Capitulo 1 El día rojo
Capítulo 1 — El día rojo
Mientras la vida seguía su curso en la rutina de cualquiera, solo viviendo su día a día, nadie esperaba mirar el cielo mientras todo caía.
Un joven que llevaba los recados de su madre lo notó primero: un sonido estrepitoso, como el zumbido de una bala amplificándose cada vez más.
Poco a poco, más y más personas se detuvieron; hasta el tráfico a lo lejos se detuvo, todos escuchando. Entonces vieron: algo a lo lejos en el cielo cayendo como una gota negra, cayendo tan rápido que apenas se podía seguir.
Mientras caía, el sonido crecía en mil ondas, un zumbido que se alargaba, pareciendo una eternidad en un solo segundo.
El impacto fue directo contra un hogar de cuidado infantil. La explosión se propagó de inmediato, llevándose todo por delante: ancianos, hombres, mujeres, niños. Casa tras casa, en un efecto dominó de destrucción incesante. Nadie, en un radio de más de diez mil metros, tuvo siquiera tiempo de reaccionar ante la primera de las cuarenta y ocho bombas lanzadas desde el otro país.
Desde los cielos, cinco ciudades fueron borradas del mapa, mientras el agua de los ríos se desbordaba inundando los cráteres formados tras las explosiones.
Un hombre despertó envuelto en vendas, sintiendo como si miles de agujas le atravesaran el cuerpo. Tenía algo atorado en la garganta, una sensación asfixiante que le dificultaba respirar.
Al mirar a su lado, vio a algunas enfermeras llorando en silencio, y a los doctores caídos en el suelo, inmóviles, devastados.
Con el único ojo que no tenía vendado, miró hacia el televisor encendido en la pared. La voz del locutor sonaba fría, distante, ajena al horror que respiraba la habitación:
— "En los noticieros internacionales destacan el ataque de los Estados Aliados de Agringado contra el país de Diro, que según fuentes oficiales experimentaba con un armamento muy peligroso. Se estima la eliminación de más de cientos de guarniciones donde se trataba esa arma experimental."
El hombre se quedó inmóvil. Las palabras no le entraban al principio. Armamento peligroso… eliminación de guarniciones… — repitió en su mente, mientras el sabor metálico de la sangre le subía por la garganta. Miró a las enfermeras, que no se atrevían a sostenerle la mirada. Y comprendió de golpe: no fue un error. No fue un accidente. Lo llamaban "eliminar", y ellos borraron ciudades enteras, con todos los que vivían en ellas.
Cerró su ojo, apretándolo con fuerza, y sintió que el dolor de su cuerpo era nada comparado con el vacío que se abría dentro de su pecho. No sabía aún si su familia estaba entre los borrados del mapa. No sabía por qué él seguía vivo. Solo sabía una cosa, mientras las palabras del noticiero seguían repitiéndose en su cabeza: el mundo acababa de cambiar para siempre, y lo que llamaban "paz" no era más que el silencio de los que ya no podían hablar.
Un anciano doctor se acercó a la cama con paso lento, cansado, como si el peso de todo el mundo descansara sobre sus hombros.
— Señor Hetlir Sosty… aún no está en condiciones de levantarse.
Hetlir sostuvo su mirada, fija, vacía, como si ya no hubiera luz dentro de él.
— En estos momentos —dijo con voz rasposa, rota— deseo saber cómo están mis hijas y mi esposa. Esto es lo más importante.
El doctor bajó la mirada. Se volvió hacia la puerta, como si quisiera irse sin decirlo, pero antes de cruzar el umbral se detuvo, y con la voz quebrada, casi en un susurro, dijo:
— Yo también perdí a mi familia. Estaban apenas a dos cuadras del segundo impacto… mi hijo… y mi nieto… Dios mío… santo Dios… ¿por qué…?
Al fin, el anciano cayó de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos, llorando de impotencia, sin consuelo, sin respuestas.
Hetlir no dijo nada. Se arrastró fuera de la cama, ignorando el dolor que le recorría cada hueso, y salió. No le importó el cuerpo. Solo le importaba llegar.
Cuando llegó hasta lo que antes era su pueblo, no encontró casas, ni calles, ni árboles. Donde hubo vida, risas, hogares… ahora solo había un gran cráter inundado de agua oscura y quieta. Nada quedaba. Ni una pared. Ni una señal. Solo agua, profunda y silenciosa, cubriendo todo lo que amaba.
Las fuerzas se le escaparon de las piernas como si le arrancaran el suelo de debajo. Cayó de rodillas, sin vendas, sin cuidado, y lloró. Lloró sin ruido, sin aliento, con un llanto que le partía el pecho en dos, porque no había nada que abrazar, ni nada que encontrar, ni siquiera una tumba donde dejar una flor.
Mientras permanecía allí, roto, un hombre se acercó lentamente y se detuvo a su lado. Era Joseph Esteyenof, el vecino mayor del barrio, el hombre que siempre tenía una palabra, una mano tendida, un consejo… ahora apenas podía sostenerse, como si el suelo mismo se le escapara de debajo.
— Hetlir… ¿eres tú? —preguntó con voz quebrada, casi un susurro—. Tú también eres huérfano de Darkcity… al igual que yo.
La agonía de Hetlir lo ahogaba mientras el mundo giraba sin piedad a su alrededor. Miraba la nada, el agua oscura del cráter, y trataba de sujetarse al recuerdo: la risa de sus hijas, el olor del café de su esposa, la puerta de su casa que siempre dejaba entreabierta… pero todo se desvanecía, como el humo que el viento se lleva. No tenía dónde aferrarse. No quedaba nada.
Joseph, con las manos temblorosas, sacó de su abrigo una botella de vodka, casi vacía, que había encontrado entre los escombros. Se acercó a las cruces de madera tosca, improvisadas apenas con ramas y tablas rotas, clavadas en la tierra húmeda a orillas del cráter. No llevaban nombres. No hacía falta: representaban a todos. A cada uno de los que ya no estaban.
Con un gesto lento, solemne, como quien ofrece lo único que le queda, Joseph inclinó la botella y el líquido transparente cayó sobre la madera, empapándola, corriendo por la tierra como lágrimas que el suelo bebía sin devolver.
— Por todos —susurró con voz ronca, rota por el llanto que contenía—. Por los que no pudieron correr. Por los que durmieron y no despertaron. Por mi Elena… por tus hijas, Hetlir… por tu esposa. Que al menos este trago llegue hasta donde ellos están.
Dejó caer la botella vacía a sus pies, y por primera vez se dejó caer también, sin fuerzas, sin orgullo, sin nada que lo sostuviera. Dos hombres, en medio de la nada, ante un agujero que se tragó su mundo, llorando en silencio bajo un cielo que ya no era el mismo.