Magicland Vol. 1 (Spanish)

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Sinopsis

MAGICLAND es un mundo de fantasía donde conviven diversas razas, magia, tecnología y criaturas fantásticas. Sus cinco continentes viven en conflicto por la influencia demoníaca, y tras un siglo de paz, un antiguo mal vuelve a amenazar el equilibrio. La historia se desarrolla principalmente en la "Academia Arcanum Bellator", una prestigiosa institución militar y mágica fundada para formar guerreros capaces de enfrentar futuras invasiones demoníacas. El protagonista es "Phantsin Dawnfire", un huérfano de 13 años cuyos padres, reconocidos caballeros-magos, fueron asesinados por demonios. Criado junto a su hermana Flower por el noble Maestro Seamo, Phantsin vive con un peligroso secreto: posee un fuego magenta, una magia prohibida vinculada al Vacío, cuya existencia significaría su ejecución si fuera descubierta. En la academia será considerado un prodigio y, al mismo tiempo, un marginado por su edad, su inmenso talento y el miedo que inspira su poder. Mientras enfrenta rivalidades, amistades, romances, traiciones e investigaciones, su verdadero desafío será decidir si utilizará su poder para consumirse en la venganza o para proteger a quienes ama y honrar el legado de sus padres. La historia explora el crecimiento personal, el control del poder y el valor de elegir el camino correcto frente a la oscuridad.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Phantsin
Estado:
hace 9 horas
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Prólogo

LA SOMBRA DEL SIGLO

Hace cien años.

El cielo sobre Aethoria estaba partido.

El firmamento se había abierto de horizonte a horizonte, como si unas manos invisibles hubiesen desgarrado la piel del mundo. Más allá de la herida no había estrellas: solo Vacío.

Una oscuridad demasiado profunda para ser llamada noche se derramaba desde la grieta, acompañada por relámpagos de un magenta enfermizo. Cada destello deformaba por un instante las montañas, las ruinas y los cuerpos, alargando sus sombras en direcciones imposibles.

El frío atravesaba la carne, robaba el calor de la sangre, apagaba las llamas y volvía blanca cada respiración.

Bajo aquella herida, los ejércitos de Aethoria se mantenían unidos por primera vez... quizá por última.

Humanos de Valoria apretaban sus escudos contra los de guerreros enanos. Arqueros élficos disparaban por encima de lanceros semihumanos. Magos que una década atrás se habrían negado a compartir una mesa entre sí ahora mezclaban sus conjuros para mantener en pie una barrera que se deshacía con cada latido.

Detrás de ellos ardían las ruinas de un reino sin nombre.

Delante avanzaba el fin.

La vanguardia cedió.

Un estruendo sacudió el campo cuando una masa de sombras impactó contra la primera línea. Hombres, elfos y semihumanos salieron despedidos. Algunos no volvieron a levantarse.

—¡Cierren la brecha! —rugió una capitana valoriana.

—¡No hay suficientes escudos!

—¡Entonces usen los cadáveres si es necesario! ¡Ciérrenla!

La orden apenas alcanzó a propagarse antes de la siguiente embestida.

En el centro de la línea, Tara la Inquebrantable recibió el impacto de frente.

El Bulwark of the Unbroken chocó contra una garra formada de oscuridad condensada.

El sonido fue semejante al de una campana gigantesca quebrándose.

Tara retrocedió medio paso.

Solo medio.

Sus botas se hundieron hasta los tobillos en el fango mezclado con ceniza y sangre. Los músculos de sus brazos temblaron. Una línea roja descendió desde su frente hasta la mandíbula.

—¡El Baluarte no resistirá otra embestida! —gritó.

Una nueva grieta apareció sobre la superficie del legendario escudo.

Tara la miró.

—No. No, no, no... Tú no te rompes.

Otra fisura respondió con un destello.

—¡Tara! —la voz de Elara llegó desde algún punto entre el caos—. ¡Retrocede tres pasos!

—¡Si retrocedo tres pasos, ellos avanzan cuatro!

Tara escupió sangre y volvió a plantar el escudo.

—¡Mis brazos están cediendo, Elara!

Una criatura del Vacío saltó sobre el borde del Baluarte.

Tenía demasiadas articulaciones y ninguna cara.

Tara soltó una mano del escudo, sacó una espada corta rota de su cinturón y la hundió bajo la mandíbula inexistente de la bestia.

—¡Y estoy empezando a tomarlo como algo personal!

La criatura se deshizo en humo magenta.

A su izquierda, una lluvia de flechas de luz plateada atravesó el campo.

Elandril Moonshadow disparaba tan rápido que sus dedos sangraban.

Whisperwind cantaba con cada flecha.

Una.

Dos.

Cinco.

Diez.

Los proyectiles penetraron en la oscuridad.

Y desaparecieron.

Sin impacto.

Sin eco.

Sin siquiera una chispa.

Elandril bajó lentamente el arco.

Elandril bajó el arco, desconcertado.—No puede ser...

Tensó otra flecha.

Whisperwind produjo un gemido agudo.

Elandril disparó.

La oscuridad volvió a tragársela.

—Las sombras devoran mis flechas —murmuró.

Una criatura se lanzó contra él.

Elandril giró el arco, bloqueó una garra, se agachó bajo otra y clavó una flecha directamente en el pecho de la bestia antes de soltar la cuerda a quemarropa.

El destello plateado iluminó su rostro.

La criatura cayó.

Tres más ocuparon su lugar.

—Naturalmente —dijo el elfo, recuperando por un instante su habitual sequedad—. El universo ha decidido que una muerte indigna es lo que me faltaba esta noche.

—¡Elandril! —gritó Tara—. ¡Menos poesía y más flechas!

—Estoy reconsiderando ambas cosas.

Disparó dos veces.

—¡Whisperwind llora ante esta oscuridad! ¡No puedo alcanzar el corazón de algo que no tiene corazón!

—¡Entonces apunta a otra cosa! —rugió una voz grave.

Borak Ironfist apareció entre una nube de ceniza.

Ignis Anima descendió como un meteorito.

El martillo rúnico aplastó a una criatura del Vacío contra el suelo y liberó un círculo de fuego dorado. Runas enanas se encendieron alrededor de Borak, formando una red de símbolos antiguos.

Un segundo después, las runas comenzaron a apagarse una a una.

Borak observó las runas muertas.

Su expresión se endureció.

—Eso sí que no.

Golpeó otra vez el suelo.

—¡Despierten!

Nada.

—¡He dicho que despierten, malditas sean!

Un débil símbolo naranja parpadeó bajo su bota y se extinguió.

Borak levantó la mirada hacia Elara.

—¡Mis runas se apagan, muchacha!

—¡Hazlas arder otra vez!

—¡Magnífica estrategia! ¿Quieres también que le ordene al cielo que deje de caerse?

Una onda oscura barrió el campo.

Borak clavó Ignis Anima en tierra y trazó una runa defensiva con la cabeza del martillo.

La barrera surgió justo a tiempo.

Se resquebrajó al instante.

—¡Por las barbas de mis ancestros...!

Tara se lanzó junto a él y colocó el Baluarte frente a la barrera.

Ambas defensas recibieron la presión.

—¿Cuánto? —preguntó Tara entre dientes.

—¿Cuánto qué? —replicó Borak.—¿Cuánto aguantará tu runa? —aclaró Tara.

Borak miró las grietas.

—Si te digo la verdad, te enfadarás.

—Borak.

—Tres segundos.

—¡¿Tres?!

—Dos.

Tara maldijo.

—¡ELARA!

La barrera explotó.

Borak y Tara fueron lanzados hacia atrás.

Antes de que las sombras pudieran caer sobre ellos, una pared de luz azul descendió desde el cielo y partió el terreno entre ambos bandos.

En la retaguardia, el Arcanista Thorne levitaba varios metros sobre el suelo.

Aethelwyrd flotaba frente a él.

El legendario bastón estaba cubierto por círculos arcanos superpuestos. Decenas de fórmulas luminosas giraban alrededor de su cuerpo mientras Thorne movía ambas manos con precisión frenética.

Una vena palpitaba en su sien.

—¡Todos ustedes son unos inútiles! —bramó.

Elandril atravesó con una flecha el cuello de una criatura.

—Reconfortante como siempre, Thorne.

—¡No estoy aquí para reconfortarte, orejas largas!

—Gracias a los dioses.

Thorne hizo un gesto y tres lanzas de energía atravesaron el campo.

—¡Necesito tiempo!

—¡Todos necesitamos tiempo! —respondió Tara mientras volvía a ponerse de pie.

—¡Yo lo necesito más!

—¡Qué sorpresa! —gruñó Borak.

Thorne ignoró el comentario.

Las runas alrededor de Aethelwyrd comenzaron a girar más deprisa.

—¡El hechizo de destierro está incompleto! La grieta no es una puerta normal. Está anclada a este plano desde ambos lados.

Borak se limpió sangre de la barba.

—Habla en idioma de gente que golpea cosas.

—¡No puedo cerrarla mientras el Gran Demonio la sostenga abierta!

—Eso sí lo entendí —gruñó Borak.—¡Excelente! ¡Tu educación por fin sirve de algo! —replicó Thorne.

Borak levantó Ignis Anima.

—Cuando acabemos, voy a educarte con este martillo.

—Si acabamos, te permitiré intentarlo.

El suelo tembló.

Todos callaron por instinto.

Las criaturas menores dejaron de avanzar.

La oscuridad comenzó a retroceder hacia un mismo punto, como agua absorbida por un pozo.

Elandril alzó lentamente Whisperwind.

—Viene.

Tara recuperó su escudo.

—Lo sé.

Borak apretó ambas manos alrededor del mango de Ignis Anima.

—Por fin.

Thorne dejó de insultarlos.

Aquello fue lo que más preocupó a Tara.

En el centro de todo el caos se alzaba Elara Dawnshield, la Primera de Su Nombre.

Su armadura plateada estaba rota en el hombro y abierta a la altura del costado. Sangre seca cubría parte de su rostro. Su cabello dorado, ennegrecido por humo y ceniza, se pegaba a su frente.

Agotada, herida y demasiado humana frente a aquella oscuridad, Elara no retrocedía.

En su mano sostenía la Dawnbreaker.

La espada larga, forjada con Aethita purificado y luz estelar bendecida, vibraba con una luminosidad blanca y dorada. Su resplandor mantenía a raya la oscuridad en un círculo cada vez más pequeño.

Elara contempló a los soldados que aún permanecían en pie.

Demasiado pocos.

—¡Escúchenme! —gritó.

Algunas cabezas se volvieron hacia ella.

—¡Mantengan la línea!

Un soldado humano, apenas un muchacho, miró los cadáveres a sus pies.

—¡No podemos!

Elara lo señaló con la Dawnbreaker.

—¿Cómo te llamas?

El joven parpadeó.

—¿Q-qué? —balbuceó el muchacho.—¡Tu nombre! —repitió Elara.—¡Cael, mi señora!

—Cael, mira a tu izquierda.

El muchacho obedeció.

Una guerrera semihumana sostenía el mismo frente.

—Ella sigue aquí. Mira a tu derecha.

Un enano cubierto de sangre levantó su hacha.

—Él sigue aquí. Y tú sigues aquí.

Elara levantó la espada.

—¡Eso significa que la línea todavía existe!

Algo cambió en los rostros. No era esperanza, todavía, sino la negativa a abandonar a quien luchaba a su lado.

Los escudos volvieron a levantarse.

—¡Nadie retrocede! —ordenó Elara.

Tara sonrió a pesar de la sangre en sus dientes.

—Eso sonó dirigido a mí.

—Lo era.

—Bien. Me habría ofendido de lo contrario.

La oscuridad se condensó frente a ellos.

El Gran Demonio tomó forma.

O algo parecido a una forma.

No poseía anatomía estable. Era una tormenta de sombras densas, miembros que nacían y desaparecían, huesos que parecían existir solo cuando eran observados y relámpagos magenta recorriendo un cuerpo que no debería caber dentro del mundo.

Cuando extendió una garra, la realidad gimió.

Las piedras flotaron.

La luz se curvó.

Varios soldados cayeron de rodillas sin haber sido tocados.

La voz del Demonio llegó desde todas partes.

—Son finitos.

La voz no sonó en el aire; se impuso directamente en la médula.

—Sus huesos se romperán. Sus nombres desaparecerán. Sus hijos olvidarán sus rostros.

Tara tembló detrás del Baluarte.

Borak bajó la cabeza.

Elandril cerró los ojos.

Incluso los círculos arcanos de Thorne vacilaron.

—Su luz es una vela en un huracán —continuó la entidad—. Ríndanse a la noche.

Elara adelantó un pie.

La Dawnbreaker respondió.

Su luz aumentó hasta arrancar reflejos blancos de cada hoja, cada armadura y cada lágrima sobre el campo.

—Las velas brillan con más fuerza en lo profundo de la oscuridad.

El Demonio inclinó algo semejante a una cabeza.

—Morirás —sentenció el Demonio.—Sí —respondió Elara.

La respuesta fue tan sencilla que hasta sus compañeros la miraron.

Elara respiró.

—Pero tú también vas a perder algo esta noche.

Thorne abrió los ojos.

—Elara.

Ella no apartó la mirada del Demonio.

—Dime que estás listo.

El mago observó Aethelwyrd.

Una grieta fina atravesaba el cristal central del bastón.

—Puedo cerrar la grieta.

—Eso no fue lo que pregunté.

Thorne apretó la mandíbula.

—Puedo cerrarla si separas a esa cosa del ancla durante siete segundos.

Borak soltó una carcajada seca.

—¿Siete? Hace un momento rogabas por un minuto.

—He mejorado el hechizo.

—Has eliminado medidas de seguridad —dijo Elandril.

Thorne lo miró.

—También.

—¿Qué ocurrirá con Aethelwyrd? —preguntó Tara.

Thorne guardó silencio.

Borak lo entendió primero.

—No.

—No tenemos otra fuente capaz de contener la descarga.

—¡Ese bastón sobrevivió a tres eras de magos incompetentes!

—Y tendrá el honor de morir en manos del mejor.

—¡Arrogante hijo de—!

—¡Borak! —cortó Elara.

El enano respiró por la nariz.

—Siete segundos, entonces.

Elandril miró hacia la grieta.

—Puedo darte los primeros dos.

Tara lo observó.

—¿Cómo?

El elfo pasó los dedos sobre Whisperwind.

—La grieta toca el Feywild. Apenas. Mi arco puede encontrar ese borde.

—Elandril, si disparas a través de una fractura planar...

—Sí, Thorne. Sé lo que ocurrirá.

Por primera vez, el mago no tuvo una respuesta mordaz.

—Podrías no volver.

Elandril sonrió con cansancio.

—Entonces intenta sentir mi ausencia durante al menos una semana.

Borak resopló.

—Presumido.

—Enano.

—Elfo.

Tara golpeó con el puño el borde de su escudo.

—Yo doy los siguientes dos.

Elara miró las grietas del Baluarte.

—Tara...

—No.

—Ese escudo no resistirá.

—Lo sé.

—Tara.

La escudera la miró directamente.

—Elara. He pasado doce años siguiéndote a guerras imposibles. No arruines mi momento diciéndome que sea prudente.

Una sonrisa diminuta cruzó el rostro de Elara.

—Nunca fuiste prudente.

—Por eso seguimos siendo amigas.

Borak levantó Ignis Anima.

—Los dos siguientes son míos.

Thorne frunció el ceño.

—Tus runas están muertas.

—Las de la tierra.

El enano golpeó su propio pecho.

—Estas todavía no.

Elandril lo miró.

—Borak...

—No empieces tú también.

Elara contó mentalmente.

Dos.

Dos.

Dos.

—Eso son seis.

Todos miraron a Thorne.

El mago pestañeó.

—¿Qué? —preguntó Thorne.—Necesitamos siete —dijo Tara.—Ah.

Borak mostró los dientes.

—El gran genio sabe contar.

Thorne descendió hasta tocar el suelo.

Tomó Aethelwyrd con ambas manos.

—El último segundo será mío.

Elara negó.

—Necesitas lanzar el hechizo.

—Puedo hacer dos cosas al mismo tiempo.

—Thorne.

—Puedo.

Elara sostuvo su mirada.

Detrás de la arrogancia vio miedo.

Mucho miedo.

Thorne tragó saliva.

—Puedo hacerlo.

Elara asintió.

—Entonces hagámoslo juntos.

El Gran Demonio rugió.

La oscuridad cayó sobre ellos.

—¡AHORA! —gritó Elara.

Elandril disparó.

Whisperwind no lanzó una flecha.

Lanzó una línea de luna.

El proyectil atravesó el pecho del Demonio y continuó hacia la grieta. Durante un instante apareció una segunda abertura, verde y plateada, detrás de la criatura.

El Feywild.

Raíces imposibles se enroscaron alrededor de las sombras.

El Demonio se estremeció.

—¡Uno! —gritó Thorne.

Elandril tensó otra vez.

Sangre plateada comenzó a correr desde sus dedos.

—Vamos, viejo amigo —susurró al arco—. Una última canción.

Whisperwind crujió.

—¡Dos!

El arco se partió.

La explosión lanzó a Elandril hacia la grieta secundaria.

Tara vio cómo el elfo desaparecía entre luz verde.

—¡ELANDRIL!

No hubo respuesta.

La grieta del Feywild se cerró.

El Gran Demonio liberó una onda de fuerza.

Tara corrió.

—¡MI TURNO!

Clavó el Bulwark of the Unbroken frente a Elara.

La garra descendió.

El impacto hundió a Tara hasta las rodillas.

—¡Tres! —rugió Thorne.

El Baluarte se cubrió de grietas.

Tara gritó.

No de miedo.

De esfuerzo.

—¡Vamos! —le gritó al escudo—. ¡Toda tu leyenda para esto! ¡No te atrevas a romperte antes que yo!

Otra garra.

Otra colisión.

—¡Cuatro!

El Bulwark of the Unbroken se hizo añicos.

Fragmentos de luz volaron por el aire.

Tara cayó de espaldas.

Elara quiso moverse hacia ella.

—¡No! —gritó Tara desde el suelo—. ¡Mira al frente!

Borak ya estaba allí.

Ignis Anima golpeó el terreno.

Pero esta vez el enano no llamó a las runas de la tierra.

Llamó a las de su propia armadura.

Símbolos antiguos se encendieron sobre su pecho, brazos y espalda.

—Mis ancestros forjaron montañas —dijo.

El Demonio avanzó.

—Yo solo necesito forjarte una tumba.

Borak descargó el martillo.

Una columna de fuego blanco emergió del suelo.

—¡Cinco!

El Gran Demonio rugió y aplastó la columna con ambas garras.

Las runas sobre Borak comenzaron a quemar su piel.

—¡Borak, suelta el vínculo! —gritó Thorne.

—¡Ocúpate de tu palo elegante!

—¡Te estás cocinando vivo!

—¡He tenido resacas peores!

Ignis Anima brilló hasta ponerse al rojo blanco.

Borak lanzó un último golpe.

—¡SEIS!

El martillo explotó.

Borak desapareció entre fuego y humo.

El Demonio atravesó las llamas.

Faltaba un segundo.

Thorne soltó Aethelwyrd.

El bastón permaneció flotando mientras el mago extendía una mano hacia el Demonio y otra hacia el círculo de destierro.

—Esto —jadeó— es una idea extraordinariamente estúpida.

Tara rió desde el suelo.

—¡Por fin dices algo inteligente!

El Demonio descargó su poder.

Thorne respondió.

Una barrera arcana apareció.

Se dobló.

Sus huesos crujieron.

Aethelwyrd comenzó a fracturarse.

—¡Thorne! —gritó Elara.

—¡NO ME INTERRUMPAS CUANDO ESTOY SIENDO BRILLANTE!

El círculo se completó.

—¡SIETE!

Aethelwyrd se quebró.

La descarga lanzó a Thorne por el aire.

Elara quedó sola frente al Gran Demonio.

Siete segundos comprados con reliquias, sangre y quizá vidas. Elara no desperdició ninguno.

La Dawnbreaker ardió.

Elara reunió en la espada cuanto quedaba de ella: dolor, miedo, amor, rabia, recuerdos; los rostros de quienes habían caído, los nombres de quienes aún respiraban y la obstinada certeza de que el mundo merecía ver otro amanecer.

—¡POR AETHORIA!

Cargó.

El Gran Demonio abrió sus garras.

—Mortal.

—Sí.

Elara sonrió.

—Ese es el punto.

La Dawnbreaker atravesó la oscuridad.

La colisión entre luz y Vacío borró el sonido y volvió blanco el mundo. Cuando el estruendo regresó, lo acompañó el grito del Demonio.

La luz sagrada recorrió su forma inestable y arrancó las sombras de la realidad. El hechizo de Thorne se cerró alrededor de la entidad como cadenas invisibles.

La grieta comenzó a contraerse.

La Dawnbreaker se agrietó.

Elara apretó los dientes.

—¡Todavía no!

Otra grieta recorrió la hoja.

—¡ELARA! —gritó Tara.

La Heroína empujó un paso más.

—¡TODAVÍA NO!

La espada divina se hizo añicos.

La luz estalló.

El Vacío implosionó.

La grieta en el cielo se cerró de golpe.

Y durante el primer segundo de una nueva era, Aethoria conoció el silencio.

Luego amaneció.

Y en aquel choque de luz, sangre y oscuridad, el destino del continente quedó sellado.

✦ ✦ ✦

El presente.

La sala de estar principal de la Mansión del Maestro Seamo estaba casi a oscuras.

Solo ardían las brasas de la chimenea.

La residencia se levantaba en los bordes del reino de Valoria, lo bastante lejos de la ciudad para que las noches fueran silenciosas y lo bastante cerca de las montañas orientales para que, desde las ventanas más altas, pudieran distinguirse las torres de la Academia Arcanum Bellator.

Phantsin Dawnfire no miraba las torres.

Miraba su mano.

Estaba sentado en un sillón de cuero demasiado grande, demasiado elegante y demasiado cómodo para su gusto. Llevaba pantalones resistentes y una túnica de entrenamiento oscura. Había ignorado deliberadamente la ropa fina que Ellie había dejado preparada para la mañana siguiente.

Era la última noche antes de su ingreso a la Academia.

Y en el centro de su palma derecha ardía una llama.

Phantsin la observó sin pestañear.

No era el fuego naranja de la chimenea.

Tampoco el rojo limpio y violento de la piromancia que había logrado manifestar durante sus entrenamientos, el mismo fuego que esperaba dominar dentro de la facción Ignis.

Aquello era magenta.

Hermoso.

Hipnótico.

Incorrecto.

La llama no emitía calor.

Lo robaba.

Una fina capa de escarcha comenzó a extenderse por los callos de su palma. El aire alrededor de sus dedos se volvió visible. Las sombras de los muebles se alargaron sobre las paredes, aunque la llama era demasiado pequeña para producir semejante efecto.

Phantsin cerró un poco los dedos.

La llama reaccionó.

Se inclinó hacia él.

Como si estuviera viva.

—Otra vez —murmuró.

No era la primera vez, y eso era lo peor.

Había aparecido durante entrenamientos demasiado intensos. En pesadillas. En momentos de ira. A veces, simplemente cuando estaba solo.

Phantsin abrió más la mano.

—Fuego magenta.

La palabra «fuego» era inexacta, pero no conocía otra.

Había leído las crónicas.

Había visto ilustraciones de la Gran Guerra Demoníaca.

Magenta era el color del Vacío, del enemigo que había matado a sus padres.

Su mandíbula se tensó.

—Demonios.

La llama osciló.

Una parte de él quiso aplastarla; otra, alimentarla. Ignoró ambas. Analizar primero. Actuar después.

Temperatura: descendente.

Dolor: ninguno.

Duración máxima observada: cuarenta y tres segundos.

Respuesta emocional: variable.

Control...

Frunció más el ceño.

Control insuficiente.

Mañana cruzaría las puertas de la Academia Arcanum Bellator, fundada sobre el legado de Elara Dawnshield. Aprendería junto a futuros caballeros-magos. Entrenaría para destruir aquello que había destruido a su familia.

Y llevaría la marca de esas mismas criaturas bajo la piel.

—No importa —se dijo, obligándose a creerlo.

La llama magenta se elevó un poco más.

—Puedo controlarte.

El frío alcanzó su muñeca.

—Y si no puedo...

Sus dedos comenzaron a cerrarse.

—¿Phantsin?

La voz fue apenas un susurro.

Para él sonó como una alarma.

Cerró el puño.

La llama murió contra su piel callosa.

El frío desapareció casi al instante, pero una fina escarcha quedó sobre sus nudillos.

Phantsin escondió la mano detrás del sillón mientras se levantaba.

Su corazón golpeó una vez, demasiado fuerte.

Miedo.

Lo identificó.

Lo rechazó.

Se giró.

Flower estaba en el umbral.

Su hermanita parecía todavía más pequeña dentro de la enorme puerta. Llevaba un camisón amarillo pálido y abrazaba contra el pecho un conejo de peluche cuya oreja izquierda había sido cosida tantas veces que ya no coincidía con la derecha.

El cabello de la niña caía suelto hasta la espalda, alternando entre naranja suave y rojo ardiente bajo la luz de la chimenea.

La flor blanca seguía detrás de su oreja.

Siempre estaba allí.

Sus grandes ojos esmeralda brillaban con lágrimas.

Phantsin olvidó su mano.

—¿Flower?

Cruzó la habitación de inmediato.

—Es tarde. Deberías estar durmiendo.Flower bajó la mirada.—Lo intenté. No puedo.Phantsin buscó una respuesta menos inútil.—Ellie nos levantará al amanecer.—Eso tampoco ayuda demasiado.

Phantsin se quedó quieto.

Flower apretó el conejo contra su pecho.

—Perdón.

—No tienes que disculparte.

—Pareces molesto.

—No estoy molesto.

—Tienes el ceño fruncido.

—Siempre tengo el ceño fruncido.

Flower lo estudió.

—Eso es cierto.

Phantsin casi respondió algo.

Casi.

En cambio, se arrodilló frente a ella.

—¿Qué pasó?

Flower miró hacia el pasillo vacío.

—El silencio era... opresivo.

—La casa está en silencio porque todos duermen. No es peligroso.—Lo sé —respondió Flower—. Pero sigue sintiéndose opresivo.Phantsin esperó.

Flower respiró hondo.

—Tuve una pesadilla sumamente vívida.

El estómago de Phantsin se tensó.

—Explica la pesadilla.

Flower pestañeó.

—¿Ahora? ¿Aquí?—Sí —respondió Phantsin.

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—Ellie dice que cuando alguien está asustado primero debes ofrecerle un lugar cómodo para sentarse.

Phantsin miró el enorme sillón.

Después a Flower.

—Siéntate.

—Gracias.

Flower caminó hasta el sillón y trepó con cierta dificultad. Phantsin la ayudó sujetándola por el codo, usando únicamente la mano izquierda.

La niña lo notó.

No dijo nada.

Todavía.

Phantsin se sentó en el borde de una mesa baja frente a ella.

—Ahora explica.

Flower acomodó el conejo sobre su regazo.

—El cielo se rompía.

Phantsin no se movió.

—¿Cómo?

—Como un espejo. Primero aparecía una línea. Luego otra. Después... todo se abría.

Sus dedos se cerraron alrededor del peluche.

—No había estrellas detrás.

Phantsin sintió un frío que no provenía de su mano.

—Continúa.

—Había un color.

Flower dudó.

—¿Qué color?

—No lo sé exactamente. Era rojo, pero no rojo. Morado, pero tampoco morado.

Phantsin mantuvo el rostro inmóvil.

—Magenta.

Flower lo miró.

—Sí.

Silencio.

Las brasas de la chimenea crujieron.

—¿Cómo lo supiste?

—Las historias de la Guerra Demoníaca describen el Vacío de ese color.

No era una mentira.

Solo no era toda la verdad.

Flower aceptó la explicación.

—Entonces era el Vacío.

—Era un sueño.

—Lo sé, hermano.

—Los sueños no son profecías.

—Ellie dice que algunos sí pueden serlo.

Phantsin frunció más el ceño.

—Ellie también dice que no debo saltar desde el techo del establo.

Flower parpadeó.

—Eso no parece relacionado.

—Significa que Ellie dice muchas cosas.

—La segunda parece bastante sensata.

—Sobreviví.

—Eso no demuestra que fuera sensato.

Phantsin la miró.

Flower sostuvo su mirada durante dos segundos.

Una sonrisa muy pequeña apareció en sus labios.

Phantsin exhaló por la nariz.

—Continúa.

La sonrisa desapareció.

—Había frío. Muchísimo. Las plantas se marchitaban. Los árboles se volvían grises. Y había monstruos escondidos dentro de la oscuridad.

Su voz bajó.

—Yo intentaba encontrarte.

Phantsin se inclinó hacia delante.

—¿Dónde estaba yo?

—No lo sé.

—¿Estabas sola?

Flower asintió.

Ahí estaba.

No eran los monstruos.

No era el Vacío.

Era la soledad.

Phantsin extendió la mano izquierda y la colocó sobre el hombro de su hermana.

—Mírame.

Flower obedeció.

—Esta casa es segura. El Maestro Seamo instaló barreras arcanas en el perímetro, los muros y las entradas. Ellie revisa los sellos cada semana.

—Cada tercer día.

—Mejor.

—Pero las barreras pueden fallar.

—Sí.

Flower pareció sorprendida por la respuesta.

Phantsin continuó antes de que pudiera asustarse más.

—Todo puede fallar.

—Eso no es tranquilizador.

—Todavía no termino.

Ella cerró la boca.

—Si las barreras fallan, yo estaré aquí.

Flower bajó la mirada hacia su mano izquierda sobre su hombro.

—Mañana no.

La frase lo golpeó con más precisión que cualquier espada.

Phantsin no respondió de inmediato.

Flower jugueteó con la oreja del conejo.

—Mañana estarás en la Academia.

—No está lejos.

—No estarás aquí.

—Puedo regresar.

—No todas las noches.

—Flower...

—Sé que tienes que ir.

Su voz siguió siendo suave, educada.

Eso lo hizo peor.

—Sé que es importante. Sé que quieres ser un Dawnblade como mamá y papá. Sé que quieres hacerte fuerte.

Phantsin endureció la mandíbula.

—Entonces entiendes.

—Entender algo no hace que deje de doler.

Él guardó silencio.

Flower alzó la mirada.

—No quiero pedirte que te quedes. Sería egoísta.

—Puedes pedírmelo.

—¿Te quedarías?

Phantsin abrió la boca.

La cerró.

Flower sonrió con tristeza.

—Eso pensé.

—Tengo que ir. Aprender. Hacerme más fuerte.—Lo sé —dijo Flower.Phantsin apartó la mirada hacia la chimenea.—Entonces...

—Solo quería que dijeras que también vas a extrañarme.

Phantsin quedó inmóvil.

Flower esperó.

Él podía enfrentarse a una espada.

Podía entrenar hasta que las manos sangraran.

Podía correr hasta vomitar y volver a levantarse.

Aquello era más difícil.

—Pensaré en ti.

Flower inclinó la cabeza.

—Eso no fue lo que dije.

—Es equivalente.

—No exactamente.

—Para mí sí.

Flower lo observó durante un largo momento.

Luego su expresión se suavizó.

—Está bien.

Phantsin volvió a mirarla.

—Te protegeré.—¿Desde la Academia? Eso parece logísticamente complicado.—Encontraré la forma —respondió Phantsin.

Flower soltó una risita débil.

—Hablas como si fueras a declarar la guerra a la distancia.

—Si es necesario.

La risa se hizo un poco más clara.

Phantsin sintió que la tensión en su pecho disminuía.

—Si las barreras fallan —continuó—, si aparece un demonio, si aparece cualquier cosa que intente hacerte daño, me interpondré.

—¿Aunque estés lejos? ¿Aunque los monstruos sean muy grandes?—Aunque esté lejos. El tamaño es irrelevante frente a un corte preciso.

Flower sonrió.

—Eso suena como algo que dirías incluso contra una montaña.

—Una montaña no es un objetivo razonable para una espada.

—Me alegra que exista un límite.

Phantsin se puso de pie y le tendió la mano izquierda.

—Vamos. Te llevaré a tu habitación.

Flower miró la mano.

Después miró el brazo derecho de su hermano, rígido junto a su cuerpo.

—¿Por qué solo me das esa mano?

Phantsin no pestañeó.

—La otra está entumecida.

—¿Por entrenar?

—Sí.

Flower bajó del sillón.

Sus dedos rodearon dos de los de Phantsin.

—Ellie dijo que no entrenaras hoy.

—Ellie no dirige mi entrenamiento.

—También dijo que responderías exactamente eso.

Phantsin comenzó a caminar.

—Ellie habla demasiado.

—Se lo diré mañana.

—No lo hagas.

—¿Por qué?

—Porque hablará más.

Flower sonrió mientras avanzaban por el corredor.

La mansión estaba sumida en penumbra. La luz lunar entraba por los ventanales altos y pintaba rectángulos plateados sobre el suelo.

Phantsin caminaba ligeramente por delante.

No por prisa.

Por hábito.

Siempre se colocaba entre Flower y cualquier espacio oscuro.

Ella lo sabía.

Nunca se lo había dicho.

Al pasar junto a una ventana, Flower se detuvo.

—Phantsin.

Él se volvió.

—¿Qué?

La niña señaló el jardín.

A pesar de la hora, varios jazmines junto al cristal habían abierto sus pétalos.

—Estaban cerrados cuando fui a dormir.

Phantsin observó las flores.

—Tal vez florecen de noche.

—No esas.

Flower acercó la mano al vidrio.

Los pétalos parecieron orientarse hacia ella.

—A veces hacen eso cuando estoy triste.

Phantsin miró primero las flores y luego a su hermana.

—¿Te duele algo? ¿Te sientes enferma?—No.—Entonces no es peligroso —concluyó Phantsin.

Flower sonrió.

—Tu método para comprender la magia es peculiar.

—Funciona.—Clasificas todo entre peligroso y no peligroso.—Es eficiente —replicó Phantsin.

—¿Y yo qué soy?

Phantsin respondió sin pensar.

—Protegida.

Flower se quedó mirándolo.

Él continuó caminando.

—Ven.

Ella tuvo que dar dos pasos rápidos para alcanzarlo.

Cuando llegaron a la habitación, el olor a jazmín y tierra húmeda era más intenso.

Había macetas sobre el alféizar, pequeñas plantas sobre una mesa y un jarrón con flores frescas junto a la cama. Ellie decía que mantener tantas plantas en una habitación era poco práctico.

Flower había respondido que las plantas no parecían estar de acuerdo.

Phantsin apartó las mantas.

—Acuéstate.

Flower obedeció y dejó el conejo a su lado.

Él le subió las sábanas hasta la barbilla.

—Demasiado.

Phantsin las bajó unos centímetros.

—Gracias.

Se disponía a apartarse cuando Flower le sujetó la muñeca izquierda.

—Espera.

—¿Qué?

Ella tomó su mano entre las suyas.

Su piel estaba cálida.

Extraordinariamente cálida.

El cansancio de los nudillos de Phantsin disminuyó casi de inmediato.

Flower frunció el ceño.

—Esta mano está caliente.

Phantsin retiró los dedos.

—Normal.

Flower miró hacia su derecha.

—La otra no.

Silencio.

—Phantsin.

—Duerme.

—Enséñamela.

—No.

La respuesta fue demasiado rápida.

Flower no insistió de inmediato.

Eso la hacía más peligrosa.

—¿Te lastimaste?

—No.

—¿Entonces por qué la escondes?

—No la escondo.

Flower miró el brazo que Phantsin mantenía deliberadamente detrás del cuerpo.

—Comprendo.

Phantsin suspiró.

Sacó la mano derecha.

La escarcha ya había desaparecido.

Flower la tomó antes de que él pudiera impedirlo.

Phantsin se tensó.

Los dedos de su hermana eran cálidos.

Los suyos, fríos.

Flower levantó la mirada.

—Tus dedos están helados.

—Estaba practicando control de temperatura.

Ella parpadeó.

—Eso suena inventado.

—No lo es.

—¿Qué estabas intentando hacer?—Bajar la temperatura.—Lo lograste. ¿Por qué?Phantsin tardó medio segundo de más.—Control.

Flower entrecerró los ojos.

Era una expresión que había aprendido de Ellie.

—¿Tú también tienes pesadillas?—No.—Phantsin...—He dicho que no —cortó él.

—A veces hablas mientras duermes.

Él se quedó quieto.

—¿Qué digo?

—Nombres.

—¿Qué nombres?

—Mamá. Papá.

El rostro de Phantsin se vació de expresión.

Flower apretó suavemente su mano.

—Y a veces dices mi nombre.

—No importa.

—A mí sí.

—Son sueños.

—Hace un momento dijiste que los sueños no eran peligrosos.

—No lo son.

—Entonces puedes hablar de ellos.

Phantsin retiró la mano con cuidado.

—No necesito hacerlo.

Flower lo miró con una tristeza demasiado madura para sus diez años.

—Está bien.

Aquella aceptación le produjo más culpa que una discusión.

Phantsin se sentó en el borde de la cama.

—No recuerdo mucho.

Flower no dijo nada.

—De esa noche —añadió.

Los ojos verdes se abrieron un poco.

—¿La noche de mamá y papá?

Phantsin asintió.

—Recuerdo fuego. Gritos. Recuerdo que te cargaba.

Flower permaneció inmóvil.

—Yo no recuerdo nada.

—Eras muy pequeña.

—A veces desearía recordarlos.

Phantsin miró el suelo.

—Yo a veces desearía no hacerlo.

La confesión quedó suspendida entre ambos.

Flower se incorporó y apoyó la cabeza contra su brazo.

Phantsin se puso rígido.

Después relajó el hombro.

—Eso sí fue triste —murmuró ella.

—Sí.

—Gracias por decírmelo.

—No fue útil.

—Para mí sí.

Phantsin no comprendía por qué.

Pero Flower rara vez decía cosas sin motivo.

Permanecieron así durante unos segundos.

Finalmente, ella volvió a recostarse.

—Phantsin.

—¿Qué?

—¿Desayunarás con nosotros mañana? Y me refiero a un desayuno completo: sentado, sin terminar en tres minutos para ir a entrenar.—Sí.

Phantsin frunció el ceño.

—Eso es ineficiente.

—Por favor.

—La ceremonia de ingreso comienza tarde.

—Entonces hay tiempo.

—Ellie querrá revisar mi ropa.

—Ya lo hará aunque no desayunes.

Cierto.

—El Maestro Seamo probablemente querrá hablar.

—También lo hará aunque huyas.

Otra vez cierto.

Flower sonrió.

—Además, quizá sea nuestro último desayuno juntos por un tiempo.

Phantsin tardó en responder.

Demasiado.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Desayunaré con ustedes.

—¿Completo? ¿Sin escapar?Phantsin la miró.—Completo. Sin escapar. Lo prometo.

Flower se acomodó satisfecha.

—Gracias.

Phantsin se levantó.

—Ahora duerme.

—Lo intentaré.—Cierra los ojos y respira despacio —ordenó Phantsin.Flower obedeció.

—Si respiro demasiado despacio, Ellie se enfadará contigo.

Phantsin la miró.

Flower abrió un ojo y sonrió.

—Era una broma.

—Lo sé.

—No parecía.

—Duerme.

Ella cerró el ojo otra vez.

Phantsin se dirigió a la puerta.

—Phantsin.

Se detuvo.

—¿Qué?

La voz de Flower fue apenas audible.

—También voy a extrañarte.

Él permaneció de espaldas.

Sus dedos se cerraron.

—Descansa.

Flower no respondió.

Phantsin dio otro paso.

—Y Flower.

—¿Sí?

—Yo también.

Hubo un pequeño silencio.

—Buenas noches, hermano.

—Buenas noches.

Phantsin apagó la lámpara.

No se marchó inmediatamente.

Se quedó en la puerta hasta que la respiración de Flower se volvió lenta y regular.

Solo entonces salió.

Cerró con cuidado.

El corredor volvió a quedar en silencio.

Phantsin caminó hasta una ventana orientada al este.

A lo lejos, recortadas contra las estrellas, se alzaban las agujas de la Academia Arcanum Bellator.

Mañana estaría allí. Entrenaría, aprendería y se volvería fuerte.

Su mano derecha palpitó.

Phantsin la levantó.

Durante un instante no ocurrió nada.

Después, entre sus dedos apareció una chispa magenta.

El cristal de la ventana se cubrió de escarcha.

Phantsin contempló el reflejo de su rostro: cabello carmesí, ojos carmesí, expresión dura.

Y una luz demoníaca ardiendo en su mano.

Las reglas parecían simples.

Los demonios habían asesinado a sus padres y eran el enemigo. Él se haría fuerte para proteger a los inocentes, sobre todo a Flower.

Pero aquella llama convertía la ecuación en algo que no sabía resolver.

Phantsin cerró el puño alrededor del fuego.

Esta vez no lo extinguió.

La luz magenta escapó entre sus dedos.

—Lo usaré. Aprenderé a controlarlo.Su voz no tembló.

El frío trepó por su muñeca.

—Y si este poder intenta controlarme a mí...

Apretó más fuerte.

Por un instante, debajo del magenta apareció un resplandor rojo.

Fuego verdadero.

Su fuego.

Ambos colores lucharon en silencio dentro de su puño.

—Perderá.

Phantsin alzó la mirada hacia la Academia.

Pensó en Flower dormida al otro lado del corredor.

Pensó en sus padres.

Pensó en los monstruos de las historias.

Su mandíbula se tensó.

—Si tengo que convertirme en un monstruo para protegerla de los verdaderos...

La llama magenta creció.

Sus ojos carmesí no se apartaron de las torres.

—Entonces seré el peor de todos.