2 de Junio 1997.
Encontré este cuaderno entre las cosas de mi tío, un tío que también supo ser abuelo. Esta frase coronaba el escrito en perfecta cursiva gótica, como se acostumbraba años atrás...
“Los hechos transcritos a continuación son verídicos.”
Cuando su alma dejo esta tierra, quedo a cargo nuestro lo que alguna vez le perteneció. Supo ser un hombre de antes, de los que tenían honor y palabra, un caballero. Revolviendo sus pertenencias, evidencié su amor por la caza, la pesca, el senderismo... Creo que hasta había sido Scout...
Había libros y carpetas fieles a su esencia de investigador, nada oficial, pero si apasionado. Que es, en algunas ocasiones, aún mejor. Su campo era el saber, cualquiera que este sea, de lo oculto a lo cotidiano, desde la física cuántica hasta lo invisible a los ojos, todo.
Dijo uno, sin ser muy ducho, “es mejor que aprender mucho, el aprender cosas buenas.” En este caso en particular es difícil discernir con lentes de (blanco o negro), o de (bondad o maldad.) Lo que si es seguro, es que, en su acopio de papeles, había realmente un poco de todo.
Entre todo esto, sus cuadernos personales, definirlos como diarios sería una mera aproximación. Datos, verdades, máxima ciencia, frases de la historia y la literatura, máquinas y sus funciones, planos y bocetos, arte. En fin, un poco de todo. Entremezclado entre tantos cabos de los cuales tirar, algo resaltaba, sus objetivos diarios con alguna de sus vivencias, junto a tal vez una expresión de su sentir a la hora de grabar sobre el papel, lo sucedido en el día o anotaciones sobre los planteados objetivos.
En la casa de un hombre de este porte, de esta naturaleza que bien se podría decir excéntrica, uno podía encontrar cualquier cosa. Abundaba la simbología de los cuadros colgados y de dibujos propios, se sentía que hasta el orden de los muebles tenía algún tipo de sentido. ¿Era que estaban todos alineados con el norte magnético? ... No lo sé realmente.