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TRICK OR TREAT, KITTY?

Sinopsis

Jimin y Jungkook siguen enamorados, pero, entre el trabajo, las responsabilidades y los cambios que están a punto de transformar sus vidas, han comenzado a perder algo que nunca imaginaron que necesitarían recuperar: la intimidad que los convirtió en pareja, más allá del amor y la familia que han construido juntos. Por eso, Halloween se convierte en la oportunidad perfecta para romper con lo cotidiano. Las máscaras y las identidades ocultas les ofrecerán la posibilidad de vivir una noche diferente, descubrir nuevas facetas del otro y recordar que el deseo no ha desaparecido, aunque las obligaciones hayan terminado por esconderlo. Lo que comienza como una noche diferente los llevará a enfrentarse a sus inseguridades, reconocer sus necesidades y recordar que el amor también exige cuidar aquello que parece seguro. Porque convertirse en padres no significa dejar de ser pareja, y compartir una vida no garantiza que dos personas nunca puedan perderse. A veces, para volver a encontrarse, hay que atreverse a mirar más allá de la máscara.

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Capítulos:
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18+

1

Eran las ocho. La pasta estaba lista, la mesa puesta y Jungkook seguía sin aparecer.

Había preparado su salsa favorita, comprado helado de chocolate que llevaba semanas queriendo probar y elegido una película para después de cenar. Una comedia romántica, por supuesto. Jungkook siempre se quejaba de que mis novelas tenían demasiados malentendidos, pero luego era capaz de pasarse media película gritándole a la pantalla porque el protagonista no se atrevía a decirle a su novio lo que sentía.

—Podría solucionarlo en cinco minutos —aseguró una vez, indignado.

—¿Tú? Si tardaste tres días en reconocer que te habías equivocado de salida con el coche.

—La carretera estaba mal señalizada.

—Había un cartel enorme.

—Estaba pensando en otras cosas.

—Claro. En cómo convencerme de que la culpa era mía.

Jungkook me había mirado con seriedad antes de responder:

—Y funcionó. ¿O no?

Me eché a reír al recordarlo y comprobé el móvil. Sus últimos mensajes eran de hacía casi una hora.

La emergencia está siendo una locura. Intentaré salir en cuanto pueda. Te amo.

Después me había enviado una fotografía desde el camión de bomberos, con el casco a un lado y una mano levantada junto a la cámara, formando una V con los dedos.

No me eches demasiado de menos, precioso. No quiero que te distraigas y estropees la cena.

Puse los ojos en blanco.

La cena está a salvo. Tu ración de helado, no te lo prometo.

Sabía que no debía dejarte solo con comida y malas intenciones.

Sonreí al leerlo. Incluso en medio de una guardia complicada, Jungkook encontraba la manera de meterse conmigo. Le mandé un corazón y dejé el móvil sobre la mesa, imaginándomelo protestando cuando descubriera que me había comido su parte del helado.

Podía cenar solo. Lo había hecho muchas veces y tampoco era como si necesitara a alguien sentado a mi lado para disfrutar de una película. Lo que me hacía ilusión era contarle que por fin había terminado la ilustración de la portada de mi próxima novela, enseñarle las dos versiones entre las que no conseguía decidirme y escuchar cómo fingía entender los problemas de composición que llevaba una semana explicándole. Quería saber cómo le había ido el día, qué había pasado durante la guardia, si había tenido tiempo de comer o si alguien había vuelto a conseguir que se enfadara lo suficiente como para poner esa cara de pocos amigos que a mí me hacía tanta gracia.

No era una cena importante. Precisamente por eso me hacía ilusión.

A las nueve menos diez, recogí los cubiertos y guardé la comida en recipientes. Después me serví un yogur y unas galletas que encontré en la despensa. El helado se quedó en el congelador y la película siguió esperando en la pantalla del televisor.

Jungkook llegó a las nueve y veintisiete.

Lo escuché dejar las llaves en el recibidor y quitarse las botas. Cuando apareció en la puerta de la cocina, llevaba el uniforme de trabajo, el pelo revuelto y una marca de suciedad junto a la mandíbula. Tenía los hombros caídos y la expresión de agotamiento que tanto conocía.

Miró mi yogur y después la mesa vacía.

—No te has comido la cena.

—Qué observador. ¿Te has planteado dedicarte a la investigación?

Esbozó una sonrisa cansada y se acercó para besarme.

—Hola, amor.

Le rodeé el cuello con los brazos. Su aroma a chocolate negro me envolvió y, cuando me besó otra vez, despacio, sujetándome por la cintura, dejé de pensar en la hora. Por unos segundos solo existió él, el calor de su cuerpo y la familiaridad que seguía intacta, por mucho tiempo que pasáramos separados.

Después se apartó para mirarme.

—Lo siento. Hemos tenido una tarde horrible. Una salida nos ha retrasado la vuelta y, cuando parecía que por fin íbamos a terminar, ha surgido otra intervención. No he podido avisarte antes.

—¿Estáis todos bien?

—Sí. Ha sido agotador, pero estamos bien.

Asentí. No necesitaba conocer cada detalle para entender que no había pasado la tarde decidiendo cómo fastidiarme los planes. Jungkook era bombero; su horario podía torcerse en cualquier momento y, cuando sonaba una alarma, no existía una cena pendiente que pudiera competir con ella.

Nunca le había pedido que eligiera otra cosa.

—Te he guardado la comida —le dije—. Aunque debo advertirte que la pasta ya ha empezado a desarrollar una personalidad propia.

—Perfecto. Siempre he querido un novio que cocine para mí y un plato que pueda tomar decisiones.

—El plato tiene más iniciativa que tú para organizar una cita.

Jungkook abrió la boca, fingiendo indignación.

—Acabo de entrar por la puerta y ya estoy siendo atacado.

—Todavía no has visto la factura del helado.

Me abrazó por la cintura y hundió la cara en mi cuello, riéndose contra mi piel. Le acaricié el pelo y él me pidió perdón otra vez, esta vez sin bromas. Le respondí que no pasaba nada. Era verdad que no podía hacer nada distinto, pero empezaba a descubrir que aquella frase me servía para demasiadas situaciones.

Calentamos la cena y nos sentamos juntos en la cocina. Jungkook tenía hambre y comió con ganas. Aproveché para enseñarle las dos versiones de la portada. En una había dibujado a la pareja protagonista frente a una ventana abierta, con las manos a punto de tocarse. En la otra, los personajes estaban más cerca, aunque sus miradas no terminaban de encontrarse.

—La segunda —dijo sin vacilar.

—¿Por qué?

—Porque está a punto de besarla.

—No se están mirando.

—Pues que se miren. ¿Para qué dibujas a dos personas enamoradas si luego no van a hacer nada?

Lo miré, indignado.

—Es una novela romántica, no una competición para ver cuánto tardan en besarse.

—Y a mí me preocupa que publiques una novela de cuatrocientas páginas sin que nadie se bese hasta el capítulo treinta.

—Eso se llama tensión romántica.

—Más bien es una tortura.

Me reí tanto que tuve que dejar el móvil sobre la mesa. Jungkook sonrió, satisfecho consigo mismo, y me robó un camarón del plato. Se lo permití. Había esperado toda la tarde para compartir algo con él y, durante un rato, volvimos a hacerlo sin esfuerzo: discutir por una ilustración, burlarnos de nuestras manías, robarnos comida y reírnos de tonterías que probablemente no le harían gracia a nadie más.

Entonces miró la hora.

—Tengo que ducharme y dormir. Mañana entro temprano.

Bajé los ojos hacia mi plato. El helado que había comprado para él seguía en la nevera, la película esperaba en el salón y yo ya sabía que no íbamos a terminar ninguna de las dos cosas.

—Claro.

Jungkook se levantó, recogió su plato y me dio un beso en la frente.

—Podemos desayunar fuera cuando tenga un día libre. Quiero pasar tiempo contigo sin estar mirando el reloj.

—Me gustaría.

—Lo haremos, precioso. Te lo prometo.

Le sonreí porque sabía que lo decía en serio. Ese era precisamente el problema: nunca dudaba de que Jungkook quisiera estar conmigo; lo que no sabía era cuándo podríamos disponer de tiempo para nosotros.

No discutimos. Se duchó, se metió en la cama y me atrajo hacia él cuando apagué la luz. Me acarició la espalda hasta que apoyé la cabeza en su pecho, como hacía cuando me costaba dormirme.

—Te amo, Jimin —murmuró.

Le besé la piel por encima de la camiseta.

—Yo también te amo, Kook.

Al cabo de unos minutos, su respiración se volvió regular y su mano dejó de moverse sobre mi espalda. Yo seguí despierto, escuchando el latido tranquilo de su corazón y buscando una manera de hablar con él que no sonara a reproche. No quería que se sintiera culpable por trabajar, ni que empezara a medir cada beso como si tuviera que compensar las horas que no pasábamos juntos. Quería poder decirle que lo echaba de menos sin tener que añadir inmediatamente que no pasaba nada.

Porque sí estaba pasando algo. No era algo que pudiera rompernos de un día para otro, pero empezaba a acostumbrarme a guardar para mí las cosas que antes le contaba sin pensarlo. Y no quería que ocurriera.

A la mañana siguiente encontré una nota junto a la cafetera.

He comprado leche. No te olvides de desayunar, cielo. Te amo.

Debajo había dibujado un corazón torcido que parecía necesitar asistencia médica. Le hice una fotografía y se la envié.

Voy a contratar a un ilustrador profesional para que te enseñe a dibujar.

Su respuesta llegó unos minutos después.

¿No eres tú ilustrador profesional?

Precisamente. Te estoy ofreciendo mis servicios.

¿Aceptas pagos en besos?

Miré la pantalla sonriendo.

Depende de la calidad.

Entonces estoy arruinado.

Guardé el móvil y preparé el desayuno. Después doblé la nota y la metí en el cajón donde conservaba otras que Jungkook me había dejado a lo largo de los años. Había mensajes escritos en servilletas, recordatorios que terminaban en dibujos absurdos y una felicitación de cumpleaños en la que había intentado retratarme.

Aquel dibujo era especialmente ofensivo. Tenía la cabeza enorme, unas orejas que no correspondían a ninguna especie conocida y una boca dibujada con tanto entusiasmo que parecía que me había tragado una rodaja de sandía. Lo había guardado porque me había reído durante media hora.

A veces bastaba una tontería como aquella para recordarme que no habíamos dejado de ser nosotros. Seguíamos teniendo nuestras bromas, las pequeñas costumbres y esa forma de buscarnos incluso cuando apenas coincidíamos. No necesitaba que todo cambiara de golpe. Solo quería dejar de conformarme con las migajas de tiempo que nos quedaban después de atender el resto de nuestras vidas.

Terminé el café y fui al dormitorio. Frente al espejo, me alisé la camiseta sobre el abdomen y me giré para comprobar cómo me quedaba. Acabé frunciendo el ceño. Llevaba días descartando prendas que antes escogía sin pensarlo y buscando defectos que otras veces ni siquiera habría notado.

Me molestaba estar tan pendiente de mi aspecto. Jungkook seguía besándome al pasar, me abrazaba por la espalda cuando preparaba la comida y me llamaba precioso con la misma facilidad de siempre. No era él quien había empezado a mirarme de otra manera. Era yo quien encontraba cada vez más difícil aceptar sus cumplidos sin preguntarme si de verdad le gustaba lo que veía o si me los decía porque sabía que necesitaba escucharlos.

Aparté la mirada del espejo. No quería empezar el día discutiendo conmigo mismo.

Sobre la mesa del salón estaba el cuaderno donde anotaba ideas para mis novelas. Lo abrí por la última página y encontré un dibujo rápido de dos manos entrelazadas, acompañado de una frase que había escrito la noche anterior.

Amar también es querer contarle a alguien las cosas pequeñas del día y descubrir que todavía queda tiempo para escucharlas.

Pasé el dedo por la tinta.

Como escritor romántico, había construido decenas de parejas capaces de superar malentendidos, reconciliarse después de discusiones terribles y encontrarse incluso cuando todo parecía perdido. Sabía cómo hacer que dos personajes hablaran de lo que necesitaban. Podía pasar horas buscando la frase exacta para que una declaración de amor resultara sincera y dibujar una escena completa alrededor de un gesto que el lector recordaría mucho después de terminar el libro.

En mi propia relación, en cambio, me descubrí ensayando conversaciones que nunca llegaban a producirse.

Cerré el cuaderno y preparé los materiales de la ilustración. Tenía trabajo pendiente y no pensaba pasarme la mañana mirando el teléfono. Conseguí concentrarme durante unos veinte minutos, pero volví a consultarlo poco después. Al darme cuenta de que esperaba un mensaje que ni siquiera necesitaba recibir, solté el lápiz.

Llamé a Jin para preguntarle si quería almorzar conmigo. Aceptó gustoso.

—Jin, necesito que me digas la verdad —anuncié en cuanto se sentó frente a mí.

Dejó el bolso en la silla y me observó con cautela.

—¿Referente a?

—A mi vida.

—Ah, no. Para eso necesito algo más fuerte que un café.

Lo miré como si fuera a asesinarlo.

—Estoy hablando en serio.

—Lo sé. Por eso me preocupa.

Su expresión de sufrimiento me hizo gracia, aunque no estaba de humor para seguirle el juego demasiado tiempo. Jin aprovechó para pedir nuestras comidas y esperó hasta que el camarero se marchó antes de apoyar los brazos sobre la mesa.

—Dime. ¿Qué ha pasado?

Miré por la ventana. Había ensayado tantas veces lo que quería decir que, cuando llegó el momento, ninguna de las frases me pareció adecuada.

—No sé cómo explicárselo a Jungkook sin que piense que le estoy reprochando algo.

—¿Qué es lo que tienes que explicarle?

—Que lo echo de menos. No me refiero a cuando está fuera de casa ni a cuando se alarga una guardia. Eso lo entiendo. Echo de menos hacer cosas con él que no sean cenar deprisa, preguntarnos cómo ha ido el día y quedarnos dormidos antes de que una película termine.

—¿Cuánto tiempo hace que no tenéis una cita?

Intenté recordar la última vez sin contar las cenas que terminaban con Jungkook dormido en el sofá ni las salidas que habíamos cancelado a última hora.

—No lo sé.

Jin arqueó las cejas.

—Esa respuesta no me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Y se lo has dicho?

—Le he dicho que lo echo de menos.

—Eso no es lo mismo que explicarle lo que necesitas.

Me quedé mirando el plato que acababan de dejar delante de mí. Tenía razón, y lo peor era que yo lo sabía. Había empezado a reservarme las cosas que quería contarle hasta que tuviera un día tranquilo. Si estaba cansado, no hablaba de mis preocupaciones. Cuando cancelábamos un plan, decía que ya encontraríamos otro momento. Cada vez que Jungkook se disculpaba, yo me apresuraba a tranquilizarlo antes de que pudiera preguntarme cómo me sentía.

—No quiero que piense que no valoro lo que hace —murmuré.

—Puedes valorar su trabajo y seguir queriendo pasar tiempo con él. No son cosas incompatibles, Jimin.

—Lo sé.

—Pues deja de comportarte como si lo fueran.

Lo miré con indignación.

—¿Has venido a ayudarme o a insultarme?

—Puedo hacer ambas cosas. Tengo una agenda flexible.

Su respuesta consiguió arrancarme una risa, aunque Jin me conocía demasiado bien para dejarme escapar por una broma.

—No quiero que nuestra relación se convierta en una lista de cosas que hacemos mal —continué—. Seguimos queriéndonos. Cuando estamos juntos de verdad, todo funciona. No necesito que esté pendiente de mí cada minuto. Solo quiero sentir que también hay un espacio para nosotros que no dependa de que el teléfono no suene.

Jin asintió despacio.

—Entonces deja de esperar a encontrar el momento perfecto para hablar. No va a aparecer una mañana con un lazo y una tarjeta de felicitación.

—Sería muy propio de él dibujar mal el lazo.

—Y tú guardarías la tarjeta.

—Por supuesto.

La imagen de Jungkook entregándome una tarjeta con un lazo espantoso me enterneció demasiado. Me quedé jugueteando con los palillos mientras buscaba la manera de sacar otro asunto que llevaba tiempo molestándome.

—Hay otra cosa —admití—. Últimamente no me siento muy bien conmigo mismo. Me miro al espejo y siempre encuentro algo que no me gusta. Y, aunque sé que Jungkook me quiere, echo de menos sentirme deseado sin tener que preguntarme si está demasiado cansado para prestarme atención.

Jin dejó los palillos en el plato.

—A ver si lo he entendido. Tienes un novio que está como un tren, te adora y se pasa el día apagando fuegos, literalmente, pero tú has decidido que el problema eres tú.

—Dicho así, suena absurdo.

—Porque lo es, cariño. Aunque reconozco que lo de estar como un tren es un argumento de peso.

Le lancé la servilleta a la cara.

—¡Jin!

—¿Qué? Tengo ojos. Y memoria. Todavía recuerdo cómo te miraba Jungkook cuando empezasteis a salir. Ese hombre parecía dispuesto a incendiar el mundo con tal de que le hicieras caso.

—No necesito que me recuerdes cómo era antes.

—No te estoy hablando solo de antes. Te estoy hablando de ahora. Que esté cansado no significa que hayas dejado de ser atractivo, y que tú necesites sentirte deseado tampoco te convierte en un novio insoportable.

Bajé la mirada, dándole vueltas a mi pulsera entre los dedos.

—No quiero tener que pedirle que me mire.

—Entonces deja de esperar a que él sea el único que pueda recordarte que tienes ojos, piernas y una cara bastante decente.

Levanté la cabeza.

—¿Bastante decente?

—No te emociones. Estoy intentando que conserves la humildad.

—Eres un imbécil.

—Uno que está intentando salvarte de convertirte en una señora que se pasa el día esperando a que su marido vuelva del trabajo.

—No soy ninguna señora.

—Pues deja de comportarte como una. ¿Sabes qué necesitas?

—Como vayas a recomendarme una aplicación para organizar citas, me levanto y me voy.

—Necesitas salir de casa, arreglarte y recordar que todavía puedes gustarle a alguien sin tener que esperar a que Jungkook encuentre un hueco libre en su agenda.

—Estoy fuera de casa ahora mismo.

—Sí, y llevas media hora hablándome de tu novio. Una aventura apasionante para todos los presentes.

—Te he llamado para hablar de él.

—Y yo he venido porque te quiero, pero también porque esperaba comer algo sin tener que escuchar el parte de guardias del cuerpo de bomberos.

Le arrebaté un trozo de comida del plato.

—Te lo has ganado.

—Qué carácter. Con lo guapo que eres, deberías aprovecharlo para ser un poquito más zorrón.

Casi me atraganté.

—¿Perdona?

—Zorrón. Coqueto. De los que saben que están buenos y no piden disculpas por ello.

—Tengo pareja.

—Felicidades. Yo tengo marido. ¿Quieres que brindemos por nuestras respectivas relaciones?

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Y tú sabes que llevar un collar y una correa imaginaria en la frente no te obliga a hacerte invisible.

—No llevo ninguna correa imaginaria.

—Pues a veces lo parece. Dime una cosa, ¿cuándo fue la última vez que alguien flirteó contigo?

Abrí la boca, dispuesto a responder, pero no encontré nada que decir.

Jin me examinó como si acabara de descubrir una enfermedad rarísima.

—Madre mía. ¿Tanto tiempo?

—No llevo un registro.

—Deberías. Por motivos estadísticos.

—Eres idiota.

—Y tú estás oxidado. La última vez que un camarero te dijo que tenías una sonrisa bonita, le explicaste que estabas cansado.

—¡Porque tengo pareja!

—Jimin, cariño, el hombre estaba intentando ligar contigo, no preguntándote por tus relaciones sentimentales.

Me tapé la cara con las manos. Jin tenía una memoria espantosa para los cumpleaños y una precisión milimétrica para recordar mis momentos más vergonzosos.

—No pienso ir por ahí ligando con desconocidos —protesté.

—Nadie te está diciendo que acabes en la cama de nadie. Puedes aceptar un cumplido, devolver una mirada o tontear un poco si te apetece. Y si alguna vez alguien te interesa de verdad, ya decidirás tú qué haces con ello.

Lo miré frunciendo el ceño.

—¿Estás animándome a serle infiel a Jungkook?

—Estoy animándote a pensar por ti mismo, que últimamente parece que necesitas autorización hasta para encontrar guapo a alguien.

—No necesito autorización.

—Lo disimulas muy bien, entonces no te comportes como si estuvieras cometiendo un delito cada vez que alguien te presta atención.

—No sé si me convence tu filosofía matrimonial.

—Nam está encantado con ella.

—Nam está encantado contigo incluso cuando eres insoportable.

—Por eso nos casamos. Tiene un gusto exquisito.

Tuve que apartar la mirada para que no viera cuánto me divertía escucharlo. Jin aprovechó para robarme la servilleta que había acabado junto a su plato y devolvérmela doblada.

—Escúchame. No quiero que engañes a Jungkook ni que hagas algo de lo que arrepentirte. Solo digo que puedes arreglarte para ti, disfrutar de que te miren y volver a casa sin tener que dar explicaciones por haber pasado una buena noche. No todo lo que haces tiene que girar alrededor de tu relación.

Me quedé callado. No deseaba estar con otra persona, pero llevaba tanto tiempo pendiente de no pedir demasiado que incluso imaginarme disfrutando de la atención de un desconocido me producía una incomodidad difícil de explicar.

—¿Y si alguien se interesa por mí?

Jin abrió mucho los ojos.

—Pues espero que tengas la educación de darle las gracias por su buen gusto.

—¡Jin!

—¿Qué harías? ¿Le enseñarías una fotografía de Jungkook y le explicarías que tu novio es bombero, trabaja muchísimo y por eso tienes prohibido aceptar cumplidos?

—No haría eso.

—Menos mal. Ya estaba preocupado.

Quise replicar, pero terminé pensando en la pregunta. ¿Qué haría si alguien me mirara con interés? ¿Me apartaría antes siquiera de averiguar si me gustaba recibir esa atención?

Jin sacó el móvil y lo dejó delante de mí.

—Por eso quiero que aproveches mi entrada para una fiesta de Halloween.

—¿Qué fiesta?

—Una muy interesante.

—Jin.

—Se celebra en un club BDSM.

Me quedé mirándolo.

—¿Me estás invitando a una fiesta de Halloween en un club BDSM?

—Veo que has escuchado la parte importante.

—¿Y tú vas a ir?

—Esta vez no puedo. Nam y yo solemos ir a esos sitios como nuestras citas matrimoniales, pero me ha surgido un compromiso y prefiero que aproveches la entrada a dejarla sin usar.

—¿Tus citas de matrimonio son en clubs BDSM?

—No todas. A veces somos unos románticos y vamos al cine.

—Qué alivio.

—Aunque Nam se duerme con las películas largas. En el club, por lo menos, mantiene los ojos muy abiertos.

—No necesitaba saberlo.

—Tú has preguntado.

Negué con la cabeza. Jin continuó, encantado de haber conseguido escandalizarme.

—Nos viene bien salir de la rutina, arreglarnos, jugar un poco y recordar que seguimos siendo dos personas que se gustan, además de dos adultos que comparten facturas y una lista interminable de cosas por hacer. No vamos para poner a prueba nuestro matrimonio. Vamos porque nos apetece disfrutarlo de otra manera.

Pensé en Jungkook y en la cantidad de planes que habíamos aplazado últimamente. Una parte de mí envidió que Jin y Nam hubieran encontrado su propia manera de reservarse tiempo, aunque sus preferencias fueran bastante más atrevidas que las nuestras.

—No pienso participar en ninguna cosa rara —advertí.

—Nadie te obliga a participar en nada. Puedes bailar, tomar algo, mirar a la gente y dejar que te miren. Incluso puedes ser un zorrón coqueto durante unas horas, si descubres que te gusta.

—Como vuelvas a llamarme así...

—¿Qué vas a hacer? ¿Denunciarme por decir la verdad?

—Dejaré de ser tu amigo.

—Qué carácter más difícil tienes para alguien que quiere ligar.

—¡Que no quiero ligar!

—Perfecto. Entonces ve, disfruta de la música y vuelve a casa. No hace falta que conviertas la noche en nada más.

Jin deslizó el teléfono hacia mí y empezó a enseñarme fotografías de otras fiestas. Había máscaras, disfraces elaborados y conjuntos que parecían diseñados por alguien que consideraba opcional la existencia de las mangas.

Entonces apareció una imagen que me hizo detener el dedo sobre la pantalla.

Un conjunto negro, atrevido y bastante más bonito de lo que me habría gustado admitir.

—Ni hablar —dije.

—Todavía no he dicho nada.

—Te conozco.

—Te quedaría precioso.

—Tengo treinta y un años.

—Y una cara que merece salir de casa de vez en cuando. No veo el problema.

—No voy a vestirme así para que me miren.

Jin ladeó la cabeza.

—¿Y si te apetece que te miren?

La pregunta me pilló desprevenido.

—No he dicho que me apetezca.

—Tampoco has dicho que no.

Volví a mirar la fotografía. El conjunto me daba vergüenza, sí, pero también despertaba una curiosidad que no tenía nada que ver con querer a Jungkook más o menos. Me imaginé entrando en un lugar donde nadie me conocía, sin tener que ser el novio comprensivo que nunca se quejaba ni el escritor que siempre encontraba las palabras adecuadas.

Solo yo. Arreglado, atractivo, con ganas de pasarlo bien.

—No sé si me sentiría cómodo —reconocí.

—Pues lo averiguas. Y si no te gusta, te marchas. No tienes que demostrar nada, ni siquiera que eres capaz de ligar. Aunque me haría muchísima gracia verte intentando hacerte el seductor.

—Eso no va a ocurrir.

—Claro que no. Tú vas a entrar, mirar al suelo y pedir perdón si alguien te roza el hombro.

—¡No hago eso!

—Ya veremos.

—¿Y si me gusta demasiado? —pregunté, sin apartar los ojos de la fotografía.

—Entonces me lo cuentas todo con pelos y señales. Soy tu mejor amigo; tengo derecho a un informe completo.

—No habrá ningún informe.

—Como mínimo, espero una descripción detallada de los hombres guapos.

—Eres un estúpido.

—Sí, uno felizmente casado. Hay que ver cuánto se aprende en el matrimonio.

Dejé el teléfono sobre la mesa, aunque enseguida volví a cogerlo. El conjunto seguía pareciéndome demasiado atrevido para mí, pero había algo en imaginarme llevándolo que me impedía descartarlo.

Jin me observaba con una expresión satisfecha.

—Entonces, ¿iras?

—Me lo pensaré.

—Eso significa que sí.

—Significa que me lo pensaré.

—Perfecto. Yo te paso la entrada y tú puedes seguir fingiendo que no estás deseando ponerte ese conjunto y pavonearte un poquito.

—Como vuelvas a decirme eso, juro que dejo de hablarte.

—Pero primero dime tu talla.

Le lancé otra vez la servilleta. Jin la atrapó antes de que le diera en la cara y la dejó junto a mi plato, como si estuviera acostumbrado a que nuestras comidas terminaran con amenazas.

No le di una respuesta definitiva durante el almuerzo. Sin embargo, cuando regresé a casa, seguía pensando en la fotografía y en lo distinto que sería arreglarme para salir sin estar pendiente de si Jungkook llegaba a tiempo o de si tendría que cancelar el plan.

Más tarde, retomé una ilustración y volví a abrir la conversación con Jin. Tenía la fotografía guardada y llevaba varios minutos ampliando detalles que ya había examinado de sobra.

Le respondí sin pensarlo:

Vale. Voy.

Sabía que debajo de toda esa indecisión había alguien con ganas de divertirse.

Como vuelvas a analizar mi personalidad por mensaje, no voy.

Te quiero también cuando eres insoportable.

Dejé el móvil a un lado y volví a la ilustración. Me costó concentrarme durante los primeros minutos, sobre todo porque no conseguía dejar de imaginar cómo me quedaría el conjunto. Al final tuve que obligarme a terminar el dibujo antes de volver a mirar el teléfono.

Jungkook estaba en el salón cuando terminé de trabajar. Había vuelto de la guardia y se había duchado; llevaba una camiseta negra y el pelo todavía húmedo. Estaba sentado en el sofá, con una manta sobre las piernas y una expresión de cansancio que me hizo detenerme un momento en la puerta.

—¿Qué haces ahí?

Levantó la cabeza.

—Intentar recordar cómo se siente tener un rato de descanso.

—¿Y qué tal?

—Extraño. Llevo tanto tiempo esperando a que suene la alarma que, cuando no suena, me descubro mirando el teléfono para comprobar que funciona.

Me acerqué para darle un beso. Después me senté a su lado y Jungkook me rodeó con un brazo, acomodándome contra su pecho. Durante un rato hablamos de cosas sin importancia. Me preguntó por la ilustración y escuchó mis dudas sobre la portada, le mostré en la que había estado trabajando y me propuso la nueva versión en la que los personajes estaban a punto de besarse.

—La gente compra novelas románticas para que se besen, no para estudiarles la distancia emocional.

—No vuelvas a opinar sobre composición.

—Lo tendré en cuenta cuando me pidas consejo otra vez.

Le di un golpe suave en el pecho y él me besó la frente. Me gustaba poder compartir aquel rato con él sin tener que convertirlo en una conversación pendiente. Jungkook estaba cansado, pero seguía escuchándome hablar de mis dibujos con la misma atención de siempre, incluso cuando no entendía la mitad de mis explicaciones.

Me preguntó si había visto a Jin y le conté que habíamos almorzado juntos. Quiso saber si estaba bien y le dije que sí, que habíamos pasado un buen rato. No le hablé de la fiesta. Todavía estaba acostumbrándome a la idea de ir y, si se lo contaba en aquel momento, sabía que acabaría explicándole todas mis dudas en lugar de disfrutar de la decisión que acababa de tomar.

Jungkook me acarició el pelo y volvió a acomodarse en el sofá. Apoyé la cabeza en su hombro. Él se quejó de una película que aparecía anunciada en la pantalla y le seguí la corriente. Discutimos por el final de una comedia que ninguno de los dos había visto y acabó asegurando que el protagonista habría resuelto el conflicto si hubiera tenido un mínimo de sentido común.

—No todo se soluciona hablando —le dije.

—En las películas románticas, sí.

—No te soporto.

—Y aun así me quieres.

Levanté la cabeza para mirarlo.

—Por desgracia.

Jungkook me besó, satisfecho con la respuesta, y me atrajo hacia él de nuevo. Me quedé un rato escuchándolo comentar las películas de la plataforma, con la mano apoyada sobre su pecho. Había echado de menos precisamente aquello: tenerlo cerca sin que ninguno estuviera calculando cuánto faltaba para levantarse o marcharse.

Cuando Jungkook se levantó para preparar algo de cenar, fui al dormitorio y saqué el móvil. Jin había vuelto a escribirme.

No te arrepientas a última hora. Ya sabes que me enfadaré muchísimo.

Tu capacidad para amenazar a la gente es admirable.

Gracias. He practicado contigo durante años.

Guardé el teléfono. Sobre la cama estaba la bolsa con el conjunto que Jin me había hecho llegar por mensajero para que pudiera probármelo con calma. La abrí, lo extendí sobre el edredón y lo observé unos segundos. El látex negro brilló bajo la luz del dormitorio. Me acerqué al espejo con la prenda entre las manos y traté de imaginarme llevándola puesta.

La primera impresión fue que iba a hacer el ridículo. La segunda, bastante más incómoda de admitir, fue que tenía muchas ganas de comprobarlo.

Me la acerqué al cuerpo y giré un poco frente al espejo. No estaba acostumbrado a elegir ropa pensando en llamar la atención de nadie, mucho menos a presentarme solo en un club donde probablemente todo el mundo sabría desenvolverse mejor que yo. Aun así, cuando volví a mirar la prenda, me descubrí buscando la manera de que me quedara bien.

La guardé antes de que Jungkook apareciera preguntando qué hacía tanto tiempo en el dormitorio y regresé al salón.

Estaba poniendo la mesa. Le robé un trozo de lo que había preparado y recibí una protesta indignada.

—Podrías esperar a que esté servido.

—Estoy comprobando que no intentas envenenarme.

—Después de tantos años juntos, ¿crees que necesitaría recurrir a la comida?

—Ahora me preocupa todavía más.

Jungkook me apartó de la encimera con la cadera y me entregó los palillos.

—Anda, ponlos antes de que cambie de opinión y te deje sin cenar.

Obedecí, aunque no sin robarle otro bocado cuando se dio la vuelta.

Más tarde, el teléfono de Jungkook empezó a sonar en el salón. En ese momento estábamos recogiendo la cocina.

—¿Nam? —respondió.

Yo había ido a mi estudio a guardar unas hojas de la ilustración y apenas presté atención. Escuché a Jungkook moverse por el salón, seguido de un breve silencio.

—¿Qué ha pasado?

No distinguí la respuesta.

—¿Ahora? —preguntó Jungkook.

Hubo otra pausa.

—Está bien. Dime.

Me quedé con una de las hojas entre las manos, esperando escuchar algo más, pero Jungkook bajó la voz y no conseguí entender lo que decía. Estuve a punto de salir para preguntarle si ocurría algo, aunque terminé dejando los dibujos en su carpeta. Si Nam necesitaba ayuda, Jungkook me lo contaría.

Mi móvil vibró sobre la cama.

Era Jin.

Y no se te ocurra aparecer con unos vaqueros cualquiera. Te conozco.

Miré la bolsa que había guardado hacía apenas unos minutos.

Eres un pesado.

Pero tengo razón.

No pude discutirle aquello. Saqué de nuevo el conjunto y lo observé. Todavía me daba vergüenza imaginarme entrando en el club con él puesto, pero ya no estaba buscando una excusa para devolverlo.

Esta vez estaba pensando en cómo me sentiría con él en el club.

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Bien escrito

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Trama absorbente

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Buenos personajes

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Diálogos potentes

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