Chapter 1
I. LA MUJER QUE NUNCA CAMBIABA
Becky Armstrong conociĂł a Freen Sarocha en una biblioteca.
No fue un encuentro particularmente romántico.
De hecho, lo primero que pensó fue que aquella mujer era bastante antipática.
—Disculpa.
Freen no levantĂł la mirada.
—¿S�
—¿Este libro es tuyo?
La mujer observĂł el ejemplar que Becky sostenĂa.
—SĂ.
—Lo encontré sobre aquella mesa.
—Lo estaba leyendo.
Becky señaló la portada.
—Entonces deberĂas haberlo cuidado mejor.
Freen levantĂł lentamente los ojos.
—¿Perdón?
—Está al revés.
La mujer mirĂł el libro.
Efectivamente, estaba al revés.
PermaneciĂł en silencio durante unos segundos.
Becky sonriĂł.
—Buen intento.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Becky dejĂł el libro sobre la mesa.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Ya hiciste una.
—Otra.
—Depende.
Becky señaló un retrato antiguo que colgaba en la pared.
Representaba a una mujer joven, de cabello oscuro y expresión serena, vestida con un elegante vestido de otra época.
—¿Conoces a la mujer de ese cuadro?
Freen siguiĂł la direcciĂłn de su mirada.
Por un instante, algo cambiĂł en su expresiĂłn.
—SĂ.
Becky volviĂł a observar el retrato.
Después miró a Freen.
—Se parecen.
—No.
—MuchĂsimo.
—Es una coincidencia.
Becky ladeĂł la cabeza.
—Tienen los mismos ojos, la misma nariz y prácticamente el mismo rostro.
—Quizá el pintor tenĂa una preferencia estĂ©tica.
Becky soltó una pequeña risa.
—Claro.
Freen cerrĂł el libro.
—¿Necesitas algo más?
—SĂ. Saber tu nombre.
—Freen.
—Becky.
—Lo sé.
Becky frunció el ceño.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Freen señaló el libro que la joven llevaba contra el pecho.
En la primera página estaba escrito su nombre.
—Ah.
Becky sonriĂł.
—Por un momento pensé que eras misteriosa.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—No lo soy.
Freen recogiĂł sus pertenencias y se marchĂł.
Becky la observĂł desaparecer entre los estantes.
Después volvió a mirar el retrato.
HabĂa algo extraño en aquella mujer.
Algo que no conseguĂa explicar.
Y, aunque todavĂa no lo sabĂa, aquella curiosidad terminarĂa cambiando su vida.
II. LA MISMA MUJER
Becky volvió a verla una semana después.
Luego otra vez.
Y otra.
Freen siempre ocupaba la misma mesa, cerca de los ventanales, donde la luz de la tarde iluminaba las páginas de sus libros.
Siempre llevaba el cabello oscuro recogido de la misma manera.
Siempre tenĂa aquella expresiĂłn tranquila.
Y siempre parecĂa tener alrededor de treinta años.
Al principio, Becky pensĂł que simplemente era una visitante frecuente.
Hasta que comenzĂł a notar algo.
Freen no cambiaba.
HabĂan pasado varios meses desde su primer encuentro y su apariencia seguĂa siendo exactamente la misma.
Una tarde, Becky decidiĂł sentarse frente a ella.
—Hola.
Freen levantĂł la mirada.
—Hola.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Depende de la pregunta.
—¿Cuántos años tienes?
Freen cerrĂł lentamente el libro.
—¿Por qué?
—Curiosidad.
—No es una pregunta especialmente educada.
—Tú tampoco eres especialmente educada.
Freen sonriĂł.
—Treinta y uno.
Becky la examinĂł.
—¿Segura?
—Bastante.
—Pareces de treinta.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Becky apoyĂł los codos sobre la mesa.
—Te he visto aquà durante meses.
—Lo sé.
—Y nunca cambias.
Freen dejĂł de sonreĂr.
—¿Qué quieres decir?
—Que siempre tienes el mismo aspecto. El mismo rostro, la misma edad... Incluso tu cabello parece exactamente igual.
—Quizá tengo buenos hábitos de cuidado personal.
Becky soltĂł una carcajada.
—Eso no explica nada.
Freen suspirĂł.
—¿Qué quieres saber realmente?
Becky se inclinĂł hacia delante.
—¿Cuántos años tienes?
La mujer la observĂł durante unos segundos.
Finalmente respondiĂł:
—Doscientos treinta y siete.
Becky dejĂł de sonreĂr.
—¿Qué?
—Doscientos treinta y siete años.
—Eso es imposible.
—Lo sé.
—¿Estás hablando en serio?
—Nunca he sido especialmente buena fingiendo.
Becky mirĂł el retrato de la pared.
Después volvió a mirarla.
—Espera... ¿La mujer del cuadro?
Freen asintiĂł.
—Soy yo.
Becky sintiĂł un escalofrĂo.
—Entonces eres...
—Inmortal.
El silencio se extendiĂł entre ambas.
Becky no sabĂa si debĂa levantarse, reĂrse o llamar a alguien.
Finalmente preguntĂł:
—¿Y por qué me lo cuentas?
Freen bajĂł la mirada.
—Porque me preguntaste.
Becky soltó una pequeña risa nerviosa.
—Claro.
La observó durante unos segundos más.
—¿Debo llamarte señora?
Freen levantĂł la mirada inmediatamente.
—No te atrevas.
Becky comenzĂł a reĂrse.
Y Freen, a pesar de sà misma, terminó acompañándola.
III. UNA ETERNIDAD DEMASIADO LARGA
Después de aquella conversación, Becky comenzó a hacer preguntas.
Muchas preguntas.
Demasiadas, segĂşn Freen.
—¿Has conocido a escritores famosos?
—A algunos.
—¿Has presenciado guerras?
—Más de las que habrĂa querido.
—¿Has viajado por el mundo?
—En varias ocasiones.
—¿Has tenido que aprender todos los idiomas?
—No todos.
—¿Has visto cambiar las ciudades?
Freen mirĂł por la ventana.
—He visto pueblos convertirse en ciudades, edificios desaparecer y calles cambiar de nombre. He visto lugares que amaba dejar de existir.
Becky guardĂł silencio.
—¿Y no te cansas?
Freen volviĂł a mirarla.
—¿De qué?
—De vivir tanto.
La mujer tardĂł en responder.
—La gente suele pensar que la inmortalidad es un regalo. Que no envejecer significa tener todo el tiempo del mundo para hacer lo que quieras.
—¿Y no es as�
Freen negĂł suavemente.
—El tiempo también puede convertirse en una prisión.
Becky la observĂł.
—¿Por qué?
—Porque todo lo que amas termina cambiando.
—Pero tú no.
—Exactamente.
Freen cerrĂł el libro.
—He conocido personas maravillosas. He tenido amistades, he amado, he construido hogares. Pero todos ellos han envejecido mientras yo permanecĂa igual.
—¿Y qué haces cuando mueren?
Freen bajĂł los ojos.
—Aprendo a recordar.
Becky sintiĂł que aquella respuesta escondĂa mucho más de lo que decĂa.
—¿Nunca has querido dejar de ser inmortal?
—Hubo Ă©pocas en las que habrĂa dado cualquier cosa por tener una vida normal.
—¿Y ahora?
Freen la mirĂł.
—Ahora solamente intento no pensar demasiado en el futuro.
Becky sonriĂł.
—Entonces tendrás que aprender a vivir el presente.
—Hablas como si fuera sencillo.
—No dije que lo fuera.
Becky tomĂł uno de los libros de la mesa.
—Pero podemos intentarlo.
Freen arqueĂł una ceja.
—¿Podemos?
—Claro.
—Tú eres mortal.
—Lo sé.
—No sabes cuánto tiempo tienes.
Becky sonriĂł.
—Tampoco tú sabes qué ocurrirá mañana.
Freen la observĂł.
—Yo sĂ sĂ© que seguirĂ© aquĂ.
Becky dejĂł de sonreĂr.
Por primera vez comprendiĂł que la eternidad de Freen no era una promesa de felicidad.
Era una certeza de despedidas.
IV. APRENDER A QUEDARSE
El amor no llegĂł de golpe.
No hubo una declaraciĂłn repentina ni un beso bajo la lluvia.
LlegĂł lentamente.
En los desayunos que comenzaron a compartir.
En los mensajes que Becky enviaba durante el dĂa.
En las tardes caminando sin rumbo por la ciudad.
En las discusiones absurdas sobre pelĂculas y libros.
En la costumbre de Freen de esperar a Becky afuera de su trabajo.
Y en la manera en que Becky siempre llevaba dos cafĂ©s, aunque sabĂa que Freen apenas necesitaba beberlos.
Una tarde, Becky llegĂł a la biblioteca y encontrĂł a Freen junto a la ventana.
—Llegas tarde.
—Tengo trabajo.
—Eso no es una excusa.
—¿Qué eres, mi jefa?
—PodrĂa serlo.
Becky dejó dos cafés sobre la mesa.
—Entonces tendrĂas que pagarme mejor.
Freen sonriĂł.
—¿CĂłmo estuvo tu dĂa?
—Largo.
—¿DifĂcil?
—Un poco.
Freen apartĂł su libro.
—Cuéntame.
Becky comenzĂł a hablar.
De su trabajo, de una compañera insoportable, de un problema que habĂa tenido por la mañana y de todas las pequeñas cosas que la habĂan molestado.
Freen la escuchĂł sin interrumpirla.
Cuando terminĂł, Becky suspirĂł.
—Lo siento. Hablo demasiado.
—No tienes que disculparte.
—¿No te aburro?
—No.
Becky sonriĂł.
—¿Nunca?
Freen la mirĂł.
—Me gusta escucharte.
Becky bajĂł la mirada.
Y, sin saber muy bien cuándo habĂa ocurrido, comenzĂł a sentir que aquella mujer de más de dos siglos se estaba convirtiendo en su lugar favorito.
Una noche, mientras caminaban por un parque, Becky tomĂł la mano de Freen.
La inmortal se quedĂł quieta.
—¿Qué ocurre? —preguntó Becky.
—Nada.
—Te has detenido.
Freen mirĂł sus manos entrelazadas.
—No estoy acostumbrada a esto.
—¿A caminar de la mano?
—A querer que alguien no se marche.
Becky apretĂł suavemente sus dedos.
—Entonces no tienes que soltarme.
Freen la mirĂł.
Y comprendió que estaba enamorándose.
V. EL MIEDO DE LA INMORTAL
Una noche estaban sentadas en un banco, bajo las luces de la ciudad.
Becky habĂa apoyado la cabeza sobre el hombro de Freen.
—¿En qué piensas?
—En ti.
Becky sonriĂł.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
—¿Por qué?
Freen acariciĂł sus dedos.
—Porque cada dĂa me importas más.
Becky levantĂł la mirada.
—¿Y eso te asusta?
—MuchĂsimo.
—¿Por qué?
Freen contemplĂł las luces a lo lejos.
—Porque ya sé cómo termina.
Becky frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Yo sigo aquĂ.
Hizo una pausa.
—Y tú no.
Becky sintiĂł un nudo en la garganta.
—Freen...
—No quiero perderte.
—TodavĂa no me has perdido.
—Pero algĂşn dĂa.
Becky se incorporĂł y quedĂł frente a ella.
—¿Eso es lo único que puedes pensar cuando estamos juntas?
—No.
—Entonces mĂrame.
Freen obedeciĂł.
—Estoy aquà —dijo Becky—. Ahora mismo. Contigo. No quiero que conviertas todos nuestros dĂas en una despedida que todavĂa no ha ocurrido.
Freen bajĂł la mirada.
—He cometido ese error antes.
—¿Qué error?
—Amar a alguien sabiendo que iba a perderlo.
Becky acariciĂł su rostro.
—No puedes protegerte de todas las despedidas dejando de amar.
Freen cerrĂł los ojos.
—Lo sé.
—Entonces no me apartes.
La inmortal la mirĂł.
—Te quiero, Becky.
La joven sonriĂł.
—Yo también te quiero.
Freen se inclinĂł y la besĂł.
Fue un beso lento, lleno de ternura y de un miedo que ninguna de las dos podĂa ignorar.
Y por primera vez en siglos, la inmortal deseó que el tiempo pasara más despacio.
VI. LA MUJER DEL RETRATO
Con el paso de los meses, Becky comenzĂł a conocer partes de Freen que no aparecĂan en sus historias.
DescubriĂł que le gustaba la mĂşsica antigua.
Que podĂa pasar horas leyendo.
Que detestaba los lugares demasiado ruidosos.
Y que conservaba objetos de personas que habĂan formado parte de su vida.
Una tarde, mientras buscaba un libro en el estudio de Freen, encontrĂł una caja de madera.
Dentro habĂa fotografĂas, cartas y pequeños recuerdos.
En una de las fotografĂas aparecĂa Freen junto a otra mujer.
La imagen era antigua.
La mujer tenĂa el cabello claro y una sonrisa delicada.
Becky se quedó observándola.
—¿Quién es ella?
Freen, que acababa de entrar, se detuvo.
MirĂł la fotografĂa.
Su expresiĂłn cambiĂł.
—Se llamaba Eleanor.
—¿La conociste hace mucho?
—Hace setenta años.
Becky volviĂł a mirar la imagen.
—¿La amaste?
Freen tardĂł unos segundos en responder.
—SĂ.
Becky dejĂł la fotografĂa sobre la mesa.
—¿Qué ocurrió?
Freen se sentĂł frente a ella.
—Nos conocimos cuando ella tenĂa veintisĂ©is años. Estuvimos juntas durante mucho tiempo. Construimos una vida, compartimos una casa y planeamos un futuro.
—¿Y después?
—Envejeció.
Becky guardĂł silencio.
—La acompañé durante su enfermedad. Estuve con ella hasta el final.
Freen acariciĂł el borde de la fotografĂa.
—Me pidió que no la olvidara.
—¿Y lo hiciste?
Freen levantĂł la mirada.
—Nunca.
Becky sintiĂł una punzada de tristeza.
—¿TodavĂa la amas?
La inmortal pensĂł cuidadosamente su respuesta.
—La amé profundamente. Una parte de mi historia siempre estará unida a ella.
Becky asintiĂł.
No sintiĂł celos.
SintiĂł tristeza por la mujer que habĂa amado a Freen y habĂa tenido que despedirse de ella.
—¿Y algĂşn dĂa me recordarás asĂ?
Freen se levantĂł y se acercĂł.
—Becky...
—No te estoy reclamando nada. Solo quiero saber si algĂşn dĂa serĂ© otra fotografĂa dentro de una caja.
Freen tomĂł sus manos.
—No eres una sustituta de nadie. No llegaste a ocupar el lugar de una persona que perdĂ.
AcariciĂł sus dedos.
—Te amo por quien eres. Por las cosas que compartimos y por todo lo que todavĂa nos queda por vivir.
Becky sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Y me recordarás?
Freen apoyĂł su frente contra la suya.
—Mientras conserve mis recuerdos, llevarĂ© contigo una parte de mi vida. Y aunque algĂşn dĂa el mundo cambie hasta volverse irreconocible, lo que hemos vivido no dejará de haber ocurrido.
Becky cerrĂł los ojos.
—Eso es suficiente.
Freen la abrazĂł.
Y aquella tarde Becky comprendiĂł que amar a una inmortal tambiĂ©n significaba aprender a convivir con los recuerdos que habĂan existido antes de ella.
VII. LOS AÑOS QUE NOS PERTENECEN
Los años comenzaron a pasar.
Al principio, Becky apenas notaba los cambios.
Después llegaron las pequeñas señales.
Una lĂnea junto a sus ojos cuando sonreĂa.
Algunas canas que aparecĂan entre su cabello.
El cansancio después de jornadas demasiado largas.
Freen seguĂa teniendo el mismo rostro.
La misma piel.
La misma apariencia de treinta y un años.
Una mañana, Becky encontrĂł una fotografĂa de ambas tomada durante sus primeros meses juntas.
La observĂł durante un largo rato.
—Mira esto.
Freen se acercĂł.
—¿Qué ocurre?
—Éramos unas niñas.
La inmortal sonriĂł.
—Tú eras muy joven.
—¿Y tú?
—Yo era muy joven también.
Becky levantĂł una ceja.
—TenĂas más de doscientos años.
—Detalles.
Ambas se rieron.
Pero cuando Becky volviĂł a mirar la fotografĂa, algo cambiĂł en su expresiĂłn.
—¿Te molesta?
Freen la observĂł.
—¿Qué cosa?
—Que esté envejeciendo.
La inmortal tomĂł su rostro entre las manos.
—No.
—¿Segura?
—Me duele saber que el tiempo es limitado. Pero nunca me ha molestado verte cambiar.
Becky bajĂł la mirada.
—A veces siento que me estoy quedando atrás.
—No estás quedándote atrás.
—Tú sigues igual.
Freen acariciĂł su cabello.
—Y tú sigues siendo la mujer de la que me enamoré.
Becky sonriĂł.
—Aunque tenga canas.
—Aunque tengas canas.
—Aunque me salgan arrugas.
—También.
—Aunque algĂşn dĂa necesite gafas para leer.
Freen rio.
—Especialmente entonces.
Becky le dio un pequeño golpe en el brazo.
—¡Qué cruel!
Freen la abrazĂł.
—No necesito que tengas siempre el mismo rostro para reconocerte.
Becky apoyĂł la cabeza en su pecho.
Y comprendiĂł que, aunque sus cuerpos siguieran caminos diferentes, el amor que compartĂan no necesitaba permanecer inmĂłvil para ser verdadero.
VIII. EL ĂšLTIMO VERANO
Muchos años después, Becky caminaba más despacio.
Sus manos eran más frágiles.
Su cabello habĂa perdido gran parte de su color.
Y su rostro llevaba las marcas de una vida que habĂa sido vivida intensamente.
Freen seguĂa exactamente igual.
La misma mujer que habĂa conocido en aquella biblioteca.
La misma mirada.
La misma voz.
La misma sonrisa.
Una tarde de verano, ambas estaban sentadas en el jardĂn de la casa que compartĂan.
El sol comenzaba a descender y el aire olĂa a flores.
Becky tenĂa una manta sobre las piernas.
Freen sostenĂa su mano.
—Tengo miedo —confesó Becky.
La inmortal bajĂł la mirada.
—Yo también.
Becky sonrió débilmente.
—Tú nunca dices eso.
—Porque durante mucho tiempo pensĂ© que no tenĂa derecho a sentir miedo.
—¿Y ahora?
Freen besĂł su mano.
—Ahora sé que amar a alguien significa tener algo que perder.
Becky contemplĂł el jardĂn.
—No quiero que estés sola.
Freen sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Yo tampoco quiero estar sin ti.
—Entonces prométeme algo.
—Lo que quieras.
Becky apretĂł suavemente su mano.
—Cuando me vaya, vive.
Freen negĂł inmediatamente.
—No.
—Escúchame.
—No quiero hablar de esto.
—Lo sé, amor.
Becky acariciĂł sus dedos.
—Pero necesito que me escuches.
Freen respirĂł temblorosamente.
—No sé cómo vivir sin ti.
—Sà sabes.
—No quiero hacerlo.
—Lo sé.
Becky sonriĂł con ternura.
—Pero no quiero que conviertas mi muerte en una prisión para ti.
Freen dejó escapar una lágrima.
—He pasado siglos perdiendo personas. PensĂ© que, despuĂ©s de tanto tiempo, serĂa más fácil.
—¿Y lo es?
—No. Nunca lo es.
Becky levantó una mano y limpió una lágrima de su rostro.
—MĂrame.
Freen obedeciĂł.
—Te elegà sabiendo que esto iba a pasar.
—Yo deberĂa haberte protegido.
—No necesitaba que me protegieras del tiempo.
Becky sonriĂł.
—Necesitaba que me amaras mientras lo tenĂamos.
Freen cerrĂł los ojos.
—Te amo.
—Lo sé.
—Te amaré durante otros doscientos años.
Becky soltó una pequeña risa.
—Eso parece demasiado.
—Entonces trescientos.
—Freen...
—Quinientos.
—Estás negociando.
—Estoy intentando ganar tiempo.
Becky sonrió entre lágrimas.
—Siempre fuiste una tramposa.
Freen apoyĂł la frente contra la suya.
—No estoy preparada para despedirme.
—Yo tampoco.
Permanecieron abrazadas mientras el sol desaparecĂa lentamente.
No intentaron detener el tiempo.
No buscaron una cura.
No pidieron un milagro.
Simplemente se amaron.
Como habĂan hecho desde el principio.
IX. LA ĂšLTIMA PROMESA
Los Ăşltimos dĂas de Becky fueron tranquilos.
Freen permaneciĂł a su lado.
Le leĂa sus libros favoritos, le preparaba tĂ© y le contaba historias de todos los lugares que habĂan visitado juntas.
Algunas veces Becky se quedaba dormida antes de que terminara.
Otras, la interrumpĂa para corregir algĂşn detalle.
—Eso no ocurriĂł asĂ.
Freen sonreĂa.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—Tienes razón.
Becky cerraba los ojos.
—Siempre tengo razón.
—Por supuesto.
Una tarde, mientras la luz entraba suavemente por la ventana, Becky despertĂł y encontrĂł a Freen sentada junto a ella.
—Amor.
Freen tomĂł su mano.
—Estoy aquĂ.
—¿Sigues siendo tan hermosa como cuando te conoc�
La inmortal soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Mucho más.
—Qué presumida.
—Aprendà de ti.
Becky sonriĂł.
Después guardó silencio durante unos segundos.
—¿Recuerdas nuestra primera conversación?
Freen asintiĂł.
—Me preguntaste por el libro.
—Estaba al revés.
—Lo sé.
—Y tú eras bastante antipática.
—Tú eras bastante entrometida.
Becky rio débilmente.
—Me alegra haberme acercado a ti.
Freen llevĂł su mano hasta sus labios.
—A mà también.
—Si pudiera volver a elegir...
Su voz se volvió más tenue.
—VolverĂa a sentarme en aquella mesa.
Freen sintiĂł que el corazĂłn se le rompĂa.
—Y yo volverĂa a dejar el libro al revĂ©s.
Becky sonriĂł.
—Te amo, Freen.
La inmortal besĂł su frente.
—Te amo, Becky.
—No tengas miedo.
Freen apretĂł su mano.
—No puedo evitarlo.
—Entonces quédate conmigo un poquito más.
—Todo el tiempo que quieras.
Becky cerrĂł los ojos.
Y, mientras Freen sostenĂa su mano, su respiraciĂłn se fue haciendo cada vez más tranquila.
Hasta que finalmente se detuvo.
Becky se marchĂł en paz.
Y Freen permaneciĂł junto a ella durante mucho tiempo, sin soltar su mano.
La mujer que habĂa vivido más de dos siglos descubriĂł que ninguna cantidad de años podĂa prepararla para aquel instante.
La eternidad no la habĂa protegido del dolor.
Solo le habĂa permitido amar durante más tiempo.
X. DESPUÉS DE BECKY
Durante los primeros meses, Freen no supo qué hacer con el silencio.
La casa parecĂa demasiado grande.
La mesa tenĂa una silla vacĂa.
HabĂa una taza que ya nadie utilizaba.
Los libros de Becky seguĂan en los mismos estantes.
Y su perfume permanecĂa en algunas prendas que Freen no tuvo valor para guardar.
DejĂł de visitar la biblioteca.
DejĂł de caminar por el parque.
Durante mucho tiempo evitĂł pasar frente a la cafeterĂa donde habĂan compartido su primera cita.
Pero recordĂł su promesa.
Vive.
AsĂ que, poco a poco, comenzĂł a hacerlo.
VolviĂł a leer.
ViajĂł a lugares que nunca habĂa conocido.
AprendiĂł a disfrutar de pequeñas cosas que antes le parecĂan insignificantes.
No porque hubiera dejado de extrañar a Becky.
Sino porque comprendiĂł que seguir viviendo no significaba traicionarla.
Pasaron diez años.
Después veinte.
Luego cincuenta.
La ciudad cambiĂł.
Algunos edificios desaparecieron y otros ocuparon su lugar.
La biblioteca fue renovada, aunque conservĂł sus grandes ventanales y parte de sus antiguos estantes.
Freen regresĂł una tarde.
Se sentĂł junto a la misma ventana donde habĂa conocido a Becky.
Llevaba un libro entre las manos.
Lo abriĂł.
Y sonriĂł al recordar aquella primera conversaciĂłn.
—Está al revés —murmuró para sà misma.
Por un instante, pudo escuchar la risa de Becky.
CerrĂł los ojos.
—TodavĂa te extraño, amor.
Y no sintiĂł vergĂĽenza por decirlo.
Porque el amor no desaparecĂa por el simple hecho de que una persona dejara de estar presente.
XI. UNA VIDA, UNA ETERNIDAD
Muchos años después, una joven entró en la biblioteca.
CaminĂł entre los estantes hasta encontrar un libro que parecĂa haber sido colocado recientemente sobre una mesa.
Lo tomĂł y se acercĂł a la mujer sentada junto a la ventana.
—Disculpa.
Freen levantĂł la mirada.
—¿S�
—¿Este libro es tuyo?
La inmortal observĂł el ejemplar.
Después miró a la joven.
TenĂa una sonrisa cálida y una expresiĂłn que le resultĂł extrañamente familiar.
Pero no era Becky.
No podĂa serlo.
La joven señaló la mesa.
—Lo encontrĂ© allĂ.
Freen sonriĂł suavemente.
—SĂ, es mĂo. Gracias.
La muchacha permaneciĂł unos segundos frente a ella.
—¿Te conozco?
Freen sintiĂł una punzada en el pecho.
—No lo creo.
—Qué extraño.
—¿Por qué?
—Tu rostro me resulta familiar.
Freen bajĂł la mirada hacia el libro.
—Quizá algunas personas dejan recuerdos que duran más que una vida.
La joven sonriĂł.
—Me gusta eso.
DejĂł el libro sobre la mesa.
—Que tengas una buena tarde.
—Tú también.
La muchacha se marchĂł.
Freen permaneció observándola hasta que desapareció entre los estantes.
No intentĂł seguirla.
No buscĂł respuestas.
No quiso convertir aquel parecido en una promesa de que Becky regresarĂa.
Porque sabĂa que aquella joven era otra persona.
Con su propia vida, sus propios sueños y un futuro que todavĂa estaba por escribirse.
Y eso también era hermoso.
Freen volviĂł a abrir el libro.
Por la ventana entraba la luz de la tarde.
La misma luz que habĂa iluminado su primer encuentro con Becky.
Entonces comprendiĂł que habĂa cumplido su promesa.
HabĂa seguido viviendo.
HabĂa vuelto a sonreĂr.
HabĂa aprendido a caminar con el recuerdo de quien amĂł sin permitir que el dolor le robara el resto de su existencia.
Pero jamás habĂa dejado de amar.
Porque Becky habĂa tenido una vida.
Freen habĂa recibido una eternidad.
Y, durante un pequeño instante de esa eternidad, ambas habĂan conseguido compartir el mismo tiempo.
No habĂan vencido a la muerte.
No habĂan detenido los años.
No habĂan conseguido que sus destinos fueran iguales.
Pero habĂan tenido algo que ni siquiera la inmortalidad podĂa garantizar:
Una vida compartida.
Un amor elegido.
Y recuerdos que ninguna despedida podĂa convertir en inexistentes.
Freen acariciĂł suavemente la cubierta del libro.
Después miró hacia la ventana y sonrió.
—Gracias por enseñarme a vivir, Becky.
Y siguiĂł leyendo.
Porque la inmortal todavĂa tenĂa una eternidad por delante.
Pero una parte de ella siempre pertenecerĂa a aquella mujer mortal que, durante tantos años, consiguiĂł hacer que el tiempo pareciera suficiente.
FIN. 🪷🤍