1.Capitulo uno: Médicos
Muy lejos de aquella montaña, en una calle bulliciosa de un reino lejano, los comerciantes ofrecían sus mejores productos desde carritos de madera color café, de estilo tradicional. Allí, entre el gentío, se encontraron dos médicos de la peste —un hombre y una mujer, ambos jóvenes— vestidos con túnicas oscuras y máscaras de pico.
Atendían a un hombre que se quejaba de un dolor punzante en la cabeza.
—Tranquilo, señor. Esta enfermedad tiene cura —dijo la médica, con voz firme pero amable—. Cuervo, pásame el taladro quirúrgico.
El joven, apodado Cuervo, abrió su maletín de cuero y sacó un pequeño instrumento metálico que brillaba bajo la luz del atardecer.
—Aquí tienes, Diamante —dijo Cuervo, entregándole el pequeño taladro quirúrgico.
Con movimientos precisos, Diamante aplicó el instrumento de forma manual, liberando la presión del cráneo del paciente. Al cabo de unos minutos, el hombre suspira aliviado.
Luego, una mujer enferma se acercó, temblando de fiebre. El médico extrajo del carruaje un frasco con un jarabe oscuro y un recipiente de vidrio que contenía sanguijuelas vivas. Le administró el medicamento y colocó cuidadosamente las criaturas sobre la piel desnuda de sus brazos.
—Tranquila —dijo Cuervo con voz serena—. Las sanguijuelas purificarán tu sangre, y el jarabe evitará futuras infecciones.
Cuando el día terminó y el bullicio de la plaza se desvaneció, los médicos empacaron sus instrumentos y abandonaron el lugar. Caminaron en silencio hasta una vieja casa a las afueras del reino, donde tenían una visita pendiente: su padre.
Al entrar, subieron directamente al segundo piso. Una criada los esperados en la habitación, sentada junto a un hombre anciano y decadente. Su barba era larga y enmarañada; el cráneo, calvo y brillante; los ojos, opacos, ciegos.
— ¿Quién está aquí? —gruñó el viejo, con una voz rasposa, seca como madera vieja.
Los dos médicos se arrodillaron en señal de respeto. Diamante fue la primera en hablar, tomando con delicadeza la mano temblorosa de su padre.
—Estamos aquí, Padre. Oímos tu llamado.
—Estoy muriendo... no me queda mucho tiempo —dijo el anciano con dificultad, el aliento corto, apenas audible.
Cuervo se acercó, tomando la otra mano de su padre con suavidad.
—Quita tu mano, hijo. No me manches —gruñó el viejo, con voz áspera.
—Lo lamento, padre —respondió Cuervo, apartándose con respeto.
Sin decir más, los médicos se retiraron del cuarto y se dirigieron a sus respectivas habitaciones, el silencio pesando sobre ellos como un sudario.