Epílogo
La única razón por la que podemos salvar el universo es porque ellos se olvidaron de nosotros. O eso es lo que nos han contado a las generaciones más jóvenes los mayores.
La historia empieza con las dos grandes guerras. Una tras otra acabaron con gran parte de la humanidad. La primera terminó con la promesa de nunca repetir las atrocidades cometidas en tan pocos años y la segunda terminó con la débil promesa de intentar jamás repetir lo sucedido una vez más.
Y luego hubo una tercera. Y una cuarta.
La humanidad parecía irremediablemente condenada a cometer los mismos errores continuamente. Nunca vi nada diferente a sucesos repetidos una y otra vez en los libros de historia. Leer acerca de los tiempos pasados era como leer un capítulo solo para volver al principio al llegar a la última página.
La reducida población de la Tierra ya se estaba preparando para la batalla final. El quinto desfile de muerte y destrucción que acabaría por fin con la patética raza que se negaba a aprender de sus errores.
Y habría sido nuestro fin de no ser por la ocurrencia, casi sin importancia, que alguien tuvo. ¿Habían sido las guerras, la hambruna, la miseria, siempre, idea nuestra?
¿O había venido de alguien más?
Parecía una afirmación ingenua, casi estúpida. ¡Por supuesto que todo había sido idea nuestra! El ser humano siempre ha sido una criatura cruel, insensible, incapaz de sentir compasión, diseñada únicamente con el propósito de aniquilar, como una plaga que consume una cosecha y crea a su paso hambre y miseria.
Ah, pero el mismo que objeta da una pista.
Así que el ser humano es una criatura diseñada para destruir. A alguien se le ocurrió que sería buena idea crear un ser capaz de arruinar su propia supervivencia y además dotarlo de inteligencia suficiente para construir y desarrollar cualquier cosa que apareciera en su cabeza demente.
Tal vez ni siquiera era una buena idea. Tal vez solo era un mal chiste.
Ironía; la historia está plagada de ella. Y de seguro el origen de nuestras perversiones tenía su propia porción de ella.
Entonces, antes de volarnos con la última mega arma, brillante invención de los renombrados genios de la época, antes de acabar con cada ser viviente que todavía habitaba la Tierra, volvimos nuestra atención al misterioso rostro pálido que había contemplado nuestros días más brillantes y nuestras noches más oscuras desde lo alto del cielo.
Y a alguien se le ocurrió preguntar si tal vez había alguien allí arriba.
Estas inocentes ocurrencias, que bien podrían haber venido de un niño, nos llevaron a construir la primera de las muchas naves que la después llamada Alianza lanzaría al espacio.
Y encontramos, ocultos en el lado oscuro de la Luna, los arquitectos de nuestra miseria. La misericordia no fue parte de nuestro primer y último encuentro.
Una vez libres fuimos capaces de decidir que no necesitábamos una quinta guerra para acabar con la penosa existencia de la humanidad, los pocos sobrevivientes de la repetitiva historia crearon la Alianza.
Tomó muchos años conciliar diferencias y llegar a acuerdos; y tomó muchos más convencer a la gente de la Tierra de que probablemente no éramos los únicos que habíamos sucumbido a los perversos planes de criaturas como aquellas ocultas en la cara oscura de la Luna.