Capitulo 1 ── Una tarde de otoño
El otoño tenía una manera particular de transformar Nueva York. Las calles se cubrían de hojas anaranjadas, el aire comenzaba a enfriarse y las cafeterías parecían volverse más acogedoras que de costumbre. Para Natalia Romano, era la estación más bonita del año. No solamente por sus colores, sino porque encontraba en ellos una inspiración que ninguna otra época conseguía ofrecerle.
A sus diecinueve años, Natalia ya había descubierto que pintar era mucho más que combinar colores sobre un lienzo. Para ella, lo importante era transmitir algo, conseguir que una persona se detuviera frente a una obra y sintiera, aunque fuera por unos segundos, aquello que había intentado expresar. Había crecido prácticamente con un lápiz entre los dedos. Primero fueron los dibujos improvisados en cualquier hoja que encontrara; después llegaron las acuarelas, los acrílicos y los pinceles que poc a poco se convirtieron en parte de su vida.
Recordaba especialmente el primer regalo relacionado con aquella pasión. Cuando era pequeña, su madre le había obsequiado un set de acuarelas. No había sido un regalo costoso ni demasiado elaborado, pero Natalia todavía conservaba el recuerdo de aquella tarde en la que abrió la caja y descubrió todos aquellos pequeños colores ordenados en sus compartimentos. Desde entonces, había pasado horas experimentando, mezclando tonos y pintando cualquier cosa que despertara su curiosidad. Su madre solía decir que podía quedarse toda una tarde entretenida con un simple papel y un vaso de agua.
Con los años, aquella afición se había convertido en algo mucho más importante. Ya no pintaba solamente porque le gustara, sino porque había encontrado en el arte una forma propia de mirar el mundo.
Sin embargo, no siempre resultaba sencillo.
Llevaba varios días intentando terminar una pintura que descansaba sobre el caballete de su pequeño estudio. Era un paisaje otoñal que había comenzado con entusiasmo y que, por alguna razón, no conseguía completar. Había cambiado los tonos del cielo, modificado la posición de los árboles y agregado detalles que después terminaba borrando. Cuanto más lo observaba, menos convencida estaba del resultado.
Se apartó unos pasos, inclinó la cabeza y volvió a examinarlo. El problema no estaba necesariamente en los colores ni en la composición. Simplemente sentía que todavía le faltaba algo, aunque no supiera identificar qué era.
—Vas a terminar peleándote con ese cuadro —comentó su madre desde la puerta del estudio.
Natalia soltó una pequeña risa sin apartar la mirada de la pintura. Su madre llevaba una taza de café en la mano y parecía haberse detenido allí solamente para comprobar si su hija seguía en la misma posición que cuando había pasado por la habitación un rato antes.
—Creo que ya gané esa pelea. El cuadro está perdiendo.
Helena negó con la cabeza, divertida, y dejó la taza sobre el escritorio. Conocía demasiado bien aquella expresión: la misma que aparecía cada vez que Natalia se empeñaba en conseguir un resultado que no terminaba de satisfacerla.
—Deberías salir un rato. No podés pasarte todos los días encerrada acá.
—Estoy trabajando —se defendió Natalia, tomando la taza entre sus manos.
Su madre observó el lienzo y después a ella. No necesitó decir demasiado para dejar en evidencia que no estaba convencida.
—Estás mirando una pintura desde hace tres horas.
Lo dijo con una entonación burlona, antes de alejarse por el pasillo. Natalia alcanzó a escuchar cómo se reía mientras continuaba con sus cosas.
Miró el reloj. Su madre tenía razón, aunque jamás se lo habría reconocido tan fácilmente. Podía ser bastante terca cuando se trataba de algo que quería terminar, y aquel cuadro estaba empezando a convertirse en una prueba de paciencia.
El teléfono vibró sobre el escritorio y la sacó de sus pensamientos. Al mirar la pantalla, encontró varios mensajes de sus amigas.
Sienna: Decime que ya estás lista.
Julieta: La conozco. Todavía está eligiendo qué ponerse.
Natalia: Estoy leyendo los mensajes, por si les interesa.
Sienna: Entonces vestite. En veinte minutos pasamos por vos.
Natalia dejó el teléfono sobre la mesa y miró nuevamente el cuadro. Quizás su madre tenía razón. Un poco de aire fresco no podía hacerle daño, y tampoco iba a resolver el problema quedándose toda la tarde frente al mismo lienzo.
Dejó la taza en el escritorio y se dirigió a su habitación para cambiarse. Eligió una chaqueta de gamuza color terracota que le gustaba especialmente por su tono cálido, combinada con unos pantalones oscuros y borcegos negros. Se soltó el cabello cobrizo oscuro, que le caía naturalmente sobre los hombros, y decidió no complicarse demasiado con el resto. Sus ojos color miel resaltaban cuando la luz los alcanzaba, algo que Helena solía señalar cada vez que su hija se arreglaba para salir.
Antes de abandonar el departamento, regresó al estudio para comprobar que había apagado la lámpara y dejó la taza de café junto al escritorio.
Cuando bajó, Sienna y Julieta ya la esperaban en la entrada del edificio. Sienna llevaba un abrigo claro y una bufanda que se movía con el viento cada vez que hablaba con las manos, algo bastante habitual en ella. Julieta, en cambio, tenía las manos escondidas en los bolsillos de su campera y observaba el movimiento de la calle mientras esperaba.
—Pensé que ibas a hacernos envejecer ahí arriba —comentó Sienna apenas la vio.
—Qué exagerada. Tardé veinte minutos, como dijiste.
—Veintidós —corrigió Julieta, consultando su teléfono—. Pero no vamos a discutir por eso.
Natalia negó con la cabeza y se acomodó la chaqueta antes de comenzar a caminar con ellas.
La feria de otoño ocupaba varias calles de Manhattan. Había puestos de comida, pequeñas tiendas de artesanías, juegos, música en vivo y luces colgadas entre los árboles. Las familias caminaban de un lado a otro, los niños corrían con globos de colores y el aroma a café recién preparado se mezclaba con el de las manzanas acarameladas. Algunos músicos tocaban cerca de una esquina, mientras varias personas se detenían a escuchar antes de continuar recorriendo los puestos.
Natalia caminaba entre sus amigas sosteniendo un vaso de chocolate caliente. Había dejado de pensar en el cuadro casi por completo y ahora prestaba atención a los pequeños detalles de la feria: los adornos hechos a mano, las combinaciones de colores de algunos puestos y las fotografías que varias personas tomaban junto a los árboles.
Julieta se acomodó la bufanda mientras observaba el movimiento a su alrededor.
—Necesitabas esto. Naturaleza, inspiración y gente. Todo lo que te falta cuando te encerrás a pintar.
—Me falta silencio —contestó Natalia, dando un pequeño sorbo a su bebida.
Sienna, que caminaba unos pasos por delante, se volvió hacia ellas con una expresión divertida.
—No sé cómo vamos a conseguir que conozcas a alguien si cada vez que salimos estás pensando en regresar a tu casa.
—No necesito conocer a nadie —contestó Natalia, encogiéndose de hombros.
—Eso decís ahora —bromeó Sienna, antes de seguir caminando.
Natalia puso los ojos en blanco. Sienna tenía una habilidad particular para convertir cualquier salida en una oportunidad para hablar de relaciones, citas o posibles encuentros. Julieta solía acompañarla en las bromas, aunque con un poco más de discreción.
Las tres eran amigas desde hacía varios años, aunque tenían personalidades bastante diferentes. Sienna era espontánea, habladora y siempre encontraba alguna excusa para organizar una salida. Julieta, en cambio, era más tranquila, observadora y solía ser quien ponía un poco de sentido común en las ocurrencias de la otra. Natalia se encontraba en algún punto intermedio: podía disfrutar de una tarde tranquila en su estudio, pero también era capaz de pasar horas recorriendo la ciudad si estaba acompañada de las personas adecuadas.
Con ellas podía hablar de cualquier cosa, desde los últimos acontecimientos de sus vidas hasta las películas que habían visto o los planes que todavía no habían conseguido concretar.
Se detuvieron frente a un puesto de accesorios. Julieta comenzó a mirar unos collares, examinando los pequeños detalles de las piezas, mientras Sienna se adelantaba hacia los juegos.
—¡Vengan! —gritó desde unos metros de distancia, levantando una mano para llamar su atención.
Natalia levantó la mirada y observó hacia dónde señalaba.
—¿Qué encontraste ahora?
—Un lugar donde podemos demostrar nuestras habilidades.
Frente a ellas había varios puestos de juegos de feria. Uno tenía una fila de latas apiladas y otro ofrecía premios de peluche a quienes consiguieran acertar determinados objetivos. Los premios estaban acomodados sobre una repisa y algunos eran lo suficientemente grandes como para llamar la atención de los niños que pasaban por allí.
Sienna ya estaba convencida de que podía ganar algo.
—No pienso participar —advirtió Natalia, anticipándose a cualquier invitación. Conocía demasiado bien a sus amigas cuando se trataba de competir; una actividad que comenzaba como una simple diversión podía terminar convirtiéndose en un asunto de orgullo personal.
—Nadie te pidió que participaras —respondió Sienna con una inocencia demasiado exagerada para resultar convincente.
—Tu cara dice otra cosa.
—Mi cara dice que necesito un testigo cuando gane.
Julieta se acercó riéndose y las tres terminaron frente a uno de los puestos. Natalia se quedó un poco más atrás, con el vaso de chocolate entre las manos, mientras Sienna examinaba las reglas del juego como si estuviera a punto de participar en una competencia profesional.
Fue entonces cuando Natalia lo vio.
Un joven de cabello oscuro estaba detrás del mostrador, ayudando al encargado a acomodar algunos premios. Llevaba una campera sencilla y tenía las mangas ligeramente arremangadas. Parecía estar conversando con otro muchacho mientras sostenía una pequeña bolsa de papel. No parecía demasiado ocupado, aunque de vez en cuando se acercaba a la repisa para ordenar los peluches que los participantes habían desacomodado.
No había nada particularmente extraordinario en él. Sin embargo, cuando levantó la mirada y sus ojos se encontraron por un instante, Natalia notó que eran de un verde profundo. Apartó la vista casi de inmediato y fingió interesarse por uno de los premios.
—¿Qué mirabas? —preguntó Sienna, que había seguido la dirección de sus ojos.
—Nada —respondió Natalia, concentrándose demasiado en un pequeño muñeco que estaba sobre el mostrador.
—Ajá.
Sienna dejó escapar aquella breve expresión de complicidad, pero decidió no insistir. Julieta también había notado el intercambio, aunque tuvo la delicadeza de guardar silencio.
El joven se acercó al puesto cuando las tres decidieron probar suerte. Apoyó una mano sobre el mostrador y observó a las recién llegadas.
—¿Van a participar?
—Yo sí —respondió Sienna antes de que alguien pudiera decir lo contrario—. Mis amigas todavía están evaluando sus posibilidades.
—Entonces espero que tengas buena puntería —comentó él, mirándola con una sonrisa amable.
—Tengo una puntería excelente.
El joven miró las latas apiladas y después volvió a mirarla.
—Eso está por verse.
Sienna aceptó el desafío de inmediato. Tomó una de las pelotas y se acomodó frente al objetivo, mientras Natalia y Julieta se apartaban para darle espacio. El primer lanzamiento falló por bastante distancia. El segundo apenas rozó una de las latas, que se balanceó unos segundos antes de volver a su sitio.
Julieta comenzó a reírse mientras Sienna recogía otra pelota.
—Excelente puntería, dijiste.
—Estoy calentando —protestó su amiga, lanzándole una mirada de advertencia.
Natalia se rio mientras el joven recogía las pelotas que habían quedado en el suelo. No parecía sorprendido por el resultado; probablemente estaba acostumbrado a ver personas convencidas de que podían ganar hasta que llegaba el momento de demostrarlo.
—Creo que necesitan un poco de práctica —comentó él, acomodando las pelotas sobre el mostrador.
—Creo que el juego está arreglado —respondió Sienna, cruzándose de brazos.
—Siempre dicen eso los que pierden.
La conversación continuó entre bromas. Natalia estaba entretenida observándolos cuando el joven se volvió hacia ella. Se acercó un poco al borde del mostrador y señaló las pelotas que todavía quedaban disponibles.
—¿Y tú? ¿No vas a intentarlo?
—No tengo demasiada confianza en mis habilidades —respondió ella, sosteniendo el vaso con ambas manos.
—Podrías sorprenderte.
—O confirmar mis sospechas —contestó Natalia con una sonrisa segura.
Él pareció encontrar divertida la respuesta. Tomó una de las pelotas y la hizo girar brevemente en la palma de su mano antes de levantar la mirada hacia las latas.
—Bueno, en ese caso, quizás pueda intentarlo yo.
Sin demasiada preparación, realizó el lanzamiento. La pelota golpeó el objetivo con precisión y todas las latas cayeron de inmediato.
Sienna abrió la boca, indignada, y señaló el mostrador.
—¡Eso no cuenta! ¡Trabajás acá!
—No trabajo acá —respondió él entre risas—. Solamente estoy ayudando a un amigo.
El encargado, que había seguido la escena desde el otro extremo del puesto, le entregó una ficha que podía canjear por uno de los premios. El joven la recibió y se volvió hacia la repisa. Había varios animales de peluche, algunos llaveros y un oso marrón que destacaba entre los demás.
Lo tomó entre las manos y lo examinó brevemente.
Tenía una pequeña nariz negra, una cinta alrededor del cuello y algo que lo hacía diferente: uno de sus ojos era azul y el otro de un tono miel. Además, una pequeña costura se distinguía en una de sus patas.
—Este está bastante bien —comentó.
Natalia lo observó sin demasiado interés al principio, hasta que el joven se acercó y se lo ofreció.
—Para tí.
Ella miró el muñeco y después a él. La sorpresa se le reflejó en el rostro y llevó una mano hacia su propio pecho, como si necesitara asegurarse de que el regalo estaba destinado a ella.
—¿Para mí?
—Por haber tenido tanta fe en mis habilidades.
Natalia soltó una risa y miró de nuevo el oso.
—Pero si ni siquiera jugué.
—Entonces podés considerarlo un premio por acompañar a tus amigas.
Lo recibió con cierta sorpresa. El peluche era suave y bastante más grande de lo que había parecido desde la repisa. Al acomodarlo entre sus brazos, volvió a fijarse en sus ojos diferentes.
—Es lindo —dijo, examinándolo con más atención—. Aunque tiene los ojos distintos.
—Eso lo hace especial —contestó él, como si aquella particularidad fuera precisamente lo que lo hacía merecedor del premio.
Natalia levantó la mirada.
—¿Y si no me gustan los osos?
—Entonces tendré que buscar otra persona a quien regalárselo.
Él se llevó las manos a los bolsillos de la campera, fingiendo que no le importaba demasiado la respuesta. Natalia lo observó durante un segundo y después abrazó el peluche contra su abrigo.
—No, no. Ahora es mío.
El joven sonrió, satisfecho.
—Me alegra haberlo conseguido, entonces.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada. El ruido de la feria continuaba alrededor de ellos: las voces de las familias, la música que llegaba desde la esquina y el sonido de las pelotas golpeando los objetivos del puesto vecino. Sin embargo, Natalia pareció concentrarse solamente en aquel pequeño intercambio.
—Soy Dante Bianchi —dijo finalmente el joven, extendiéndole la mano.
—Natalia Romano —respondió ella, estrechándosela.
—Mucho gusto, Natalia.
—Igualmente.
El apretón fue breve y sencillo. Dante retiró la mano cuando Sienna apareció detrás de Natalia y le dio un pequeño codazo, interrumpiendo aquel momento.
—Bueno, creo que ya conseguimos lo que vinimos a buscar.
Natalia giró la cabeza hacia su amiga, confundida.
—¿Qué cosa?
—El oso, Natalia. El oso.
Julieta tuvo que contener la risa. Dante también sonrió, aunque enseguida dio un paso hacia atrás para dejarlas continuar.
—Espero que disfruten la feria —comentó él.
—Gracias —respondió Natalia, acomodando el peluche entre sus brazos.
Las tres se alejaron unos metros antes de que Sienna pudiera contenerse por más tiempo. Apenas estuvieron lo suficientemente lejos del puesto, se volvió hacia Natalia con una expresión que no dejaba lugar a dudas.
—¿Y?
—¿Y qué? —preguntó Natalia, mirándola de reojo.
—¿Cómo que qué? ¡Te regaló un oso!
Sienna señaló el peluche con ambas manos, como si Natalia pudiera haber olvidado lo que acababa de ocurrir. Julieta, a su lado, se acomodó el bolso sobre el hombro y observó la escena con una sonrisa discreta.
—Porque lo ganó —contestó Natalia, restándole importancia.
—Y podría habérselo quedado.
—Sienna, por favor.
—No dije nada malo. Solamente estoy señalando un hecho.
Julieta intervino antes de que su amiga continuara.
—Déjala tranquila. Aunque admito que fue bastante amable.
Natalia bajó la mirada hacia el peluche. Pasó un dedo por la pequeña costura de su pata y después volvió a observar sus ojos diferentes. Era considerablemente grande; sus patas llegaban casi hasta las rodillas cuando lo sostenía frente a ella. No sabía por qué, pero le gustaba bastante. Quizás fuera por su aspecto algo extraño o por aquella diferencia de colores que lo hacía destacar entre los demás.
—¿Vas a ponerle nombre? —preguntó Julieta mientras esperaban para cruzar la calle.
Natalia lo pensó durante unos segundos. Nunca había sido especialmente buena eligiendo nombres para los objetos que terminaban acompañándola. Tenía algunos cuadernos con títulos escritos en las tapas y hasta había bautizado ciertas plantas que había tenido en su habitación, aunque no todas habían sobrevivido demasiado tiempo.
—Todavía no lo sé.
—No puede quedarse sin nombre para siempre —insistió Julieta, acomodándose el cabello detrás de la oreja.
—Ya voy a encontrar uno.
Sienna se inclinó para observarlo mejor.
—Yo lo llamaría Dante.
Natalia soltó una carcajada.
—Ni siquiera sabemos si vamos a volver a verlo.
—Por eso mismo. Es un nombre práctico.
—Estás insoportable. ¿Te lo dijeron alguna vez?
Las tres terminaron riéndose mientras retomaban el camino. La tarde continuó entre puestos de comida, fotografías y algunas compras innecesarias que Sienna insistió en justificar. Julieta encontró unos pequeños adornos para su habitación y Natalia se detuvo frente a un puesto de postales ilustradas, donde pasó varios minutos observando los diseños y comentando que algunas combinaciones de colores podrían servirle para futuras pinturas.
Cuando el sol comenzó a esconderse, las tres decidieron regresar. El aire se había vuelto más frío y las luces de la feria comenzaban a destacar entre los árboles. Natalia llevaba el oso entre sus brazos y, cada tanto, lo miraba como si estuviera intentando encontrarle un nombre.
Se despidieron en la entrada del edificio de Natalia después de acordar que volverían a organizar una salida durante la semana. Sienna le recordó que no se olvidara de enviarles las fotografías y Julieta le pidió que no volviera a encerrarse tantos días en el estudio.
Natalia prometió intentarlo, aunque ninguna de las dos pareció confiar demasiado en aquella respuesta.
Al entrar en su departamento, dejó el bolso sobre una silla y se quitó la chaqueta. El silencio de la casa contrastaba con el movimiento de la feria. Desde la cocina llegaba el sonido tenue de algunos utensilios y, al pasar por el pasillo, pudo ver que su madre había dejado una nota sobre la mesa avisándole que había salido y que regresaría más tarde.
Natalia se dirigió al estudio con el oso todavía entre los brazos. Lo acomodó sobre una de las sillas, cerca del escritorio, y encendió la lámpara. Después se acercó al lienzo que había dejado sin terminar aquella mañana.
Lo observó durante unos instantes, primero desde lejos y luego un poco más cerca. La pintura seguía siendo la misma, pero ya no le producía aquella sensación de frustración. Tomó un pincel, eligió algunos tonos cálidos y comenzó a trabajar sobre el cielo. Oscureció las ramas de los árboles, corrigió la luz que atravesaba las hojas y agregó pequeñas variaciones de color que antes no había considerado.
Trabajó sin apurarse. De vez en cuando se alejaba para observar el resultado y volvía a acercarse cuando encontraba algún detalle que quería modificar. La música que había dejado sonando a bajo volumen acompañaba el movimiento de sus manos, mientras la tarde terminaba de convertirse en noche detrás de la ventana.
Cuando finalmente se apartó, descubrió que había conseguido avanzar más que en los últimos días.
Miró hacia la silla. El pequeño oso seguía allí, con sus dos ojos diferentes, observándola desde el lugar en el que lo había dejado.
Natalia sonrió y se acercó para acomodarle una de las patas, que había quedado doblada debajo de su cuerpo.
Quizás su madre tenía razón. Salir de casa, después de todo, no había sido una idea tan mala.
Apagó la lámpara y dejó el estudio en silencio. Afuera, Manhattan continuaba despierta, con sus calles iluminadas y el movimiento habitual de una ciudad que parecía no detenerse nunca.
Y aquella tarde, sin que Natalia pudiera saberlo, había comenzado una historia que recordaría durante el resto de su vida.