El Sacrificio -Mala Suerte
La luz del faro la guiaba como una estrella amarga: iluminando lo suficiente para que se percatara de cuánta oscuridad la rodeaba. Como la sonrisa que le dedicó su madre, años atrás, al explicarle que su padre las había abandonado.
Lo único que Likho dejaría atrás sería su relación con Stefan. Iban a casarse, en cuanto pudieran reunir una dote adecuada para comenzar una vida juntos. Solos. Era toda la compañía que necesitaban, pero luego de la despedida de la noche anterior no estaba muy segura de sí su futuro con él habría sido muy prometedor.
—Me han escogido para calmar al dios del rio —le había dicho a Stefan en cuanto los miembros del consejo la dejaron marchar.
—¡Oh! —exclamó él. Luego se cubrió el rostro con las manos, para consolarse. Como si fuera él quien iba a ser sacrificado para que el resto del pueblo no se muriera de hambre.
Una década atrás, se había producido otro sacrificio. En esa ocasión fue porque el Vodyanoi había roto la rueda del molino y luego había destrozado la presa e inundado el pueblo. Con el molino inutilizado y las cosechas arruinadas, el hambre se extendió como una plaga y lo único que pudieron hacer fue sacrificar a otra joven como ella.
Siempre somos las que debemos sangrar en beneficio del mundo.
Esta vez era peor que el molino: venían de un largo periodo de malas cosechas y el Vodyanoi llevaba más de medio año socavando la pesca; las redes salían vacías o se rompían.
El amo de las aguas estaba furioso, y era necesario aplacarlo.
Esa noche Likho se despidió de su madre y decidió pasar la noche con Stefan. Su última noche. Durmió pegada a él cual sanguijuela, succionando el calor de su sangre, envolviéndose en sus lágrimas dulces. Le agradeció el tiempo que habían compartido y el cariño que le había entregado. Likho sabía que Stefan nunca la había amado como ella necesitaba ser amada: con devoción. Sin embargo, por largos años ese había sido el único cariño que ella había recibido. Likho se conformó con eso, pero ahora hasta ese pequeño rescoldo de suerte se había apagado.
El amanecer llegó tan raudo y resplandeciente que la desconcertó. Se encontró dando vueltas como una polilla ciega, rebotando contra las paredes de la habitación, cada vez más cerca de su muerte. Tomaron su última comida frugal: raíces, hongos y peladuras de papa. Luego se abrazaron por horas.
Stefan no dijo gran cosa. Nunca decía gran cosa y ella se había acostumbrado a interpretar sus miradas y sus gestos. Él le acarició el cabello y la estrechó contra su pecho. Ella lo interpretó como que la quería y la iba a extrañar.
La fueron a buscar cuando el sol y la luna se encontraron en el cielo. La luz anaranjada proyectaba lúgubres sombras sobre los techos de paja de las casitas de madera escuadrada. Las mujeres la ayudaron a darse un baño perfumado y la vistieron con una larga capa de piel con capucha. Cuando estuvo lista la condujeron fuera, donde los habitantes del pueblo se reunieron uno junto a otro, conformando cadenas humanas a cada extremo del camino, y le dedicaron sonrisas tristes y gestos de despedida.
El Vodyanoi habitaba una cueva inundada bajo el risco del faro, que se encontraba entre el mar y el río. Likho hizo el trayecto en silencio, apretando los dientes. Atravesó las murallas de la ciudad, con los pies doloridos y fríos y pasó junto al puerto cuando la noche ya se había derramado sobre el mundo. En ese lugar encontró a otra comitiva de despedida: mujeres, jóvenes como ella y una anciana. Likho las perforó con la mirada. Ludmila, que era un año menor que ella, sostenía de la mano a un niño de unos tres años y cargaba en brazos a un bebé de pocos meses. Luego observó a Vesna, que sonreía burlona como de costumbre. Era un par de años mayor y tenía tres niños pequeños que apenas contaban con zapatos.
—Te pedimos que nos perdones. Eres la chica más joven del pueblo y la única que no dejará familia atrás. Nunca olvidaremos tu sacrificio —dijo la anciana, única mujer miembro del consejo.
Likho miró a la anciana y le entraron ganas de escupirle en el rostro.
—Joven Likho —una voz masculina se escuchó a su espalda—. Puedes transmitirnos tu última voluntad antes de bajar a la cueva —le dijo con tiranía disfrazada de una compungida cortesía.
—Deseo que cuiden de mi trastornada madre y que me recuerden cuando estén disfrutando de un delicioso pescado ahumado. —Hizo una pausa y miró a las jóvenes a los ojos—, y deseo que las criaturas se marchiten en los vientres de quienes soporten el hambre mejor que otro tipo de apetitos.
Vesna soltó una risita desconcertada, Ludmila desvió la mirada y la anciana se llevó una mano a la boca en gesto de perplejidad. Por su parte, el anciano decidió ignorarla y comenzar el cántico ritual, para indicarle al dios del faro que su sacrificio había llegado.
Cuando bajó a la cueva, un frío húmedo se le adhirió a la piel. Los dedos de los pies se le entumecieron y comenzó a temblar casi de inmediato, de manera incontrolable. Olía a roca mojada, limo y musgo. El agua la cubrió hasta la cintura.
Por largo rato no vio nada y solo escuchó el sonido del agua que giraba en pequeñas corrientes cuando chocaba contra la roca. No sabía qué hacer y estaba tan helada que temía morir de frío antes de que el Vodyanoi llegara a buscarla.
El agua ondulaba y la llevaba de un lado a otro. La ropa le pesaba y el cabello le goteaba sobre los hombros y el pecho, únicamente su cabeza permanecía seca.
Al cabo de un tiempo, una peculiar luz azulada inundó la roca a su alrededor. Un sonido de chapoteo la sobresaltó. Likho se mordió el interior de las mejillas, reprimiendo los temblores y el miedo.
Por favor, que no duela demasiado.
Observó a su alrededor y divisó una roca que sobresalía del agua a poca distancia de ella. La luz azulada comenzó a tornarse verdosa, entonces ella logró distinguir la figura de la criatura que la contemplaba.
—¿Tú eres mi sacrificio? —preguntó una voz profunda y suave.
—Ss…sí. Soy Likho. He venido a entregarme a-a cambio de que pe-permitas que la pesca vuelva a-a ser abundante—. Likho inclinó la cabeza en gesto de respeto. Temblaba como una hoja en un vendaval y le castañeaban los dientes.
—Likho —susurró el ser, imprimiendo musicalidad en su nombre—. Pobrecilla, mírame.
Likho levantó la mirada y estudió al monstruo.
Todo lo que le habían dicho sobre aquél ser era falso. No se trataba de un hombre mitad pez, viejo y panzón. Sí, tenía el cabello verde como un alga que parecía flotar a su alrededor con un viento invisible, pero su rostro era delgado, de pómulos afilados y labios bien formados. Sus ojos profundos de un color turquesa resplandeciente, no tenían pupila. Tenía un cuerpo casi humano, fibroso y bien tonificado, pero su piel era de un tono azulado y pequeñas escamas resplandecientes como joyas brillaban en torno a sus dedos, sus sienes y sus hombros. Llevaba una especie de túnica ligera y etérea, como agua solidificada.
—No es necesario que me temas, te ofreceré un trato. Deseo tener una esposa humana, si aceptas, los peces volverán a llenar las redes por toda una generación, de lo contrario derramaré tu sangre, y a cambio de tu vida el mar será fértil hasta que tu sacrificio deje de satisfacerme.
El anterior sacrificio fue hace diez años, no alcanzó a ser una generación...
—Yo…nn-no puedo vivir bajo el agua…
El Vodyanoi dejó escapar una carcajada, que rebotó como el agua en la roca, se multiplicó y la envolvió.
—No tienes de qué preocuparte Likho—. Se acercó a ella y alzó una mano azulada. Las pequeñas escamas resplandecieron como estrellas entre los dedos cuando le recorrieron la mejilla y se deslizaron por su cuello—. Deja atrás tu vida humana desafortunada y conviértete en mi esposa. —Le dedicó una sonrisa diáfana. Likho se perdió en el mar de sus ojos turquesa, en el misterio de su piel.
Reflexionó por unos instantes, la perspectiva de entregarse como sacrificio para que la felicidad del pueblo fuera tan corta como su vida, le resultaba bastante atractiva. Pero no deseaba dejarse llevar por el rencor, ya había visto con su madre lo que ese sentimiento le hacía a una persona. No quería morir así.
—Aa-aceptó —murmuró, armándose de valor. Sujetó la aterciopelada mano que le tendió el Vodyanoi y permitió que la alzara sobre la roca.
Mientras una agradable túnica ligera como el aliento, inundaba su piel de una sinuosa tibieza, y los ojos turquesa de aquel ser la contemplaban con una oscura pasión, a Likho se le ocurrió por primera vez que tal vez no era tan desafortunada.