CAPÍTULO 01 :un nuevo hogar
El sol de la tarde se colaba a través de las cortinas de lino blanco que Harry había insistido en comprar, proyectando sombras suaves y doradas sobre el suelo de roble recién pulido. El departamento olía a madera nueva, a pintura fresca y a ese perfume limpio de las cosas que aún no han sido vividas. Harry Potter, de ciento quince años, se detuvo en medio de la sala vacía y respiró hondo, dejando que el aire le llenara los pulmones.
Esto es mío, pensó, y una sonrisa se le escapó, ancha y traviesa, iluminándole el rostro. Completamente mío.
Había tardado años—décadas, incluso—en permitirse esto. En permitirse un espacio que no fuera compartido, que no fuera prestado, que no fuera un refugio temporal entre una huida y otra. Pero ya no estaba huyendo. Ya no tenía que hacerlo.
El departamento era grande, elegante, con techos altos y ventanales que daban a una avenida arbolada. Tres habitaciones: la suya, un vestidor que era casi una habitación por sí solo, y un baño con una bañera de pie con patas de león que Harry había visto en un catálogo y había decidido, con la terquedad que lo caracterizaba, que tenía que tener. La cocina era amplia, con una isla central de mármol veteado, y la sala tenía espacio de sobra para el sofá de terciopelo verde esmeralda que había comprado a un precio escandaloso y que no le importaba en absoluto.
Porque se le dio la gana. Y podía permitírselo.
Harry se quitó las sandalias y dejó que sus pies desnudos sintieran la calidez de la madera. Llevaba una blusa de tirantes finos, de un azul pálido que hacía juego con sus ojos, que se ajustaba a su torso de una manera que resaltaba sus pechos—Copa C, bonita, como le decian algunos humanos pervertidos que pasaba cuando salia, aunque a veces le molestara—juntándolos con una suavidad que no podía evitar notar y odiar cada vez que se miraba en el espejo. Debajo, un pantalón fino y corto que le llegaba apenas al muslo, dejando a la vista sus piernas tonificadas y ese trasero que, según un licántropo, era "bien sabroso" y que Harry, con una mezcla de repulsión y un poco de orgullo sabía que era cierto.
Se ajustó la pulsera de cuero trenzado en la muñeca izquierda—un regalo de su mellizo, que la había usado durante años antes de dársela—y pasó el pulgar por el piercing de su labio inferior, un pequeño aro de plata que se había hecho a los noventa y siete años, justo después de su primer año completo como humano de nuevo.
Veinticinco años. Veinticinco años había vivido como humano, de los ciento quince que tenía. El resto—noventa años—los había pasado transformado, atrapado en la furia y el dolor de su licantropía, sin control, sin consciencia, sin recuerdos claros de lo que había hecho o de quién había sido.
Hasta que cumplió noventa años y, por alguna razón que ni los curanderos más sabios pudieron explicar, despertó.
Y se encontró con un mundo que había seguido girando sin él.
Harry dejó escapar un suspiro y se pasó una mano por el pelo, revuelto y rebelde como siempre. Eran demasiadas las cosas que le pesaban para un día tan bonito. Demasiadas las sombras que se arrastraban detrás de él, siguiéndolo como un perro fiel que no sabía cuándo soltar.
Pero hoy no. Hoy era su dia.
El día de su nuevo hogar.
La mudanza había sido un caos, como todas las mudanzas. Cajas por todos lados, muebles que no cabían por las puertas, y Harry en el centro de todo, dando órdenes y riéndose de sus propios errores. Había contratado a unos magos de la zona para que se encargaran de lo pesado, pero incluso ellos se habían quedado boquiabiertos cuando Harry, con su ya casi metro setenta y su complexión esbelta, había levantado un armario entero y lo había cargado por las escaleras sin inmutarse.
—No es que sea débil—le había dicho a uno de ellos, con una sonrisa de oreja a oreja—. Es que me aburro fácil.
No era débil. Eso era lo que la gente no entendía. Su cuerpo era pequeño, sí, y sus pechos le molestaban más de lo que estaba dispuesto a admitir, y a veces la gente lo miraba y veía a un omega delicado y sumiso que necesitaba protección. Pero Harry Potter no era sumiso.Y podía cargar a James—a su hermano alfa, que lo superaba en altura y en músculo—sobre sus hombros si le daba la gana.
James, Su mellizo. Su otra mitad.
Harry sonrió al pensar en él, y el calor le subió al pecho, ese calor de siempre, el de la conexión que compartían desde el vientre de su madre. James vivía en otro continente ahora, persiguiendo sus propias aventuras, pero se hablaban casi todos los días. James era un alfa, alto y musculoso, con la misma cara que Harry pero más ancha, más fuerte, más... alfa. Nada serio, siempre riendo, siempre buscando problemas. La gente los confundía constantemente cuando eran jóvenes, aunque ahora era más fácil, porque James era más alto que Harry y tenía el doble de músculo.
Pero seguían siendo los mismos. Seguían siendo ellos.
Harry sacó su teléfono del bolsillo trasero del pantalón y marcó el número de memoria. Sonó dos veces antes de que la voz de James, ronca y alegre, contestara al otro lado.
—¿Ya te mudaste, hermanito?
—Ya me mudé—dijo Harry, girando sobre sus talones para admirar su nueva sala—. Y es hermoso, Jamie. De verdad. Tienes que venir a verlo.
—¿Tienes una habitación para mí?
—Tengo una habitación para invitados—corrigió Harry, riendo—. Pero puede ser tuya.
James rió, ese sonido grave y cálido que siempre le recordaba a su infancia, a las noches en que se escondían juntos bajo las mantas y se contaban secretos.
—¿Y el cuarto de ropa? ¿Sigue en pie?
—Es casi tan grande como mi habitación—admitió Harry, orgulloso—. Le puse espejos en todas las paredes y una lámpara de araña. Es un sueño.
—Un sueño—repitió James, con una nota de diversión en la voz—. Suenas como una chica de revista, Harry.
—Cállate—dijo Harry, pero estaba sonriendo—. Es mi sueño. El mío. Y puedo hacer lo que quiera con él.
Hubo una pausa, y cuando James volvió a hablar, su voz era más suave, más seria.
—Me alegro de que tengas tu propio espacio, hermanito. Te lo mereces. Después de todo lo que pasaste...
Harry sintió el nudo en la garganta y lo tragó con esfuerzo. No quería hablar de eso. No hoy.
—Oye—dijo, cambiando de tema con la agilidad de quien ha practicado ese movimiento durante años—. ¿Sabes que hay una panadería a la vuelta de la esquina que vende esos pastelitos de chocolate que te vuelven loco? Te voy a traer una docena cuando vengas.
—¿Me estás sobornando?
—Funciona, ¿no?
James rió de nuevo, y Harry sintió que el mundo se enderezaba un poco.
—Funciona—admitió James—. Está bien, hermanito. Disfruta de tu nuevo hogar. Y llámame si necesitas algo.
—Siempre te llamo.
—Lo sé. Y por eso te quiero.
Harry colgó con una sonrisa que le dolía en las mejillas, y se quedó un momento quieto en el centro de la sala, dejando que el silencio lo envolviera.
El silencio. Eso era lo que más le costaba.
La primera vez que Harry se transformó fue a los veinticinco años. No recordaba mucho de esa época—los recuerdos eran borrosos, fragmentados, como un sueño que se desvanece al despertar—pero sí recordaba el dolor. El dolor de los huesos que se rompían y se reacomodaban, de la piel que se estiraba, de la furia que le llenaba la cabeza hasta que no quedaba nada más.
Recordaba a su madre. Su madre, que lo había abrazado mientras él temblaba, que le había cantado canciones de cuna con una voz quebrada, que había prometido que todo estaría bien.
Recordaba a su hermano. No a James—James era su mellizo, su otra mitad—sino a otro hermano, más pequeño, más frágil, que había llegado unos años después. Un omega, como Harry. Un niño que se llamaba Alex y que tenía los ojos del color de la miel.
Recordaba a su padre.
Su padre, que había engañado a su madre. Que había estado viendo a otra persona durante años, en secreto, mientras su madre se consumía en casa cuidando de sus hijos. Su padre, que había llevado a esa otra persona a su propia casa, a su propia cama, sin importarle las consecuencias.
Harry había descubierto la verdad por accidente.cartas en el estudio de su padre, conversaciónes a medias, una sospecha que se convirtió en certeza. Y cuando se lo dijo a su madre, ella había llorado. Había llorado tanto que Harry pensó que se iba a romper.
Y luego... luego todo se había desmoronado.
Su madre murió siendo descuartizada por su padre. Así de simple, así de cruel. Un corazón que se rindió,un cuerpo que se negó a seguir adelante sin el amor que creía tener. Harry la encontró una mañana,fria y pálida en su cama,con restos de su cuerpo, sangre por toda la cama,con una sonrisa en los labios como si hubiera encontrado la paz que nunca tuvo en vida.
Y Alex... Alex había desaparecido. Se había ido una noche y no había vuelto, y nadie supo nunca qué le había pasado. Harry lo buscó durante años, durante décadas, pero nunca lo encontró. A veces, en sus pesadillas, lo veía: el rostro de Alex, sus ojos de miel, su mano extendida hacia él, siempre fuera de su alcance.
Y entonces, la transformación. La primera, la que lo atrapó durante noventa años.
Harry no recordaba mucho de esos noventa años. Fragmentos, imágenes sueltas: la luna, la sangre, el aullido. Pero recordaba una cosa con claridad absoluta.
Recordaba al clan de vampiros.
Había sido en algún momento de esos años perdidos. Harry—o más bien, la bestia en la que se había convertido—había encontrado un clan de vampiros.sabía por qué los había atacado.pero no para el punto tan grave de elimarlos a todos,No sabía si había sido hambre, o rabia, o simplemente el azar cruel del destino. Pero los había matado a todos.A todos.
Cuando despertó, noventa años después, encontró su cuerpo cubierto de cicatrices que no recordaba haberse hecho, y su mente llena de ecos de gritos que no podía identificar. Los curanderos le dijeron que había hecho cosas terribles durante su transformación. Le dijeron que había matado. Le dijeron que había matado a muchos.
Harry no les preguntó a quiénes. No quería saber.
Pero a veces, en las noches de luna llena, cuando la bestia se agitaba dentro de él y le susurraba cosas al oído, Harry cerraba los ojos y veía el rostro de Alex, y se preguntaba si, en algún lugar de esos noventa años perdidos, había sido él quien lo había encontrado.
Y si lo había matado.
Harry se sacudió esos pensamientos con un movimiento brusco de la cabeza, como si pudiera deshacerse de ellos físicamente. No. No hoy. Hoy era su día.
Fue al baño—su baño—y se miró en el espejo. Su reflejo le devolvió la mirada: el pelo negro y revuelto, los ojos verdes que habían heredado de su madre, el piercing en el labio, la blusa azul pálido que se ajustaba a su torso. Se tocó los pechos, frunciendo el ceño. Le molestaban. Le molestaban muchísimo. Le dificultaban las cosas, sobre todo cuando se transformaba, cuando el instinto licántropo tomaba el control y su cuerpo se estiraba y se retorcía. A veces soñaba con despertarse un día sin ellos, con un pecho liso y plano, sin ese peso que le recordaba constantemente lo que era.
Pero no podía. Y había aprendido, con los años, a aceptarlo. O al menos a tolerarlo.
Se giró de lado y se miró el trasero en el espejo, y una sonrisa se le escapó a pesar de todo. Eso sí que le gustaba.solo un poco, Eso sí que era suyo, y era bueno.
—Bien sabroso—murmuró para sí mismo, imitando la voz de uno de esos humanos que había nombrado antes, y se rió solo.
Salió del baño y fue al vestidor, esa habitación que era casi tan grande como su dormitorio y que le había costado una fortuna en espejos y estanterías. Abrió los armarios vacíos y los miró con satisfacción, imaginando cómo los llenaría de ropa, de zapatos, de todas esas cosas que nunca había podido tener durante sus años de transformación.
Porque ahora podía. Ahora era libre.
Harry se dejó caer en el sofá de terciopelo verde y miró a su alrededor, sintiendo el peso de todo lo que había logrado. Un hogar. Su propio hogar. Después de ciento quince años de caos y dolor y pérdida, por fin tenía un lugar que era solo suyo.
El sol se estaba poniendo, y la luz dorada se derramaba por los ventanales, tiñendo las paredes de ámbar. Harry se quedó allí, sentado en su sofá, en su nuevo departamento, en su nueva vida, y dejó que el momento lo envolviera.
No sabía qué le depararía el futuro. No sabía qué aventuras, qué peligros, qué personas cruzarían su camino. No sabía que, en algún lugar de la ciudad, un vampiro de seis decadas estaba a punto de cruzarse en su vida y cambiarlo todo.
Pero eso, Harry no podía saberlo todavía.
Por ahora, solo estaba él, y su nuevo hogar, y la promesa de un mañana que aún no había escrito.
Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, eso era suficiente.
Fin del Capítulo Uno.