Prólogo
Hace varios años que quiero publicar esta historia, pero mis esfuerzos han resultado infructuosos. He pensado muchas veces en la forma en que darla a conocer, incluso a través de medios alternativos como podcasts o reportajes. He dudado por muchos años si presentarla como un testimonio limpio o encubrirla como una ficción y he llegado a la conclusión de que la mejor manera es esta última. Las únicas condiciones que me pusieron fueron cambiar los nombres de personas y lugares involucrados. Ese es el motivo por el que presento esta historia en el pueblo de Laye. Si el lector intenta ubicar este lugar, encontrará que no existe ningún pueblo con este nombre en el Perú. Quise asegurarme de ello también. Hay nombres parecidos, es cierto, pero no tienen que ver con el que viene al caso.
Las páginas de esta historia están compuestas por las narraciones de dos jóvenes que tuvieron a bien darme a conocer su versión. Los nombres, naturalmente, han sido cambiados para mantener su identidad en reserva. El motivo de esto tiene mucho que ver con lo que pasó. Creo que contar con las visiones de ambos lados ayudan a conocer mucho mejor el panorama. Franklin es un joven pragmático y da muchos detalles acerca de los hechos, mientras que Sandra es más reflexiva y entiende más a las personas.
La primera vez que llegué a Laye tenía veinticinco años y me había convertido en un locutor de radio muy popular. La cadena me organizó una gira de medios y dirigí el programa en muchas ciudades y pueblos pequeños. A la gente de provincias le encantaba relatar sus historias de media noche. Se formaban debates alrededor de hechos inverosímiles. Nada llegaba más allá de la anécdota. Ya me había formado un abanico de posibilidades entre todas las historias que se contaban. En algún punto, comencé a sentirlo repetitivo. Se hablaba de posesiones demoníacas, seres mitológicos, ánimas protectoras y siempre la religión marcando presencia con crucifijos, oraciones y agua bendita. De vez en cuando alguien contaba algo diferente o nuevo. Yo invitaba a que dé más detalles y la gente que había pasado por lo mismo se manifieste. Así fue como pasó la primera vez que alguien llamó hablando de un caso de sueños compartidos.
La llamada fue corta, pero me dejó sumamente intrigado. Una voz entrecortada y somnolienta anunciaba en la radio que un grupo de estudiantes del Instituto Público Nº 31642 estaban teniendo el mismo sueño. Esa fue la frase que usó. La voz sonaba preocupada, como si dijera un alto secreto que nadie se atrevía a confesar. Cuando se perdió la comunicación intenté por todos los medios contactarla. Fue imposible. La siguiente media hora de programa no hice más que especular acerca de lo que podría haber pasado.
La semana siguiente inicié una campaña para conseguir toda la información acerca de ese caso. En algún momento, ofrecí recompensas. No obtuve respuesta. Pedí a mis superiores que me permitieran pasar más tiempo en Laye. Autorizaron una semana adicional. Fui más agresivo con la campaña. Salí a las calles y plazas, puse propaganda en las paredes, postes y veredas. Incluso, me atreví a presentarme en aquel instituto, pero el director no me permitió hablar con los estudiantes. Estuve a punto de rendirme. El último día de mi estancia, se presentó en la radio Franklin. Hablé brevemente con él y acordamos grabar unas entrevistas aquel fin de semana. Estos días me quedé por cuenta propia.
Las sesiones fueron agotadoras, pero Franklin detalló cada cosa que había pasado y me pidió que no revele nada con nombres reales ni de lugares ni de personas, como lo indiqué líneas arriba. Detrás de aquellos controles, escuché la historia más increíble de la que tuve conocimiento alguna vez. Quedé sobrecogido y sin palabras por un largo rato. Franklin se despidió amablemente y se retiró. Luego, el asistente de la radio dijo que me había estado buscando una señorita. Iba a volver más tarde. Sandra llegó cuarenta minutos después y me entregó su diario. No quiso decir mucho al respecto, sólo que algo le decía que tenía que entregármelo. Se fue tal como vino. Así fue mi último día en Laye.
Las dos versiones tienen diferente ritmo y enfoque, pero creo que se complementan. Dediqué un par de años para ordenar y corregir el texto que tenía entre manos luego de transcribir tanto las grabaciones como el manuscrito del diario de Sandra. No dejé que nadie más conociera el material de origen. Sentí que no podía confiar en las personas. Demoré así porque tuve que compaginar esto con mi trabajo. Han pasado los años y las emisoras de radio pequeñas ya no son rentables o simplemente no existen. Hoy por hoy ni siquiera estoy en la industria de medios. Pero tenía que sacar esta historia a la luz. Se los debía a ellos.
Otro asunto que me costó zanjar fue el nombre con que presentar la historia. Necesitaba llamar la atención y quise hablar de misterio o de crónicas, pero estarían alejadas de la verdad. Tampoco quise llamarlo «caso» porque se podría interpretar como un asunto policial. Decidí dejarlo como algo abierto a todas las posibilidades. Es por eso que lo presento como aquel libro donde se han registrado los sueños del pueblo de Laye.
El recopilador