Naruto en Vicky Donor (1)

Sinopsis

¿Donar esperma? ¡Claro que si! Cuente conmigo, Dr. Baldev.

Genero:
Romance,Drama
Autor/a:
BrolySuper
Estado:
hace 8 días
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Descargo de responsabilidad: No soy dueño del anime/manga "Naruto" o de la película "Vicky Donor" (2012), y de lo único que soy dueño es de esta historia alternativa/paralela que he escrito por diversión para lectoras/lectores curiosos.

Naruto en Vicky Donor

Capítulo 1: Tratando de Vivir Tranquilamente

Guía de Lectura:

—Diálogos—

«Pensamientos»

¡Rasengan! (Ataques / Habilidades / Chakra / Jutsu / Ki / Técnicas)

[Lectura / Noticias / Intercomunicadores]

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El incesante bullicio, los colores vibrantes y el aroma a especias tostadas flotando en el aire denso eran cosas a las que Naruto ya se había acostumbrado. El sol de la tarde caía a plomo sobre las caóticas y encantadoras calles de Daryaganj, en el corazón de Delhi, bañando la ciudad en un tono dorado que curiosamente hacía juego con su cabello.

A sus 18 años, Naruto era una anomalía hermosa caminando entre la multitud. Con una estatura imponente de 1,90 metros, su presencia no pasaba desapercibida. Tenía el cabello rubio, brillante y casi dorado, que caía de forma rebelde pero atractiva sobre su frente, contrastando con unos ojos azules tan profundos y cristalinos que parecían auténticos zafiros. Su tez blanca parecía resplandecer bajo el sol de la India, y su cuerpo era un monumento a la perfección física: hombros anchos, pectorales firmes y brazos musculosos esculpidos tanto por una genética divina como por años de un entrenamiento que su cuerpo parecía recordar por inercia.

Mientras caminaba con dos bolsas de papel repletas de vegetales frescos, especias y algo de carne, una sonrisa nostálgica y un tanto irónica se dibujó en su rostro.

«Maldita sea, Kami-sama», pensó para sí mismo, aunque sin verdadera malicia.

Naruto aún recordaba el final de su vida anterior con una claridad abrumadora. Había muerto demasiado joven. Su último recuerdo en aquel otro mundo era el inmenso peso de la gravedad y el agotamiento extremo que destrozó sus redes de Chakra tras lograr sellar a Kaguya Ōtsutsuki junto al Teme de Sasuke. Había caído al suelo, vacío y exhausto, entregando su último aliento para salvar al mundo shinobi.

Cuando despertó, no estaba en el más allá con sus amigos, ni en su antiguo cuerpo. Kami-sama, en lo que él consideraba una broma de muy mal gusto, lo había reencarnado en un bebé recién nacido en este extraño mundo sin ninjas. Al principio, la furia lo había consumido. ¡Estaba solo otra vez! ¡Huérfano de nuevo! No había conocido a sus padres biológicos en esta vida tampoco. ¿Por qué no simplemente revivirlo en su mundo original para disfrutar de la paz que tanto le había costado conseguir?

Sin embargo, a medida que fue creciendo, descubrió la “compensación” divina. Su cuerpo no solo era físicamente perfecto, sino que albergaba un poder abismal. Tenía reservas de Chakra literalmente ilimitadas y un arsenal de habilidades que en su vida pasada habrían sonado a mito. Con el tiempo, despertó Dōjutsus legendarios: el Sharingan, el Rinnegan, y otras habilidades que fluían en él con la naturalidad de la respiración. De hecho, sabía con absoluta certeza que si esa maldita loca de Kaguya apareciera frente a él en este momento, podría derrotarla sin siquiera sudar.

Pero este mundo era diferente. Era “normal”. No había aldeas ocultas ni guerras ninja. Si a Naruto se le ocurría lanzar un Bijuudama o usar el Shinra Tensei en medio de Nueva Delhi, sabía exactamente lo que pasaría: terminaría en el laboratorio subterráneo de algún gobierno, diseccionado en una mesa de operaciones como un espécimen alienígena. Y eso era un dolor de cabeza que prefería evitar a toda costa.

Por eso, vivía una vida pacífica. Gracias a su Rinnegan, podía materializar casi cualquier cosa que necesitara, por lo que el dinero para comida no era un problema real. Sin embargo, para no levantar sospechas en su vecindario y mantener su fachada de joven normal y apuesto, solía ir al supermercado a hacer las compras.

«¿Qué debería cocinar hoy?», se preguntó, ajustando el agarre de las bolsas. Tenía antojo de algo de comida autóctona. Le encantaba la gastronomía de la India, sus sabores fuertes y sus currys picantes.

Mientras doblaba la esquina de su calle, Naruto no pudo evitar notar las miradas. Gracias a su Sharingan, no solo había copiado y aprendido a la perfección el hindi, el inglés y docenas de otros idiomas sin el menor esfuerzo, sino que también percibía cada pequeño detalle de su entorno. Las mujeres locales, conocidas por sus figuras curvilíneas y voluptuosas, se giraban a mirarlo. Y no solo las jóvenes.

Naruto atraía de manera casi magnética a las mujeres de alrededor de 40 años. Parecía que su imponente y atlética figura, combinada con su rostro angelical y su actitud despistada e ingenua, activaba una especie de alarma ensordecedora en sus relojes biológicos. Las vecinas del edificio lo adoraban, lo mimaban constantemente y siempre encontraban una excusa para llevarle tuppers con comida casera, rozar sus fuertes brazos o simplemente suspirar mientras lo veían pasar. Naruto, en su inocencia, simplemente les agradecía con esa gran sonrisa deslumbrante, creyendo que la gente de Daryaganj era extremadamente amable.

Estaba tan absorto pensando en si preparar un Chicken Tikka Masala o un simple plato de ramen instantáneo, que no prestó atención a la figura apresurada que venía en dirección contraria, saliendo de una pequeña clínica con un maletín en la mano.

—¡Oof!

El impacto no movió a Naruto ni un milímetro. Su cuerpo musculoso era como un muro de acero. Sin embargo, el hombre que chocó contra él rebotó hacia atrás, dejando caer un par de carpetas médicas al suelo.

—¡Oh, lo siento mucho, señor! —exclamó Naruto rápidamente, dejando sus bolsas en el suelo con cuidado y agachándose para recoger los papeles del hombre.

El sujeto frente a él era un hombre de mediana edad, con un bigote poblado, gafas de montura fina y un semblante que mezclaba el agotamiento crónico con el estrés de un empresario al borde de la bancarrota. Era el Dr. Baldev Chaddha.

Chaddha se frotó la frente, a punto de soltar un insulto por la torpeza del transeúnte, pero cuando abrió los ojos y miró hacia arriba, las palabras murieron en su garganta.

Frente a él, agachado con la gracia de un felino, estaba el espécimen humano más perfecto que sus ojos de médico especialista en fertilidad hubieran visto jamás. La amplitud de sus hombros, la simetría perfecta de su rostro, el brillo de salud iridiscente en su piel y cabello, y esa musculatura que gritaba “genética superior”. Para los ojos del Dr. Chaddha, que pasaba sus días buscando desesperadamente donantes de esperma de alta calidad para salvar su clínica de fertilidad, Naruto no era solo un joven apuesto; era un milagro caminante, la respuesta a todas sus plegarias.

—Aquí tiene sus papeles, señor... —dijo Naruto, extendiéndole las carpetas con una sonrisa amable y genuina que casi cegó al doctor—. ¿Se encuentra bien? No estaba mirando por dónde iba.

El Dr. Chaddha parpadeó, ajustándose las gafas mientras tomaba las carpetas con manos temblorosas. Su mente de médico calculador comenzó a trabajar a mil por hora.

—Yo... eh... sí, muchacho. Estoy perfectamente —murmuró Chaddha, poniéndose de pie con lentitud mientras escudriñaba a Naruto de arriba a abajo. Sus ojos se abrieron un poco más al notar la imponente anatomía del joven rubio y su evidente vitalidad—. Dime una cosa, hijo... ¿Vives por aquí? Nunca había visto a alguien con tu... constitución en este vecindario.

Naruto inclinó la cabeza, confundido por la intensidad de la mirada del hombre con bigote, pero asintió con su habitual inocencia.

—Sí, vivo en el edificio de un par de calles más abajo. Soy Uzumaki Naruto, ¡un gusto conocerlo!

El Dr. Baldev Chaddha no podía apartar la vista. Su cerebro médico estaba trabajando a una velocidad vertiginosa, evaluando al joven gigante que tenía frente a él. Como propietario de una clínica de fertilidad que estaba al borde de la quiebra por la falta de donantes de calidad, Chaddha había desarrollado un “sexto sentido” para identificar buenos genes. Y lo que tenía delante no era un buen donante; era el Santo Grial.

—Uzumaki Naruto... —repitió el doctor, saboreando el nombre extranjero—. ¿De dónde eres, muchacho? Eres demasiado alto, demasiado fuerte y demasiado... brillante para ser un simple transeúnte en Daryaganj.

Naruto se rascó la nuca con nerviosismo, una costumbre que había conservado de su vida pasada, luciendo esa sonrisa ingenua que lo caracterizaba.

—Bueno, mi familia era de muy lejos de aquí, doctor... —respondió, eligiendo sus palabras con cuidado para mantener su tapadera—. Pero lamentablemente fallecieron cuando yo era un bebé. He estado por mi cuenta desde entonces, mudándome de un lado a otro. Ahora vivo aquí.

El corazón del Dr. Chaddha dio un vuelco, no por empatía, sino por pura conveniencia comercial.

«¡Un huérfano! Sin familia entrometida, genéticamente perfecto, en la flor de la juventud y viviendo solo. Es un milagro de los dioses», pensó Chaddha, frotándose las manos disimuladamente.

El doctor escudriñó a Naruto de arriba a abajo una vez más. Hizo una rápida y silenciosa lista mental de los atributos del chico:

Estatura y complexión: 1,90 metros de puro músculo magro, postura perfecta, hombros anchos.

Rasgos faciales: Cabello rubio dorado, ojos de un azul penetrante, tez blanca inmaculada, mandíbula cuadrada.

Salud general: Piel radiante, sin signos de fatiga, respiración controlada. Un portento de vitalidad.

Física reproductiva: La mirada entrenada del doctor bajó disimuladamente hacia la entrepierna de los pantalones deportivos grises de Naruto. Su respiración se cortó ligeramente al notar las impresionantes proporciones que la tela apenas podía disimular. Era evidente que el joven estaba extraordinariamente bien dotado, una característica que, sumada a todo lo demás, garantizaba una fertilidad y una genética envidiables.

—Hijo mío, escúchame bien —comenzó Chaddha, adoptando un tono paternal y sacando una tarjeta de presentación del bolsillo de su raída chaqueta—. Soy el Doctor Baldev Chaddha. Dirijo una clínica y un laboratorio de fertilidad a un par de cuadras de aquí. Soy un hombre de ciencia, un servidor de la vida.

Naruto tomó la tarjeta. Gracias a las capacidades cognitivas pasivas de su Sharingan, su cerebro procesó los títulos y términos médicos al instante, pero su profunda ingenuidad le impidió captar de inmediato a qué se dedicaba exactamente el hombre frente a él.

—¿Laboratorio de fertilidad? —preguntó Naruto, parpadeando con curiosidad, sus grandes ojos azules brillando con inocencia—. ¿Usted ayuda a cultivar plantas y vegetales más fuertes o algo así? Eso explicaría por qué chocó conmigo viendo mis bolsas de compras.

Chaddha se quedó mudo por un segundo, a punto de soltar una carcajada, pero se contuvo al darse cuenta de que el chico hablaba completamente en serio. ¡Era tan fuerte como un toro y tan inocente como un niño! Eso facilitaría enormemente las cosas.

—No, no, muchacho. Ayudo a que florezca una semilla mucho más importante —dijo el doctor, poniendo una mano dramáticamente sobre el musculoso hombro del rubio—. Yo ayudo a familias. A parejas casadas que tienen sus hogares llenos de amor, pero vacíos de risas infantiles. Parejas que lloran en la oscuridad porque no pueden tener un bebé propio. Yo... yo les doy esperanza.

Esas palabras fueron como un kunai directo al corazón de Naruto.

Toda su vida, tanto la anterior como esta nueva oportunidad, había estado marcada por la soledad de no tener a sus padres, por el silencio ensordecedor de un hogar vacío. La sola idea de que hubiera personas sufriendo porque no podían formar una familia y tener hijos a los que amar y proteger lo conmovió profundamente.

—Eso... eso es increíble, Dr. Chaddha —murmuró Naruto, y su tono de voz cambió a uno de genuino respeto—. Usted es un héroe de la vida cotidiana. Entiendo perfectamente lo triste que es estar en un hogar vacío.

—¡Exacto! ¡Tú lo entiendes! —exclamó Chaddha, sintiendo que ya tenía el pez en el anzuelo—. Pero para hacer mis milagros, necesito donantes. Hombres jóvenes, fuertes, rebosantes de salud y buena genética, que estén dispuestos a donar... bueno, la semilla de la vida, para ayudar a estas pobres parejas. Es un proceso privado, indoloro y, debo añadir, muy bien remunerado.

Naruto frunció un poco el ceño, pensando. El dinero no le importaba en lo absoluto; podía generar un fajo de rupias con un simple pensamiento de su Rinnegan. Pero conseguir un “trabajo” real en la comunidad haría que su fachada de joven normal fuera completamente impenetrable ante cualquier autoridad. Y lo más importante: era por una buena causa. Estaría ayudando a crear familias, evitando que más niños o padres sufrieran de soledad.

Aún así, en su infinita inocencia, no tenía ni la menor idea de la mecánica física que implicaba “donar la semilla de la vida”.

—Si puedo ayudar a que las personas tengan una familia y no estén solas, me encantaría ayudar, doctor —dijo Naruto finalmente, con una sonrisa tan radiante y decidida que Chaddha casi tuvo que entrecerrar los ojos—. Y si además eso me da un trabajo normal, ¡mucho mejor!

Chaddha sintió ganas de saltar de alegría en medio de la calle y besar las mejillas del apuesto rubio, pero mantuvo su compostura profesional.

—¡Fantástico, muchacho! ¡Es la mejor decisión que tomarás en tu vida! —El doctor le palmeó la espalda, sintiendo la dureza de los músculos de Naruto—. Ven a mi clínica mañana por la mañana. Te invitaré un buen té chai, te haré un chequeo médico de rutina para confirmar que estás en perfectas condiciones, y te explicaré cómo funciona todo.

—¡Trato hecho, doctor! Estaré allí —respondió Naruto, levantando sus pesadas bolsas de compras como si estuvieran llenas de plumas—. Nos vemos mañana.

Mientras Naruto se alejaba caminando con paso relajado hacia su departamento, atrayendo nuevamente las miradas furtivas de varias amas de casa del vecindario, el Dr. Chaddha se quedó de pie en la acera, apretando sus carpetas contra el pecho.

—He encontrado a mi Alejandro Magno... a mi guerrero ario —susurró el doctor para sí mismo, con los ojos brillando de codicia y triunfo—. Mi clínica está a punto de convertirse en la más famosa de toda la India.

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Fin del Capítulo 1

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Subido: 14/09/26

Actualizado (Corregido): ¿?/¿?/¿?

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Omake 1

El pasillo del segundo piso estaba inusualmente silencioso. Pasadas las diez de la noche, Daryaganj solía calmarse, dejando solo el zumbido distante del tráfico y el sonido de los ventiladores de techo.

Naruto se encontraba frente a la puerta del departamento 204. Había estado limpiando su casa y, al recordar que se había quedado sin té verde, la invitación de su voluptuosa vecina, la señora Sharma, vino a su mente. «Mi puerta siempre está abierta para ti. Para... tomar el té», había dicho ella. Y Naruto, en su absoluta y casi cómica ingenuidad, pensó que sería de muy mala educación no aceptar su hospitalidad.

Llevaba puestos unos pantalones cortos deportivos holgados y una camiseta de tirantes que apenas contenía la expansiva musculatura de su torso y sus imponentes brazos. Levantó su gran mano y golpeó la puerta de madera dos veces.

Apenas unos segundos después, la puerta se abrió un poco, revelando un pasillo iluminado por una luz tenue y rojiza.

—¿Quién es? —preguntó una voz melodiosa y cargada de una extraña urgencia.

—¡Hola, señora Sharma! Soy yo, Naruto. Siento molestarla tan tarde, pero recordé su invitación y me preguntaba si...

Antes de que pudiera terminar la frase, una mano adornada con brazaletes de oro lo tomó de la muñeca con una fuerza sorprendente y tiró de él hacia el interior.

—¡Naruto-beta! ¡Qué sorpresa tan... deliciosa! —exclamó la mujer.

Una vez que el rubio estuvo dentro, la señora Sharma no perdió el tiempo. Con una agilidad felina, giró sobre sus talones y comenzó a asegurar la puerta.

Clack. Pasó el cerrojo principal.

Click. Puso la cadena de seguridad.

Clack, clack. Giró la llave de la cerradura inferior dos veces y, para sorpresa de Naruto, sacó la llave y se la guardó en el generoso escote de su atuendo.

Naruto parpadeó, confundido.

—Wow, señora Sharma... sí que se toma en serio la seguridad nocturna —comentó el rubio rascándose la nuca—. ¿Hay ladrones en el vecindario?

La mujer se giró lentamente. Llevaba un sari de seda color granate que dejaba gran parte de su vientre curvilíneo al descubierto. La tela, estratégicamente ajustada, realzaba su abundante busto y sus amplias caderas de una manera que haría sudar frío a cualquier hombre mortal. El aire del departamento olía fuertemente a incienso de sándalo y jazmín.

—Oh, cariño... la única que planea robar algo esta noche soy yo —ronroneó ella, acercándose con pasos lentos y contoneantes. Sus ojos oscuros devoraron la figura de Naruto: los pectorales marcados bajo la fina tela de la camiseta, el ancho de sus hombros y, por supuesto, aquella evidente y monumental dotación que los pantalones cortos no lograban ocultar en lo absoluto.

—¿Robar? No entiendo —Naruto sonrió, completamente ajeno al peligro inminente—. Pensé que íbamos a tomar té. Por cierto, ¿el señor Sharma ya se fue a su turno nocturno?

—El señor Sharma se fue hace una hora, y no volverá hasta mañana por la mañana —susurró, acorralando a Naruto contra el respaldo del sofá—. Mi esposo es un buen hombre, Naruto, pero está... cansado. Y yo... yo tengo tanto amor para dar, pero mi hogar se siente tan vacío sin un bebé en mis brazos.

Naruto sintió una punzada de empatía. ¡Justo de lo que había hablado el doctor Chaddha! La soledad de no tener hijos.

—La entiendo perfectamente, señora Sharma —dijo Naruto con solemnidad, poniendo sus grandes manos sobre los hombros de la mujer en un gesto puramente reconfortante—. Es muy triste tener un hogar vacío. Pero no se preocupe, ¡encontraré la forma de ayudarla! De hecho, mañana empezaré un trabajo donde donaré la “semilla de la vida” para ayudar a mujeres como usted.

La señora Sharma abrió mucho los ojos, incrédula por la bendición cósmica que el destino le acababa de poner en bandeja de plata. ¿Acaso el chico hermoso, escultural y súper dotado acababa de ofrecerse a darle un hijo así de fácil?

—¿D-de verdad harías eso por mí, Naruto? —jadeó ella, acortando la distancia hasta que su generoso pecho rozó el duro torso del rubio—. ¿Me darías tu... semilla?

—¡Claro! ¡Es lo menos que puedo hacer por una vecina tan amable que me da estofado gratis! —afirmó Naruto con una sonrisa brillante y un pulgar arriba—. Solo dígame dónde está el frasquito del doctor y yo...

—No habrá frasquitos esta noche, mi hermoso semental dorado —la interrumpió la señora Sharma, su voz ronca por el deseo mientras sus manos comenzaban a trazar los músculos del pecho de Naruto, bajando peligrosamente hacia la pretina de sus pantalones—. Aquí preferimos el método tradicional.

Naruto frunció el ceño, finalmente sintiendo que algo no encajaba en su lógica.

—¿Método... tradicional? Señora Sharma, ¿por qué respira tan rápido? ¿Tiene calor? Y... uh... ¿por qué trancó la puerta con llave?

La mujer de 42 años lo miró con la intensidad de una depredadora que acaba de acorralar a su presa. Con un movimiento rápido, lo empujó hacia atrás, haciéndolo caer sentado en el sofá acolchado, e inmediatamente se subió a horcajadas sobre su regazo, acomodándose sobre las impresionantes proporciones del chico con un suspiro de pura satisfacción anticipada.

—Tranqué la puerta, cariño mío, porque no vas a salir de este departamento hasta que me dejes en cinta —declaró la señora Sharma, con los ojos brillando de una determinación inquebrantable—. El señor Sharma quiere un heredero, y con los genes que tienes tú, ¡le daremos un dios del Olimpo!

Naruto se congeló, sus grandes ojos azules dilatados al máximo mientras las piezas del rompecabezas finalmente hacían clic en su inocente cerebro.

—¡¿EHHH?! ¡¿ESPERE, SEÑORA SHARMA?! ¡¿A QUÉ SE REFIERE CON EL MÉTODO TRADICIONAL?!

Pero sus gritos de pánico e incomprensión fueron rápidamente silenciados por los labios pintados de carmesí de su vecina, marcando el inicio de una noche donde el gran héroe shinobi descubriría, por las malas (y las buenas), por qué las mujeres de Daryaganj eran consideradas tan insistentes cuando se les metía una idea en la cabeza.

Fin del Omake 1