Antes de que el invierno llegue

Sinopsis

Las hojas caen, dictando el fin de la espera, tejiendo un sudario de oro sobre nuestra piel. Tú, con el calor de quien nada ignora, yo, con el frío de quien se sabe perder. Te miro, In-ho, mi mundo de mármol y seda, mientras mi sangre se vuelve un río lento y gris. ¿Cómo explicar que mi amor es esta huida? Que irme es el último regalo que te di. El invierno acecha tras el cristal de la cabaña, prometiendo borrar los rastros de este abrazo. Prefiero que guardes el recuerdo de nuestra aurora a que veas cómo el tiempo me deshace en pedazos. Que no llegue la nieve a cubrir nuestra historia, que el otoño nos congele en esta eterna quietud. Me alejo en silencio, mi amado, mi gloria, para que en tu memoria, yo no conozca la senectud.

Genero:
Drama
Autor/a:
Roselyn
Estado:
Complete
Capítulos:
24
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo: El peso del apellido

La oficina de Il-Nam Enterprises no era solo un lugar de trabajo; era una jaula de cristal con vistas panorámicas a la ciudad, un recordatorio constante de que, a los 25 años, Hwang In-ho ya lo tenía todo, excepto la libertad.

Sus dedos tamborileaban contra la mesa de caoba mientras observaba los números en la pantalla, pero su mente estaba a kilómetros de distancia.

La puerta se abrió sin previo aviso, revelando a su padre, Oh Il-nam. El hombre entró con paso pesado, su mirada gélida recorriendo la oficina antes de fijarse en su hijo.

-Llegas tarde a la reunión de la junta, In-ho -dijo Il-nam, su voz resonando con una autoridad que nunca necesitaba elevarse-. ¿O es que tu vida nocturna es más importante que el legado de esta empresa?

In-ho soltó una carcajada seca, girando su silla para quedar frente a él.

-¿La vida nocturna, padre? ¿O simplemente me aburre ver cómo intentas controlar cada segundo de mi existencia? -In-ho se recostó, cruzando los brazos sobre su pecho-. Sabes perfectamente que prefiero estar en cualquier otro lugar que en este cubículo de lujo.

Il-nam caminó hacia el ventanal, dándole la espalda a su hijo mientras observaba el tráfico incesante de abajo.

-No te he criado para que seas un libertino sin propósito -sentenció Il-nam-. La empresa necesita estabilidad. Los inversores preguntan, el mercado exige una sucesión sólida. Ha llegado el momento, In-ho.

-¿El momento de qué? ¿De que me entregues como un premio de consolación? -In-ho se levantó, caminando lentamente hacia él-. Sé a dónde vas con esto. Quieres que me case.

-Quiero que asegures el futuro de Il-Nam Enterprises -corrigió su padre, volviéndose bruscamente-. Quiero un heredero. Alguien que lleve nuestro apellido con dignidad y no con la frivolidad que tú demuestras cada fin de semana en los tabloides.

In-ho sintió cómo la sangre le subía a la cabeza. La idea de un matrimonio pactado le provocaba una repulsión física.

-¿Un heredero? ¿Estás hablando en serio? -In-ho se acercó, invadiendo el espacio personal de su padre-. No pienso casarme por conveniencia, y mucho menos por una cláusula en un contrato empresarial. Mi vida personal no es una extensión de los activos de esta compañía.

-Tu vida personal es un desastre, In-ho -respondió Il-nam, su voz bajando a un susurro peligroso-. Eres joven, rico y arrogante. Crees que el mundo te pertenece, pero el mundo solo pertenece a quienes saben cuándo sacrificar sus deseos por un objetivo mayor.

-Pues yo no voy a sacrificar nada -replicó In-ho con una sonrisa desafiante-. No tengo interés en buscar una esposa, ni en fingir una vida feliz frente a un altar para satisfacer tus caprichos corporativos.

-¿Y qué vas a hacer cuando yo ya no esté? -preguntó Il-nam, mirándolo directamente a los ojos-. ¿Vas a dejar que todo lo que he construido se desmorone por tu estúpida rebeldía?

-Si eso significa que finalmente podré ser dueño de mis propias decisiones, que así sea -In-ho mantuvo la mirada, sin pestañear-. Además, padre, escúchame bien: para casarme, tendría que enamorarme. Y serías un iluso si crees que voy a permitir que algo tan insignificante como el amor me atrape. No pienso enamorarme nunca. El amor es una debilidad, y yo no planeo ser débil para nadie.

Il-nam suspiró, un sonido cargado de desdén que pareció llenar toda la habitación.

-El orgullo es una compañía muy solitaria, hijo. Un día descubrirás que el poder sin alguien con quien compartirlo no es más que una celda de lujo.

-Entonces me quedaré en mi celda -concluyó In-ho, dándose la vuelta y regresando a su escritorio-. Pero deja de intentar buscarme una esposa. Mi vida no está a la venta.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión que ninguna palabra más podría resolver.

In-ho volvió a mirar la pantalla de su ordenador, ignorando por completo la presencia de su padre, pero sus manos temblaban ligeramente.

A pesar de su tono desafiante, sabía que la guerra apenas comenzaba.

El sol de la tarde se filtraba por los ventanales de la torre de Il-Nam Enterprises, golpeando directamente el rostro de Hwang In-ho.

La luz resaltaba los ángulos imposibles de su arquitectura facial: una mandíbula afilada como un corte de cuchillo, pómulos marcados y una piel de tono tostado que parecía haber sido esculpida bajo el sol del Mediterráneo.

Sus ojos, oscuros y profundos, como pozos de obsidiana, evitaban cualquier rastro de humanidad, manteniendo esa frialdad que lo hacía irresistible y, al mismo tiempo, aterrador.

Pasó una mano por su cabello castaño oscuro, peinado meticulosamente hacia atrás, revelando una frente despejada que proyectaba absoluta confianza.

-¿Te estás escuchando, In-ho? -la voz de Kim Jun-hee rompió el silencio de su teléfono.

In-ho, que no se había molestado en levantarse de su silla de cuero, miró la pantalla donde el rostro de Jun-hee lo observaba con esa mezcla de arrogancia y deseo que caracterizaba a los de su misma clase social.

Jun-hee no era una mujer que se conformara con las sombras; ella pertenecía a la élite, a ese pequeño círculo de familias que controlaban el país.

-Me escucho perfectamente, Jun-hee -respondió In-ho, con una voz que era puro terciopelo y veneno-. Y lo que escucho es tu insistencia, la cual empieza a volverse monótona.

-Mi padre ha cenado con el tuyo anoche -soltó ella, cruzándose de brazos-. Se han dicho muchas cosas sobre la falta de un heredero en Il-Nam Enterprises. Sabes que nuestro compromiso fortalecería ambas posiciones. ¿Por qué te empeñas en jugar a la rebeldía cuando ambos sabemos que es inevitable?

In-ho dejó escapar una risa corta, una burla que a Jun-hee le encendió la mejilla con una mancha de irritación.

-¿Inevitable? -se burló él-. Jun-hee, querida, lo único inevitable en esta vida es la muerte y los impuestos. El matrimonio es una opción, y yo he optado por no arruinar mi vida por un contrato de fusiones y adquisiciones.

En ese preciso momento, un mensaje apareció en la pantalla de In-ho:

«La paciencia no es eterna, In-ho. Kim Jun-hee es la mejor opción. No me obligues a tomar medidas drásticas para recordarte quién es el dueño de esta empresa. -Papá».

In-ho leyó el mensaje sin cambiar su expresión, aunque una vena latía con fuerza en su sien.

Levantó la vista hacia la cámara de su móvil, donde Jun-hee seguía esperando una respuesta.

-Tu padre me ha enviado un mensaje -dijo él, ignorando por completo la advertencia que contenía-. Parece que la presión está subiendo. ¿Es que acaso no puedes conseguir a alguien más que no tenga que ser arrastrado al altar por sus padres?

-No es cuestión de conseguir a cualquiera, es cuestión de poder, In-ho -respondió ella, suavizando su tono-. Sé cómo eres. Sé que te gusta la vida fácil, las mujeres, los excesos. Pero también sé que debajo de esa mandíbula afilada y esa mirada de indiferencia, hay un hombre que sabe que no puede escapar de su destino. ¿Crees de verdad que puedes vivir siempre esquivando a tu padre?

-Puedo vivir exactamente como

quiera -replicó In-ho, levantándose y caminando hacia el ventanal, su reflejo mezclándose con la ciudad que se extendía a sus pies-. No necesito un heredero, no necesito una esposa, y ciertamente no necesito que tú me recuerdes las presiones de mi familia. Si estás aquí por los negocios, hablemos. Si estás aquí por el matrimonio, cuelga.

-Te vas a arrepentir de este desdén -dijo Jun-hee antes de cortar la comunicación.

El silencio volvió a instalarse en la oficina, pero ya no era un silencio tranquilo.

In-ho se quedó mirando su propio reflejo en el cristal.

Su cabello, impecablemente peinado hacia atrás, no se movía ni un milímetro, pero él se sentía desordenado por dentro.

Se detuvo a observar sus propios ojos, esos pozos profundos que ocultaban más de lo que admitía ante el mundo.

¿Enamorarse? La idea le produjo un escalofrío que rápidamente transformó en una sonrisa cínica.

Para enamorarse, uno tenía que ser capaz de ver a alguien más, de importar algo más allá del propio reflejo.

Y para In-ho, a sus 25 años, el mundo no era más que un tablero de ajedrez donde él era el rey, pero un rey que no estaba dispuesto a sacrificar su libertad por ninguna reina, fuera la poderosa Kim Jun-hee o cualquier otra persona.

Su teléfono vibró de nuevo. Otro mensaje de su padre.

In-ho lo dejó sobre la mesa sin siquiera abrirlo.

La rebeldía no era solo una postura; era su única forma de respirar.

Pero, en el fondo, una pequeña parte de él, una que nunca se atrevería a reconocer, sabía que el juego estaba cambiando, y que el invierno, ese periodo de frialdad que su padre tanto mencionaba, estaba más cerca de lo que él estaba dispuesto a admitir.

La presión en el despacho era asfixiante, una atmósfera cargada de ozono y exigencias que In-ho no podía seguir soportando.

Necesitaba aire, necesitaba escapar de las paredes de cristal que le recordaban constantemente su condena.

Salió de la torre de Il-Nam Enterprises sin decir una palabra a su asistente, ignorando las llamadas que seguían entrando a su móvil como un enjambre de avispas.

Su mente era un caos de razonamientos cínicos:

«Casarme, herederos, contratos...

patético», pensaba mientras caminaba con paso firme, el sonido de sus zapatos de marca resonando contra el pavimento como un martillo.

«Nunca voy a permitir que nadie me ate. El amor es para los débiles que necesitan compañía para soportar su propia mediocridad».

Caminó sin rumbo fijo, buscando una distracción que alejara de su mente la imagen de su padre y la arrogante insistencia de Jun-hee.

Sus pies lo llevaron, casi por instinto, a un parque alejado del bullicio financiero, un lugar donde los árboles empezaban a perder sus hojas, tiñendo el suelo de un ocre melancólico.

In-ho se detuvo, ajustándose el abrigo.

La paz del lugar debería haberle servido, pero seguía irritado.

Fue entonces cuando lo vio.

A unos metros de distancia, cerca de una fuente ornamentada, un chico caminaba con una lentitud que denotaba un cansancio extremo.

Era inusualmente delgado y alto, con el cabello negro cayendo en suaves ondas sobre su frente, ocultando parcialmente unos ojos que lucían tan profundos como perdidos.

Su piel era de una palidez casi irreal, contrastando con el entorno otoñal. Se tambaleó.

Fue un movimiento sutil, una pérdida de equilibrio que el cuerpo de In-ho captó antes de que su cerebro pudiera procesarlo.

In-ho corrió.

Sus instintos de protección, que siempre había reprimido bajo capas de indiferencia, se dispararon.

Justo cuando las rodillas del desconocido cedieron, In-ho se deslizó como una sombra y lo atrapó, impidiendo que el impacto contra el suelo fuera fatal.

El chico cayó contra él, y el peso de su cuerpo quedó suspendido en los brazos de In-ho.

En ese mismo instante, las campanas de la vieja iglesia cercana comenzaron a repicar, un sonido sordo y solemne que pareció suspender el tiempo en el aire.

La cabeza del chico se apoyó contra el pecho de In-ho, justo donde su corazón, inusualmente acelerado, empezó a golpear contra sus costillas.

In-ho se quedó petrificado.

No soltó al desconocido; no pudo hacerlo.

Bajó la mirada y, por primera vez en años, el mundo se redujo a una sola persona.

Sus rasgos eran delicados, casi etéreos, una belleza pura y desarmada que le provocó una punzada desconocida en el pecho.

-¿Estás bien? -logró preguntar In-ho, su voz perdiendo toda la aspereza de la oficina, tornándose suave, casi protectora.

El chico, con un esfuerzo sobrehumano, levantó la cabeza.

Sus ojos estaban entreabiertos, vidriosos por un cansancio que parecía ir más allá de lo físico, pero cuando sus miradas se cruzaron, algo cambió.

Un pequeño rastro de vida iluminó su rostro.

Con una lentitud agónica, el chico le dedicó una sonrisa.

No era una sonrisa de cortesía, ni de compromiso social como las de Jun-hee; era la sonrisa más hermosa, sincera y devastadora que In-ho había visto en toda su vida.

-Gracias... -susurró el chico, su voz apenas un hilo de aire, pero suficiente para que In-ho sintiera que todo su cinismo se resquebrajaba.

In-ho, sin ser consciente de ello, sonrió de vuelta.

Fue una sonrisa amable, genuina, una expresión que no había ensayado frente al espejo del baño corporativo.

-No te muevas -dijo In-ho, sintiendo una necesidad imperiosa de mantenerlo ahí, de proteger esa fragilidad que tenía entre sus manos-. Estás a salvo conmigo. ¿Cómo te llamas?

El chico intentó articular algo, pero el agotamiento pudo más, y sus ojos se cerraron, aunque su sonrisa permaneció grabada en el rostro de In-ho como una quemadura imborrable.

In-ho miró a su alrededor.

El parque parecía haber desaparecido.

Ya no existía la empresa, ya no existía su padre, y mucho menos los planes de matrimonio.

Solo estaba él, sosteniendo a un ángel caído en medio de la tarde, sintiendo, por primera vez en veinticinco años, que su teoría sobre el amor empezaba a tambalearse peligrosamente.

-No te voy a dejar caer -murmuró para sí mismo, mientras buscaba su teléfono con una mano, sabiendo que, a partir de ese momento, su vida acababa de cambiar para siempre.






Nota de Autora:

¡Hola a todxs mis lectorxs! 🥂

Primero que nada, gracias por seguir esta historia que me tiene el corazón a mil.

¿Qué les pareció el encuentro? Siento que el contraste entre el mundo frío y calculador de In-ho y la fragilidad de Gi-hun es justo lo que necesitábamos para ver caer todas las defensas de nuestro protagonista.

Y sí, aceptémoslo: Hwang In-ho ya cayó. 🧎‍♂️💨 Después de esa sonrisa, no hay vuelta atrás. Él pensaba que el amor era para los débiles y que su libertad era innegociable, pero esa "frialdad" que tanto presumía se evaporó en el segundo en que sus brazos sostuvieron a ese chico que parece sacado de un sueño.

In-ho cree que tiene el control, pero el destino (y esas campanas de iglesia que sonaron en el momento justo 🔔) tienen otros planes.

Prepárense, porque la dinámica entre el "celebérrimo" heredero y este chico misterioso apenas comienza.

¡El invierno está por llegar y las cosas se van a poner muy intensas! ❄️🍂

No olviden dejar sus teorías en los comentarios, ¿qué creen que oculta Gi-hun?

¿Logrará In-ho mantener su fachada de "no enamoradizo" por mucho tiempo más? (Spoiler: imposible). 🤭❤️‍🔥

¡Nos leemos en el próximo capítulo! ✍️✨