Prólogo. El sonido de la madera
Mucho después de regresar a tierra, Mike seguiría despertándose algunas noches con la certeza de que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Bastaba el crujido de una tubería o el golpe de una ventana contra su marco para devolverlo al mar. En esos instantes no recordaba primero el rescate, ni los abrazos, ni siquiera los nombres de los hombres que no volvieron a ser los mismos. Recordaba el sonido de la madera al quejarse bajo una ola.
A veces recordaba también otro sonido, más hondo, que no venía del barco: un resoplido largo en la oscuridad, como el de un animal enorme que respira cerca de uno sin pedir permiso. Su esposa le preguntó una vez qué era. Él tardó mucho en contestar.
Durante cuarenta y cinco días, el océano había sido su mundo entero. No hubo reloj que importara, ni calendario, ni promesa que pareciera segura. Hubo agua por todas partes y, sin embargo, casi ninguna que se pudiera beber. Hubo comida al principio, luego raciones pequeñas y, finalmente, el cálculo constante de cuánto podía aguantar un cuerpo antes de rendirse. Hubo noches en las que los hombres soñaron con sus casas y despertaron llorando; otras en las que no lograron dormir por miedo a no despertar jamás.
Mike no salió de aquella travesía convertido en un héroe invulnerable. Regresó con una cicatriz en la ceja, las manos endurecidas por la sal y una forma distinta de escuchar el silencio. También regresó con una pregunta que tardaría años en responder: ¿en qué momento un hombre común se convierte en alguien capaz de guiar a otros?
La respuesta no empezó durante la tormenta. Empezó antes, en un puerto pequeño, cuando siete hombres subieron a un barco pesquero creyendo que volverían a casa en pocos días.