Carne fresca

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Sinopsis

No tenían más identificación que la etiqueta numerada que les colgaba de la oreja desde su nacimiento. No vivían para disfrutar, sino para engordar.

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Carne fresca

6224 alzó la vista al notar que acababan de llenar los comederos de su corral, y tras intercambiar golpes y empujones con al menos diez de sus compañeros, consiguió acceder al alimento. Llenó su boca con aquella mezcla pastosa de vegetales a punto de descomponerse y cereales, y casi sin masticar, engulló tanto como le fue posible hasta sentirse satisfecho. Acto seguido, se dirigió al bebedero para saciar su sed y se echó en un rincón vacío para descansar un poco.

Esa era la única rutina que él y sus compañeros de corral conocían desde el día en el que habían venido al mundo, y así seguiría siendo hasta que llegara la fecha asignada en la que grupos de entre diez y quince de ellos cruzarían el pesado portón metálico que se erigía al fondo de la estancia, a unos cuantos metros de los treinta corrales que la conformaban. No sabía lo que se hallaba al otro lado de este, pero a menudo pensaba en sus hermanos mayores, que meses atrás fueron conducidos hacia aquel misterioso lugar y jamás regresaron.

También pensaba en su madre, a quien no había vuelto a ver desde que fue destetado; puesto que a ella y a su padre los mantenían en un sitio diferente donde su trabajo era continuar reproduciéndose mientras les fuera posible. Una vez que no pudieran cumplir con esta labor, les tocaría mudarse junto a 6224, sus compañeros y sus hermanos.

Por otra parte, los cuidadores se aseguraban de que a ninguno de ellos le faltara comida e incluso la manipulaban agregando o eliminando ingredientes para que todos en el corral ganaran peso y masa corporal; y si alguno no cumplía con los estándares, recibía inyecciones creadas específicamente para cumplir con ese propósito. No tenían más identificación que la etiqueta numerada que les colgaba de la oreja desde su nacimiento. No vivían para disfrutar, sino para engordar.

Al cabo de varias horas sin hacer nada más que defecar, volver a alimentarse y dormir; el pesado portón metálico se abrió de par en par y un grupo de varios cuidadores vestidos con botas plásticas, pantalones de mezclilla y delantales manchados de sangre recorrieron el lugar, observando atentamente a cada uno de sus habitantes. A pesar de lo desagradable que resultaba a la vista y de lo negativo que resultaba para su salud, debían asegurarse de que ninguno pesara menos de los doscientos kilos reglamentarios.

Luego de completar esta labor, abrieron la puerta de cada corral y eligieron a los ejemplares más formidables —entre ellos 6224—, para sacarlos de allí y conducirlos hacia el sitio del que venían. No sin antes obligarlos a erguirse sobre sus dos piernas para comprobar que no tuvieran signos de enfermedad o cualquier otra cosa que comprometiera lo más importante: la calidad de su carne.

Una vez hecho esto, los condujeron hacia el otro lado del portón: una habitación estrecha y vacía con paredes, techo y suelo de concreto; donde los rociaron con chorros de agua a máxima presión para remover el excremento seco adherido de su piel —consecuencia de la falta de limpieza del sitio en el que vivían y de que el espacio fuera tan reducido que todos se vieran obligados a defecar en la misma zona en la que dormían—, y procedían a afeitar su vello corporal.

Por último, 6224 y el resto del grupo fueron llevados al cuarto contiguo. En el interior de este se hallaban al menos dos docenas de ganchos carniceros colgando del techo con baldes de madera posicionados debajo de ellos y una mesa grande de trabajo, además de rejillas en el suelo para poder escurrir líquido con facilidad.

La puerta se cerró detrás de ellos y el cuidador al mando gruñó para indicarle a los demás que era hora de iniciar con la parte final del proceso. A continuación, cada uno sostuvo su respectivo cuchillo carnero, se posicionó tras su objetivo, y tomándolo de la quijada con sus fuertes brazos, cortó su garganta con un movimiento ágil y efectivo. Sin perder tiempo, alzaron sus cuerpos sangrantes y los colgaron de cabeza de los ganchos, asegurándose de que la sangre cayera directamente en el barril.

Los cuidadores gruñeron satisfechos y regocijándose por lo que acababan de hacer, ante las miradas confundidas de 6224 y sus compañeros que no entendían nada de lo ocurrido. ¿Qué les estaban haciendo? ¿Y para qué?

El estrés empezó a manifestarse entre ellos, que por primera vez en sus escasos diez años de vida, conocieron el miedo. Entonces, el sonido de las gotas de sangre cayendo se vio opacado por chillidos y balbuceos incomprensibles. A lo que los responsables de la ejecución no tuvieron más alternativa que darse prisa para evitar que las cosas se complicaran.

De inmediato, se posicionaron a espaldas de los que quedaban y repitieron el procedimiento, disfrutando cada segundo del mismo. Solo que, en esta ocasión, no los colgaron a todos.

El encargado puso el cuerpo moribundo de 6224 sobre la mesa de madera, y con una sierra para huesos se dedicó a partirlo en partes iguales, bajo la mirada de sus compañeros, que salivaban excitados. Separó las porciones y permitió que cada uno escogiera la suya, a modo de recompensa por el excelente trabajo que habían llevado a cabo. Y así, se alimentaron de aquella exquisita carne humana.

La sangre se deslizó por los hocicos de los Cerdos, que masticaban ansiosos y sin poder contener sus instintos más primitivos. Les encantaba devorar todo tipo de criaturas, pero su presa favorita eran los humanos. Los cazaban indiscriminadamente, y desde que habían inventado sus criaderos, se deleitaban obligándolos a reproducirse para tener raciones casi inagotables de lo que estos ofrecían.

Quizá en otros mundos las personas estuvieran en la cima de la cadena alimenticia, pero a los Cerdos esto no podría importarles menos. En las profundidades de los bosques de Elán ellos eran una de las especies dominantes y quien quiera que se cruzara en su camino no sería más que carne fresca.