Capítulo 1
—¡Kiraaa!
Escuché a la distancia la voz de Darek.
Fruncí el ceño.
Justo cuando había conseguido encontrar el lugar perfecto para estar tranquila.
Estaba sentada en la rama más alta y gruesa de un árbol, con las piernas recogidas y el pequeño cuchillo de tallar entre los dedos. Frente a mí se extendía una de las escenas más hermosas que había visto aquella mañana.
A pocos metros del río, una cierva bebía tranquilamente mientras su cría se mantenía pegada a su costado. El agua avanzaba despacio entre las piedras, reflejando la luz del cielo y haciendo que todo pareciera suspendido en el tiempo.
Era exactamente la clase de escena que me gustaba dibujar.
Y, por supuesto, Darek tenía que aparecer.
—¡KIRAAAA! —gritó otra vez, mucho más fuerte.
Entrecerré los ojos.
Tomé una bellota de la rama que tenía a mi lado y se la arrojé sin pensarlo demasiado.
La bellota golpeó directamente contra su cabeza.
—¡Ay!
Sonreí con malicia.
Darek levantó la mirada, frotándose la cabeza con una mano, hasta que finalmente me encontró sentada en lo alto del árbol.
—¿En serio?
No respondí.
Él suspiró y comenzó a subir.
Lo hizo con la torpeza que siempre lo caracterizaba. Resbaló una vez, se sostuvo de una rama, volvió a intentarlo y finalmente consiguió sentarse a mi lado, respirando con dificultad.
—¿Qué haces?
Tomé otra bellota.
—¡No, no, no...!
La lancé.
—¡Ay!
Esta vez se llevó una mano al brazo.
—Silencio —le susurré.
Giré nuevamente la mirada hacia el río.
Darek dejó de quejarse.
Siguió mi mirada y entonces comprendió.
Una madre cierva bebía tranquilamente junto a su cría.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
La expresión de Darek cambió. Una sonrisa tranquila apareció en su rostro mientras contemplaba la escena.
—Es hermosa —murmuró.
Asentí.
Y así nos quedamos.
Uno al lado del otro, sentados sobre la rama más gruesa del árbol, observando aquella pequeña escena de la naturaleza como si el resto del mundo no existiera.
Hasta que escuchamos gritos.
Al principio parecían lejanos.
Después fueron acercándose.
Eran voces masculinas, mezcladas con carcajadas y alaridos, como una manada de perros salvajes desafinados.
Fruncí el ceño.
—No...
Los sonidos se hicieron cada vez más fuertes.
Y entonces los vi.
Un grupo de muchachos apareció corriendo entre los árboles. Eran jóvenes guerreros Theklan, apenas iniciados, que avanzaban hacia el río vestidos únicamente con sus ropas de baño.
—No, no, no...
Saltaron al agua.
Todos al mismo tiempo.
El estruendo fue suficiente para espantar a la cierva y a su cría, que huyeron inmediatamente hacia el bosque.
Me quedé mirando el lugar vacío.
La escena perfecta había desaparecido.
—¡Ay, no! ¿Por qué?
Golpeé con frustración el tronco del árbol.
El ardor que recorrió mi mano ni siquiera consiguió distraerme de mi enojo.
Habían arruinado la imagen que quería dibujar.
—¡Idiotas!
Antes de que pudiera decir algo más, escuché que Darek descendía del árbol.
Me giré.
Lo vi alejarse con los puños apretados.
—Darek...
No me escuchó.
Bajó de un salto y comenzó a caminar directamente hacia uno de los recién llegados.
Mi enojo desapareció de inmediato.
—No...
Lo conocía demasiado bien.
Sabía exactamente qué estaba a punto de hacer.
Y también sabía que no debía hacerlo.
—¡KAIEN!
El grito de Darek hizo que varios de los jóvenes dejaran de jugar.
Kaien giró lentamente la cabeza.
Se encontraba de pie a orillas del río, observando con una sonrisa divertida las estupideces de los guerreros más jóvenes.
Era imposible confundirlo.
Incluso cuando no llevaba su ropa de combate ni estaba dando órdenes, había algo en él que hacía que los demás lo reconocieran inmediatamente.
El Macho Alfa.
Darek llegó hasta él y se detuvo a apenas unos centímetros de su rostro.
Yo bajé del árbol rápidamente.
—¡Darek!
Pero ya era tarde.
Darek levantó un dedo y lo apoyó contra el pecho de Kaien.
El gesto hizo desaparecer la sonrisa del Macho Alfa.
—¿Por qué siempre tienes que arruinar todo lo hermoso de esta tierra? —espetó Darek—. ¿Acaso no te das cuenta de lo que están haciendo? Están dañando a la Madre Naturaleza. ¡Controla a tus guerreros! ¡Enséñales a respetar nuestra tierra!
No sabía cuánto tiempo llevaba despotricando.
Solo sabía que tenía que detenerlo.
Nadie se enfrentaba al Macho Alfa.
Y mucho menos lo tocaba de aquella manera.
Kaien bajó la mirada hacia el dedo que seguía contra su pecho.
—No me toques, Darek.
Su voz había cambiado.
—Hijo de un pescador.
El ambiente se quedó inmóvil.
Incluso los muchachos que hasta hacía unos segundos se arrojaban barro y agua dejaron de moverse.
Kaien apretó los dientes.
Siempre había pensado que había algo del oso dentro de él.
Tal vez era por aquel collar de dientes que llevaba alrededor del cuello.
Tal vez porque había sido él quien había derrotado a aquella bestia años atrás.
O tal vez porque, cuando se enfurecía, su mirada tenía exactamente la misma dureza que el animal de sus historias.
—Darek, vámonos.
Intenté tomarlo del brazo.
No se movió.
—¡Y tú, animal salvaje involucionado! —continuó—. ¡Deberían sacrificarte en el próximo ritual para la lluvia!
Silencio.
Kaien avanzó un paso.
Su sombra cubrió a Darek.
—Haz silencio, Darek.
—Darek, vámonos. Ahora.
Esta vez lo dije con toda la autoridad que pude reunir.
Pero era demasiado tarde.
Muy tarde.
Darek se abalanzó sobre Kaien sin pensarlo.
Los dos cayeron al suelo y comenzaron a golpearse.
Fue una pelea descontrolada.
Pero Kaien apenas necesitó unos segundos para comprender lo que estaba sucediendo.
Lo tomó y, con un solo golpe, lo lanzó varios metros.
Darek cayó contra el suelo.
Kaien se incorporó y sacudió la tierra de su ropa.
Entonces comenzó a caminar hacia él.
Yo me interpuse.
—¡Basta! Por favor, no le haga daño.
Levanté una mano frente a Kaien.
—Darek, discúlpate. Ahora.
Mi voz temblaba.
Por primera vez tuve miedo de no poder detener aquello.
Darek se limpió la sangre que comenzaba a brotar de su labio.
—Darek...
Lo miré con desesperación.
Él no respondió.
Kaien, en cambio, comenzó a reír.
Primero fue una risa breve.
Después se volvió exagerada.
—Será mejor que mantengas a tu perro faldero controlado —dijo—. La próxima vez tendremos que ponerle un bozal.
Darek volvió a levantarse.
—¡Darek!
Mi grito lo detuvo.
Me miró.
Y en sus ojos apareció algo que no había visto hasta entonces.
Sabía que lo había decepcionado.
Su expresión cambió.
Bajó la cabeza.
No dijo nada.
Nos alejamos del grupo de guerreros Orkan rumbo a la aldea.
Durante todo el camino permanecimos en silencio.
Yo caminaba con la mirada al frente, todavía furiosa.
Darek avanzaba a mi lado, mirándome de reojo mientras se quejaba cada tanto por la herida de su labio.
Finalmente habló.
—Kira...
—No debiste hacerlo.
Lo interrumpí sin siquiera mirarlo.
Darek resopló.
—Está bien. Perdón. Es que Kaien es tan...
—Darek.
—¡Insoportable! —concluyó.
Me detuve en seco.
Respiré profundamente y miré hacia el cielo.
Cerré los ojos con fuerza.
Luego volví a mirarlo.
—Deberías dejar ese resentimiento atrás.
—Él me robó el título.
—No te robó nada.
—Siempre me roba todo.
—No ibas a ser el Macho Alfa aquella vez. Y tampoco lo serías ahora. Si los dioses hubieran querido que fueras tú, lo serías.
Darek abrió la boca para responder.
No lo dejé.
—Ahora vamos a la carpa del médico. Tienen que curarte esa herida antes de que se infecte.
No dije nada más.
Continué caminando hacia la aldea.
Cuando llegamos, Ork estaba esperándonos.
Tenía los brazos cruzados y observaba nuestra llegada con una expresión que dejaba claro que ya había comprendido que algo había ocurrido.
Darek disminuyó el paso.
—Padre...
Lo dijo casi en un susurro.
Apenas se atrevía a mirarlo a los ojos.
Ork no necesitó decir nada.
Solo hizo un pequeño movimiento con la cabeza.
Darek bajó la mirada inmediatamente.
Podía ser rebelde con casi cualquiera.
Pero frente a su padre seguía siendo un hijo obediente.
Se despidió de mí con un gesto y entró en la tienda familiar.
—Debería revisarlo el médico —dije.
Agaché ligeramente la cabeza ante Ork.
El padre de Darek era también quien dirigía las flotas de pesca de todo Theklan.
Ork soltó los brazos.
—Otra vez se peleó...
Hizo una pausa.
No necesitó pronunciar el nombre.
—¿Con él?
Hice una pequeña mueca y asentí.
Ork resopló.
Me agradeció por haber acompañado a su hijo y entró detrás de él.
Se notaba que estaba preocupado.
Ork, o El Capi, como lo llamaba casi todo el pueblo, era un hombre rudo, tosco y de pocas palabras.
No era precisamente conocido por su razonamiento.
Pero era un padre ejemplar.
Protegía a sus dos hijos con una fuerza que pocas veces mostraba con alguien más.
Darek e Ian.
Darek había conseguido un puesto bastante favorable entre los guerreros cuando realizó su ritual de iniciación, pero nunca quiso ejercerlo. Había preferido continuar con la tradición familiar de los pescadores y, al mismo tiempo, aprender los conocimientos de herbolaria que había heredado de su madre.
Ian era completamente diferente.
Desde pequeño había mostrado un interés casi obsesivo por convertirse en guerrero.
Había entrenado durante dos largos años.
Había anunciado a todo el pueblo que algún día sería uno.
Incluso había ido personalmente a hablar con Kaien en cuanto tuvo la oportunidad.
Según Ian, había sido una experiencia extraordinaria.
Según Darek y yo, seguramente había agregado unos cuantos detalles a la historia.
Pero aquella no había sido la primera vez que su entusiasmo por convertirse en guerrero había preocupado a su familia.
Meses atrás, Ian se había escabullido de la tienda familiar sin permiso.
Ork se desesperó al no encontrar a su hijo menor.
Darek y yo nos ofrecimos a buscarlo.
Lo encontramos cerca de los límites occidentales del pueblo, justo donde comenzaba el bosque que rodeaba prácticamente todo nuestro territorio.
Ian estaba levantando unos pesados troncos.
Sus piernas temblaban.
Las manos estaban llenas de pequeñas heridas y astillas.
Los pescadores no estaban acostumbrados a manipular aquel tipo de madera.
Pero Ian insistía.
A su lado estaba Kaien.
El Macho Alfa levantaba troncos con la paciencia de quien había hecho aquel trabajo toda su vida, mientras vigilaba de reojo que Ian no resbalara con el barro o terminara aplastado debajo de alguna de las pesadas piezas.
Ian se negaba a recibir ayuda.
Quería demostrar que podía hacerlo.
Quería demostrar que podía ser un buen guerrero.
Kaien, en cambio, parecía ver solamente a un muchacho de quince años esforzándose demasiado por impresionarlo.
Darek lo había interpretado de otra manera.
Cuando vio a Kaien junto a nuestro amigo, se puso histérico.
—¡Si algo le pasa a mi hermano, te las verás conmigo!
Ian se quedó completamente avergonzado.
Su hermano estaba defendiendo su honor de un peligro que ni siquiera existía.
Él había decidido ayudar a Kaien.
Quería demostrarle que podía servir.
Y Darek acababa de arruinarlo todo.
Kaien ni siquiera pareció impresionado por la amenaza.
Simplemente continuó dando órdenes a los hombres fuertes del pueblo mientras colocaban los troncos.
Una tormenta particularmente violenta se acercaba y la corriente del río había comenzado a crecer.
Aquellos hombres intentaban reforzar las zonas más vulnerables para evitar que el agua alcanzara las casas ubicadas en los límites del pueblo.
Kaien no estaba allí para jugar a ser un héroe.
Estaba trabajando.
Ian finalmente había conseguido demostrar lo que quería.
Dos años después, a los dieciocho, fue aceptado entre los guerreros Theklan.
Se convirtió en el más joven y menos experimentado de todos.
Para Ork fue un orgullo.
Para Darek, una decisión completamente innecesaria y absurda.
Y para Alanay...
Bueno.
Alanay había intentado convencer a su hijo de que no lo hiciera.
No había servido de nada.
El nombramiento ya estaba hecho.
No había vuelta atrás.
Todavía recuerdo que la pobre mujer lloró durante una semana entera.
Darek se acercó finalmente a mí.
Llevaba un pequeño vendaje en el labio que seguramente había colocado su madre con alguna de las muchas hierbas que utilizaba para acelerar la cicatrización.
Al principio no se acercó del todo.
Se quedó a una distancia prudente.
Probablemente estaba intentando descubrir si todavía estaba enojada.
Yo decidí ignorarlo.
Estaba sentada junto a una fogata, concentrada en un boceto.
Estaba diseñando una nueva capa que quería regalarle a mi abuela por su cumpleaños.
Era la mujer más anciana de nuestra familia y una de las integrantes más respetadas de la tribu Eshkan.
Segun las historias que mi propia madre me contaba, Anaray había quedado viuda de muy joven y no había alcanzado a tener hijos. Así que había adoptado mi madre Kiay que a su vez se había quedado sin madre y desde entonces nos habíamos mudado a la carpa de Anaray. Mi madre Kiay siempre me incluía en esa parte de la historia porque decía que para entonces yo estaba creciendo en su vientre.
Finalmente, Darek reunió el valor suficiente para acercarse.
Se sentó junto a mí, sobre un tronco.
Miró el dibujo.
Era un pequeño árbol de cerezo.
De una de sus ramas colgaba una hamaca.
En ella había dibujado a una versión joven de mi abuela.
Me había inspirado en las historias de su juventud que ella solía contarme cuando yo era niña.
Darek observó el dibujo durante unos segundos.
—Es muy hermoso.
No respondí.
Él tragó saliva.
—Ya te dije que lo sentía.
Levanté la mirada.
—¿Y realmente lo sientes?
Darek levantó la cabeza.
Parecía dispuesto a decir algo.
Pero se arrepintió.
Volvió a mirar el suelo.
Sonreí con picardía.
—¿Qué?
Darek me miró.
—El corte en el labio sí lo siento muchísimo.
Le di un codazo.
Me reí.
Él también sonrió.
Era evidente que no me refería a eso.
—Darek...
—Ya lo sé, ya lo sé. Intentaré no volver a hacerlo, ¿está bien?
Hizo una pausa.
—Pero...
—No prometes lograrlo a la primera. Ya lo sé.
Lo miré fijamente.
—Siempre dices lo mismo.
Darek suspiró.
—Pero tienes que entender que...
—Que no debo enfrentar a Kaien. Ya lo sé. Mi padre ya me dio el mismo discurso.
Se cruzó de brazos.
—Pero es que ese tipo es tan arrogante... No entiendo por qué todos le tienen miedo.
Guardé silencio.
Darek señaló su propio cuello.
—¿Has visto el collar de dientes que tiene? Es tan egocéntrico. Es insoportable.
—¿Quién es insoportable?
La voz detrás de nosotros nos congeló.
Darek y yo nos giramos lentamente.
Turok estaba de pie a nuestras espaldas.
Y por la expresión de su rostro, había escuchado exactamente lo último que necesitaba escuchar.