El Muchacho Perdido (Placeres Desconocidos Ii) by Nelli Gutiérrez at Inkitt
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El Muchacho Perdido (Placeres Desconocidos II)

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Summary

Pasar de una pandilla a una poderosa familia criminal es bastante afortunado, pero puede que no haya sido por casualidad. Squalo solo quiere una vida mejor para su pandilla, por ello, cuando la oferta de pertenecer a la familia D'agnolo se le presenta en bandeja de plata, no duda un instante en aceptar. En ese lugar descubrirá un secreto relacionado con su familia olvidada y la cual fue asesinada cuando aun era un niño, por lo que su nueva tarea sera averiguar la verdad de lo ocurrido y perseguir la venganza aunque su enemigo sea la persona mas poderosa de Italia y quien tiene una fascinación oculta por el muchacho.

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26
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n/a
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18+

Monotonía

Odiaba los gritos. Sin importar cuanto tiempo pasara o que tanto los escuchara, no lograba acostumbrarse a ellos. Tendría que silenciarlos con sus propias manos, como llevaba haciendo desde hace tiempo atrás.

Mientras se dirigía al origen de los gritos, noto a un par de hombres que bebían, cómodos sobre unos sofás burlándose del bullicio. En cuanto notaron su figura dejaron lo que hacían para levantarse e inclinar la cabeza hacia su dirección, Ni siquiera los miró al pasar, los detestaba como detestaba a casi todos los habitantes del lugar.

Conforme bajaba hacia el sótano el ruido aumentaba de volumen y ahora era capaz de escuchar los golpes que acompañaban los gritos, junto con las palabras aún inentendibles de quien se encontraba del otro lado de la puerta.

El lugar no había cambiado, aunque de manera discreta se podían notar las diferencias entre la primera vez que puso un pie ahí y la actualidad. Ya no había jaulas ni hombres encerrados en ellas <Prefería terminar rápido con sus prisioneros que tenerlos como juguetes> Por lo mismo la suciedad y manchas de sangre eran mínimas, y solo en aquel rincón donde, ahora dos hombres interrogaban a otro atado a una silla.

—Señora, ¿Qué hace aquí? —cuestionó un tercer hombre al percatarse de la presencia de la mujer. Al escuchar a su compañero, los dos encargados de la golpiza dejaron lo que hacían para saludar a la mujer con una pronunciada reverencia. Como la mayoría de personas en esa casa, le temían, admiraban y adoraban a partes iguales.

—No necesito una excusa para bajar, ¿o si? —dijo sin mirarlos, ninguno de ellos merecía ni siquiera dos segundos de atención de la mujer.

—Claro que no, señora. —intervino otro de los sujetos casi con miedo. Todos ellos estaban enterados de lo prohibido que tenían molestarla y las consecuencias a las que se atenían si lo hacían.

—¿Ya lograron que hablara? Estoy tratando de trabajar y sus gimoteos me dan dolor de cabeza. —continuó mirando con desagrado al hombre sobre la silla. Sus trabajadores habian hecho un excelente trabajo con la tortura, ya que ni siquiera lucia como aquel joven que habian traido horas antes.

—No quiere hacerlo. Se ha negado desde que comenzamos el interrogatorio. —explicó uno de ellos. Escuchandolo, la mujer caminó hacia la mesa donde lucían varios tipos de cuchillos pasando su mano por la hoja de todos ellos hasta elegir uno bastante delgado. Bajo la mirada atenta de sus trabajadores, se acercó al prisionero, quien comenzó a gimotear luchando contra sus ataduras.

—Hay algo que detesto más que los gritos. —comenzó a hablar paseando la hoja del cuchillo sobre la piel del cuello del hombre, lo cual causó un aumento del volumen de sus gimoteos—. Odio a los soplones, sobre todo a los que continuan negándolo a pesar de saber que tenemos todas las pruebas incriminatorias en nuestras manos.

—Por favor, señora, no sé de que está hablando… —Sus palabras fueron sustituidas por un grito de dolor al sentir la hoja del cuchillo hundirse en su pantorrilla. La mujer le dio varias vueltas al arma sintiendo como la sangre comenzaba a manchar sus manos. A pesar de odiar los gritos, la sangre era algo con lo que ya sabía lidiar. La suya solía manchar los pisos de esa mansión con bastante frecuencia en el pasado.

—Podemos continuar con esto o decirme la razón de tu traición. ¿Es qué te pagaron más de lo que yo lo hago?

—Iba a sacarme del país. —reveló por fin escupiendo saliva y sangre que corría por su barbilla—. Estaba harto de la familia e iba a sacarme de aquí.

—Harto de la familia. —repitió sacando el cuchillo de la pierna—. Recuerdo que te recogí de la calle, te dí un techo y comida para tu estómago. Aquí tienes todo, ¿por qué querías irte?

—No lo entendería. —escupió mirándola como si quisiera matarla—. Es una mujer sin una pizca de humanidad y empatía.

—Tal vez sea todo eso que dices, pero tú me perteneces y no debiste haberte ido a refugiar con otra persona bajo promesas falsas de libertad.

—No eran falsas. —Mientras hablaba las lágrimas bajaban por su rostro, lucía completamente desesperado, sin embargo, la mujer no sentía lástima para nada, esa parte de ella se había desvanecido con el tiempo—. Había preparado todo para largarme. Para dejar este lugar de mierda…

Su queja fue interrumpida por otro grito de dolor al sentir como la mujer lo sostenia del cabello para forzarlo a levantar la cabeza.

—¿Por quién me traicionaste? —musitó casi pegando sus labios con el rostro ensangrentado del chico.

—Lando Cassano. Él iba a sacarme de aquí.

La mujer lo soltó alejándose un par de pasos. La familia Cassano llevaba tiempo interponiéndose con sus objetivos y queriendo arrebatarle el imperio de la droga que llevaba tiempo consolidando como el mejor de Italia y Europa. Ambos bandos habían perdido varios soldados en las peleas para desaparecer al otro.

—¿Lando? Ese sujeto ha tratado de matar a todo integrante de esta familia. ¿Aun así fuiste a pedirle ayuda?

—Confío en él más de lo que confío en ti. —declaró con una ligera sonrisa la cual, gracias a la sangre, le daba un aspecto aterrador—. El señor Cassano será quien termine con toda la familia D’agnolo.

Al escucharlo la mujer soltó un suspiro cansado volviendo a la mesa que lucía todas las armas, dejó el cuchillo ensangrentado que uno de los hombres tomó para comenzar a lavarlo y sus manos encontraron una sencilla pistola cargada. La revisó rápidamente antes de volver con el chico, quien continuaba sonriendo, a pesar de comprender que no saldría vivo de ese lugar.

—¿Sabes? Siempre he admirado a Lando. Desde que comenzó con su cruzada contra mí familia con la esperanza de hacer la suya la mejor de Italia no he sentido más que admiración por sus intentos. Sin embargo, nunca creí que la traición formará parte de sus ideales y eso me decepciona bastante. —habló con la mirada clavada en el arma que sostenia para girarse y colocarla frente al muchacho—. Espero que esta sea la última vez que trate de comprar a mis muchachos. Lamento que tengas que ser tú quien sirva de ejemplo.

—Solo haga lo que vino a hacer y deje de jugar conmigo. —dijo el hombre resignado.

—¿Jugar? Mis hombres estaban jugando contigo. Yo solo quería respuestas y ahora que las tengo debo deshacerme de ti.

Sin decir más jaló el gatillo matándolo al instante. El cuerpo dio una sacudida antes de quedarse quieto gracias a las ataduras que le impidieron caer al suelo. Vio la sangre y restos de masa encefálica manchar la pared de manera ausente antes de dirigirse a sus trabajadores.

—Quiero que Lando encuentre el cuerpo, que sepa las consecuencias de sus actos. También limpien este lugar. —De inmediato los hombres acataron sus órdenes ignorando a la mujer, quien regresó a la mesa para dejar el arma. No podía permitir que ellos se percataran del temblor en sus manos por lo que salió del sótano a toda prisa.

Volvió a encontrarse con los dos trabajadores que bebían justo donde los había dejado, ambos la miraban con admiración, incluso podía notar el deseo en sus ojos. La mayoría en ese lugar soñaba con ser el juguete de la mujer al menos por una noche y por ello siempre cumplían con su trabajo al pie de la letra.

—¿Fue Lando quien lo compró? —cuestionó un joven de cabello rojo cobrizo y una gran cicatriz de quemadura en el rostro al verla entrar a la oficina. Dejó unos papeles olvidados a un lado y se levantó para saludarla.

—No creí que decidiría comenzar a jugar sucio. No me importa cuanta gente mate en nuestra competencia, pero no soporto que trate a mis propios trabajadores para traicionarme. —respondió tomando un vaso de licor que el muchacho le ofreció. Esperaba que el alcohol ayudará con el temblor de sus manos, siempre era lo mismo cuando mataba a alguien. Era una de sus debilidades y nadie debia enterarse de eso—. Quiero que a partir de mañana, se revise la localización de cada uno de mis trabajadores, con quién trabajan e incluso lo que hacen en sus tiempos libres.

—Pondré a mis hombres a trabajar en eso de inmediato. —aceptó el joven llevando un teléfono a su oído. Mientras hacía sus llamadas, la mujer comenzó a pasear su mirada por el ventanal que daba hacia el jardín de la gran mansión.

Todo le pertenecía a ella y aun así lo odiaba, cada una de esas paredes y rincones solo servían para recordarle el infierno que sufría años atrás a manos de su difunto esposo. Ahora era libre, pero solo de él, aún estaba encadenada a la familia por lo que estaba obligada a hacer todo lo que estuviera en sus manos por el bien de cada uno de ellos.

—A partir de mañana todos estaran bajo su vigilancia. —anunció el joven regresando al lado de la mujer—. ¿Hay algo más que le moleste?

—Supe que lograste llevar el cargamento de cocaína a salvo a su destino. Bien hecho. —felicitó pasando una de sus manos por el cabello del joven.

—Es mí trabajo. —dijo llevando su mano derecha para acariciar su brazo izquierdo de manera inconsciente. Era incapaz de olvidar las cicatrices que también adornaban esa extremidad—. Por cierto, logré averiguar algo sobre el muchacho.

Su corazón dio un vuelco cuando escuchó esas palabras.

—Recuerda nuestro asunto con una de las nuevas pandillas de la ciudad, ¿verdad? —comenzó ganándose el asentimiento de la mujer—. Resulta que es líder de una de ellas.

—¿Estás bromeando?

—No. Lo vi con mis propios ojos e idéntico a como ella lo describió. Sujeto alto, pálido, cabello castaño y una marca de nacimiento en el cuello. Debo decir que parece tener unos problemas de ira bastante graves.

—Explícate. —exigió la mujer cruzándose de brazos.

—Lo encontramos propinándole una golpiza a un chico solo porque le molestaba su mirada. Se hace llamar Squalo.

—Que ridículo nombre. —escupió molesta antes de girarse para ver a su trabajador—. Haz que venga aquí. Usa su interés por formar parte de una de las familias para atraerlo si es necesario, pero lo quiero aquí.

—Así se hará, mí señora. —dijo con una leve inclinación de cabeza.

—No es necesario que te dirijas a mí de esa forma cuando estamos solos. —soltó señalando hacia la puerta. Era hora de que el joven se marchara para continuar con su trabajo y él lo entendía.

—Claro, Fiore.

El hombre salió rápidamente de la oficina dejando a la mujer sola meditando sobre aquel muchacho. Había perdido las esperanzas de encontrarlo y ahora que casi lo había olvidado regresaba junto con todos los recuerdos del amor de su vida.

—Voy a hacer todo lo que esté en mis manos para ayudar al chico. Tal y como te lo prometí, Donna.

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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