Capítulo 1: El susurro del invierno
El invierno había llegado con una fuerza poco habitual al norte de Nuevo México.
La nieve cubría los techos de Silver Ridge como un manto blanco, mientras el viento recorría las calles vacías levantando pequeños remolinos de escarcha. A esa hora de la mañana, el pueblo apenas despertaba. Algunas chimeneas comenzaban a expulsar finas columnas de humo y las luces amarillas de las casas luchaban contra la oscuridad del amanecer.
En una vivienda modesta ubicada cerca del bosque, un despertador rompió el silencio.
-¡Cinco minutos más...! -gruñó una voz desde debajo de las sábanas.
El reloj siguió sonando.
Una mano salió disparada y lo apagó de un golpe.
Sara Nygård abrió apenas un ojo.
-Te odio...
Se quedó inmóvil unos segundos, contemplando el techo de su habitación.
Era una adolescente de diecisiete años. Cabello rojizo, largo y algo desordenado. Pecas sobre la nariz, ojos verdes y una expresión que parecía debatirse constantemente entre el cansancio y la curiosidad. Su cuarto era un reflejo de ella misma: libros mezclados con apuntes del colegio, ropa tirada sobre una silla, fotografías con su mejor amiga Emma y una guitarra olvidada en un rincón.
Se incorporó lentamente.
Algo no estaba bien.
Había vuelto a tener el mismo sueño.
No lograba recordarlo completo. Nunca podía.
Solo conservaba fragmentos.
Nieve.
Un cielo completamente negro.
Dos cuervos volando sobre un bosque interminable.
Y un anciano con barba gris que la observaba desde muy lejos.
Cada vez que intentaba recordar su rostro, despertaba.
-Qué raro...
Se frotó los ojos y miró por la ventana.
Los cuervos estaban allí.
Dos.
Posados exactamente sobre el poste de luz frente a su casa.
Los mismos del sueño.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
-Coincidencias... -murmuró intentando convencerse.
Se levantó, se puso una sudadera negra y bajó las escaleras.
El aroma del café recién hecho inundaba toda la casa.
Su madre terminaba de preparar el desayuno mientras tarareaba una canción antigua.
-Buenos días, dormilona.
-Depende... ¿es lunes?
-Sí.
-Entonces no son buenos.
Su madre soltó una risa.
-Nunca entendí por qué odias tanto los lunes.
-Porque existen.
-Gran argumento.
Sara tomó una tostada todavía caliente.
-¿Qué hay para hoy?
-Historia.
Sara dejó caer la cabeza sobre la mesa.
-No...
-Y examen.
-¡No!
-Y si seguís dramatizando, también lavado de platos.
Sara levantó la cabeza de inmediato.
-Bueno... tampoco exageremos.
Las dos rieron.
Ese tipo de conversaciones eran habituales entre ellas.
Desde la muerte de su padre, cuando Sara era muy pequeña, su madre había aprendido a ocultar la tristeza detrás del humor. No siempre funcionaba, pero ambas hacían el esfuerzo de mantener la casa llena de pequeñas bromas.
-¿Estudiaste? -preguntó su madre mientras servía café.
Sara guardó silencio.
-Sara...
-Más o menos.
-¿Qué significa "más o menos"?
-Que abrí el cuaderno.
-¿Y después?
-Bueno... técnicamente también lo cerré.
Su madre negó con la cabeza entre risas.
-Sos incorregible.
-Pero simpática.
-Eso te lo concedo.
Mientras desayunaban, Sara volvió a mirar por la ventana.
Los cuervos seguían allí.
Inmóviles.
Observándola.
Cuando parpadeó...
Ya no estaban.
Frunció el ceño.
-¿Pasa algo? -preguntó su madre.
Sara dudó unos segundos.
-¿Viste unos cuervos afuera?
-No.
-Nada... habrá sido mi imaginación.
Intentó convencerse de eso mientras tomaba su mochila.
Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, sintió que aquel extraño sueño no había terminado al despertar.
Tal vez acababa de empezar.
Sara cerró la puerta de su casa y ajustó la bufanda alrededor de su cuello. El aire era tan frío que cada respiración se convertía en una pequeña nube blanca. Silver Ridge seguía despertando lentamente. Algunas personas retiraban la nieve de las veredas mientras los primeros autos comenzaban a recorrer las calles.
Caminó con las manos en los bolsillos, intentando olvidar el extraño sueño y la presencia de aquellos dos cuervos.
-Solo fue una coincidencia... -se dijo en voz baja.
Sin embargo, al cruzar una esquina sintió que alguien la observaba.
Giró la cabeza.
Nada.
Solo un viejo poste de madera y un árbol completamente desnudo por el invierno.
Aceleró el paso.
No tardó mucho en llegar al instituto. Era un edificio de ladrillos rojizos, de dos plantas, rodeado por una enorme bandera estadounidense que flameaba con fuerza debido al viento.
Apenas cruzó el portón escuchó una voz conocida.
-¡Sara!
Una chica de cabello rojizo recogido en una coleta corría hacia ella agitando una carpeta.
-¡Emma!
Las dos se abrazaron rápidamente.
Emma Sullivan era su mejor amiga desde que tenían siete años. Si Sara era tranquila y algo reservada, Emma era exactamente lo contrario. Hablaba con cualquiera, siempre tenía una broma preparada y era prácticamente imposible verla de mal humor.
-Tenés cara de zombie -dijo Emma.
-Gracias. Vos también estás muy linda.
-No, en serio. ¿Dormiste?
Sara dudó unos segundos.
-Más o menos.
-Otra vez las pesadillas.
-Sí...
Emma dejó de sonreír.
-¿La misma de siempre?
Sara asintió.
-El bosque... la nieve... y ese anciano raro.
-¿El del ojo?
-Sí.
Emma suspiró.
-Deberías dejar de mirar películas de terror antes de dormir.
-No miro películas de terror.
-Bueno... entonces tu cerebro las produce gratis.
Sara soltó una pequeña risa.
-Eso parece.
Entraron juntas al edificio mientras los alumnos llenaban los pasillos.
-¿Estudiaste para Historia? -preguntó Emma.
Sara hizo una mueca.
-No.
-¿Nada?
-Leí el título del capítulo.
-¿Y?
-Después me distraje.
Emma negó con la cabeza.
-Sos un desastre.
-Pero me querés igual.
-Lamentablemente.
Las dos rieron mientras llegaban al aula.
La profesora Helen Smith ya estaba acomodando unas hojas sobre el escritorio.
Era una mujer de unos cincuenta años, extremadamente organizada y conocida por ser la docente más exigente del instituto.
Cuando el timbre sonó, cerró la puerta.
-Buenos días.
-Buenos días... -respondió el curso sin demasiado entusiasmo.
-Hoy tendrán el examen sobre mitología nórdica.
Varias caras reflejaron preocupación.
Sara sintió un nudo en el estómago.
-No se preocupen. Solo responderán lo que sepan.
-Entonces voy a entregar la hoja en blanco -susurró Sara.
Emma soltó una risa que logró contener justo antes de que la profesora la mirara.
Los exámenes comenzaron a repartirse.
Cuando una hoja cayó sobre el pupitre de Sara, respiró profundamente.
-Vamos...
Giró la primera página.
La primera pregunta decía:
¿Quién es Odín y cuál es su papel dentro de la mitología nórdica?
Sara frunció el ceño.
La segunda preguntaba por Thor.
La tercera por Yggdrasil.
La cuarta por el Ragnarök.
No sabía absolutamente nada.
Sintió cómo el calor abandonaba lentamente su cuerpo.
El silencio del aula comenzó a resultarle extraño.
Demasiado extraño.
De pronto...
Todo dejó de oírse.
Los lápices dejaron de raspar el papel.
El reloj de la pared dejó de hacer tic tac.
Incluso el viento desapareció.
Sara levantó lentamente la cabeza.
Todos permanecían inmóviles.
La profesora Smith estaba congelada junto al escritorio.
Emma había quedado petrificada con el lápiz suspendido sobre la hoja.
El tiempo...
Se había detenido.
El corazón de Sara comenzó a latir con fuerza.
-¿Qué...?
Una ráfaga helada recorrió el aula.
Las luces titilaron.
Entonces escuchó un sonido.
No venía de la puerta.
Ni de las ventanas.
Ni del pasillo.
La voz nacía dentro de su propia mente.
Profunda.
Antigua.
Como si hubiese atravesado miles de años para llegar hasta ella.
-Sara...
El nombre resonó lentamente.
Ella se quedó completamente inmóvil.
-¿Quién... quién está ahí?
No obtuvo respuesta inmediata.
Solo un leve graznido.
Un cuervo se había posado sobre el alféizar de la ventana.
Después otro.
Y otro más.
Los tres observaban directamente a Sara.
La voz volvió a hablar.
Esta vez con absoluta claridad.
-Por fin te encontré...
Sara sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Intentó levantarse.
No pudo.
Intentó gritar.
Su garganta no respondió.
Entonces, la voz pronunció las palabras que cambiarían su vida para siempre.
-Por fin te encontré...
Hubo un largo silencio.
Y finalmente dijo:
-Sara Nygård.