Capítulo único
Había pasado un tiempo desde que rompieron. La falta de ratos libres y los intereses a futuro distintos terminaron por sepultar lo que para Ginny fue una de las mejores etapas de su vida.
Trató de no pensar mucho en ello y logró olvidarlo un poco, claro que en la tranquilidad de su habitación o incluso en los momentos estáticos de su día a día, los recuerdos parecían volver con una fuerza demoledora y aplastante, y ahí, se hacía imposible ignorar cuan poco había seguido adelante.
Debió saber que ese día sería distinto, que algo cambiaría en su rutina establecida, porque cuando tuvo el impulso de tomar un camino diferente a su trabajo, se lo encontró; era él, Harry Potter enfundado en su carismática personalidad, un corte de cabello y peinado nuevos que no lograron aplacar el deje entrañable que siempre pareció propio de él, o esa al menos era la opinión de Ginny, con los momentos que él pasó en la madriguera ardiendo en su memoria.
No había sido su intención mirarlo tan fijamente, pero tampoco podía decir que no lo extrañaba.
No planeaba acercarse, de hecho, sopesó darse media vuelta y perderse entre los transeúntes, pero su mirada era pesada, siempre lo había sido, y cuando él se dio cuenta de que Ginny estaba ahí, lo único que pudo hacer fue poner una sonrisa en su rostro, rezando porque el lado amigable de Harry no saliera a flote, rogando porque no se acercara.
Debería haber sabido que a veces el universo conspiraba en su contra, a veces el universo jugaba de formas misteriosas.
Se encontró con Harry acercándose a ella, que todavía permanecía parada en la orilla de la acera, casi como si no hubiera movido un solo músculo desde que lo miró. Harry portaba una sonrisa cálida y sus ojos mostraban un brillo afectuoso que ella admitía, era una de las cosas que más extrañaba de él. A ella misma también podía confesarse que era uno de esos rasgos espontáneos que la hicieron enamorarse, un gesto en el que pensaba a menudo y que incluso en sus memorias, seguía dándole cosquilleos en el estómago; eran las implacables mariposas que se rehusaban a morir.
Resultó que la charla no fue tan mal para haber pasado tanto tiempo sin verse, su cerebro deliberadamente olvidó que se dirigía al trabajo y pudieron ponerse al corriente en los inicios de lo que parecía, sería un bonito día.
Harry le dijo que la extrañaba, Ginny mordió el interior de su mejilla y calló el “todavía te sigo amando” que estaba en la punta de su lengua, dispuesto a deslizarse fuera de su boca y tal vez cambiar las cosas. No había caso en decirlo, no ahí y definitivamente no en ese momento.
Harry sugirió que siguieran siendo amigos, que regresaran a la línea de contacto que tuvieron en el pasado, incluso antes de salir. Ella le dio una sonrisa apretada, una mirada desviada hacia el aparador de una tienda de discos y un asentimiento mecánico que, quizá si Harry fuera más observador, habría atribuido a la decepción.
No podía seguir ignorando el collar que colgaba casi burlesco del cuello de Harry, apartar la mirada había dejado de ser una opción. Una inicial alrededor de su cuello, Ginny sabía que había escuchado de ese pequeño gesto en algún lugar, no era más que producto de la comodidad y la pertenencia, confianza ciega y más que eso, conexión. Esa pequeña “D” que resplandecía en un bonito tono plateado no pertenecía a su nombre, ni al de ella o al de alguien que conociera.
Quería desesperadamente recordar algo sobre esas últimas semanas, meses, el año completo, poner una cara a esos comentarios que escuchó cuando visitó a su familia en la madriguera y entre charlas en la mesa, decían que Harry se encontraba más feliz, mejor que en mucho tiempo, cosas a las que no prestó atención ni conectó. Sin embargo, las señales estaban ahí, en comentarios inocentes que tal vez debió ver desde otra luz, en insinuaciones sutiles sobre Harry saliendo con alguien más mientras bebía café con su madre y recibía esas miradas extrañas que trataban de calibrar su expresión.
Frunció suavemente los labios inintencionalmente, el gesto se le escapó y por un momento, agradeció que Harry fuera un poco distraído, al menos lo suficiente como para pasar desapercibido ese movimiento sincero.
Harry no podía ser tan injusto, decirle que la extrañaba sin la intención de tenerla de vuelta.
A partir de ahí la conversación finalizó, estaban en los límites de lo que se consideraría aceptable para una plática casual de dos personas que alguna vez se conocieron, pero eran simples extraños ahora, conocidos si veían de manera optimista su situación. Un encuentro casual que tenía una fecha de caducidad.
Sus caminos se separaron otra vez y la promesa de seguir siendo amigos se quedó flotando en el aire de la Calle Cornelia, atrapada en un momento del tiempo, adherida a las grietas de las viejas construcciones del lugar.
Harry salió de ahí, de regreso a su vida tranquila, de vuelta a un hogar en donde alguien más lo esperaba, con besos tranquilos antes de ir a trabajar, los pósteres de algunas de sus bandas favoritas colgando con gracia de los muros pintados de blanco porque ese era el color de los nuevos comienzos, decorando con plantas de un verde intenso como símbolo de renacer y el viejo juego de té de su madre que rescató unos años atrás guardado cuidadosamente en la vitrina de cristal.
Suponía que Harry al fin había encontrado un lugar en el que estaba cómodo y parecía encajar, pertenecer. Bajar la guardia siempre fue un punto indispensable en su lista de metas y, sinceramente, se alegraba de que al final lo hubiera logrado.
Ginny caminó hacia su trabajo con la cabeza en otro sitio, haciendo el esfuerzo de continuar con su vida, con el peso de un amor que seguía ardiendo en los recovecos más profundos de su alma, una emoción que ya no podía anestesiar más. Concluyó que esas eran las cosas que pasaban cuando todavía seguías atascado en el pasado, cuando aún no lo superas.
A veces deseaba poder odiarlo, y trató, pero no era algo que pudiera hacer cuando su corazón no podía olvidar lo buena que fue su historia mientras duró.








