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🏹 Travesuras de Cupido💖-One-shot🌹

Sinopsis

Freen Sarocha tenía una vida perfectamente organizada: una carrera prometedora, una agenda imposible y una paciencia que desaparecía cada vez que algo se salía de sus planes. Becky Armstrong, en cambio, creía que las mejores cosas de la vida sucedían cuando una se atrevía a desviarse del camino. Sus mundos no tenían ninguna razón para cruzarse. Sin embargo, un pequeño accidente, una flecha mal dirigida y un Cupido demasiado distraído con sus dulces cambiarían sus destinos para siempre. Lo que ninguna imaginaba era que la magia podía provocar encuentros, pero jamás garantizar que dos corazones aprendieran a latir al mismo ritmo. Porque, cuando Cupido comete un error, hasta el amor más inesperado puede convertirse en la travesura más hermosa del universo.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Queen
Estado:
Complete
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1

I. UNA FLECHA, DOS DESASTRES Y UN ENCUENTRO

En una ciudad donde los rascacielos parecían acariciar las nubes y las luces nunca se apagaban por completo, existía un secreto que muy pocos seres humanos habrían sido capaces de creer.

El amor no siempre surgía por casualidad.

En ocasiones, tenía un pequeño responsable alado, un arco dorado y una preocupante afición por los dulces.

Su nombre era Cupido.

Y aquella mañana estaba a punto de cometer uno de los errores más vergonzosos de su inmortal existencia.

—Una flecha más y termino por hoy —murmuró, sentado sobre una nube esponjosa mientras desenvolvía un caramelo de fresa—. Después podré descansar, comer algo decente y olvidarme de los mortales durante, por lo menos, cinco minutos.

Frente a él flotaba una enorme pantalla celestial que mostraba a miles de personas caminando por las calles.

Su trabajo consistía en encontrar corazones compatibles y propiciar encuentros capaces de darles la oportunidad de conocerse.

No podía fabricar sentimientos verdaderos ni obligar a nadie a enamorarse. Como mucho, podía colocar a dos personas en el mismo camino y esperar que hicieran algo interesante con aquella oportunidad.

Era una tarea sencilla.

En teoría.

Cupido identificó a una joven que caminaba apresuradamente por una avenida, concentrada en los documentos que sostenía entre las manos.

Freen Sarocha.

Arquitecta paisajista, perfeccionista hasta niveles preocupantes y propietaria de una agenda organizada con tanta precisión que hasta sus descansos tenían un horario establecido.

A sus veintitantos años, Freen había conseguido construir una carrera de la que podía sentirse orgullosa. Tenía talento, disciplina y una capacidad extraordinaria para resolver problemas.

Lo que no tenía era tiempo para distracciones.

Especialmente para las románticas.

El trabajo ocupaba prácticamente todos sus días. Diseñaba jardines, estudiaba planos, supervisaba proyectos y corregía hasta el último detalle de cada espacio que pasaba por sus manos.

Su sueño era transformar una antigua parcela abandonada del centro de la ciudad en un jardín público donde las personas pudieran escapar del ruido, respirar aire fresco y recordar que el mundo era mucho más que edificios y obligaciones.

Sin embargo, conseguir la aprobación de aquel proyecto estaba resultando más complicado de lo previsto.

Aquella mañana debía presentar una propuesta definitiva ante un grupo de inversores.

Y llegaba tarde.

—Excelente —murmuró, consultando la hora—. Si pierdo esta reunión, tendré que esperar otro mes.

A varios kilómetros de distancia, sobre una nube que comenzaba a deshacerse por los bordes, Cupido tensó su arco.

—Vamos, Freen. Un poquito de romance no le hace daño a nadie.

Sacó una flecha dorada de su carcaj.

Pero justo cuando iba a disparar, su caramelo se le escapó de los dedos.

—¡Mi dulce!

Cupido se inclinó para atraparlo.

La flecha salió disparada.

Y no alcanzó a la persona que él había elegido.

Atravesó una corriente de aire, rebotó contra una pequeña nube y descendió en una trayectoria completamente absurda hasta desaparecer entre las calles de la ciudad.

Cupido parpadeó.

Miró su arco.

Después, la pantalla.

Finalmente, volvió a mirar el lugar por donde había desaparecido la flecha.

—Eso no estaba en el manual.

Abajo, ajena al desastre celestial, Becky Armstrong caminaba por la misma avenida con un cuaderno de dibujo bajo el brazo.

Era ilustradora, amante de las cafeterías pequeñas y coleccionista de momentos que otras personas consideraban insignificantes.

Le gustaba dibujar desconocidos en los parques, inventar historias sobre las parejas que veía en el transporte público y encontrar belleza en los lugares que todos los demás ignoraban.

Tenía una costumbre particularmente peligrosa para alguien que vivía en una ciudad apresurada: detenerse a observar.

Una flor creciendo entre dos baldosas.

Un anciano compartiendo su paraguas con una desconocida.

Una niña riéndose porque una paloma le había robado un trozo de pan.

Para Becky, el mundo estaba lleno de historias.

Solo había que prestarles atención.

Aquella mañana había salido de su apartamento con la intención de llegar a una pequeña librería, comprar materiales para sus ilustraciones y terminar el diseño de un libro infantil.

No tenía ninguna intención de enamorarse.

Tampoco de conocer a una mujer que parecía estar peleándose con el reloj.

Pero el universo, o cierta criatura alada con pésima puntería, tenía otros planes.

Freen dobló una esquina mientras revisaba la presentación en su tableta.

Becky se detuvo para recoger un lápiz que había caído de su bolso.

Y ambas chocaron.

El golpe no fue particularmente fuerte, pero sí lo bastante inesperado para que las dos perdieran el equilibrio.

—¡Ay!

Freen intentó sujetar a la desconocida.

La desconocida intentó sujetar a Freen.

El resultado fue que ambas terminaron sentadas en el suelo, rodeadas de cuadernos, lápices, documentos y hojas ilustradas que el viento se empeñaba en esparcir por la acera.

Durante unos segundos, ninguna dijo nada.

Freen contempló los papeles desparramados.

Después miró su tableta.

Finalmente, volvió el rostro hacia la joven que estaba sentada frente a ella.

Y se quedó inmóvil.

Becky tenía el cabello ligeramente despeinado por el viento, las mejillas sonrojadas por el golpe y una expresión de sorpresa que fue transformándose lentamente en una sonrisa.

Una sonrisa preciosa.

De esas que parecían aparecer sin esfuerzo y que, por alguna razón inexplicable, conseguían que el resto del mundo perdiera importancia.

Freen olvidó la hora.

Olvidó la reunión.

Olvidó incluso la frase que estaba a punto de pronunciar.

—¿Estás bien? —preguntó Becky.

Su voz la devolvió al presente.

—Sí. Yo… lo siento. No estaba mirando por dónde caminaba.

—Yo tampoco. Supongo que estamos empatadas.

Becky soltó una pequeña carcajada.

Freen descubrió, con considerable alarma, que le gustaba escucharla.

Le gustaba mucho más de lo razonable para alguien que acababa de conocerla.

Se apresuró a recoger los documentos.

—Déjame ayudarte.

—Gracias. Aunque creo que acabamos de inventar una nueva forma de organizar el papel: distribución horizontal por toda la acera.

Freen levantó la mirada.

Y, contra todas sus expectativas, se rio.

No fue una sonrisa educada ni una de esas expresiones discretas que utilizaba durante las reuniones profesionales.

Fue una risa auténtica, breve y espontánea.

Becky la observó con curiosidad.

—Ah, mira. Sí sabes reírte.

Freen arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—Nada. Es que, cuando chocamos, pusiste una cara tan seria que pensé que ibas a levantarme una multa.

—Estaba pensando en mi reunión.

—Entonces espero que tu reunión sea muy importante.

—Lo es.

—Más importante que ayudarme a recoger mis dibujos, aparentemente.

Freen miró las ilustraciones que todavía tenía entre las manos.

En una de ellas aparecía un pequeño jardín rodeado de flores, con un banco de madera bajo un árbol enorme.

En otra, una pareja de ancianas compartía un paraguas bajo la lluvia.

Había algo delicado en aquellos dibujos. Una ternura que no dependía de grandes gestos ni de escenarios extraordinarios.

—Son preciosos —dijo Freen, antes de poder contenerse.

Becky pareció sorprenderse.

—¿De verdad?

—Sí. Tienes mucho talento.

Durante un instante, la sonrisa de Becky cambió. Se volvió más tímida, más personal.

—Gracias. Significa mucho para mí.

Freen le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

Becky la aceptó.

Y fue entonces cuando ocurrió algo que ninguna de las dos supo explicar.

Una chispa dorada recorrió brevemente sus dedos.

Fue tan pequeña que podría haberse confundido con un reflejo del sol.

Ninguna le prestó atención.

Ninguna, excepto Cupido.

Desde su nube, el responsable del desastre contempló la escena con los ojos abiertos como platos.

—Oh, no.

La flecha no había alcanzado a ninguna de las dos de manera convencional.

Había rozado sus manos al caer y se había fragmentado en dos destellos mágicos.

Eso no debía ocurrir.

La magia de aquellas flechas podía despertar curiosidad, facilitar un encuentro o intensificar durante unos instantes la percepción de alguien.

Pero jamás debía confundirse con el amor verdadero.

Cupido se inclinó hacia la pantalla celestial.

Las dos jóvenes seguían hablando.

Becky sonreía.

Freen la miraba como si acabara de descubrir algo que no sabía que estaba buscando.

El pequeño dios tragó saliva.

—Bueno… al menos no se han convertido en sapos.

Se quedó pensativo.

—Eso es positivo.

Abajo, Freen consultó la hora y palideció.

—¡La reunión!

Becky miró los documentos que aún tenía entre las manos.

—Ve. Yo puedo recoger lo que falta.

—Pero…

—Freen, ¿verdad? —preguntó, señalando la tarjeta profesional que asomaba de su carpeta.

Freen asintió.

—Becky —respondió la ilustradora, tendiéndole una tarjeta con su nombre y el contacto de su estudio—. Por si alguna vez necesitas una ilustración para uno de tus proyectos.

Freen guardó la tarjeta con más cuidado del necesario.

—Gracias. Y, de verdad, siento lo ocurrido.

—Acepto tus disculpas con una condición.

—¿Cuál?

Becky sonrió con picardía.

—La próxima vez que nos encontremos, tendrás que caminar mirando al frente.

—No habrá una próxima vez si sigo llegando tarde a todas partes.

—Eso dicen siempre las personas que vuelven a aparecer.

Freen negó con la cabeza, divertida a su pesar.

—Adiós, Becky.

—Hasta pronto, Freen.

La arquitecta echó a correr.

Sin embargo, antes de doblar la esquina, se volvió para mirar una última vez.

Becky seguía allí.

Y estaba sonriendo.

Freen continuó su camino con el corazón extrañamente acelerado.

Sobre las nubes, Cupido dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

—Bien. Un pequeño accidente, dos personas encantadoras y ninguna catástrofe. Esto todavía puede salir bien.

Entonces miró el extremo de su arco.

Una segunda flecha comenzó a brillar.

Cupido se puso de pie de un salto.

—¡NO!

Demasiado tarde.

La flecha salió disparada.

Y él, por primera vez en varios milenios, decidió que quizá había llegado el momento de leer las instrucciones.

II. UN CAFÉ, DOS TAZAS Y UNA MENTIRA CELESTIAL

Freen consiguió llegar a la reunión con siete minutos de retraso.

Siete minutos.

En cualquier otro contexto, aquella cifra habría sido insignificante.

Para ella, representaba un fracaso administrativo de proporciones preocupantes.

Sin embargo, lo verdaderamente desconcertante no fue la reprimenda de su asistente ni la mirada impaciente de los inversores.

Fue que, durante toda la presentación, Freen no pudo dejar de pensar en una ilustradora que probablemente ya había olvidado su nombre.

Cada vez que intentaba concentrarse en los planos del jardín, recordaba la risa de Becky.

Cuando explicaba la distribución de los senderos, se preguntaba qué otros dibujos tendría en su cuaderno.

Y cuando uno de los inversores le preguntó por qué había incluido un pequeño espacio de descanso junto al estanque, Freen respondió sin pensar:

—Porque a veces las personas necesitan detenerse para descubrir lo que tienen delante.

El hombre asintió, satisfecho con la respuesta.

Freen, en cambio, se quedó mirando el plano.

Aquella frase no había aparecido en ninguno de sus documentos.

La había escuchado de alguien.

De una joven que acababa de conocer.

—Fantástico —murmuró cuando terminó la reunión—. Ahora también estoy citando a desconocidas.

Aquella tarde intentó regresar a su rutina habitual.

Revisó presupuestos, respondió correos y corrigió dos propuestas.

Incluso consiguió completar una parte del trabajo que había dejado pendiente.

Pero, cada cierto tiempo, sus ojos volvían a la tarjeta que descansaba junto a su ordenador.

Becky Armstrong.

Ilustradora.

Freen no tenía motivos para llamarla.

Ni siquiera estaba segura de que volverían a encontrarse.

Por eso, cuando al día siguiente entró en su cafetería favorita y la vio sentada junto a la ventana, con un cuaderno abierto y una bebida de color sospechosamente verde, sintió que el universo estaba empezando a burlarse de ella.

Becky levantó la mirada.

Sus ojos se iluminaron.

—¡La mujer de la distribución horizontal!

Freen se detuvo.

—No pienso responder a ese nombre.

—Qué lástima. Ya estaba preparando tu tarjeta de fidelidad.

—¿Vienes aquí todos los días?

Becky contempló su taza.

—Casi. ¿Y tú?

—También.

Las dos se miraron.

Después observaron la cafetería, que estaba prácticamente vacía.

Becky se llevó una mano al pecho.

—No puede ser.

Freen frunció el ceño.

—¿Qué?

—¡Tenemos el mismo gusto para el café! Esto es gravísimo.

—Es una cafetería bastante popular.

—Déjame disfrutar de mi teoría romántica.

Freen intentó mantener la seriedad.

Fracasó.

Becky señaló la silla libre frente a ella.

—¿Te sientas conmigo?

La arquitecta consultó su agenda por pura costumbre.

Tenía una llamada dentro de cuarenta minutos.

Podía pedir su café, sentarse un momento y marcharse.

Veinte minutos.

Nada más.

—Solo un rato —aceptó.

Becky sonrió.

—Prometo comportarme.

—Eso no me tranquiliza.

—Debería. Soy una persona encantadora.

—Eso está por demostrar.

—Entonces tendrás que quedarte para averiguarlo.

Freen se sentó.

Veinte minutos se convirtieron en cuarenta.

Cuarenta se transformaron en una hora.

Cuando Freen finalmente miró el reloj, descubrió que había pospuesto su llamada diez minutos sin darse cuenta.

Lo más sorprendente era que no le importaba.

Becky le habló de su trabajo, de las ilustraciones que estaba preparando y de su sueño de publicar un libro infantil que ayudara a los niños a comprender sus emociones.

Freen le contó sobre el jardín que deseaba construir.

Mientras hablaba, sus gestos se volvieron más expresivos. Explicó cómo la luz cambiaría entre los árboles, por qué había elegido determinadas especies de plantas y de qué manera quería diseñar senderos accesibles para personas mayores y familias con niños pequeños.

Becky la escuchaba con una atención que Freen no estaba acostumbrada a recibir fuera de su entorno profesional.

No la interrumpía para mirar el teléfono.

No le preguntaba cuánto dinero ganaría con el proyecto.

Quería saber por qué le importaba.

—¿Y por qué un jardín? —preguntó Becky—. Podrías diseñar edificios enormes o trabajar en proyectos mucho más ambiciosos.

Freen bajó la mirada hacia su taza.

—Cuando era pequeña, mi abuela tenía un jardín. Era un lugar muy sencillo, pero siempre parecía haber espacio para una persona más. Cuando estaba triste, me sentaba allí y sentía que todo iba a estar bien.

Becky dejó de jugar con su lápiz.

—¿Quieres construir un lugar que haga sentir a otras personas como te sentías tú allí?

Freen levantó la mirada.

—Sí. Supongo que eso es exactamente lo que quiero.

—Entonces no es un proyecto pequeño.

La respuesta fue sencilla.

Pero algo en ella alcanzó un lugar de Freen que llevaba mucho tiempo sin recibir atención.

Durante años, había aprendido a explicar sus decisiones con cifras, resultados y argumentos profesionales.

Becky acababa de comprender su sueño en una sola frase.

Y eso la hizo sentirse vista.

De verdad.

—¿Siempre eres así? —preguntó Freen.

—¿Así cómo?

—Como si supieras encontrar las palabras adecuadas.

Becky sonrió, un poco avergonzada.

—No siempre. A veces digo tantas tonterías que mis amigos me piden que guarde silencio durante cinco minutos.

—Me gustaría conocer a esas personas.

—Te caerían bien. Aunque probablemente terminarían interrogándote sobre por qué una mujer tan elegante parece estar perdiendo una discusión con su propia agenda.

Freen soltó una carcajada.

Becky la observó con una sonrisa satisfecha.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué cosa?

—Esa risa.

Freen sintió que las mejillas comenzaban a arderle.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Ninguna de las dos vio el pequeño destello dorado que cruzó la ventana.

Ni al hombre diminuto, vestido de blanco y con alas desordenadas, que se estrelló contra el toldo de la cafetería.

Cupido se levantó del suelo, sacudió sus plumas y miró a través del cristal.

Las dos jóvenes estaban riéndose.

No había ningún efecto mágico visible.

Ninguna parecía hechizada.

Y, sin embargo, Cupido percibió algo que no esperaba.

Curiosidad.

Confianza.

El deseo sincero de volver a encontrarse.

Aquello no procedía de su flecha.

La magia solo había facilitado el primer cruce de sus caminos.

Lo demás estaba ocurriendo sin su intervención.

Cupido se limpió una lágrima imaginaria.

—Mi trabajo es hermoso.

Una paloma aterrizó sobre su cabeza.

—¡Y tú eres una maleducada!

La paloma salió volando.

Dentro de la cafetería, Becky inclinó la cabeza.

—¿Acabas de escuchar algo?

Freen miró hacia la ventana.

—Solo una paloma.

—Qué raro. Juraría que alguien estaba discutiendo con ella.

—Probablemente alguien que necesita vacaciones.

Becky volvió a reírse.

Y Cupido, que acababa de escuchar aquello desde el otro lado del cristal, decidió que no le gustaba nada la manera en que aquellas dos mujeres se estaban volviendo demasiado buenas para ignorarlo.

III. EL PROBLEMA DE ENAMORARSE SIN PLANIFICARLO

Durante las dos semanas siguientes, Freen y Becky comenzaron a encontrarse con una frecuencia que habría despertado sospechas en cualquier persona razonable.

Se veían en la cafetería.

Coincidían en una librería.

Compartían un banco del parque.

Y, en una ocasión, Freen apareció en una pequeña exposición de ilustraciones donde Becky presentaba parte de su trabajo.

Aquella última coincidencia fue especialmente difícil de explicar.

Freen había descubierto la exposición a través de una publicación que Becky había compartido en sus redes sociales.

Había mirado el anuncio durante varios minutos.

Después había revisado su agenda.

Finalmente, había comprado una entrada.

No se lo contó a nadie.

Ni siquiera a sí misma, al menos no de una forma que pudiera considerarse una explicación convincente.

Cuando Becky la vio entrar en la galería, abrió los ojos con sorpresa.

—¿Freen?

La arquitecta se acercó con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo.

—Hola.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a ver la exposición.

Becky miró alrededor.

—¿Te gusta el arte?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Freen la observó con fingida indignación.

—¿Estás cuestionando mis intereses culturales?

—Estoy intentando decidir si debo sentirme halagada o si de verdad has venido a evaluar mis dibujos con una libreta y una puntuación del uno al diez.

—Depende de lo que encuentre.

Becky se echó a reír.

Después le tomó la mano y la condujo hasta la primera pared.

A Freen le bastó aquella pequeña acción para olvidar cualquier comentario sarcástico que hubiera preparado.

Becky no pareció darse cuenta.

Le mostró sus ilustraciones favoritas, le explicó qué había querido expresar en cada una y le contó las historias que habían inspirado algunas escenas.

Freen escuchó con atención.

No porque creyera que debía hacerlo para impresionarla.

Sino porque, a medida que la conocía, descubría que quería comprenderla.

Quería saber qué la hacía feliz.

Qué la enfadaba.

Qué sueños todavía no se atrevía a perseguir.

Y qué podía hacer para que sus días fueran un poquito más fáciles.

Aquella necesidad de conocerla empezó a asustarla.

Porque Freen estaba acostumbrada a controlar sus decisiones.

No tomaba riesgos sin calcular las consecuencias.

No permitía que sus emociones interfirieran en su trabajo.

Y, sobre todo, no se acercaba demasiado a alguien sin saber qué esperaba de esa relación.

Pero Becky no encajaba en ninguna de sus categorías.

No podía organizarla en una lista.

No podía anticipar sus respuestas.

Y no podía evitar sonreír cada vez que recibía un mensaje suyo.

Una noche, mientras revisaba los planos del jardín, Freen encontró un mensaje que la hizo detenerse.

Becky: ¿Sigues trabajando?

Freen: Sí.

Becky: ¿Otra vez?

Freen: Tengo una entrega importante.

Becky: ¿Y has comido?

Freen miró el reloj.

Después observó el café frío que llevaba dos horas junto al ordenador.

Freen: Eso no es relevante.

La respuesta llegó inmediatamente.

Becky: Esa es la respuesta de alguien que no ha comido.

Freen sonrió.

Freen: ¿Siempre interrogas a tus amigas?

Becky: Solo a las que me importan.

La sonrisa de Freen desapareció lentamente.

No porque le hubiera molestado.

Sino porque aquella frase, tan sencilla, acababa de hacerle sentir algo que no sabía dónde colocar.

Volvió a leerla.

Una vez.

Dos.

Tres.

Finalmente, escribió:

Freen: No he cenado.

Becky: Lo sabía. Espérame veinte minutos.

Freen: ¿Qué?

Becky: Voy a llevarte comida. Y no acepto discusiones.

Freen intentó protestar.

No llegó a hacerlo.

Veinticinco minutos después, Becky apareció en la puerta de su estudio con una bolsa de comida, dos bebidas y una expresión triunfal.

—Servicio de emergencia para arquitectas incapaces de cuidar de sí mismas.

Freen la dejó entrar.

—No tenías que venir.

—Lo sé.

Becky colocó la comida sobre la mesa.

—Quería hacerlo.

Freen la miró en silencio.

Había una diferencia enorme entre alguien que hacía algo por obligación y alguien que elegía hacerlo.

Becky no le pedía nada a cambio.

No utilizaba sus gestos para exigir atención.

Simplemente estaba allí.

Y Freen, que había pasado años intentando demostrar que podía con todo por sí sola, descubrió que aquella presencia le ofrecía algo que no sabía cuánto necesitaba.

Descanso.

Comieron juntas mientras Becky le contaba una historia absurda sobre una paloma que había intentado robarle un sándwich.

Freen terminó riéndose tanto que tuvo que dejar los cubiertos sobre la mesa.

—¡No puede ser que hayas perdido un sándwich contra una paloma!

—¡Era una paloma muy decidida!

—¡Y tú eres una mujer adulta!

—Una mujer adulta que se quedó sin cena, sí. No necesito que me lo recuerdes.

Freen volvió a reírse.

Cuando terminaron de comer, Becky la ayudó a ordenar algunos materiales.

Después se quedó mirando los planos del jardín.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Qué harás si no aprueban el proyecto?

Freen dejó de recoger los documentos.

La pregunta había tocado una preocupación que intentaba mantener apartada.

—Buscaré otra oportunidad.

—¿Y si tarda en llegar?

—Esperaré.

—¿Y si te dicen que tu idea no es rentable?

Freen apretó ligeramente los labios.

—Buscaré la manera de demostrarles que puede funcionar.

Becky la observó durante unos segundos.

—Eres muy buena encontrando soluciones para todo, ¿verdad?

—Es mi trabajo.

—Pero no tienes que convertir cada problema en una batalla que debas ganar sola.

Freen levantó la mirada.

—No estoy acostumbrada a depender de otras personas.

—No te estoy pidiendo que dependas de mí.

Becky habló con suavidad.

—Solo quiero que sepas que puedes dejarme acompañarte.

Aquellas palabras hicieron que Freen sintiera un nudo en la garganta.

No era una declaración de amor.

Ni una promesa grandiosa.

Era una invitación.

La posibilidad de permitir que alguien estuviera a su lado sin que aquello significara perder su independencia.

Freen se acercó un poco.

Becky no se movió.

Durante un instante, ambas parecieron comprender que algo estaba cambiando entre ellas.

Algo que ya no podía explicarse con accidentes, cafeterías o coincidencias.

—Gracias —susurró Freen.

Becky sonrió.

—De nada.

Sus manos se rozaron sobre la mesa.

Esta vez no hubo destellos dorados.

No hubo flechas invisibles.

Ni magia que alterara sus pensamientos.

Solo dos mujeres que habían comenzado a importarse de una manera que ninguna sabía nombrar todavía.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Freen decidió no buscar una explicación inmediata.

Se limitó a disfrutar del momento.

Desde el tejado del edificio, Cupido observó la escena.

Tenía una bolsa de caramelos en una mano y una libreta en la otra.

Había anotado varias observaciones importantes.

Primera: las dos jóvenes volvían a encontrarse por decisión propia.

Segunda: ninguna necesitaba una flecha para sonreír al ver a la otra.

Tercera: la paloma del toldo seguía siendo una amenaza personal.

Cupido cerró la libreta.

—Creo que estas dos van a enamorarse.

Hizo una pausa.

—O voy a terminar escribiendo un informe celestial de doscientas páginas.

En ese preciso instante, su arco emitió un sonido extraño.

Cupido bajó la mirada.

Una grieta luminosa recorría la madera dorada.

Su sonrisa desapareció.

Aquello sí era un problema.

Un problema muy, muy serio.

IV. CUANDO CUPIDO DEJA DE REÍRSE

La magia celestial tenía una regla que ni siquiera Cupido podía ignorar.

Las flechas destinadas a despertar el amor verdadero no debían intervenir dos veces en el mismo vínculo.

Cuando una flecha fallaba y su energía se dispersaba, el efecto desaparecía por sí solo.

Pero aquella mañana, al intentar recuperar los fragmentos de su disparo, Cupido había cometido otro error.

Había utilizado una flecha de retorno.

Y, sin querer, había activado el mecanismo de reversión de la primera.

Eso significaba que la magia residual podía deshacerse antes de que desapareciera naturalmente.

En circunstancias normales, no habría pasado nada grave.

Pero el vínculo entre Freen y Becky había sido alterado por un accidente excepcional.

La flecha había rozado a ambas al mismo tiempo.

Y la energía se había dividido.

Cupido consultó su libreta.

Volvió a consultar el arco.

Después miró el cielo.

—Por favor, dime que no estoy a punto de provocar una catástrofe romántica.

Una voz profunda resonó entre las nubes.

—Cupido.

El pequeño dios se puso rígido.

Frente a él apareció una figura envuelta en una túnica blanca, con una corona de pequeñas estrellas sobre la cabeza.

Era Eros, guardián de los vínculos del amor y supervisor de las tareas de Cupido.

Su expresión no presagiaba nada bueno.

—¿Qué has hecho?

Cupido sonrió con nerviosismo.

—Antes de responder, me gustaría aclarar que el caramelo estaba delicioso.

Eros cerró los ojos.

—No quiero saber nada de tus dulces.

—Eso es injusto. Han sido parte fundamental del incidente.

—Cupido.

—Disparé una flecha. La flecha se desvió. Hubo un pequeño accidente. Dos humanas se conocieron. Todo estaba saliendo sorprendentemente bien hasta que intenté corregirlo.

Eros observó la grieta del arco.

—¿Activaste la reversión?

Cupido asintió lentamente.

—Por error.

—¿Y cuánto tiempo tienes antes de que la energía residual desaparezca?

Cupido consultó su reloj celestial.

Su rostro perdió el color.

—Un día.

Eros suspiró.

—Entonces escucha con atención. Si la energía se revierte, cualquier emoción que haya sido amplificada por la flecha regresará a su estado natural. No desaparecerán sus recuerdos ni los sentimientos que hayan desarrollado por voluntad propia, pero la confusión inicial podría hacerlas dudar de lo que sienten.

Cupido tragó saliva.

—¿Y si se enamoran antes de que termine el plazo?

—No importa. La magia no puede decidir por ellas.

Eros se acercó un paso.

—Tienes hasta la próxima puesta de sol para estabilizar el arco. No vuelvas a intervenir en sus vidas. Si intentas forzar el resultado, empeorarás el problema.

Cupido asintió con tanta rapidez que sus rizos se agitaron.

—Entendido.

Eros desapareció.

El pequeño dios permaneció inmóvil durante varios segundos.

Después miró hacia la ciudad.

Abajo, Freen y Becky habían quedado en encontrarse aquella tarde.

No había forma de saber qué ocurriría cuando la magia residual desapareciera.

Cupido apretó el arco contra su pecho.

Por primera vez en siglos, no le hizo gracia su propio trabajo.

Mientras tanto, en el estudio de Freen, la arquitecta intentaba concentrarse en una propuesta de presupuesto.

No lo conseguía.

Había recibido un mensaje de Becky hacía apenas cinco minutos.

Becky: ¿Te apetece dar un paseo esta tarde?

Freen sonrió.

Freen: ¿Por qué?

Becky: Porque hace un día precioso.

Freen: Esa no es una razón suficiente.

Becky: También quiero verte.

Freen dejó de respirar durante un segundo.

Sus dedos permanecieron inmóviles sobre la pantalla.

Podía responder con una broma.

Podía fingir que aquella frase no le había provocado una felicidad absurda.

Podía continuar haciendo lo que siempre hacía: mantener sus emociones a una distancia segura.

Pero estaba cansada de esconderse detrás de su propia prudencia.

Freen: A mí también me gustaría verte.

La respuesta de Becky llegó acompañada de un corazón.

Freen apoyó el teléfono contra su pecho y cerró los ojos.

No sabía exactamente cuándo había comenzado a enamorarse.

Quizá había sido durante el primer encuentro.

Quizá durante aquella conversación en la cafetería.

O tal vez había ocurrido poco a poco, en cada mensaje, en cada risa compartida y en cada pequeño gesto de cariño.

Lo único que sabía era que Becky se había convertido en alguien importante.

Y eso le daba miedo.

Porque cuando algo le importaba de verdad, Freen siempre encontraba una manera de prepararse para perderlo.

Aquella tarde llegó al parque diez minutos antes de la hora acordada.

Becky apareció poco después, con el cabello suelto, un cuaderno bajo el brazo y dos bebidas frías.

—Te he traído una.

Freen aceptó el vaso.

—¿Cómo sabías qué quería?

—No lo sabía. He comprado dos sabores diferentes.

—Eso no responde a mi pregunta.

Becky sonrió.

—Estoy aprendiendo a conocerte.

Freen bajó la mirada hacia la bebida.

Y sintió que aquella respuesta era mucho más peligrosa que cualquier declaración grandiosa.

Porque era cierta.

Becky estaba aprendiendo a conocerla.

Y Freen también estaba aprendiendo a conocerla a ella.

Caminaron por el parque hasta encontrar un árbol enorme, cuyas ramas ofrecían sombra sobre un pequeño banco de madera.

Se sentaron juntas.

Becky abrió su cuaderno.

Freen observó cómo comenzaba a dibujar.

—¿Qué estás haciendo?

—Todavía no lo sé.

—¿No deberías tener una idea antes de empezar?

Becky volvió el rostro hacia ella.

—¿Siempre necesitas saber cómo terminarán las cosas antes de permitirte disfrutarlas?

Freen abrió la boca para responder.

Pero no encontró una contestación inmediata.

Becky suavizó la expresión.

—Lo siento. No quería que sonara como una crítica.

—No. Está bien.

Freen contempló el parque.

—Supongo que sí. Me gusta saber dónde estoy pisando.

—¿Y qué ocurre cuando el suelo cambia?

La arquitecta se rio sin demasiado entusiasmo.

—Intento no caerme.

Becky cerró el cuaderno.

—Freen, ¿puedo preguntarte algo más?

—Adelante.

—¿Te gustaría que volviéramos a encontrarnos si nunca hubiéramos chocado aquel día?

La pregunta la tomó completamente desprevenida.

Freen la miró.

Por un instante, el ruido de la ciudad pareció quedar muy lejos.

—¿Por qué me preguntas eso?

Becky respiró profundamente.

—Porque me gustas.

Freen sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Y no quiero seguir fingiendo que solo somos dos personas que se encuentran por casualidad —continuó Becky—. Me gusta pasar tiempo contigo. Me gusta hacerte reír. Me gusta cuando me cuentas tus proyectos y cuando te olvidas de mirar el reloj. Y creo que estoy empezando a sentir algo que va más allá de la amistad.

Hizo una pausa.

—Pero quiero saber si tú también lo sientes. No porque nos hayamos encontrado varias veces. No porque parezca que el universo está empeñado en juntarnos. Quiero saberlo porque eres tú.

Freen sintió que el miedo y la felicidad se mezclaban dentro de su pecho.

Podría haber respondido inmediatamente.

Podría haberle dicho que sí, que estaba enamorándose de ella.

Pero una pequeña duda se abrió paso entre sus pensamientos.

¿Y si todo había comenzado por una casualidad que había confundido sus emociones?

¿Y si la facilidad con la que se había acercado a Becky no era más que una ilusión?

La pregunta no surgió porque Becky le pareciera menos maravillosa.

Surgió porque Freen necesitaba saber que aquello que estaba naciendo entre ellas les pertenecía de verdad.

—Becky… —comenzó.

Y entonces ocurrió.

Un destello dorado atravesó el aire.

El viento agitó las hojas del árbol.

Durante una fracción de segundo, Freen sintió una extraña presión en el pecho, como si algo invisible hubiera tirado de un hilo que desconocía llevar dentro.

Becky también se llevó una mano al corazón.

Ambas se miraron, desconcertadas.

Sobre las nubes, Cupido soltó un grito.

—¡NO, NO, NO! ¡TODAVÍA NO!

El arco se quebró.

La luz desapareció.

Y la magia residual se desvaneció como una burbuja que estalla en silencio.

Abajo, el parque volvió a la normalidad.

Las hojas dejaron de agitarse.

El viento recuperó su calma.

Y Freen se quedó mirando a Becky con una expresión que la joven no supo interpretar.

No había olvidado nada.

Recordaba el accidente.

La cafetería.

Las conversaciones.

Las risas.

Los mensajes.

Recordaba cada pequeño gesto que había empezado a importarle.

Pero, de pronto, tuvo miedo de haber confundido la intensidad de sus emociones con una certeza que todavía no había tenido tiempo de comprender.

Y Becky, que también había sentido aquel extraño cambio, bajó la mirada.

—Quizá deberíamos ir despacio —murmuró.

Freen sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.

No porque fueran injustas.

Sino porque, por primera vez desde que se habían conocido, no sabía qué decir para impedir que algo hermoso se le escapara de las manos.

V. LA TRAVESURA MÁS GRANDE DE CUPIDO

Aquella noche, Freen regresó a casa con una sensación incómoda.

No había ocurrido nada terrible.

Becky no se había enfadado.

No habían discutido.

Ni siquiera se habían despedido de mala manera.

Simplemente, ambas habían reconocido que necesitaban tiempo para comprender lo que estaban sintiendo.

Y, sin embargo, Freen no podía dejar de pensar en ella.

Se sentó frente a su ordenador.

Abrió el archivo del jardín.

Intentó trabajar.

No pudo.

Finalmente, apagó la pantalla y se quedó mirando la oscuridad de la habitación.

Durante mucho tiempo había creído que enamorarse significaba perder el control.

Ahora comprendía que el verdadero problema no era sentir algo que no podía planificar.

Era permitir que el miedo decidiera por ella.

Becky no le había prometido un amor eterno.

No le había exigido una respuesta inmediata.

Ni siquiera le había pedido que cambiara.

Solo había sido sincera.

Y Freen se había quedado tan preocupada por encontrar una certeza perfecta que había olvidado algo fundamental.

Los sentimientos no siempre comenzaban con respuestas.

A veces empezaban con una pregunta.

Y se volvían importantes cuando dos personas decidían buscar la respuesta juntas.

Freen tomó su teléfono.

Abrió la conversación con Becky.

Escribió un mensaje.

Lo borró.

Escribió otro.

También lo borró.

Finalmente, dejó el teléfono sobre la mesa.

No quería enviarle una declaración impulsiva solo porque tenía miedo de perderla.

Quería hablar con ella cuando pudiera expresar lo que sentía sin esconderse detrás de excusas.

Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Becky estaba sentada junto a su ventana, dibujando sobre una hoja en blanco.

Había intentado trabajar durante horas.

No lo había conseguido.

En su cuaderno aparecían pequeños fragmentos del día: el árbol, el banco, las manos de Freen sosteniendo un vaso de café.

Y, en el centro de la página, dos figuras sentadas una junto a la otra.

Becky dejó el lápiz sobre la mesa.

—No quiero enamorarme de una coincidencia —susurró.

Pero sabía que no era eso lo que le preocupaba.

Lo que la asustaba era descubrir que podía querer a alguien de verdad y, aun así, no tener garantías de que aquella persona quisiera quedarse.

No había magia capaz de resolver ese miedo.

Solo conversaciones honestas.

Decisiones compartidas.

Y la valentía de permitir que alguien se acercara lo suficiente para conocerla.

Becky cerró el cuaderno.

Por primera vez desde que había conocido a Freen, decidió no buscar una señal del universo.

Si volvía a verla, quería hacerlo porque ambas lo deseaban.

No porque una flecha hubiera caído en el lugar equivocado.

Arriba, en las nubes, Cupido contemplaba la ciudad con expresión abatida.

Su arco estaba roto.

Su libreta tenía varias páginas quemadas.

Y su supervisor le había enviado un mensaje que prefería no abrir.

—He arruinado el romance de dos personas encantadoras —murmuró.

Una paloma se posó junto a él.

Cupido la señaló con un dedo acusador.

—Ni una palabra.

La paloma arrulló.

—¡He dicho que ni una palabra!

La criatura alada inclinó la cabeza.

Cupido suspiró.

—Está bien. Técnicamente, no he arruinado nada. Solo he provocado una crisis emocional innecesaria.

Se dejó caer sobre la nube.

—Lo que, pensándolo bien, sigue siendo bastante malo.

Entonces recordó algo que Eros le había dicho durante su aprendizaje.

Las flechas podían abrir una puerta.

Pero no podían obligar a nadie a cruzarla.

Cupido miró hacia la ciudad.

En el interior de un pequeño apartamento, Becky estaba cerrando su cuaderno.

En otro edificio, Freen contemplaba los planos de un jardín que todavía no existía.

Las dos estaban pensando en la misma persona.

Ninguna había dejado de sentir curiosidad.

Ninguna había olvidado lo que habían compartido.

Y ninguna necesitaba una flecha para recordar que estar juntas les había hecho bien.

Cupido se incorporó lentamente.

Una sonrisa comenzó a aparecer en su rostro.

—Oh.

Se puso de pie.

—Oh, esto es interesante.

Miró su arco roto.

Después miró sus manos.

—Por primera vez en mi existencia, voy a dejar que los mortales hagan su trabajo.

Se acomodó las alas.

Y, sin disparar ninguna flecha, desapareció entre las nubes.

VI. UNA INVITACIÓN SIN MAGIA

A la mañana siguiente, Freen recibió una llamada inesperada.

Era el coordinador del proyecto del jardín.

—Tenemos buenas noticias —anunció el hombre—. Los inversores han aprobado la propuesta inicial. Quieren que presentes una versión definitiva la próxima semana.

Freen se quedó inmóvil.

—¿La han aprobado?

—Sí. Les ha gustado especialmente el enfoque del espacio comunitario. Dicen que el proyecto tiene algo que otros diseños no consiguen transmitir.

Freen sonrió.

Durante meses había trabajado para conseguir aquella oportunidad.

Había revisado planos, estudiado presupuestos y defendido cada detalle de su propuesta.

El proyecto era suyo.

El resultado de su esfuerzo.

Y estaba a punto de convertirse en realidad.

Cuando terminó la llamada, permaneció unos segundos frente a la ventana.

Después miró el pequeño espacio vacío junto a su escritorio.

Imaginó árboles.

Flores.

Senderos.

Bancos de madera.

Y un rincón donde los niños pudieran sentarse a dibujar.

Entonces pensó en Becky.

En sus ilustraciones.

En su manera de encontrar historias en lugares que otros consideraban insignificantes.

Y comprendió que había alguien a quien quería contarle aquella noticia.

No porque necesitara su aprobación.

Sino porque deseaba compartir con ella una alegría que, de pronto, parecía todavía más hermosa.

Tomó el teléfono.

Esta vez no borró el mensaje.

Freen: Buenos días. Han aprobado mi proyecto.

La respuesta llegó unos minutos después.

Becky: ¡FREEN! ¡LO SABÍA! Estoy muy orgullosa de ti.

Freen sonrió de una manera que habría resultado imposible ocultar.

Freen: Gracias.

Hizo una pausa.

Freen: Hay algo más que me gustaría decirte.

Becky tardó un poco en responder.

Becky: Te escucho.

Freen respiró profundamente.

Freen: ¿Podríamos vernos esta tarde? Quiero hablar contigo. Sin prisas y sin intentar encontrar una respuesta perfecta para todo.

El mensaje quedó marcado como leído.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después apareció la respuesta.

Becky: Sí. Me gustaría.

Freen dejó escapar el aire.

No sabía qué sucedería durante aquella conversación.

Pero, por primera vez, no sintió la necesidad de controlar cada posible resultado.

Solo sabía que quería estar allí.

Con Becky.

Y eso era suficiente para dar el siguiente paso.

Aquella tarde se encontraron en el parque.

El mismo parque donde habían compartido sus primeras conversaciones.

El mismo árbol bajo el que Becky había dibujado a dos mujeres y una pequeña figura alada.

Cuando Freen llegó, Becky ya estaba sentada en el banco.

Llevaba un vestido claro, el cabello suelto y su inseparable cuaderno sobre las rodillas.

Al verla, se puso de pie.

—Hola.

—Hola.

Las dos sonrieron.

Durante un instante, ninguna supo cómo empezar.

Finalmente, Freen señaló el banco.

—¿Nos sentamos?

—Por favor. Empiezo a sospechar que tienes una reunión programada para cada conversación importante.

Freen soltó una carcajada.

—Estoy trabajando en eso.

—Me alegra. Sería una pena que tu agenda terminara convirtiéndose en mi rival romántica.

Se sentaron juntas.

El silencio que siguió no resultó incómodo.

Era un silencio distinto al de la tarde anterior.

Más tranquilo.

Más honesto.

Freen juntó las manos sobre sus rodillas.

—He estado pensando en lo que ocurrió ayer.

Becky asintió.

—Yo también.

—Y creo que tienes razón. No podemos saber qué habría ocurrido si nunca hubiéramos chocado. Tampoco podemos explicar por qué nos hemos encontrado tantas veces.

Hizo una pausa.

—Pero sí sé lo que ha ocurrido desde entonces.

Becky la observó con atención.

Freen continuó:

—Sé que me gusta hablar contigo. Que me haces reír cuando estoy demasiado preocupada por el trabajo. Que pienso en ti cuando veo algo bonito y quiero compartirlo con alguien. Y que, cuando me sucede algo importante, eres una de las primeras personas a las que quiero contárselo.

Su voz se volvió más suave.

—También sé que me asusta lo que siento por ti. No porque haya algo malo en ti, sino porque no estoy acostumbrada a querer a alguien sin saber exactamente qué va a pasar.

Becky bajó ligeramente la mirada.

Freen le ofreció una sonrisa nerviosa.

—No puedo prometerte que siempre sabré qué decir. Probablemente seguiré siendo demasiado seria en algunas ocasiones y demasiado terca en otras.

—Eso último ya lo había descubierto —murmuró Becky.

Freen se rio.

—Pero quiero intentarlo. Quiero conocerte mejor. Quiero descubrir qué ocurre entre nosotras sin buscar excusas para alejarme cuando tenga miedo.

La miró directamente a los ojos.

—Me gustas, Becky. De verdad. Y quiero saber si podemos darnos la oportunidad de construir algo juntas.

Becky permaneció en silencio durante unos segundos.

Freen sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Había presentado proyectos ante inversores mucho más intimidantes que aquella conversación.

Pero nunca había sentido tanto miedo de equivocarse con unas pocas palabras.

Finalmente, Becky sonrió.

No fue una sonrisa burlona.

Ni una de sus expresiones traviesas.

Fue una sonrisa llena de alivio.

—Tú también me gustas, Freen.

La arquitecta cerró los ojos durante un instante.

Becky soltó una pequeña carcajada.

—Aunque debo advertirte algo.

Freen volvió a mirarla.

—¿Qué?

—Si vamos a intentarlo, tendrás que aceptar que algunas cosas no pueden planificarse.

—Puedo intentarlo.

—Y que, en ocasiones, vamos a equivocarnos.

—Eso ya lo tengo bastante claro.

—Y que no voy a dejar de hacer bromas sobre tu agenda.

Freen fingió considerarlo.

—Esa condición es negociable.

—¡Freen!

—Está bien, está bien.

Ambas comenzaron a reírse.

Y entonces Becky extendió la mano.

Freen la tomó.

No hubo destellos dorados.

Ninguna voz celestial anunció que el destino había cumplido su propósito.

El viento movió suavemente las hojas del árbol.

Una pareja pasó caminando por el sendero.

A lo lejos, un niño perseguía una pompa de jabón.

El mundo continuó exactamente igual.

Y, sin embargo, para Freen y Becky, algo había cambiado.

Esta vez no estaban dejándose llevar por un accidente.

Estaban eligiéndose.

Becky acarició suavemente los dedos de Freen.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿Crees en Cupido?

Freen arqueó una ceja.

—¿En el hombrecito alado que dispara flechas y probablemente necesita que alguien le quite los dulces?

Becky abrió los ojos.

—¡Sabía que lo habías visto!

Freen parpadeó.

—¿Qué?

—¡Nada!

Becky se rio tan fuerte que tuvo que cubrirse la boca con una mano.

Freen la observó con sospecha.

—¿Qué estás ocultando?

—No puedo revelar mis fuentes.

—Becky.

—Freen.

—¿Conoces a Cupido?

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

Becky se inclinó hacia ella.

—Que, si algún día lo conocemos, pienso exigirle una explicación por todos los accidentes que hemos tenido.

Freen negó con la cabeza.

—Definitivamente necesitas supervisión.

—Y tú necesitas aprender a relajarte.

Sus rostros quedaron a poca distancia.

La sonrisa de Becky se suavizó.

Freen levantó una mano y apartó delicadamente un mechón de cabello de su rostro.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

Becky sonrió.

—Llevo esperando que me lo preguntes desde que llegaste.

Freen se acercó despacio.

Sus labios se encontraron en un beso suave, cálido y lleno de una ternura que ninguna de las dos necesitaba explicar.

No fue un beso perfecto.

Freen se rio contra los labios de Becky cuando sus narices chocaron ligeramente.

Becky también se rio.

Después volvieron a besarse.

Esta vez con más calma.

Sin prisas.

Sin dudas sobre lo que ambas querían en aquel instante.

Cuando se separaron, Becky apoyó la frente contra la de Freen.

—¿Sabes qué es lo más gracioso?

—¿Qué?

—Que, si aquel día no hubieras estado mirando la tableta, probablemente nos habríamos cruzado sin decirnos nada.

Freen sonrió.

—Y si tú no te hubieras detenido a recoger tu lápiz, quizá habríamos seguido caminando.

—Entonces, técnicamente, ambos somos responsables del accidente.

—Eso parece.

Becky le dio un pequeño beso en la mejilla.

—Me gusta nuestra historia.

Freen entrelazó sus dedos con los de ella.

—A mí también.

Y por primera vez, ninguna de las dos necesitó preguntarse si el destino había intervenido.

Lo importante no era cómo se habían conocido.

Lo importante era que, después de encontrarse, habían decidido volver.

Y después volver otra vez.

Hasta que el encuentro dejó de ser una coincidencia y se convirtió en el comienzo de algo que deseaban cuidar.

VII. EL INFORME MÁS VERGONZOSO DEL CIELO

Aquella misma noche, Cupido se presentó ante Eros.

Llevaba el arco reparado, las alas despeinadas y una expresión de resignación que no había mostrado en siglos.

Eros lo observó desde su trono.

—¿Y bien?

Cupido carraspeó.

—El incidente ha concluido.

—¿Las humanas están bien?

—Perfectamente.

—¿Has vuelto a intervenir?

Cupido negó con la cabeza.

—Ni una sola vez.

Eros levantó una ceja.

—¿Y qué ha ocurrido?

Cupido sacó su libreta.

La abrió por una página que tenía dibujados dos corazones, un árbol y una paloma con expresión malvada.

—Se han conocido, han hablado, han tenido dudas, han reflexionado y han decidido darse una oportunidad.

Eros guardó silencio.

Cupido continuó:

—Sin flechas. Sin hechizos. Sin ninguna intervención celestial.

—¿Y qué has aprendido?

El pequeño dios miró su arco.

Después contempló la ciudad a través de una ventana de nubes.

—Que puedo facilitar un encuentro, pero no fabricar una historia de amor.

Eros asintió lentamente.

—Continúa.

—También he aprendido que debería dejar de comer mientras trabajo.

—Una conclusión sorprendentemente sensata.

—Y que las palomas son criaturas peligrosas.

Eros cerró los ojos.

—Cupido.

—Está bien. Esa última parte no es relevante para el informe.

El guardián del amor suspiró, aunque una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Has cometido un error.

—Sí.

—Has puesto en peligro una tarea importante.

—Sí.

—Y has tenido suerte de que ambas humanas supieran decidir por sí mismas.

Cupido bajó la cabeza.

—Lo sé.

Eros se levantó de su asiento.

—Entonces asegúrate de no olvidarlo. El amor no necesita ser perfecto para ser verdadero. Pero debe ser libre.

Cupido asintió.

Esta vez no hizo ninguna broma.

Cuando abandonó el salón celestial, se detuvo en el borde de una nube y miró hacia la ciudad.

En un pequeño apartamento, Freen y Becky estaban sentadas en el sofá, compartiendo una manta y discutiendo amistosamente sobre qué película debían ver.

Freen defendía una película de suspense.

Becky insistía en una comedia romántica.

—¡No puedes elegir siempre películas en las que todo el mundo termina traumatizado! —protestó Becky.

—Es una exageración.

—La última película que vimos tenía tres asesinatos y un final que me hizo cuestionar la existencia humana.

—Era una buena película.

—¡El protagonista terminó muerto!

—Eso no significa que fuera mala.

Becky la miró con incredulidad.

Freen intentó mantener la seriedad.

No lo consiguió.

Becky terminó riéndose y escondió el rostro contra su hombro.

Freen le besó la frente.

Después tomó el mando a distancia y seleccionó la comedia romántica.

—Está bien. Tú ganas.

Becky levantó la cabeza.

—¿Acabas de ceder?

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Se besaron brevemente.

Y continuaron discutiendo sobre la película.

Desde las nubes, Cupido sonrió.

Por fin comprendía que no tenía que intervenir en cada pequeño detalle.

A veces, las personas solo necesitaban tiempo, honestidad y una oportunidad para descubrir lo que podían llegar a ser juntas.

El pequeño dios guardó su arco.

Sacó un caramelo del bolsillo.

Lo desenvolvió.

Y, justo cuando estaba a punto de llevárselo a la boca, recordó su primer error.

Miró el dulce.

Miró el arco.

Volvió a mirar el dulce.

—Voy a necesitar una nueva política de seguridad.

Una paloma apareció sobre su hombro.

Cupido la señaló.

—Y tú estás despedida.

La paloma salió volando.

Cupido soltó una carcajada que resonó entre las nubes.

Y, por primera vez en toda la semana, pudo disfrutar de su caramelo sin provocar un desastre romántico.

Bueno…

Al menos durante los siguientes treinta segundos.

VIII. EL AMOR QUE SE ELIGE

Tres meses después, el jardín de Freen comenzó a tomar forma.

Los primeros árboles fueron plantados al amanecer.

Los senderos empezaron a dibujarse sobre la tierra.

Los bancos de madera llegaron una semana más tarde.

Y el espacio que durante tanto tiempo había existido únicamente en sus planos comenzó a convertirse en un lugar real.

Freen estaba orgullosa.

Había trabajado muchísimo para llegar hasta allí, y cada vez que observaba el avance de las obras sentía que una parte de su infancia volvía a florecer.

Pero había algo que hacía que aquel proyecto fuera todavía más especial.

Becky había aceptado colaborar con ella.

No como un favor romántico ni porque Freen se lo hubiera pedido.

La arquitecta le había mostrado los planos, y la ilustradora había propuesto diseñar una serie de pequeñas placas con dibujos y frases para colocar en distintos rincones del jardín.

Los inversores aprobaron la idea.

A Becky le encantó el proyecto.

Y ambas descubrieron que trabajar juntas podía ser tan maravilloso como peligroso.

Especialmente cuando no estaban de acuerdo.

—Ese banco debería estar junto al árbol —insistió Becky.

Freen observó el plano.

—Si lo colocamos ahí, interrumpirá el recorrido accesible.

—Entonces podemos mover el árbol.

—Los árboles no son muebles, Becky.

—¡Es un árbol imaginario en un plano!

Freen la miró fijamente.

Becky intentó aguantar la risa.

No pudo.

Freen negó con la cabeza.

—No sé cómo he terminado enamorándome de ti.

Becky dejó de reírse.

Una sonrisa lenta apareció en sus labios.

—¿Qué has dicho?

Freen se quedó inmóvil.

Acababa de pronunciar aquellas palabras sin pensarlo.

No porque quisiera provocar una reacción.

No porque estuviera intentando convertir una discusión en un momento romántico.

Simplemente, era la verdad.

Becky se acercó.

—Repítelo.

Freen sintió que las mejillas se le calentaban.

—No.

—Freen.

—No pienso repetirlo.

—Por favor.

La arquitecta suspiró.

Después la miró a los ojos.

—Estoy enamorada de ti.

Becky sonrió con tanta felicidad que Freen sintió que el mundo entero se volvía más luminoso.

—Yo también estoy enamorada de ti.

Se besaron entre los planos, las muestras de madera y las pequeñas ilustraciones que todavía esperaban encontrar su lugar en el jardín.

No necesitaban una flecha.

No necesitaban una señal.

Y no necesitaban que nadie les asegurara que permanecerían juntas para siempre.

Sabían que habría días difíciles.

Que en ocasiones discutirían.

Que tendrían que aprender a comprender las preocupaciones de la otra y a encontrar soluciones cuando sus caminos no coincidieran.

Pero también sabían que podían hablar.

Que podían escucharse.

Y que ambas querían seguir construyendo aquella relación.

Un día a la vez.

Cuando se separaron, Becky apoyó la cabeza contra el hombro de Freen.

—¿Crees que Cupido se alegraría de saber que seguimos juntas?

Freen fingió reflexionar.

—Probablemente se atribuiría todo el mérito.

Becky soltó una carcajada.

—¡Seguro que sí!

—Y después intentaría vendernos una suscripción celestial para garantizar nuestro amor eterno.

—¿Crees que tendría descuentos para parejas?

—Becky.

—Solo pregunto.

Freen la abrazó por la cintura.

—Si algún día conocemos a Cupido, voy a exigirle que nos devuelva el dinero de todas las flechas que no necesitábamos.

Becky levantó el rostro.

—Pero si nunca nos hubiéramos encontrado, quizá no estaríamos aquí.

Freen guardó silencio.

Era cierto.

Aquel accidente había cambiado sus vidas.

Había colocado a dos desconocidas frente a frente y les había dado una oportunidad que ninguna esperaba.

Pero la magia no había sido responsable de sus conversaciones.

No había elegido las palabras que las consolaron durante los días difíciles.

No había preparado las comidas que compartieron durante las noches de trabajo.

Ni había decidido que, incluso cuando aparecieron las dudas, ambas merecían una conversación honesta.

Aquellas decisiones les pertenecían.

Freen acarició suavemente la mejilla de Becky.

—Quizá Cupido nos ayudó a encontrarnos.

Sonrió.

—Pero nosotras decidimos quedarnos.

Becky la besó.

Y, bajo el cielo que comenzaba a teñirse de tonos dorados, ambas contemplaron el jardín que habían ayudado a construir.

Un lugar donde las personas podrían detenerse.

Respirar.

Compartir una conversación.

Y descubrir que, en ocasiones, las cosas más extraordinarias comenzaban con algo tan sencillo como prestar atención a quien tenían delante.

Muy lejos de allí, sobre una nube, Cupido observó la escena a través de su pantalla celestial.

Suspiró con satisfacción.

—Definitivamente, soy un genio.

Una voz resonó detrás de él.

—Cupido.

El pequeño dios se quedó rígido.

Eros apareció con una carpeta bajo el brazo.

—Tenemos una nueva misión.

Cupido sonrió.

—Perfecto. Estoy preparado.

Eros le entregó la carpeta.

En la portada había una fotografía de dos personas discutiendo frente a una máquina expendedora.

Cupido parpadeó.

—¿Qué se supone que debo hacer?

—Observar.

—¿Y disparar una flecha?

—No.

—¿Ni siquiera una pequeñita?

—No.

Cupido suspiró dramáticamente.

Después guardó la carpeta bajo el brazo y se acomodó el arco.

—Está bien. Observaré.

Eros asintió, satisfecho.

Cupido esperó a que su supervisor desapareciera.

Entonces sacó un caramelo del bolsillo.

Lo desenvolvió.

Miró a su alrededor.

Y sonrió.

—Pero nadie ha dicho nada de comer mientras observo.

La paloma apareció nuevamente sobre su hombro.

Cupido cerró los ojos.

—Esto va a ser una eternidad muy larga.

Y así, entre dulces, flechas defectuosas y pequeñas travesuras celestiales, el amor continuó encontrando su camino.

No siempre de la manera esperada.

No siempre en el momento perfecto.

Pero sí de la forma más importante de todas.

Libremente.

Porque Cupido podía equivocarse de objetivo.

El destino podía cambiar los planes.

Y hasta la magia podía desaparecer.

Pero, cuando dos personas se elegían de verdad, ninguna flecha era necesaria para mantenerlas unidas.

💘 FIN 💘