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No necesito mil noches para convencerte

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Sinopsis

Un mánager frío que no acepta un NO por respuesta. Y un juego de mentiras nocturnas que se les irá de las manos. Maira solo quiere sacar adelante su negocio para reunirse con sus hermanas. Pablo Conti solo busca innovar en su carrera y está seguro de que el talento de Maira es su próximo gran éxito televisivo. El problema es que ella rechaza su oferta. Decidido a convencerla, Pablo empieza a aparecer en la pastelería cada noche justo después del cierre. Para mantenerlo a raya, Maira empieza a inventarle historias sobre una vida que no tiene. Ella cree que solo está ganando tiempo. Él cree que tiene el control de la negociación. Pero jugar a la ficción en la intimidad de la noche es un terreno peligroso. Entre harina, secretos y mentiras piadosas, Pablo descubrirá que la televisión es lo último que le importa y que no necesitará mil noches para perder el control… y el corazón.

Estado:
hace un día
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Maira había inaugurado su pastelería hacía poco más de dos meses y, desde ese entonces, no había tenido ni un minuto de descanso. Cuando no estaba en el mostrador, atendiendo a sus clientes, permanecía a puerta cerrada, preparando los pasteles y galletas que adornarían el escaparate del mostrador al día siguiente.

Por las noches, llegaba a su pequeño apartamento cerca de la medianoche y, mientras se duchaba, hacía un repaso mental de la mercadería que debía encargar al distribuidor. El lugar era un desastre: tenía la nevera vacía, sus uniformes de trabajo necesitaban pasar urgentemente por la lavandería y, aun así, no recordaba un momento de su vida en que hubiese sido más feliz.

La tienda de pasteles era su sueño, aunque no el más importante. Si era sincera consigo misma, el negocio era el medio que la ayudaría a cumplir una promesa: la que les hizo a sus hermanas cuando decidió buscar un mejor futuro para las tres.

Desde aquel momento ya habían pasado varios años en los que no le había quedado otra alternativa que esperar, insistir y luchar por algo que parecía no llegar. Por momentos, solía pensar que la vida estaba empeñada en enseñarle el significado de la palabra «paciencia».

El tiempo pasaba y ella debía conformarse con ver a sus hermanas a través de una pantalla, esforzándose por creerles cuando Clara, su hermana mayor, le aseguraba que estaban bien, y que el dinero que le enviaba alcanzaba para pagar las cuentas y los gastos diarios. Más fácil era creerle a Lucía, su hermana menor, cuando le afirmaba que estaba estudiando y sacando buenas notas en el colegio.

Eso a Maira no le parecía suficiente. Necesitaba volver a tenerlas cerca y asegurarse de primera mano de que estaban bien, al igual que Clara y ella lo habían hecho siempre.

«Estoy cada vez más cerca», se animó al recorrer el salón con la mirada y notar que las mesas estaban todas ocupadas y que en el escaparate solo quedaban un par de galletas y algunas porciones de pastel.

Pronto demostraría que podía hacerse responsable económicamente de su hermana pequeña.

Su móvil sonó. Dejó el paño con el que repasaba el mostrador a un lado y atendió enseguida al leer en la pantalla el nombre de su una de sus mejores amigas.

—Hola, Jose.

—Hola, Mai. ¿Cómo estás?

—Bien, ¿y tú?

—Bien. Disculpa que te llame a esta hora, sé que estás trabajando, pero me urge pedirte un favor.

—Ya sabes que, si puedo, te ayudaré en lo que necesites.

—No te lo pediría si no fuera realmente importante, pero necesito un espacio para reunirme con Víctor y Pablo, y pensé que podrías dejarme ocupar una de las mesas de tu local.

—Sí, claro. Ven cuando quieras.

—Ese es el problema. Debería ser cuando el local esté cerrado, porque ninguno de los dos dispone de mucho tiempo y el único horario en el que los tres coincidimos es después de las nueve de la noche.

—Jose, yo no tengo problema de que vengas a la hora que quieras ni con quien te plazca, pero ¿Marc no te había ofrecido la sala de su casa?

—Sí, pero él se reunirá esta noche con su grupo y ya sabes, no hay espacio para los dos y nuestros proyectos.

—Bien, yo creo que cerraré a las ocho, pero estaré en la trastienda hasta tarde. Puedes enviarme un mensaje cuando llegues y yo saldré a abrir. Dime si necesitas que te prepare un menú especial y lo haré con gusto.

—Nada de eso, mientras me dejes usar la cafetera estaré más que agradecida. Sé que es un horario complicado para ti.

—Jose, ya sabes que puedes disponer del local cuando quieras. Ahora debo dejarte —dijo al ver entrar a un nuevo grupo de mujeres.

—¡Gracias de nuevo! Te escribiré cuando esté en la puerta.

***

Pablo miró el reloj que llevaba en la muñeca. Nueve de la noche. Revisó nuevamente la dirección para asegurarse de estar en el sitio que Josefina le había indicado y bajó del vehículo.

Se ajustó la chaqueta azul del traje y recorrió con la vista la fachada del local. Era una tienda de pasteles peculiar. Las paredes, pintadas en rosa y verde le aportaban un aire romántico del que él, en circunstancias normales, huiría. Pero lo que lo llevaba a ese lugar no era personal, sino una reunión de trabajo.

Volvió a mirar la fachada, respiró profundo y entró.

Enseguida vio a Josefina apoyada en el mostrador, conversando con otra mujer. Las dos lo miraron, Josefina sonrió y caminó hacia él.

—Gracias por venir, Pablo.

—Duarte, no tengo más de diez minutos para dedicarle a esta reunión.

—Con eso me alcanza, solo necesito que tu conteo comience cuando llegue Víctor.

—¿También lo citaste?

—Por supuesto. Para llevar a cabo el proyecto que tengo pensado necesitaré mucha ayuda.

—Solo espero que a tu marido no le importe que te asocies con él.

No había pasado mucho tiempo desde que Víctor se había enamorado de Josefina. Y lo peor no había sido el sentimiento que le profesaba, sino que no se había esforzado en lo más mínimo por esconderlo. Aun sabiendo que ella estaba casada y que, en aquel tiempo se decía que su marido no era propenso a solucionar los problemas hablando.

—Lo pasado, pisado, Pablo. —Josefina le dedicó una sonrisa, intentando restar importancia al asunto—. Ahora ven, que te presentaré a mi amiga.

Caminaron juntos hasta el mostrador y Josefina le presentó a la dueña del local.

—Ella es Maira, una amiga y la dueña de este precioso lugar.

—Pablo Conti —dijo él, tendiendo la mano para saludarla—. Un placer conocerla.

—El gusto es mío —saludó ella, sosteniendo su mano.

La campanilla de la puerta anunció la llegada de Víctor. Después de una presentación rápida, los tres se sentaron en una mesa especialmente preparada y la dueña del local desapareció en la trastienda.

Pablo escuchó a Josefina hablar sobre su proyecto. No era una mala idea; en lineas generales era excelente. Ella pensaba organizar un festival anual con artistas emergentes para darles la oportunidad de demostrar su talento.

Además, tenía la intención de convocar figuras consagradas para darle un valor agregado al evento. Al finalizar, tanto ella, como Víctor y él tendrían la posibilidad de hacer una pequeña selección de talentosos artistas con los que empezar a trabajar.

Aun así, a Pablo había algo que no le terminaba de cerrar.

Quizás ver a Josefina tan ilusionada le provocaba cierta envidia. Hacía mucho tiempo que no lo entusiasmaba nada. Y si bien, organizar un evento anual donde artistas emergentes pudieran mostrar su talento era una fantástica idea, no era suya.

—Tenemos tiempo para planificar todo, solo quiero estar segura de tenerlos en el equipo —dijo Josefina.

—No lo sé —dudó Víctor—. Estoy planeando mudarme al sector deportivo.

—Víctor —dijo Josefina—, tienes varios cantantes y actores que cuentan contigo, ¿qué harás con ellos?

—Enviarlos contigo, no lo sé —se encogió de hombros, indiferente—. Tal vez Pablo quiera encargarse de ellos.

—No cuentes conmigo, Guerra. También estoy buscando mudar mi nicho a otro ámbito.

—¿Quieren decir que no contaré con ustedes para organizar el festival?

—Duarte, tienes a tu marido. No creo que necesites a nadie más —sentenció Pablo y se sirvió una de las masas del centro de la mesa.

—Necesito que, por lo menos, digan que lo pensarán.

Pablo giró la galleta entre sus dedos, observándola como si fuera un mensaje que tuviera que descifrar. Dio un bocado y la textura suave comenzó a desarmarse en su boca, liberando notas de vainilla y algo más que no alcanzaba a distinguir.

El tono rosa de las paredes, las plantas colgantes, las tazas descoloridas y los cuadros con frases que muchos tildarían de motivacionales, pero que para Pablo no tenían relevancia, cobraron sentido.

La dueña del local no vendía solo galletas; Maira vendía una experiencia. Esa tienda de pasteles era como un refugio en medio del caos de la ciudad. Era una pequeña trinchera que daba tregua a la rutina diaria.

Y la idea no tardó en aparecer, solo debía afinarla un poco. Pero un programa de televisión, donde se enseñara a cocinar y a convertir la cocina de cada hogar en una especie de búnker era un proyecto ganador.

—¿Estas galletas las prepara tu amiga? —preguntó con la mirada fija en el dulce.

—No estamos hablando de galletas, Conti. ¿Acaso lo hacen porque la idea se me ocurrió a mí y no a ustedes?

Pablo escuchó la carcajada de Víctor y luego vio la pequeña sonrisa que a Josefina se le escapó. Él permaneció serio. Estaba acostumbrado a mantener la distancia con sus colegas y, después de tantos años, no pensaba cambiar sus hábitos, por muy simpática que fuera Josefina Duarte.

—Es solo una pregunta, Duarte. ¿Las cocina o no? —insistió.

—¿Trabajarás conmigo? —preguntó ella con una sonrisa de lado.

—La mala costumbre de chantajear no se te fue con el paso del tiempo —dijo refiriéndose al rumor que había circulado en todos los medios, en el que aseguraban que Josefina había extorsionado a Marc para que se casara con ella.

—Nunca pudieron comprobar nada —sentenció ella.

—Cuentas conmigo para ese festival, ahora, responde.

—Sí, las cocina Maira. ¿Por qué?

—Por nada. —Se levantó del asiento y empezó a caminar hacia la trastienda.

—¿A dónde vas?

—Ella está ahí atrás, ¿verdad? —preguntó sin detenerse.

—Sí, pero…

Pablo ya no escuchó lo que Josefina decía. Empujó la puerta vaivén y entró a la cocina. La vio de espaldas, entretenida batiendo una mezcla en un recipiente.

—¿Necesita algo? —preguntó ella cuando se giró y lo vio de pie en medio de la cocina.

—Sí, tengo una propuesta para hacerle —dijo él, acortando la distancia entre ellos con la elegancia natural que usaba para dominar cualquier habitación. Sostenía la galleta entre los dedos como si fuese una pieza de colección—. ¿Usted cocina todo lo que vende en este local? —Dedicó un vistazo rápido a las encimeras en las que descansaban bollos recién amasados, cremas batidas, restos de chocolates y colorantes.

—Sí.

—¿Qué le parecería tener su propio programa de televisión?

—¿Qué?

—Sería un éxito. Piénselo, un programa en el que usted enseñara a preparar sus recetas. Compartir sus secretos para que una galleta ordinaria tenga el sabor del cielo. Le aseguro que ganaría mucho más de lo que obtiene con esta pequeña y descolorida pastelería.

Pablo esperó la reacción habitual: ojos abiertos por la sorpresa, una sonrisa de agradecimiento y, por qué no, el reflejo de una pizca de ambición. En su lugar, vio cómo la expresión de Maira se transformaba en una máscara rígida. La amabilidad desapareció por completo y sus ojos se entornaron, fijos en él con una frialdad que lo tomó desprevenido. Ella apretó la mandíbula mientras dejaba el cuenco de metal sobre la encimera.

Orgullo, catalogó Pablo. Orgullo o una pésima estrategia de negociación.

—No, no estoy interesada —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. De todos modos, muchas gracias por la propuesta.

—¿Cómo ha dicho? —Pablo enarcó una ceja, genuinamente desconcertado. Había elogiado su producto, a su manera, y le estaba ofreciendo el negocio de su vida.

—Dije que no.

—¿No? —A Pablo le dio casi gracia. ¿Durante cuánto tiempo pretendía mantener esa postura para inflar su precio?

—No —repitió ella, mirando hacia la puerta como si deseara que se marchara.

—Creo que no sabe con quién está hablando. Soy Pablo Conti y le aseguro que, si digo que un negocio funcionará, tenga por seguro que así será.

—Sé quién es usted. Lo he visto en programas de televisión, en entrevistas, en portadas de revistas y hasta nos han presentado en reuniones a las que asistí como acompañante de Josefina. Por lo tanto, esta no es la primera vez que nos vemos.

—Aun así, la respuesta es no. ¿Puedo preguntar por qué? —insistió cruzándose de brazos.

—Porque es en esta pequeña y descolorida pastelería, como usted la llama, y cocinando mis ordinarias galletas, donde quiero estar.

—Ni siquiera hemos hablado de dinero. Todo el mundo tiene un precio.

—La respuesta sigue siendo la misma. No. Gracias.

La puerta se abrió y entró Josefina.

—Pablo, ya hemos terminado la reunión —dijo, observando la escena con atención—. Si te parece bien, podemos reunirnos la próxima semana para seguir avanzando con los detalles.

—Me parece bien —respondió él, sin apartar la mirada de Maira, como si así pudiera indicarle que la conversación no había terminado.

—Mi amiga tiene que cerrar el local —siguió Josefina—, sería conveniente que nos marcháramos.

—Sí, claro —respondió a su colega y luego se dirigió a Maira—. Adiós, señorita.

—Adiós —respondió ella.

A Pablo le pareció escuchar un suspiro de alivio cuando se giró para ir hacia la puerta. No se volteó para comprobarlo ni alteró su expresión imperturbable. En su mente solo podía repetirse que aquel no era un no definitivo; solo era un problema complejo que requería una estrategia diferente. Y a él se le daba muy bien diseñar estrategias.