Parte 1
Parte 1
Prólogo
Una vez pasadas las luces de la ciudad, el mundo exterior era misterioso y emocionante como los cigarrillos extranjeros de su hermano. El hogar era cada vez más incómodo, pero el interior de este auto era tan familiar como el latir de su corazón. La estructura metálica, donde tantas veces ellos habían planeado técnicas, los encerraba como brazos reconfortantes -manteniendo unida su historia- cantando los lazos de la amistad con el motor ronroneante.
Los ocasionales golpes y el movimiento hipnótico de los brazos del Entrenador maniobrando el volante casi lo mandan a dormir. El Entrenador era fuerte y estaba en forma con músculos como montañas y con tanto pelo oscuro que era difícil ver la piel debajo.
Jimin suspiró y se acomodó en el viejo asiento. Cuando él estaba fuera -ellos dos- estaba a salvo, y todo era aún posible.
-¿Cuántas veces crees que hemos venido conduciendo de noche?- Preguntó somnoliento, queriendo preservar el estado de ánimo.
-¿Cuántas? ¿Una vez al mes durante los últimos cinco años? No lo sé, pero un chico inteligente como tú puede resolverlo por sí mismo.
Había una quietud en el aire como palabras sin decir.
-Muchas veces.
El Entrenador asintió, y luego le dio unas palmaditas en la pierna sin girarse.
-Te gusta estar lejos de la ciudad, verdad ¿Verdad?- La forma en que lo convirtió en una pregunta reveló su incertidumbre, sin embargo, en estos días, nada estaba asegurado.
Jimin no había dormido noches completas durante meses. Se quedaba allí tumbado escuchando los sollozos de su madre con los puños enroscados en los ojos y un dolor que nada podía curar.
Pero el Entrenador era infalible y verdadero como los edificios más antiguos de la ciudad y el suelo bajo sus pies.
-Cierto- sonrió con facilidad. Él haría cualquier cosa por este hombre. -Un día, correré en los Juegos Olímpicos y por todo el mundo. Tú y yo, visitaremos la Torre Eiffel e incluso iremos a un restaurante elegante.
El Entrenador asintió y resopló, pero aun así miró hacia adelante. Jimin quería que hiciera contacto visual, para que volvieran a ser especiales. Para que las cosas vuelvan a ser como antes.
-¿Recuerdas todo nuestro entrenamiento? ¿Las horas que hemos planeado y trabajado?
Abruptamente, el Entrenador se giró hacia un lado de la carretera y se detuvo. El sonido del motor y las ruedas llenaron el inesperado espacio en la cabeza de Jimin.
-¿Para qué nos detenemos aquí? Nunca nos detenemos aquí.
El Entrenador tiró el freno de mano y se desabrochó el cinturón de seguridad.
-¿Entrenador?
Por un momento, él sostuvo el volante y miró al frente, y luego Jimin supo confiar en la torcedura en sus entrañas que había estado allí durante siglos.
Cada vez que sorprendía a sus padres susurrando frenéticamente, la torcedura se hacía más dolorosa.
La quietud en el aire comenzó a desarrollarse.
Durante meses, cada sorbo de bebida sabía a ácido y cada bocado de comida era sucio mientras tragaba. Las cosas nunca volverían a ser lo mismo.
Él no quería que el Entrenador hablara. Palabras… estúpidas palabras fueron lo que lo metió en todo ese llanto de su familia.
Heridas y odio más profundo de lo que nadie hubiera podido imaginar.
-Jimin, necesito que me escuches como si fuera una carrera. Quiero que me escuches y confíes en mí- era la voz del Entrenador, pero no lo era.
-Está bien- susurró Jimin. Tal vez no era tan malo después de todo. Tal vez su padre le había pedido al Entrenador que volviera a hablar con él. Podía aceptar y asentir un millón de veces; él podría hacer eso.
Finalmente, el Entrenador volvió la cabeza y los ruidos del auto se apagaron. Siempre, el Entrenador se reía y sonreía, especialmente cuando gritaba para trabajar más duro -dejar de comer basura... mostrar algo de dedicación -pero ahora, la sonrisa había desaparecido. Su cara era como su tierra- todavía vieja y querida, pero llena del dolor y la preocupación que empeoraban con cada día que pasaba.
Jimin no quería mirar.
-Fuiste mi mejor corredor. El chico más rápido que he visto en mi vida. Creo que sí… hubieras ido a los Juegos Olímpicos.
-¡Todavía podemos!- Estalló Jimin. -Esta guerra no puede durar para siempre- incluso si ambos sabían que no era la guerra lo que crepitaba en el aire que respiraban.
No la guerra que hizo llorar a su madre.
El Entrenador miró hacia otro lado.
-No nos queda mucho tiempo. Ven- abrió la puerta, así que, como siempre, Jimin lo siguió al maletero. Dentro había las habituales zapatillas para correr y botellas de agua, una manta y una mochila que Jimin nunca había visto antes. El Entrenador la agarró rápidamente y movió a Jimin para que pudiera colocarla en su espalda.
-¿Qué?
-Hay dinero. Todo el dinero que tu familia y yo tenemos. No sé si será suficiente. Deberá ser. Ropa, comida, pasaporte y papeles. No hay tiempo para encontrar nada más, no.
Jimin comenzó a alejarse de los fornidos brazos que lo rodeaban para tensar las correas, pero solo se sostuvieron con más fuerza. El Entrenador comenzó a susurrar ferozmente en su oído.
-Vete. Ellos saben, Jimin. Esta noche, o mañana, vendrán por ti y te matarán de la misma manera que a ese hombre del otro lado de la calle. No puedes quedarte.
-¿Quién sabe? No… no… ellos no saben- luchó más fuerte.
-¿Qué hay de mis padres?- Su retumbante corazón reverberaba tan fuerte que estaba mareado y alegre de los brazos.
-Tus padres me pidieron que te trajera aquí. Ellos te aman, por supuesto. Pero tienes que irte- apretó a Jimin tan fuerte que jadeó.
-No puedo irme- sollozó. Explotó de él como una presa obstruida por muchos años.
-¡Ellos saben!
Palabras para aterrorizar. Palabras para terminar todo el sueño. Palabras que no negaban que podrían forzar o cambiar. Una vez que compartías una sonrisa -te demorabas mirando o ibas al café con chicos demasiadas veces- al final siempre lo descubrían.
Palabras que te daban una paliza.
Palabras que mataban.
Palabras- palabras- palabras.
Una vez que sabían, o pensaban que lo sabían -ya sea por piedras, patadas, cuchillos o armas- era el final.
El Entrenador lo giró bruscamente para que se hicieran frente. Su cara brillaba con humedad. Curiosamente, Jimin pensó en los edificios más antiguos de las ciudades ahora en ruinas.
-Tú y yo, vamos a correr una última vez, y me harás tan orgulloso, mi mejor amigo.
-No- sollozó Jimin. -No iré- agarró los brazos del Entrenador con los suyos.
-Por mí, lo harás. Por tu familia, irás- los brazos de repente se soltaron, dejando a Jimin con nada más que la mochila y sus propios sollozos.
El Entrenador tomó su mano y comenzó a trotar lentamente junto a la carretera de la misma manera que siempre.
-Respira. Siente el suelo bajo tus pies y sepas que siempre estaré contigo- el Entrenador casi nunca hablaba en serio. Al mismo tiempo que gritaba, lo hacía divertido para que todos los corredores escucharan. Escuchar sus palabras ahora era hielo bajando por la espalda de Jimin.
-¿Ir a dónde? No hay a donde ir.
Pero gradualmente aceleró para igualar al Entrenador; después de años de entrenamiento juntos, estaban unidos por una cuerda invisible que no podía ser ignorada.
-Un largo camino. A un lugar donde puedas estar a salvo. Ahora respira- el Entrenador aceleró y comenzó a alejarse de él. -Corremos hasta que veamos los faros. Entonces correrás más rápido de lo que nunca antes corriste, y si te entrené bien… me dejarás muy atrás.
Jimin respiró y siguió.