Prefacio
El dĂa que mi mundo se vino abajo, fue el dĂa que me enterĂ© que estaba embarazada.
Solo dejé de sentirlo asà cuando me encontré tirada en el suelo, viendo mi pequeña casa totalmente destruida y en llamas.
Solo ahĂ supe que no me quedaba nada mĂĄs.
No tuve esperanzas, ni siquiera cuando el llanto de mi hijo me perforĂł los oĂdos. Yo sabĂa que estaba entre los escombros, sabĂa que debĂa levantarme y buscarlo pero era inĂștil; mi cuerpo no respondĂa, mi mente yacĂa ida y una de mis piernas estaba sepultada por los escombros.
âÂĄMamĂĄ!
El sonido de las llamas ardiendo me absorbĂan y por un momento creĂ que estaba en el infierno pagando por no poder salvar a mi pequeño.
Mi dolor se volvió insoportable y en ese momento de desesperación, comencé a rezar.
RecĂ© a un Dios en el que habĂa dejado de creer hace mucho. Le roguĂ© un ĂĄngel que salvara a lo Ășnico que me quedaba: mi hijo.
Los minutos se sintieron eternos y mi cuerpo ya me estaba enviando a la inconsciencia, pues no importaba cuanto lo intentara, no podĂa moverme, no podĂa gritar.
Y llorĂ©... LlorĂ© con el mayor dolor del mundo porque ya no escuchaba a Maikol y mi mente habĂa empezado a imaginar lo peor.
Hasta que él apareció...
Tan silencioso como un fantasma, tan alto que me costó observarlo y con aquella extraña måscara de hueso, esa que me hizo pensar que era la muerte viniendo a por mi.
Aunque estaba muy equivocada, porque en realidad, Ă©l era el ĂĄngel que habĂa pedido.
En sus brazos cargaba a mi niño y supe que todo estarĂa bien.
Me dejé ir, dejé que por una vez alguien tomara el control.