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Amor en tiempos de Balas. Libro 1

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Sinopsis

Ella juró no amar a un soldado. Él canta una nana que no sabe de dónde viene. Francia, 1914. Una enfermera prisionera y un teniente enemigo comparten un secreto que ninguno conoce: una verdad enterrada hace veintisiete años, que puede salvarlos o destruirlos. Cuando el amor es la traición más peligrosa, ¿qué estás dispuesto a perder? Un corazón. Dos banderas. Una verdad que no debía salir a la luz.

Genero:
Drama
Autor/a:
Tokiobin
Estado:
hace 4 días
Capítulos:
24
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Las manos que curan al enemigo

Octubre de 1914, norte de Francia

El cañón llevaba tres días sin callar cuando cayó el silencio. Éloïse supo que era peor.

Estaba arrodillada junto a un soldado con el vientre abierto, apretando gasas que ya no servían de nada, cuando las puertas del hospital de campaña se abrieron de golpe. Entraron botas, el olor a pólvora mojada y una orden en alemán que no entendió pero que hizo que Odette soltara un grito ahogado.

—No te muevas —susurró Éloïse, sin soltar al herido—. Que vean que no somos peligrosas.

El soldado le tomó la muñeca con una fuerza que ya no le quedaba.

—No me deje, enfermera.

—No lo dejo.

Esa fue la última promesa que cumplió aquel día. Dos soldados alemanes la levantaron por los brazos; el herido quedó con la mano en el aire, buscándola. Murió antes de que la sacaran de la tienda.

Los reunieron en el patio de una granja requisada: al doctor Laurent, a una docena de soldados franceses heridos que podían caminar, a Odette, a ella. Llovía. Éloïse tenía la cofia torcida y sangre ajena hasta los codos, pero levantó la barbilla. Su madre le había dicho una vez que la dignidad era lo único que un enemigo no podía quitarte sin permiso.

Un oficial salió de la casa abotonándose los guantes. Era joven, de hombros rectos, con el rostro afilado de quien no ha dormido en semanas. Observó a los prisioneros uno por uno, sin prisa. Cuando sus ojos llegaron a ella, se detuvieron un instante de más.

—¿Quién es la responsable de las mujeres? —preguntó en un francés correcto, casi sin acento. Eso la inquietó más que cualquier grito.

—Yo me encargo de mis heridos, monsieur —respondió Éloïse—. No hay responsables aquí, solo personas que intentan no dejar morir a otras.

Detrás del oficial, un sargento de cuello grueso soltó una risa corta. El teniente no rio.

—Leutnant Matthias von Halden —dijo—. Esta granja es ahora un puesto alemán. Tengo cuarenta hombres con fiebre y heridas y un solo médico, que murió ayer. —Hizo una pausa—. Ustedes curarán a los míos.

—Somos del ejército francés —dijo el doctor Laurent, adelantándose—. No atenderemos...

El culatazo lo derribó antes de que terminara. Fue el sargento Kessler. Odette gritó. Éloïse corrió hacia el doctor sin pensar, y una bota se plantó frente a ella.

Era Matthias.

—Levántese, señorita. Y no vuelva a correr hacia nadie sin mi permiso.

Se miraron. Ella vio algo en sus ojos que no esperaba: no era odio ni placer, sino cansancio, y una rabia sorda dirigida a nadie en particular.

—Un herido es un herido, monsieur le lieutenant —dijo ella, temblando de furia—. Los curaré a todos. Pero no porque usted lo ordene.

Kessler dio un paso adelante, pero Matthias levantó una mano.

—Tráiganla al granero. Que empiece por los peores.

Mientras la empujaban hacia el edificio, Éloïse sintió su mirada en la espalda. Y se hizo una promesa, la misma que le había hecho a su madre años atrás, con otras palabras: a un militar, jamás.

Dentro del granero, sobre la paja, había treinta hombres con uniforme gris pidiendo agua en un idioma que no entendía. Se arremangó y se puso a trabajar.

Afuera, bajo la lluvia, el teniente seguía mirando la puerta cerrada, sin saber por qué.