C A P Í T U L O 1
《Hay corazones que dejan de latir por miedo. Otros, por amor》
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Sus manos, acostumbradas al trabajo duro, comenzaron a arder ligeramente a medida que el dolor empezaba a manifestarse gradualmente.
No había considerado las consecuencias de cargar esos baldes de agua, pero la señora Kaur necesitaba ayuda urgentemente y ninguno de sus hijos estaba allí en ese momento. Además, la recompensa sería un delicioso guiso de cordero, algo que no había probado en mucho tiempo.
Una mueca se dibujó en su rostro mientras la herida en su mano derecha, causada por un uso inadecuado de un cuchillo, comenzaba a abrirse bajo las bien ajustadas vendas de tela. A pesar de esto, no comentó nada al respecto, y si la señora Kaur percibió su incomodidad, tampoco mencionó nada.
A Lucien no le agradaba que le indagaran o le preguntaran sobre su bienestar. Era bastante obstinado en ese aspecto, lo cual comenzaba a generar cierto descontento en su único amigo en el pueblo. Dante, cada vez que se encontraban, sentía la molesta necesidad de preguntar sobre su vida y su estado, a pesar de saber que nada nuevo ocurría en la vida de Lucien y que sus heridas eran consecuencia del arduo trabajo realizado para los demás en la comunidad. Incluso, la herida en su mano se había producido al defenderse de un lobo que intentaba morderle el cuello. Desafortunadamente, al utilizar el cuchillo, lo agarró por el lado incorrecto, provocando que su mano sufriera las consecuencias de ese desafortunado momento, hasta que logró deshacerse del lobo.
El pago que recibió Lucien por llevar un venado a alguien que había solicitado su ayuda para conseguir comida fue tan insignificante que estuvo a punto de golpear al hombre. Sin embargo, al ver a tres niños en la puerta de esa casa, decidió cambiar de opinión y se retiró.
Al menos esas monedas habían servido para un plato de la posada.
Pero Lucien seguía molesto por culpa de Dante. Eso no significaba que no ayudara a la madre de Dante, la señora Kaur, con cosas que encontró insignificante.
En el centro del pueblo se encontraba el pozo que servía para obtener agua potable, esa que se podría consumir sin riesgo. Las miradas de los demás, más insistentes que nunca, le provocaban un leve escalofrío, pero las ignoraba con determinación. Cuando pasaba por el pueblo, era imposible evitar ser el centro de atención debido a su condición conocida de huérfano, aquel niño que perdió a sus padres a los quince meses de edad. Aunque alguien podría haberlo acogido, el único que lo hizo fue el jefe del pueblo, no por bondad, sino cumpliendo una promesa hecha al fallecido padre de Lucien. A los diez años, el jefe decidió que era tiempo de que se valiera por sí mismo, por lo que lo envió a vivir a la choza que había pertenecido a sus padres fallecidos.
Desde entonces ha vivido solo, sin que nadie le mostrara cómo sobrevivir en la soledad. Tuvo que aprender a cazar, y más tarde realizar trabajos que otros preferían evitar.
Han pasado al menos diecisiete años desde aquel momento. Ahora era un adulto que comprendía bien sus deseos, pero carecía de educación formal. No obstante, Lucien no era ingenuo. A pesar de su aparente fragilidad, con su figura delgada y las dificultades pasadas durante la adolescencia por la falta de alimento, su mente seguía siendo aguda y perspicaz. Todo lo que Dante no era.
Y aún así Dante tenía más suerte que él.
Una familia numerosa, una esposa inteligente que lo amaba. Y a pesar de eso, llegaba hacía Lucien solo para quejarse de la vida que tenía.
Lucien tuvo que contener las palabras que pretendía dirigir a Dante, solo para evitar que se alejara. Prefería tener un amigo que no era muy inteligente antes que enfrentarse a la soledad y enloquecer por la falta de compañía. Además, la amistad de Dante traía consigo el apoyo de una familia numerosa que le ofrecía comida cuando Lucien no podía llevar sus propios alimentos a la mesa, especialmente en aquellas ocasiones en las que había caído enfermo y no podía levantarse de la cama.
Mientras se dirigía hacia las afueras del pueblo, donde tanto la casa de los Kaur como la suya propia estaban ubicadas, no pudo evitar captar las conversaciones a su alrededor. Esto lo ayudaba a distraerse del dolor que sentía en la mano.
—Pobre muchacha —pronunció una mujer de cara redonda, a quien Lucien reconoció como la esposa del panadero—. Pronto la llevarán a esa mansión insoportable.
—Es algo que simplemente se hace —dijo la otra mujer con una expresión seria—. Nosotras logramos salvarnos y estoy agradecida por eso, pero hablamos de una joven que tiene todo un futuro por delante.
Lucien no pudo evitar cerrar brevemente los ojos.
Desde que tenía uso de razón, cada diez años se enviaba a alguien a la mansión Hawthorne, donde habitaba el señor de estas tierras. Un señor que nadie conoce personalmente, casi nunca habla con las personas a las que debería cuidar y permanece aislado en la mansión como un ermitaño. El jefe del pueblo era el único que parecía tener una mínima comunicación con ese hombre, ya que, durante una crisis alimentaria, el señor Hawthorne envió una gran cantidad de provisiones que se distribuyeron en cada hogar.
Enviar personas era algo considerado lógico por todos los que vivían en el pueblo. Sin embargo, desde su niñez, él había escuchado historias de terror relacionadas con la mansión y el señor Hawthorne, historias que le habían quitado el sueño. A los diecisiete años, la idea de ser elegido entre los jóvenes lo llenaba de nerviosismo, especialmente en un año en que solo se seleccionaban hombres.
Ese año, el elegido fue el hijo de una mujer de quien no se había sabido nada en años, desde que se sumió en la depresión tras perder a un hijo. El joven, de apenas dieciocho años, se llamaba Corey. La madre de Corey había llorado, gritado y luchado desesperadamente para evitar que su único hijo, el único varón entre seis hijas, fuera llevado a esa mansión sombría. Los habitantes del pueblo la habían arrastrado por el cabello para apartarla de su hijo, mientras el joven temblaba y lloraba ante su destino inevitable.
Porque quienes visitaban la mansión nunca volvían a ser vistos.
Nadie tenía certeza de lo que sucedía con estas personas ni de lo que ocurría dentro. Solo existían las terribles historias que circulaban como si fuesen reales, llenando de pesadillas a quienes estaban en la edad de ser elegidos.
Por otro lado, Lucien se sintió aliviado de no haber sido seleccionado, aunque esa sensación le generó cierta culpa. La época para ser elegido ya había quedado atrás, ya que las selecciones se realizaban entre los dieciocho y los veinticinco años. Aunque había pasado esa etapa hacía dos años, eso no le impedía tener pesadillas en las que lo perseguía una bestia hambrienta o en las que era devorado en los sombríos pasillos de la mansión Hawthorne.
Porque así eran las historias. Personas sacrificadas para satisfacer durante una década el insaciable apetito de un hombre que era un monstruo. Y que, en realidad, quien estaba allí dentro era un vampiro, que consumía lentamente a su víctima hasta dejar solo restos, desechándolos como si nunca hubieran sido humanos.
Y había miles de historias que solo hacía revolver el estómago de Lucien.
"Ya no", pensó Lucien con cierto alivio, "Ya no seré elegido".
—Ni siquiera ser la hija de ese tipo la protege —comentó una tercera mujer que se sumó a la conversación—. Todo el dinero que posee no la salvará. Ya está decidido que será ella, su destino está sellado, está condenada —sentenció la mujer.
Alguien resopló cerca de él, lo que hizo que Lucien dirigiera su mirada hacia la señora Kaur, quien observaba con desdén al trío de mujeres.
—Son arpías, todas ellas —murmuró la señora Kaur—. Querido Lucien, nunca te cases con mujeres como esas. Busca una buena mujer y dame nietos, por favor.
Lucien sintió cómo se le hundía el estómago y tragó saliva. Forzó una sonrisa que logró convencer a la señora Kaur.
—Por supuesto, señora Kaur —contestó Lucien mientras recibía un leve golpe en el hombro, lo que casi lo hizo soltar uno de los baldes.
—Te dije que me llamaras Ada —regaño la señora Kaur, provocando que Lucien soltara una risa nerviosa.
—Si, Ada.
—Ahora vámonos de aquí, ese guiso no se va a preparar solo.
Lucien siguió las instrucciones, avanzando despacio y haciendo caso omiso del escozor en su mano.
Se había preguntado miles de veces cómo sería la señora Kaur si uno de sus hijos hubiera sido seleccionado. Lucien se imaginaba que sin duda ella sería más decidida que la madre de Corey y habría sorprendido a todos llevando a sus hijos a un lugar mejor, tal como había propuesto con anterioridad a su esposo, quien era el único que se negaba a abandonar aquel lugar.
Tal vez abandonaría a su esposo para mantener a sus hijos seguros.
Si él hubiera sido elegido, sabía que nadie iba a luchar por él. Aunque la señora Kaur quisiera intentarlo, se vería en una posición difícil si le exigían que entregara a uno de sus hijos a cambio. Y él jamás le pediría eso a la señora Kaur.
Un hijo era más importante que un desconocido que era el amigo de su hijo, a pesar de que la señora Kaur dijera que lo consideraba como parte de la familia.
Solo se trataba de escenarios hipotéticos que jamás se concretarían. Este año era el momento de las mujeres, ningún hombre sería seleccionado, y ya había superado la edad de veinticinco años.
No ocurriría nada malo.