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XANPÁRIMA

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Sinopsis

Hay lugares que uno descubre por casualidad, otros que encuentra en los recuerdos y algunos que parecen haber estado esperándonos mucho antes de que supiéramos de su existencia. Cuando un antiguo diario llega a manos del nieto mayor de Don Zacarías Veyron, una historia que parecía sepultada por el tiempo comienza a revelar los vestigios de un pasado tan extraño como fascinante. Entre páginas desgastadas, recuerdos incompletos y secretos que nadie se atrevió a comprender, emerge el nombre de un lugar que desafía toda explicación.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Emmanuel
Estado:
hace 7 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Cap. 1.- La enfermedad cruel de la Ignorancia

Dentro de una vieja carta, amarillenta por el tiempo y sellada por el mismo, yace la herencia que Don Zacarías Veyron ha dejado a su nieto mayor. Había dejado estipulado que, en cuanto cumpliera los dieciocho años, le fuera entregada y revelado su contenido.

Don Zacarías no dejó una sola moneda como herencia, y tampoco dejó un rastro de cordura durante sus últimos años de vida. Aunque hablaba en español, tal parecía que cada una de sus palabras pertenecía a un idioma aún no descubierto.

Alentados por la ambición que en el pueblo había hecho creer a sus descendientes que Don Zacarías, como buen veterano del ejército, tenía escondido el oro que había recuperado durante la Revolución, hacían todo lo posible por descubrir qué era aquello que salía de su boca. Buscaron por todo Pirabel a alguien que pudiera entenderle. Incluso en los alrededores buscaron a los más longevos de las etnias que rodeaban el pueblo, con la esperanza de descubrir si aquello se trataba de alguna lengua antigua.

Pirabel, desde su fundación, no tenía la estructura de un pueblo como cualquier otro. Allí no había gobierno, no había religión, no había educación ni nada que estipulara lo permitido y lo prohibido.

Después de que todas las etnias visitaron a Don Zacarías, el analfabetismo nunca había sido impedimento para que las malas lenguas hablaran, y no fue la excepción en Pirabel.

Las refinadas damas que salían al río a lavar la ropa —mentadas no por sus nombres, sino por motes que desde su infancia les habían sido otorgados— esparcieron el rumor de que Doña Dolores Veyron, presa de su alcoholismo, causado porque durante tres años no se supo nada de Don Zacarías mientras estuvo activo en el ejército, le había dado un brebaje extraño que le había hecho perder la cordura.

Ellas pensaban que el alcohol era un brebaje que hacía perder la memoria, porque al consumirlo, al día siguiente no recordaban lo que había sucedido anteriormente. Y esa era la enfermedad que asolaba a Pirabel:

la ignorancia.

Una enfermedad tan cruel como esa, peor que el cáncer, lo es; ya que cada quien cree lo que le venga en gana y el más avispado puede hacer de las suyas sin mayor esfuerzo.

Cierta tarde, impulsados por la desesperación que la ambición generaba en la genealogía de Don Zacarías, trajeron a un sacerdote de un pueblo vecino, con la esperanza de que hiciera volver en sí al patriarca. Sin embargo, el esfuerzo fue inútil. Frustrado por no comprender lo que decía, llegó al punto de que el latín que había aprendido en el seminario pareció borrarse por completo de su memoria.

Pasaron los días y, ahí, en su recámara, apartado de la casa principal, Don Zacarías escribía, acompañado apenas por la luz de una vela, todas y cada una de las vivencias que había tenido. Pero, en realidad, lo que Zacarías padecía no era locura, tampoco una condición peligrosa. Más bien, en aquel lugar, donde todos parecían estar enfermos, resultaba más fácil culpar al cuerdo que aceptar la propia enfermedad.

Recuerdo que, cuando apenas daba mis primeros pasos, me parecía escuchar una voz que conversaba con mi abuelo en aquel oscuro y místico cuarto. Sabía que era su habitación porque un extraño olor a nogal me guiaba hasta ahí. Sin embargo, una vez que me acercaba a la puerta, aquel susurro que parecía acompañar a mi abuelo desaparecía junto con el aroma.

Entonces, él me tomaba en brazos y me explicaba muchas de las cosas que había vivido.

Pero, como mi edad era mucho más reciente que la suya, no lograba comprenderlo del todo. Aun así, recuerdo, entre los vagos viajes de mi memoria, haber visto un pequeño libro en el que anotaba todo aquello que me iba contando. Mi memoria aseguraba recordar el lugar donde lo escondía, pero todo terminaba en la búsqueda de aquel recuerdo que se ocultaba tan bien como el cuaderno de mi abuelo.

Los meses pasaron y la familia se acostumbró tanto a la «locura» del abuelo que llegó a verla como algo normal, sin darle la mayor importancia. No había en todo Pirabel un solo habitante que no hubiera visitado a Zacarías con algún remedio de la antigua herbolaria. Otros tantos, que habían viajado fuera de la región, regresaban con pócimas adquiridas entre los embustes de los merolicos de aquellos lugares, quienes juraban tener remedios capaces de curarlo todo. Sin embargo, nada daba resultado.

Pero, no muy lejos de aquel comportamiento de buenos samaritanos, se escondía la inquietud por el misterioso tesoro ficticio, inventado y ocultado por la misma ignorancia que asolaba Pirabel.

Apenas pasó el último ocaso del verano, dando paso al equinoccio de otoño, cuando la frustración de aquel pueblo llegó a tal punto que, a la mañana siguiente, en el primer amanecer de la nueva estación, Pirabel —aquel lugar edificado para tener siempre sol y poca oscuridad— amaneció cubierto por una capa blanca de un material frío que sus habitantes, presos de su falta de razonamiento, creyeron que eran nubes caídas del cielo que, al tocar la tierra, se habían endurecido.

A pesar del frío, todos lo soportaban con tal de contemplar aquel fenómeno desconocido. Sin embargo, Zacarías era el único que, bien abrigado, salió de su habitación y tomó la nieve entre sus manos, reconociéndola al instante.

Pero nunca se supo, en todo Pirabel, ni siquiera hasta el día de hoy, que aquella nevada, que acabó con todas las cosechas de ese año, había sido consecuencia de la frustración colectiva, provocada por la ambición de un oro que jamás había existido.

La nieve y el frío asolaron Pirabel durante varios días y, al no tener cosechas de dónde echar mano, comenzaron los robos de plantas de los jardines en busca de remedios para el resfriado, enfermedad que apenas había sido descubierta, pues hasta entonces se creía que la comezón de la garganta y la nariz era ocasionada por el consumo de picante, y que probablemente alguna semilla se había quedado atorada en ellas y había germinado.

Zacarías fue tomado aún más por loco por quienes, expectantes, observaron cómo sacrificaba gallinas para preparar sopa y alimentar a su familia durante aquellos días de frío, comida que incluso su propia sangre recibía con desconfianza. Sin embargo, él nunca sufrió los estragos de la nieve, por lo que terminó siendo culpado de causar aquella novedad que tantos problemas había traído a Pirabel.

Incluso el sacerdote que había intentado curarlo acudió a su puerta, esta vez con la intención de que le enseñase a hacer la nieve. Zacarías se rio de él antes de cerrar la puerta en su cara.

A los cuatro días, Zacarías sintió aquello que muchos de sus compañeros le habían referido durante sus días de combate: algo llamado remordimiento por haberle cerrado la puerta al cura. Decidió entonces hacer algo que no hacía desde hacía treinta años, cuando regresó de la Revolución.

Se dice que aquel día las calles de Pirabel rogaron por un viento que las dejara limpias, para percibir de nuevo los pasos de Zacarías. Qué ironía que hasta la naturaleza le diera un trato más amable al abuelo que sus propios pobladores.

Y a paso de quien lleva sobre sí el peso de muchos años, llegó a la plaza, hasta aquella banca donde el cura había decidido dormir y no abandonar el pueblo hasta encontrar la cura para Zacarías o la fórmula de la nieve.

Zacarías se detuvo frente al cura y, en un castellano tan claro como inesperado para los habitantes de Pirabel, le hizo una observación que habría de dejarlo más frío que la propia nieve.

—En el campo de batalla conocí al Dios que usted pregona, y le aseguro que es fantástico y muy poderoso. Pero dígame, si usted dice ser su mensajero, ¿por qué no le pide por usted mismo? Quizá, en lugar de encontrar la fórmula de la nieve, podría encontrar la fórmula para curar la ignorancia.

Y el cura, como si se tratara de una enfermedad contagiosa que Zacarías portaba consigo, huyó despavorido, no solo de Pirabel, sino también de aquella región. Según cuentan quienes han vivido lo suficiente para conservar los recuerdos de aquellos días, se cree que incluso llegó a colgar los hábitos.

Y si alguno se pregunta por qué el cura dormía en una banca y no en la iglesia, conviene aclarar que en Pirabel no existía tal lugar. Como mencioné al principio, el pueblo carecía de gobierno, religión y educación; aunque, a decir verdad, después de lo sucedido con Zacarías, tampoco estoy seguro de que la presencia de una iglesia hubiera cambiado demasiado las cosas.

Aunado a lo sucedido, y pese a la huida del cura, las miradas despectivas hacia Zacarías no faltaron. Fue entonces cuando, con una sonrisa que parecía burlarse más de la ignorancia ajena que de sus propios acusadores, pronunció una frase en latín que hasta nuestros días nadie ha podido traducir, antes de añadir:

—Este pueblo necesita una cura, no un cura. ¡A ver si así entienden que no soy yo quien padece de locura, ignorantes!

Sin embargo, en un pueblo donde la ignorancia, si bien no les cegaba la vista, sí les cegaba el razonamiento, que era mucho peor, y alentados por aquel misterioso hombre, entre sus habitantes ya no solo existía el rechazo, sino que también comenzó a cultivarse la ira. Y aquella fue la única cosecha que la nevada no logró destruir.

Al cabo de una semana, aquel lugar donde el sol parecía reinar eternamente comenzó a recuperarse poco a poco de las consecuencias de la nevada. Sin embargo, Zacarías parecía haberse quedado congelado por dentro. ¿Y cómo no habría de estarlo? Ante las miradas de desprecio que despertó su comportamiento con el cura, la amabilidad que aquel hombre tanto se esforzaba por ofrecer a los demás se había desvanecido, como si la nieve se la hubiera llevado consigo.

Su familia, por su parte, aún presa de la enfermedad que asolaba Pirabel, era incapaz de ofrecerle una muestra de gratitud al patriarca. No así su nieto mayor, quien, pese a ser demasiado pequeño para comprender siquiera el significado de la vida, le regaló un abrazo tan cálido que consiguió derretir una pequeña parte del frío que se había instalado en el corazón de Zacarías.

Entonces, en el rostro de aquel anciano ocurrió algo que causó mayor asombro que su supuesta locura: por primera vez en mucho tiempo, Zacarías sonrió. Y aquella sonrisa, como si hubiese permanecido cautiva durante años, terminó por convertirse en una carcajada de genuina alegría.

Su familia y los vecinos más cercanos lo contemplaron desconcertados. Nadie comprendía qué había sucedido, ni cómo un simple abrazo había conseguido aquello que ninguna palabra de los suyos había logrado.

Pero el pequeño no sabía de enfermedades, prejuicios ni locuras. Mucho menos sabía que, en ocasiones, basta un instante para devolverle a alguien una parte de sí mismo que creía perdida.

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