Chapter 1
🧛🏻♀️ LA VAMPIRESA QUE NO BEBÍA SANGRE
✨ ONE-SHOT ✨
Freen Sarocha × Becky Armstrong
Géneros: Romance, fantasía oscura, comedia romántica, misterio y drama sobrenatural.
I. LA MANSIÓN DE LA COLINA
Becky Armstrong había escuchado historias sobre aquella mansión desde que era niña.
Se encontraba en lo alto de una colina, rodeada de árboles centenarios, jardines abandonados y una verja de hierro tan oxidada que parecía llevar décadas esperando a que alguien se atreviera a cruzarla.
Los habitantes del pueblo tenían muchas explicaciones sobre quién vivía allí.
Según algunos, la propietaria era una mujer que llevaba más de un siglo sin envejecer.
Según otros, era una criatura que podía entrar en los sueños de los humanos, escuchar sus pensamientos y aparecer frente a sus ventanas cuando la luna estaba llena.
También existía una historia particularmente desagradable: decían que coleccionaba los corazones de quienes se atrevían a entrar en su propiedad.
Becky nunca había creído esa última parte.
Aunque tampoco podía negar que sentía curiosidad.
Una curiosidad que, aquella noche, la había llevado directamente frente a la verja.
—Esto es una pésima idea —murmuró.
Miró la mansión.
Sus ventanas permanecían oscuras, salvo por una luz encendida en el segundo piso.
—Una pésima, pésima idea.
—Coincido.
Becky se giró de golpe.
Una mujer estaba apoyada contra uno de los árboles.
Era alta, elegante y vestía completamente de negro. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros y su piel parecía demasiado pálida bajo la luz de la luna.
Pero fueron sus ojos los que capturaron la atención de Becky.
Tenían un brillo rojizo, profundo y extraño.
—¿Quién eres?
—La persona que te está aconsejando que vuelvas a casa.
—¿Por qué?
—Porque es tarde.
Becky miró su reloj.
—Son las diez y media.
—Para ti, quizá.
—¿Y tú quién eres para decidir cuándo debo volver?
La desconocida sonrió ligeramente.
—Freen.
Becky la observó durante unos segundos.
—¿Freen?
—Sí.
—¿La vampiresa?
La sonrisa de la mujer desapareció.
—Así que sabes quién soy.
—Todo el pueblo habla de ti.
—Y aun así viniste.
—Tenía curiosidad.
Freen se separó del árbol y dio un paso hacia ella.
—La curiosidad puede ser peligrosa.
Becky levantó una ceja.
—¿No era el gato?
—También.
Becky soltó una pequeña carcajada.
Freen la observó con una expresión difícil de interpretar.
—No deberías estar aquí.
—¿Me vas a matar?
—No.
—¿Por qué?
La vampiresa sostuvo su mirada.
—Porque no bebo sangre humana.
Becky parpadeó.
—¿Qué?
—Ya me escuchaste.
—Pero eres una vampiresa.
—Efectivamente.
—Entonces...
—Entonces soy una vampiresa con un problema bastante particular.
Becky ladeó la cabeza.
—¿Eres vegetariana?
Freen la miró en completo silencio.
—No vuelvas a llamarme así.
Becky sonrió.
—Entendido. Vampiresa vegetariana.
—Humana insoportable.
Y, aunque Freen intentó ocultarlo, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
II. LA VAMPIRESA ECONÓMICAMENTE ESTABLE
La lluvia comenzó cuando Becky todavía estaba frente a la verja.
Primero fueron unas gotas aisladas.
Después, una tormenta.
Freen observó cómo la joven intentaba protegerse con su chaqueta.
—Deberías marcharte.
—Está lloviendo.
—Lo he notado.
—Mi casa está a cuarenta minutos caminando.
—Entonces deberías haberlo pensado antes de venir.
Becky la miró.
—¿Tienes café?
Freen parpadeó.
—¿Qué?
—Café. Esa bebida que toman los humanos.
—Sé lo que es el café.
—¿Tienes?
—No.
—¿Té?
—Sí.
—Entonces quiero té.
Freen cerró los ojos durante un instante.
—Eres increíblemente cómoda para estar en la casa de una desconocida.
—Tú eres una vampiresa de ciento y tantos años.
—Eso no responde a lo que he dicho.
—Pero tampoco lo contradice.
Freen suspiró y abrió la verja.
—Cinco minutos.
—Gracias.
—Y no toques nada.
—Por supuesto.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Becky sonrió y la siguió.
La mansión era mucho más hermosa de lo que imaginaba.
Tenía techos altos, escaleras de mármol, lámparas antiguas y enormes ventanales que daban a los jardines. Los muebles parecían pertenecer a otra época, aunque todo estaba cuidadosamente conservado.
No había telarañas.
Ni ataúdes.
Ni esqueletos.
Becky miró alrededor.
—Esperaba algo más aterrador.
—Lamento decepcionarte.
—¿Dónde está tu ataúd?
Freen la miró.
—No tengo uno.
—¿Duermes en una cama?
—Sí.
—¿Con almohadas?
—Becky.
—Solo pregunto.
Freen la condujo hasta la cocina.
—Siéntate.
—Sí, señora.
—No me digas así.
—¿Por qué?
—Porque suena extraño.
Becky sonrió.
—Está bien, Freen.
La vampiresa preparó el té con una naturalidad que sorprendió a su invitada.
Becky observó sus movimientos.
—¿Qué haces para vivir?
—Nada.
—¿Nada?
—Tengo dinero.
—¿Mucho?
—Sí.
—¿De dónde?
Freen dejó la tetera sobre la mesa.
—Tengo más de cien años, Becky. He tenido tiempo suficiente para invertir, comprar propiedades y administrar mis negocios.
Becky abrió los ojos.
—Espera. ¿Tienes negocios?
—Algunos.
—¿Eres una vampiresa empresaria?
—Prefiero el término económicamente estable.
Becky soltó una carcajada.
—¡No puedo creerlo!
—¿Qué tiene de gracioso?
—Nada. Solo estoy imaginando a una vampiresa negociando acciones mientras el resto del pueblo cree que coleccionas corazones.
Freen levantó su taza.
—Los humanos tenéis una imaginación extraordinariamente desagradable.
—Y tú una fortuna extraordinariamente sospechosa.
Por primera vez en mucho tiempo, Freen se rio sin preocuparse por quién pudiera escucharla.
III. UNA AMISTAD QUE SE CONVIERTE EN ALGO MÁS
Becky regresó a la mansión tres días después.
Esta vez llevaba una bolsa de comida.
Freen abrió la puerta y la miró con sorpresa.
—¿Otra vez tú?
—También me alegra verte.
—Pensé que habías entendido que no debías regresar.
—Pensé que habías entendido que no soy muy obediente.
Becky levantó la bolsa.
—Traje comida.
—No necesito que me alimentes.
—No es para ti.
—Ah.
—Es para mí.
Freen se hizo a un lado.
—Por supuesto.
Desde aquella noche, las visitas se volvieron frecuentes.
Becky aparecía después del trabajo, algunas veces con comida, otras con libros y, ocasionalmente, con historias absurdas sobre las personas del pueblo.
Freen fingía que aquellas visitas le resultaban una molestia.
Sin embargo, comenzó a dejar encendida la luz del recibidor.
Después empezó a preparar té antes de que Becky llegara.
Y finalmente adquirió la costumbre de mirar por la ventana cuando se acercaba la hora de sus visitas.
Una noche, Becky apareció con una caja de pizza.
—Traje la cena.
Freen observó la caja.
—¿Otra vez pizza?
—¿Tienes algún problema?
—Es la tercera vez esta semana.
Becky levantó una ceja.
—Estás contando.
—Vivo aquí.
—Entonces tienes demasiado tiempo libre.
Freen sonrió.
Becky abrió la caja y tomó una porción.
Después le ofreció otra.
—¿Quieres?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Ni siquiera puedes comer comida humana?
—Puedo hacerlo. Simplemente no necesito alimentarme de ella.
—Entonces prueba.
Freen tomó la porción.
Mordió.
Masticó lentamente.
Becky la observó.
—¿Y?
—Está buena.
—¿Verdad?
—Aunque tiene demasiado queso.
Becky se llevó una mano al pecho.
—Eso es imposible.
—Es una observación objetiva.
—No vuelvas a criticar mi pizza.
Freen rio.
Durante un rato comieron y conversaron.
Hasta que la vampiresa dejó su porción sobre la mesa.
—Becky, hay algo que debo decirte.
La joven levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
—No deberías venir tan seguido.
Becky dejó de sonreír.
—¿Por qué?
Freen apartó los ojos.
—Porque me estoy acostumbrando a ti.
—¿Y eso es malo?
—Sí.
—¿Por qué?
Freen guardó silencio unos segundos.
—Porque los humanos envejecen.
Becky comprendió inmediatamente.
—Ah.
—Tú tendrás treinta, cuarenta, cincuenta años... Tu cabello cambiará. Tu rostro cambiará. Tu cuerpo dejará de ser el mismo.
—Y tú seguirás igual.
—Sí.
Becky dejó la caja de pizza a un lado.
—¿Y eso te preocupa?
Freen la miró.
—Me aterra.
La sinceridad de aquella respuesta hizo desaparecer cualquier intención de bromear.
Becky se acercó.
—No puedo prometerte que el tiempo se detendrá.
—Lo sé.
—Tampoco puedo prometerte que nunca tendrás que despedirte de mí.
Freen bajó la mirada.
—Lo sé.
Becky tomó su mano.
—Pero sí puedo prometerte que no voy a dejar de vivir algo hermoso solamente porque algún día podría terminar.
Freen entrelazó sus dedos.
Y aquella noche comprendió que la humana que había aparecido frente a su verja estaba empezando a convertirse en algo mucho más peligroso que una simple visita.
Se estaba convirtiendo en alguien a quien podía perder.
IV. EL SECRETO DE SUS COLMILLOS
Una noche, Becky llegó más tarde de lo habitual.
Encontró a Freen en el salón, de pie junto a la chimenea apagada.
Algo estaba mal.
Su piel parecía más pálida que de costumbre y sus manos temblaban ligeramente.
—Freen.
—Vete.
Becky se detuvo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No me digas que no pasa nada cuando claramente ocurre algo.
—Becky, por favor.
La joven se acercó.
Entonces lo vio.
Los colmillos de Freen habían aparecido.
Sus ojos estaban más oscuros, con un resplandor rojo que parecía atravesar la habitación.
Becky sintió miedo.
No de ella.
Sino de lo que pudiera estar sufriendo.
—Tienes hambre.
Freen cerró los ojos.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Tres días.
—¿Y no has bebido?
—No.
Becky se quedó desconcertada.
—¿Por qué?
Freen apretó los puños.
—Porque mi proveedor canceló la entrega y no he encontrado otro suministro adecuado.
—¿Tu proveedor?
—Un banco privado de sangre. Trabaja con donaciones voluntarias y certificadas. Recibo sangre animal y, en ocasiones, pequeñas reservas humanas obtenidas mediante procedimientos médicos legales.
Becky la miró.
—¿Existe algo así?
—Los humanos no sois conscientes de todo lo que ocurre en vuestro mundo.
—Eso parece.
Freen se apartó.
—No quiero que me veas así.
—¿Así cómo?
—Hambrienta.
Becky dio un paso hacia ella.
—No tienes que esconderte de mí.
—No entiendes.
Freen levantó la mirada.
Sus ojos estaban llenos de angustia.
—Cuando tengo demasiada hambre, mis instintos se vuelven más fuertes. Puedo escuchar los latidos de tu corazón. Puedo percibir tu sangre incluso a través de tu piel.
Becky tragó saliva.
—¿Y eso te hace querer morderme?
Freen negó inmediatamente.
—No quiero hacerte daño.
—Pero podrías perder el control.
—Sí.
La respuesta fue tan honesta que Becky sintió un escalofrío.
Freen retrocedió.
—Por eso necesito que te marches.
—No.
—Becky.
—No voy a fingir que no me preocupa lo que te está pasando.
—No necesito que te sacrifiques por mí.
—Y yo no necesito que finjas que estás bien para protegerme.
Freen apretó los labios.
Becky tomó su mano con cuidado.
Estaba helada.
—Vamos a llamar a tu proveedor. Buscaremos una solución.
—No deberías acercarte.
—Entonces dime qué necesitas.
Freen respiró profundamente.
—Necesito sangre.
—Está bien.
—No es algo que puedas solucionar con una taza de té.
Becky sonrió ligeramente.
—Por suerte, esta vez no pensaba ofrecerte té.
Freen soltó una risa débil.
Y aquella pequeña risa fue suficiente para que ambas recordaran que, incluso en medio de la oscuridad, seguían siendo ellas.
V. LO QUE FRE EN NUNCA CONTÓ
Aquella noche, mientras esperaban una respuesta del proveedor, Freen decidió contarle algo que había mantenido oculto durante más de un siglo.
—No siempre fui así.
Becky levantó la mirada.
—¿A qué te refieres?
Freen se sentó frente a ella.
—No siempre fui una vampiresa que rechazaba la sangre humana.
Becky permaneció en silencio.
—Cuando me transformaron, era joven. Tenía miedo, hambre y no entendía lo que me estaba ocurriendo. La persona que me convirtió me enseñó que los humanos eran alimento. Que sus vidas no tenían importancia para nosotros.
—¿Y le creíste?
—Durante un tiempo.
Freen miró sus manos.
—Hasta que una noche perdí el control.
Becky se acercó un poco.
—¿Qué ocurrió?
—Una mujer entró en el bosque buscando a su hija. Yo llevaba varios días sin alimentarme y estaba desesperada. La ataqué.
Freen cerró los ojos.
—No murió. Pero estuve a punto de hacerlo.
Becky sintió una presión en el pecho.
—¿Y después?
—Cuando recuperé la conciencia, vi lo que había hecho. Comprendí que no podía seguir viviendo como si las personas fueran simples objetos para satisfacer mi hambre.
—¿Qué hiciste?
—Busqué ayuda. Aprendí a controlar mis instintos y encontré alternativas para alimentarme sin poner vidas en peligro.
Freen levantó los ojos.
—Desde entonces no he vuelto a beber directamente de un ser humano.
Becky le acarició los dedos.
—¿Y la mujer?
—Se recuperó. Nunca supo qué criatura la había atacado.
—¿Te arrepientes?
—Todos los días.
—¿Por lo que hiciste o por lo que eres?
Freen la miró.
—Por lo que hice. Nunca por haber sobrevivido.
Becky sonrió suavemente.
—Entonces no confundas tu pasado con lo que eres ahora.
Freen permaneció inmóvil.
—No puedes saber si algún día volveré a perder el control.
—No. No puedo saberlo.
Becky se inclinó un poco.
—Pero sí puedo conocer a la mujer que tengo delante. Y esa mujer lleva más de cien años esforzándose por no volver a lastimar a nadie.
Freen bajó la cabeza.
Una lágrima solitaria recorrió su mejilla.
Becky la abrazó.
Y la vampiresa, que había pasado décadas convencida de que no merecía ser amada, permitió que alguien la sostuviera.
VI. UNA CONFESIÓN ANTES DEL AMANECER
La sangre llegó poco antes de las cuatro de la madrugada.
Freen recibió el suministro y pudo alimentarse bajo supervisión, siguiendo las medidas que había aprendido durante tantos años.
Poco a poco, sus ojos recuperaron su tonalidad habitual.
El temblor de sus manos desapareció.
Y su respiración se volvió más tranquila.
Becky permaneció junto a ella.
Cuando Freen terminó, dejó el recipiente sobre la mesa.
—Lo siento.
Becky levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Por haberte asustado.
—Me preocupé por ti.
—No quiero que tengas que verme en esos momentos.
—Freen, no tienes que mostrarme únicamente tus partes bonitas.
La vampiresa sonrió débilmente.
—No tengo muchas.
—Tienes bastantes.
—¿Como cuáles?
Becky fingió pensarlo.
—Eres elegante.
—Lo sé.
—Tienes unos ojos preciosos.
—También lo sé.
—Eres inteligente.
—Naturalmente.
—Y eres insoportablemente presumida.
Freen soltó una carcajada.
Becky se acercó.
—Pero hay algo que todavía no entiendo.
—¿Qué?
—Siempre haces cosas por mí. Me esperas, me preparas té, me acompañas hasta la puerta y me llamas cuando llego a casa.
Freen bajó la mirada.
—Es porque me preocupo por ti.
—Lo sé.
Becky tomó su mano.
—Pero nunca me dices lo que sientes.
Freen se quedó callada.
—¿Qué quieres que diga?
—La verdad.
La vampiresa respiró profundamente.
—Te quiero.
Becky sonrió.
—Eso estuvo bien.
—¿Sí?
—Sí.
Freen apretó suavemente sus dedos.
—Te quiero mucho.
Becky se acercó un poco más.
—Eso estuvo mejor.
Freen sonrió.
—Te quiero tanto que me da miedo.
La expresión de Becky se suavizó.
—A mí también.
—No quiero que el tiempo te aleje de mí.
—Entonces no desperdiciemos el tiempo que tenemos.
Freen levantó una mano y acarició su mejilla.
—¿Puedo besarte?
Becky sonrió.
—Pensé que nunca lo preguntarías.
Freen se inclinó lentamente.
El beso fue suave, delicado y lleno de emociones contenidas.
Cuando se separaron, Becky apoyó la frente contra la suya.
—Por cierto...
—¿Sí?
—Llevamos meses comportándonos como una pareja.
Freen arqueó una ceja.
—¿Y eso qué significa?
—Que creo que deberíamos dejar de fingir que solo somos amigas.
La vampiresa sonrió.
—¿Me estás pidiendo que sea tu novia?
—Estoy intentando hacerlo de una manera romántica.
—Lo estás haciendo bastante bien.
Becky rio.
Freen besó nuevamente sus labios.
—Entonces sí.
—¿Sí qué?
—Sí, quiero ser tu novia.
VII. EL CAZADOR DE LA COLINA
Pero no todos estaban dispuestos a aceptar aquella relación.
El pueblo había comenzado a hablar de Becky.
Algunos aseguraban que estaba hechizada. Otros afirmaban que Freen la estaba utilizando para recuperar su juventud.
Sin embargo, había una persona que no se conformaba con los rumores.
Adrian Voss.
Era el líder de una antigua organización dedicada a perseguir criaturas sobrenaturales. Su familia llevaba generaciones recopilando información sobre vampiros y otras especies.
Y tenía un motivo personal para odiar a Freen.
Su padre había sido el hombre que la transformó.
Años después, aquel mismo hombre había desaparecido durante un enfrentamiento con la vampiresa.
Adrian había crecido escuchando que Freen era una asesina.
Y había dedicado su vida a encontrarla.
Una noche, mientras Becky regresaba de la mansión, fue interceptada cerca del camino del bosque.
—Becky Armstrong.
Ella se detuvo.
Un hombre salió de entre los árboles.
Vestía un abrigo oscuro y llevaba una pequeña cruz de plata en el cuello.
—¿Quién eres?
—Alguien que quiere advertirte.
—No necesito advertencias.
El hombre sonrió.
—Te estás relacionando con una criatura peligrosa.
Becky comprendió inmediatamente.
—Si vienes a hablarme de Freen, puedes ahorrarte el discurso.
Adrian se acercó.
—No sabes lo que es.
—Creo que la conozco bastante bien.
—¿Te ha contado cómo fue transformada?
Becky no respondió.
—¿Te ha contado cuántas personas ha matado?
—Me ha contado sus errores.
Adrian endureció la expresión.
—Te está manipulando.
—No.
—Esa criatura ha vivido más de un siglo alimentándose de personas.
—Freen no bebe sangre humana.
Adrian soltó una risa.
—¿Y realmente crees que eso la convierte en inocente?
Becky apretó los puños.
—No necesito que sea perfecta para quererla.
El hombre la observó con desprecio.
—Entonces eres más ingenua de lo que pensaba.
Adrian sacó un pequeño dispositivo metálico.
Becky retrocedió.
—¿Qué es eso?
—Una forma de demostrarte que los monstruos no pueden cambiar.
El dispositivo emitió un sonido agudo.
Y, desde la distancia, la mansión respondió con un destello rojizo.
Becky comprendió que aquello no era una simple advertencia.
Adrian había activado una señal diseñada para atraer a los cazadores.
—Aléjate de ella —ordenó el hombre—. Esta noche terminaremos con la historia de la vampiresa de la colina.
Becky sacó su teléfono.
—Freen...
Pero la llamada se interrumpió.
VIII. UNA VAMPIRESA NO ES UN MONSTRUO
Freen estaba en el salón cuando escuchó el sonido de la alarma instalada en el perímetro de la propiedad.
Se levantó inmediatamente.
El dispositivo de seguridad había detectado varios intrusos.
Entonces recibió un mensaje de Becky.
«Estoy en el camino del bosque. Adrian está aquí. Necesito que tengas cuidado».
Los ojos de Freen se volvieron rojos.
Salió de la mansión a una velocidad imposible para cualquier humano.
Cuando llegó al camino, encontró a Becky junto a un árbol y a Adrian frente a ella.
Detrás del hombre había otros tres cazadores.
Todos llevaban armas preparadas para enfrentarse a criaturas sobrenaturales.
—Aléjate de ella —ordenó Adrian.
Freen se detuvo.
—Déjala marcharse.
—No estás en posición de negociar.
Becky se acercó a Freen.
—Estoy bien.
La vampiresa examinó rápidamente su rostro y sus brazos.
—¿Te han hecho daño?
—No.
Freen respiró aliviada.
Adrian levantó su arma.
—Qué conmovedor. La bestia tiene sentimientos.
Freen mostró los colmillos.
—No vuelvas a llamarme así.
—¿O qué?
—No quiero hacerte daño.
Adrian rio.
—Eso es exactamente lo que decía tu creador antes de destruir a mi familia.
Freen se quedó inmóvil.
—Tu padre no era un hombre inocente.
—Era mi padre.
—Me convirtió contra mi voluntad. Me enseñó a matar y me utilizó como un arma.
—¡Lo asesinaste!
Freen apretó la mandíbula.
—Intentó matarme cuando me negué a obedecerlo. Me defendí.
Adrian levantó su arma.
—Siempre tienes una excusa.
Becky se colocó delante de Freen.
—¡Basta!
Freen la sujetó suavemente del brazo.
—Becky, detrás de mí.
—No.
—Por favor.
—No voy a dejar que decidan quién eres.
Adrian aprovechó la distracción y activó otro dispositivo.
Una descarga de luz plateada atravesó el aire.
Freen cayó de rodillas.
—¡Freen!
Becky corrió hacia ella.
Los cazadores comenzaron a acercarse.
—No te acerques —advirtió Adrian—. Esa criatura no merece tu protección.
Becky se volvió hacia él.
—¿Y tú sí?
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Cuántas personas has lastimado para conseguir esto? ¿Cuántas criaturas has perseguido sin comprobar siquiera si eran peligrosas?
Adrian guardó silencio.
Becky miró el dispositivo que llevaba en la mano.
Reconoció el símbolo grabado en su superficie.
Era el mismo que había visto en uno de los libros antiguos de Freen.
Una herramienta de inmovilización que emitía una frecuencia capaz de desestabilizar la magia vampírica.
Y tenía un mecanismo de seguridad.
—Freen, ¿puedes escucharme?
La vampiresa levantó ligeramente la cabeza.
—Sí.
—Necesito que confíes en mí.
—Siempre.
Becky se volvió hacia Adrian.
—No tienes idea de lo que estás haciendo.
—Apártate.
—No.
Uno de los cazadores intentó sujetarla.
Becky esquivó el movimiento y golpeó el dispositivo contra una piedra.
La luz plateada se apagó.
Freen levantó la cabeza.
El cambio fue inmediato.
Sus ojos recuperaron el brillo rojo.
Adrian retrocedió.
—Imposible.
Freen se puso de pie.
Pero no atacó.
Se colocó delante de Becky y extendió una mano.
—Se acabó.
Adrian levantó nuevamente su arma.
—¡No te acerques!
Freen pudo haberlo desarmado en un segundo.
Pudo haber utilizado su velocidad y fuerza para acabar con todos ellos.
Pero miró a Becky.
Recordó la promesa que se había hecho años atrás.
Nunca volvería a permitir que el hambre, la rabia o el miedo decidieran por ella.
—No voy a matarte —dijo Freen—. Pero tampoco permitiré que vuelvas a amenazarla.
Adrian intentó disparar.
Freen se movió antes de que pudiera apretar el gatillo.
En un instante, el arma estaba en el suelo y el hombre se encontraba inmovilizado contra un árbol.
Los otros cazadores retrocedieron.
Becky sacó su teléfono y mostró la grabación que había iniciado durante el enfrentamiento.
—Todo está registrado. Incluidas las amenazas y el uso de esas armas.
Adrian la miró con furia.
—No sabes con quién te estás metiendo.
—Sí lo sé. Con alguien que acaba de cometer un delito.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Becky había conseguido enviar su ubicación y solicitar ayuda antes de que la señal se interrumpiera.
Los cazadores fueron detenidos y el equipo utilizado contra Freen quedó bajo investigación.
Adrian tendría que responder por sus acciones.
La historia de la vampiresa de la colina ya no sería contada únicamente por quienes la temían.
Esta vez también se conocería la verdad.
IX. ELEGIR AMAR
Cuando finalmente quedaron solas, Freen tomó el rostro de Becky entre sus manos.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Segura?
—Segurísima.
Freen cerró los ojos.
—No vuelvas a hacer algo así.
Becky levantó una ceja.
—¿Salvarte?
—Ponerte delante de un arma.
—No podía dejar que te lastimaran.
—Podrían haberte matado.
Becky acarició sus manos.
—Y a ti también.
—Soy más difícil de matar.
—Qué arrogante.
Freen intentó sonreír, pero la expresión de angustia seguía presente.
—No puedo perderte.
Becky la miró con ternura.
—Y yo no quiero perderte.
La vampiresa apoyó su frente contra la de ella.
—Cuando vi que te tenían allí, pensé que volvería a convertirme en aquello que tanto he intentado dejar atrás.
—Pero no lo hiciste.
—Quería destruirlo.
—Y aun así elegiste detenerte.
Freen respiró profundamente.
—Por ti.
Becky negó suavemente.
—No solamente por mí. Lo hiciste por ti misma. Porque ya no eres la criatura que tu creador quiso convertirte.
Freen cerró los ojos.
Y entonces la besó.
Un beso lleno de alivio, miedo y amor.
Cuando se separaron, Becky sonrió.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Creo que ahora sí puedo decir que tengo una novia bastante interesante.
Freen arqueó una ceja.
—¿Bastante?
—Muchísimo.
—Eso está mejor.
Becky soltó una carcajada.
Freen la abrazó con fuerza.
Y aquella noche, por primera vez en más de cien años, no sintió la necesidad de esconderse.
X. UNA CASA CON DOS CORAZONES
Los meses siguientes cambiaron muchas cosas.
La mansión dejó de ser un lugar del que todos hablaban con miedo.
Becky empezó a pasar más tiempo allí.
Llenó los pasillos de plantas, fotografías y libros.
Compró cortinas nuevas para algunas habitaciones y convenció a Freen de que necesitaban una cocina más moderna.
También consiguió que la vampiresa aceptara tener una pequeña sala de estar con ventanas protegidas para aprovechar la luz del día.
Freen protestó durante semanas.
Pero terminó acostumbrándose.
Una noche, Becky apareció con dos tazas de té.
Freen estaba sentada junto a la ventana, contemplando el jardín.
—Una para ti.
—Gracias.
Becky se acomodó a su lado.
—¿En qué piensas?
Freen miró alrededor.
—En que esta casa estaba demasiado silenciosa antes de que llegaras.
Becky sonrió.
—¿Y ahora?
La vampiresa volvió los ojos hacia ella.
—Ahora me gusta.
—¿La casa?
—No.
Becky levantó una ceja.
—¿Entonces?
Freen entrelazó sus dedos.
—El ruido que haces cuando caminas por los pasillos. Tus libros desordenados. Tus canciones a cualquier hora. La forma en que hablas incluso cuando sabes que no estoy escuchando.
—¡Yo no hablo tanto!
Freen la miró.
Becky abrió la boca.
Después suspiró.
—Está bien. Quizá un poco.
—Muchísimo.
Becky le dio un pequeño golpe en el hombro.
—Eres terrible.
—Pero me quieres.
—Lamentablemente.
Freen sonrió.
—Yo también te quiero.
Becky apoyó la cabeza sobre su hombro.
Durante unos minutos permanecieron en silencio.
Hasta que la joven hizo una pregunta.
—¿Todavía tienes miedo de que envejezca?
Freen la miró.
—Sí.
Becky levantó la cabeza.
—¿Todavía?
—No voy a mentirte. No puedo prometer que algún día dejará de dolerme pensar en perderte.
Becky acarició su mejilla.
—Entonces tendremos que aprovechar cada momento.
Freen cubrió su mano con la suya.
—Y si algún día encontramos una forma de compartir el tiempo de otra manera, será porque tú también la quieres. Nunca te pediré que renuncies a tu vida por mí.
Becky sonrió.
—Eso me gusta.
—¿Qué cosa?
—Que me ames sin intentar decidir por mí.
Freen se inclinó y besó su frente.
—Aprendo de ti.
Becky volvió a acomodarse a su lado.
La luna iluminaba la vieja mansión.
El mismo lugar que durante tantos años había sido conocido como el hogar de un monstruo.
Ahora tenía algo diferente.
Una mesa para dos.
Dos tazas.
Fotografías en las paredes.
Una humana que había decidido quedarse.
Y una vampiresa que había pasado más de un siglo intentando no necesitar a nadie.
Hasta que llegó una mujer que le enseñó que amar no significaba dejar de ser quien era.
Freen seguía siendo una criatura de la noche.
Seguía teniendo colmillos, una fuerza extraordinaria y una sed que debía controlar.
No se había convertido en humana.
No había renunciado a su naturaleza.
Simplemente había aprendido que podía vivir con ella sin hacer daño a los demás.
Y, sobre todo, había encontrado a alguien con quien ya no quería pasar la eternidad sola.
Becky levantó el rostro.
—Freen.
—¿Sí?
—Tengo hambre.
La vampiresa arqueó una ceja.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Qué quieres comer?
Becky sonrió.
—Pizza.
Freen cerró los ojos.
—Otra vez no.
—Vamos, amor.
—La semana pasada comimos pizza cuatro veces.
—Cinco.
Freen la miró.
—¿Y estás orgullosa?
Becky soltó una carcajada.
La vampiresa terminó levantándose.
—Está bien. Pero esta vez yo elijo.
—¿Qué vas a pedir?
Freen se inclinó para besarla.
—Algo con menos queso.
Becky fingió indignación.
—¡Retira eso inmediatamente!
Freen rio mientras la tomaba de la mano.
Y juntas desaparecieron por el pasillo.
Afuera, la luna continuó iluminando la colina.
La mansión ya no era un lugar al que los habitantes del pueblo temían acercarse.
Era un hogar.
Y en su interior vivían dos mujeres que habían demostrado que el amor podía existir incluso entre dos mundos completamente diferentes.
Porque Freen era una vampiresa.
Una criatura de la noche.
Una mujer que llevaba más de cien años sin envejecer.
Pero, sobre todas las cosas, era una mujer que había elegido no alimentarse del miedo de los demás.
Y que, por primera vez en su larga existencia, había encontrado algo mucho más difícil de conseguir que la inmortalidad:
Alguien a quien amar.
FIN. 🧛🏻♀️🖤