Capítulo 1
Dalila miró por la ventana. Apenas estaba amaneciendo, pero ella ya se sentía muy nerviosa. Se llevó uno de los dedos a la boca y se mordió una uña, inquieta.
Su hermano, Asiel, le había conseguido un esposo; un buen hombre, o al menos eso le aseguraba él. Tembló de solo pensarlo. ¿Y si la rechazaba? Su antiguo prometido, Noa —un hombre carnero de su mismo clan—, ya lo había hecho. No se habían conocido antes del compromiso, ya que la familia de Dalila, avergonzada de su condición, pocas veces le permitía salir de la cabaña. El joven, creyendo que ella sería tan hermosa como sus hermanas menores, había aceptado; pero cuando la vio, cuando notó las manchas rojas en su piel, huyó despavorido pensando que eran contagiosas.
No lo eran.
Cuando era pequeña, sus padres la habían llevado al hospital de la Ciudad de los Ciervos para tratar su condición. Allá los médicos le explicaron que eran simples marcas de nacimiento que nunca se irían, pero que jamás le causarían ningún malestar físico. Tal vez los doctores no lo supieran, pero aquellas manchas sí le habían hecho daño. A ella siempre la trataron en su hogar como a un ser defectuoso y sucio; una plaga de la que todos debían cuidarse. Crecer rechazada le demostró que el dolor iba más allá de un malestar del cuerpo: era desolador y miserable. Sus padres ya se habían rendido con ella. ¿De qué les serviría una de sus hijas, la menos agraciada y con el cuerpo manchado, si no podría darles nietas? Por eso la enviaron a una de las cabañas más alejadas, donde no tuvieran que verla y pudieran fingir que no era su hija.
Sin embargo, su hermano mayor, un joven amable, cariñoso y que por alguna razón la quería, decidió que ella no podía vivir sola. Era demasiado peligroso para cualquier hembra, especialmente para una joven oveja, a quien él describió como demasiado tranquila y mansa. Él mismo había conocido a una muchacha durante sus viajes para vender en los mercados de la unión de clanes. Allí se enamoró de Sienna, una cierva que aceptó casarse con él. Asiel había ido a conocer a sus suegros; Sienna era hija de una mujer vaca, un esposo ciervo y dos esposos bisontes. Acababan de casarse y volverían a su nuevo hogar acompañados por el esposo que Asiel le había conseguido a Dalila: precisamente, el hermano mayor de Sienna. Un hombre bisonte unos siete años mayor que ella. Un hombre de honor, según su hermano; un hombre que nunca la había visto y que, posiblemente, también la rechazaría.
Dalila caminó por la sala hasta llegar a su habitación y miró su reflejo en el espejo. Vestía una blusa de lino clara y una falda larga de color marrón. Observó su cabello corto y blanco con destellos rosados; era lo que más le gustaba de sí misma. Por eso se había tomado horas cepillándolo, hasta dejarlo suave y esponjoso. Luego, contempló la gran marca rosácea en su rostro; lamentablemente, esa mancha no la podía ocultar. Suspirando con resignación, continuó detallando sus facciones, su piel clara y sus ojos violeta. En el fondo, se consideraba hermosa. Se puso de perfil: aunque tenía un poco de vientre, eso no la hacía menos atractiva. Tenía senos grandes, caderas pronunciadas y una piel suave. Recordó haber escuchado a su madre decir que sus curvas podrían volver loco a cualquier hombre; que su rostro dulce, en contraste con ese cuerpo voluptuoso, era una cualidad a la que le habrían sacado provecho si no fuera por sus manchas.
Ella esperaba que su futuro esposo se fijara en sus virtudes en lugar de sus defectos. Aunque estaba emocionada, ya se sentía un poco enamorada del desconocido por las maravillosas cosas que su hermano le había leído sobre él en sus cartas. Esos relatos la hacían soñar con un futuro juntos, pero la ilusión también alimentaba sus nervios. ¿Y si la veía y la rechazaba? ¿Esta vez su corazón se rompería por completo? ¿O se sentiría humillada y triste como la vez anterior?
Volvió a la ventana y esta vez lo vio. Divisó a su hermano junto a una hermosa joven de cabello negro que parecía hablar sin parar por cómo movía sus brazos. Venían seguidos por dos hombres imponentes que cargaban cajas sobre los hombros como si no pesaran nada. Mientras observaba, un escalofrío le recorrió la espalda, su vientre se tensó y sus manos comenzaron a sudar. Se acercó tratando de mirar más de cerca, cuando sintió el impacto de un rayo en el momento en que uno de los corpulentos hombres clavó su mirada directamente en ella desde la distancia.
Se alejó con rapidez y regresó frente al espejo; no encontró nada fuera de lugar. Examinó la habitación: la pequeña mesa con cuatro sillas de madera, el cuenco con flores frescas, el mueble con las vasijas de greda y las pieles dispuestas sobre el suelo limpio. Fue a su cuarto e inspeccionó la cama. Aunque tenía un colchón nuevo relleno de paja, sábanas de lino y colchas de lana —las mismas que su hermano solía vender en la feria—, dudó que cupieran ambos en ella. Se mordió el labio, preocupada por cómo recibiría a su esposo si no compartían el mismo espacio. Sus mejillas se calentaron con tanta prisa que sintió que le ardían; él aún no la aceptaba y ella ya fantaseaba con la noche de bodas.
Se llevó sus manos frías a las mejillas sonrojadas mientras regresaba a la sala. En ese mismo instante, la puerta se abrió, dándole la bienvenida a su destino.