Ellos nos crearon a nosotros también? —interrumpió un niño, sin levantar la mano.
—No —respondió Elyra—. Nuestro origen viene de después. Se dice que los espíritus vivían en armonía en este mundo, pero su sueño estaba incompleto: no podían crear seres como nosotros. Por mucho tiempo, Thalassara solo tuvo a los espíritus, y vida animal, y vegetal. Hasta que llegó un ser de fuera de nuestra dimensión.
Bajó la voz, más por costumbre que por necesidad.
—Así lo describen los registros, al menos. Cuando llegó, les concedió a los espíritus su deseo: llenar el planeta de seres vivos como ellos mismos. Y así nacimos. Todas las razas que conocen fueron creación de ese ser.
—Qué historia tan interesante, doncella de hielo —dijo una voz desde arriba, con un tono que no tenía nada de solemne—. Aunque yo hubiera preferido oír la de cómo le rompiste el corazón a tu pretendiente.
Elyra se giró hacia las ramas. Aerthys estaba sentada en una, balanceando las piernas; Namarie, un poco más arriba, ya se reía sin disimulo.
—¿Usted tiene pareja, maestra? —preguntó uno de los niños, genuinamente sorprendido.
—Claro que no —dijo Elyra, y luego, sin mirar del todo hacia arriba—: Aerthys, deja de inventar cosas.
No sonaba enojada. Sonaba como alguien que sabe que negarlo demasiado rápido es peor que quedarse callada.
—¿Inventar? —Namarie bajó de un salto, aterrizando entre dos niños que se apartaron entre risas—. Yo recuerdo perfecto lo que pasó ese día. Todo el bosque lo recuerda. Casi se quema entero.
—Fue la primera vez que vi a Eryndor de verdad furioso —añadió Aerthys, dejándose caer también, sacudiéndose hojas del cabello—. Y después de eso, el rey mono vive exiliado de Aqualis. Pyralis tiene orden de restricción en este bosque.
Elyra no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo entre las rocas, y por un momento el claro pareció volver a ser lo que fue: un lugar de asamblea, testigo de algo que ella prefería no repetir en voz alta.
—Pobre rey mono —dijo Namarie, sentándose a su lado sin pedir permiso—. Orgulloso, sí, pero también muy gracioso. A mí me caía bien.
—Y pobre Eryndor —siguió Aerthys, ya rodeada de niños que le tiraban de la manga pidiendo que contara ella la historia—. Prohibirle la entrada al bosque a alguien por eso... a mí me parece que ese día andaba de mal humor. O le quemaron los bigotes mientras dormía —soltó una carcajada—. Al final tiene forma de árbol, ¿no? Bien pudo pasar.
Los niños rieron sin entender del todo el chiste, contagiados más por la risa de Aerthys que por la broma misma. Elyra los observó —a sus alumnos trepándose sobre Namarie, a Aerthys imitando con gestos exagerados a un Eryndor furioso— y sintió que la vergüenza se le aflojaba en el pecho hasta convertirse en otra cosa, algo parecido al cariño.
Sonrió, y por un instante no dijo nada más.
Fue Doran quien rompió el momento, señalando hacia el norte con la boca aún manchada de bayas.
—Maestra, ¿eso de allá también es parte de la lección?
Todos siguieron su dedo. Desde el borde del claro, por la brecha entre las copas, se veía —lejana, pequeña por la distancia— una franja de cielo distinto: nubes negras enroscadas sobre sí mismas, quietas en un solo punto, como si el viento allí obedeciera otras reglas.
—Eso es zona abyecta —dijo Namarie, sin la risa de antes—. Nadie entra ahí.
—Mi hermano dice que ahí murió un dios —agregó Doran, bajando la voz como si el bosque pudiera castigarlo por decirlo—. Que se puede ver desde la costa, en las noches sin luna.
—Mi padre dice otra cosa —dijo la niña de trenzas—. Que ahí los hechiceros hicieron algo. Antes de las guerras. Algo que salió mal.
Todos los ojos, sin planearlo, se movieron hacia Elyra.
Ella no apartó la vista de la franja de nubes.
—Los dos pueden estar equivocados —dijo, con una calma que a Mirael, que la conocía mejor que nadie, no le pareció del todo real—. O los dos pueden tener razón. Nadie que volvió de ahí se quedó el tiempo suficiente para contarlo bien.
Aerthys, todavía en el suelo junto a ella, dejó de sonreír por primera vez esa tarde.
Nadie preguntó más. Pero ninguno, tampoco, dejó de mirar hacia el norte hasta que Elyra los llamó de vuelta al sendero.