Prueba de embarazo.
Eiji se para frente al rosetón del cuarto, la noche está lluviosa y Ash ha salido con un portazo después de una acalorada discusión que tuvieron, se está abrazando a sí mismo con una manta encima, duele todavía pensar en lo que se dijeron y en lo que no deberían haberse dicho jamás, el corazón le sangra y esto es una agonía. Pero no quiere estar llorando cuando Aslan regrese (¿cuándo? Si es que regresa mejor dicho). No desea que le diga que es una carga y que no pertenece a este mundo, que pretenda que lo suyo jamás ocurrió.
—¡Vuelve a Japón! Yo… ¡No quiero que me veas así!
No otra vez.
Uno pensaría que con dos años de matrimonio sus viejos hábitos habrían cesado, y al contrario solo han empeorado.
Eiji desearía que Ash confiara más en él.
¿Tan poco confiable es?
Sacude la cabeza y suelta un gemido de animal herido, tiene que dar una bocanada de aire en exceso profunda para mitigar una posible crisis de pánico, a esas alturas puede identificarlas por la naciente presión tanto en su pecho como en su vientre, la última vez que le dio fue en el vagón, era hora pico e iba camino al trabajo cuando se escuchó un disparo en las lejanías y tuvo un ataque donde perjuró que se iba a morir, su vista se nubló, se hizo un ovillo sobre sí mismo y buscó con sus ojos empapados de una película blanca y mojada a Aslan, igual que esa vez dónde recibió ese disparo para protegerlo, sí, porque aun si Ash es mucho más inteligente, más grande y más fuerte, él siempre sintió que debía protegerlo.
Pero Ash no estuvo en ese incidente en el metro.
Ash no estuvo en muchas cosas.
Sa-yo-na-ra.
Arrastra sus pies por la oscuridad del cuarto, rodea las dos camas gemelas y recuerda los días dónde sí compartían un nidito de amor al inicio de su matrimonio, recuerda la felicidad, la expectación, sus nervios de aleteos de mariposa palpitando en su corazón y sobre todo, recuerda su brillante sonrisa, cuando Ash lo miraba como si fuese lo más extraordinario del universo entero y se juraba suertudo, deslumbrado y pasmado por tenerlo a su lado todavía. Recuerda los votos, recuerda que esbozó esa carcajada irónica que usa cuando quiere verse muy cool e intelectual, ya que Eiji repitió una promesa (a diferencia de Aslan, quién tuvo que pensar de cero su discurso) se quejó con que esto era trampa, y probablemente lo era, porque sabía que no se negaría en el altar si él escuchaba sus cinco palabras nada más:
«Mi alma siempre estará contigo».
Y lo dijo siempre en serio.
Primero en la carta.
Luego en la boda.
Y una vez más en su luna de miel, cuando finalmente Ash pudo tener su primera vez luego de resistir altos y bajos en terapia, lo hicieron. Aunque Eiji fue quién lloró orgulloso por la superación y mejoría, fue Aslan quién sollozó sobre su pecho, repitiéndole una y otra vez lo agradecido que estaba con Eiji por tenerlo en su vida.
¿Y ahora?
¿Qué tiene ahora?
Eiji contiene las lágrimas entre parpadeos, enfoca su atención hacia los pedazos de papel en el suelo, con el alma sangrando lee esa única palabra que ha desembocado en todo este desastre, le enferma.
«Divorcio».
Ash le pidió el divorcio luego de dos años de matrimonio y él no…
Le dio el ultimátum antes de salir hecho una fiera por la puerta, Eiji se agacha para limpiar el picadillo de papeles, sus dedos tiemblan con cada trozo y de repente siente que se va a desmoronar, sí, mejor que nadie entiende lo duro e imperfecto que ha sido este año de matrimonio, contrario a sus deseos, promesas y anhelos acabaron mucho más separados que antes, incluso que su primer encuentro en el bar cuando le pidió sostener la pistola, Ash se rodeó de muros que Eiji no alcanza saltar, no si yace lesionado y sus alas le han sido arrancadas. Y le duele, se llena su cabeza con pensamientos de índole catastrófica sobre qué pudo haber hecho mejor para evitar que se aislara.
¿Debería haberse ido a Japón?
¿No debería haberle escrito la carta?
¿Debería haberse quedado con Dino Golzine cuando lo secuestró en la mansión?
Todos los días aparecen nuevas maneras para reprocharse, su historia juntos arde tras sus párpados mientras escucha cómo Aslan grita atormentado por las pesadillas y él no puede consolarlo (no más) y repite obsesivamente hecho por hecho, desde que su avión aterrizó en Japón hasta darse el acepto con la esperanza de encontrar el preciso momento dónde se convirtieron en desconocidos y que de ser almas gemelas pasaron al divorcio. ¿Cuándo lo perdió? ¿Cuándo lo dejó encerrarse en su carcasa congelada?
Te dije que eras un humano y dijiste que lo entendías. ¿Entonces por qué sigues actuando como un leopardo?
—Oh, Aslan.
Y tal como si lo hubiesen convocado, la puerta suena y pierde el aliento, el pánico inunda su corazón igual que un pajarito en agonía, antes era fácil recibirlo e incluso bromear sobre eso, porque siempre estaba esperando a Ash y en el fondo, Ash siempre volvía a Eiji, era el consenso silencioso que ambos sostenían en favor de la supervivencia: siempre volvían. Era simple, puesto que así como Aslan debía volver a Eiji, Eiji siempre lo recibía. Hasta que un día no volvió.
—Sigues despierto. —Es todo lo que consigue decirle, el frío en su voz es una daga incrustada en su corazón, lo ha escuchado miles de veces hablándole de esa forma a la pandilla e incluso a Dino, pero jamás de los jamases se esperó que fuese usada para él—. Deberías dormirte.
—Sí. —Tiene la boca reseca—. Estaba guardando esto antes de dormir.
—No es necesario, pronto desocuparemos el apartamento de todas maneras. —Sus puños se tensan alrededor de los papeles y entonces sí tiene que mirarlo.
—Ash…
¿Realmente quieres esto?
¿Realmente quieres terminarnos?
—Puedes quedarte con las fotografías también.
No entiende lo que quiere decir hasta que vuelve a bajar su mirada, en el ajetreo de la pelea cayeron las imágenes que tomó y publicó en su primer libro: “New York Sense” lo llamó. Se lo dedicó a Aslan antes de que estuvieran casados o de entablar cualquier tipo de relación romántica, lo hizo por mero desborde de sentimientos, no porque esperase ser correspondido o buscase algo a cambio.
[Este libro está dedicado a mi amigo A…
Quién se convirtió en mi amanecer].
Le da algo de risa siendo sincero, puso todo su esfuerzo al plasmar cómo veía a Ash en ese entonces, captó momentos cotidianos donde hacía pasta intentando no quemar la cocina, con la toalla estática en su cabeza y los dedos repletos de salsa, con una manta sobre sus hombros desnudos, con el lago de Cape Cod empapándolos, quería imágenes cotidianas que le permitiesen recordarle al propio Ash que era un ser humano, no más ni menos. Igual que la carta, New York Sense fue una confesión pura de amor.
—¿Estás seguro de esto? —Es lo que finalmente le pregunta, sus jades lucen hermosamente blancos bajo los rayos del alba, sin embargo, no existe más cariño dentro. Este Ash es ajeno, no es con quién se casó ni quién casi muere desangrado leyendo su carta en la biblioteca. No. Esté Ash se halla vacío.
—Bastante seguro. —Bufa, agachándose para recoger los pedazos de la riña y los restos de aquellas fotografías—. Quiero que me des el divorcio, Eiji.
—¿Entonces por qué destruiste los papeles?
—Porque estaba irritado. —Su voz se ve cubierta por una firmeza imposible de roer. Estás lastimado y estás lidiando tú solo con esto, ¿por qué?, ¿qué no me estás diciendo? Te conozco—. Basta con que firmes la otra copia y te dejaré en paz.
—Nunca te he pedido que me dejes en paz. —Eiji murmura, rendido—. ¿Crees que me habría casado contigo si ese fuese el caso?
—No lo sé. —Ash escamotea—. Siempre has sido difícil de leer.
—No. —Tiembla—. Tú en algún momento me dejaste de leer.
—Quizás nunca supe leerte.
—Ash.
—Quizás nunca fui el indicado para leerte.
Silencio.
Quedan en silencio.
Se permiten mirarse a los ojos sin decir palabra alguna, los mechones dorados y angelicales de Aslan penden hacia sus pestañas blancas sin vida, como si solo gravitasen por inercia alrededor de su cara, ya no posee ni el color ni la calidez del sol, ya no hay pequeñas coletas al desayuno ni novelas cuando lo afeita, ahora hay jades abatidos y empañados por una espesa capa de soledad, ni siquiera estando enfermo y secuestrado en la mansión de Dino perdió su fuerza de voluntad. ¿Qué pasó acá? Estaban yendo a terapia, iban realmente bien y de repente…
«Divorcio».
«Quiero el divorcio, regresa a Japón».
Se estrellaron contra la realidad, Ash se puso peor que nunca, se pregunta si en aquel estado Shorter lo habrá conocido y lo destroza el pensamiento, bueno, supone que todos los seres humanos poseen un límite y ambos llegaron al suyo, supone que debería seguir con su vida adelante si Ash se lo incita, porque aun si terminan, Eiji haría cualquier cosa por Ash, incluyendo dejarlo.
—A-Ah, lo siento. —Sus manos se han encontrado por accidente al recoger un pedazo de papel, una oleada de nostalgia, impotencia y despecho no duda en arrastrarlo hacia la deriva—. Tenía la cabeza en otra parte, no quise tocarte.
—Así parece. —Traga duro.
—Ash… —Y hace mucho no pronunciaba su nombre así—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Ya me estás preguntando algo. —Sonríe, extrañando esas bromas—. Puedes. —Entonces sus ojos se suavizan y lo miran como lo hacían antes y es un mordisco para su corazón—. Puedes preguntarlo.
—¿Por qué me pides el divorcio ahora? —Ambos dejan de recoger los papeles, cada quien se profesa en su propia esquina casi como si fuese un ring de pelea, le da pena que de estar en el mismo equipo hayan pasado a bandos opuestos.
—Porque nuestro matrimonio no funciona.
—¿Pero por qué ahora? ¿Qué pasó ahora para que me lo pidieras y no antes?
—Nada en particular.
—Mientes. —Lo confronta—. Mientes y lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo? —Y Aslan le da una sonrisa casi torcida y sañosa, es agresiva, si fuese otra persona se permitiría amedrentar, pero Eiji lleva conviviendo lo suficiente con su carácter para saber que cuando arroja esa clase de expresiones cínicas o comentarios punzantes, es porque está herido.
—Sé que estás mintiendo, porque cuando mientes siempre estás completamente calmado. Ocultas algo importante. —La amarga memoria de la figura de Ash esfumándose por la puerta al prometerle que saldría con Max e irse a entregar a Dino arremete contra la superficie de su mente—. Tus hábitos no han cambiado.
—¿Eh? —Aslan sonríe encogiéndose en su chaqueta, sosteniendo una mirada, le resulta masoquista seguir tan fascinado con este hombre y ha apretado su sortija por inercia—. Tienes razón, mis viejos hábitos no han cambiado. —Las palabras escapan de su boca a duras penas, impresiona tenerla seca y amarga, igual que un desierto marchito—. No he cambiado ni un poquito, ¿verdad?
—Respóndeme.
—Te respondí.
—No, no lo hiciste. —Se para firme—. ¿Por qué quieres el divorcio? No te lo daré sino me lo explicas.
—¿Qué no es obvio? —Ash ríe—. Porque ya no te amo. —Y su corazón se hace trizas con la respuesta pero debería haber estado preparado para recibirla.
—Aslan. —No se atreve a tomar su palma, se ha vuelto cobarde con los años o quizás, sus fantasmas también le pasaron la cuenta—. Ahora dilo mirándome a los ojos.
—¿Por qué? —Y de repente luce tan asustado por la petición, toda su fachada indiferente se estrella contra el piso, haciéndose mierda—. ¿Por qué debo decirlo otra vez?
—Porque solo si me miras a los ojos y me lo dices. —Eiji traga duro, preparándose mentalmente—. Te creeré.
—Yo…
—Dilo.
—Yo no te…
Las manos de Aslan han empezado a sacudirse en el aire, sus ojos se miran vulnerables, Eiji posee la impresión de que en cualquier momento los verá romper en llanto por muy cruel que sea su fachada, existen cosas que no cambian, cosas que solo Eiji parece ver en Ash, cosas que lo empujaron a robar el auto de la policía apenas siendo desconocidos, cosas que le dejaron pasarle la píldora con un beso (su primer beso por cierto), cosas que lo hicieron empujar a Aslan y hacer del cebo en una alcantarilla porque estaba agotado de verlo arriesgar su vida una y otra vez, cosas que lo hicieron soñar con una vida en japón y enseñarle el idioma, cosas que le hicieron escribirle dicha carta de: mi-alma-siempre-estará-contigo.
Cosas de Ash y Eiji.
Cosas de almas gemelas que en algún lugar deben seguir ahí si vuelve a sentirlas a pesar del divorcio.
—Vas a llegar tarde al trabajo.
—No me has dicho que no me amas.
—Eiji… —Porque no puedes—. Ve a trabajar y cuando regreses firma el divorcio.
No es capaz de refutar o de continuar con la conversación, porque la clase de mirada suplicante que Aslan le arroja le astilla burdamente el corazón y lo hace sangrar un mar que su esposo nunca mirará.
¿Esposo? Debería acostumbrarse a llamarlo exesposo más bien.
Ja.
Va a trabajar tomando el metro, antes Aslan solía dejarlo en la puerta de la compañía pero en algún momento sus excusas para evitarlo se volvieron obvias, Eiji aprieta la sortija con reticencia, la correa del bolso aplasta su pecho con tanta violencia que teme lo corte como una navaja, pero esta mañana no está de ánimo para sufrir un ataque de pánico, así que prefiere desviar su mente a cualquier otra cosa y esa cualquier otra cosa por desgracia es Ash.
Recuerda que una de las cosas que solían chocarle de su relación era que Aslan lo amaba con silencio y culpa, como si jamás hubiese sido digno de recibir amor incondicional, solía tener la creencia cruel de que si lo amaba lo condenaría mientras que para Eiji era lo opuesto, ya que amar a Ash era simple, era natural. Por eso lo sostenía cerca en sus pesadillas, era quién se disculpaba primero en las peleas y le prometió un «para siempre» en más de un sentido.
—Ei-chan. —La áspera voz de Ibe le hace saber que ha llegado a la compañía, últimamente tiende a soñar despierto más de lo que debería y eso le da pena—. Tenemos que hablar.
—¿Por qué? —Pregunta retrocediendo a la entrada de la compañía, esas palabras nunca son buenas y si alguien lo sabe, es Eiji—. ¿Por qué tenemos que hablar? ¿Pasó algo malo? —Probablemente me despedirá, no estoy haciendo un buen trabajo y apenas puedo con la universidad.
—¿Recuerdas las pruebas que nos tomaron para salir de viaje?
—Ah sí. —Un protocolo estandarizado antes de entrar a otro país, se los exigieron para un reportaje al exterior que se pospuso indefinidamente, Eiji testifica no haber consumido drogas y de hecho, ni siquiera se ha mantenido adherente a su propio tratamiento y por ende, está 100% libre de pastillas.
—Tus resultados.
—¿Tienen algo malo? —Mira a Ibe tragar duro y de repente, esto le da un mal presentimiento, pero por donde lo vea no tiene sentido, no pueden haber salido positivos los test de drogas, es imposible.
—No sé cómo decirte esto, Ei-chan. —Ibe se pellizca el entrecejo, apretando el folio contra su pecho, el día se siente demasiado helado y cada palabra es una bruma de escarcha que se lleva Nueva York.
—¿Me vas a despedir?
—No es eso. —¿Entonces qué es?—. Tú… —Vuelve a tragar duro, como si estuviese a punto de darle la noticia de que le han detectado un cáncer terminal y ya está en fase cuatro—. Estás embarazado.
—¿Eh? —Parpadea, anonadado y seguramente escuchó mal ¡sí! ¡Qué susto se llevó!—. ¿Qué dijiste?
—Estás embarazado. —Entonces Ibe repite, extendiéndole el folio con sus exámenes de laboratorio.
—Pero eso no puede ser. —Ríe—. Ash quiere divorciarse y…
Sin embargo, ahí está, escrito con suma claridad entre pruebas hormonales y un informe explicativo.
«Positivo».
Está embarazado.