Prologo
Mientras leía uno de mis cuentos favoritos en la esquina del portón de mi casa, escuchaba a los pájaros cantar y sentía el sol de medió día bañarme con su calor y su brillo.
Cuándo estaba por la página veinte, alguien me quito el libro, mire hacía arriva y me encontré con la cara de un niño de tes blanquecina, cabello negro y espeso. Me miraba con ojos color cielo.
—Tienes que jugar conmigo —exigió cerrando mi libro y dejándolo en el piso.
—No quiero. Estaba tranquila aquí, acabas de ser un mal educado —molesta mofe hacia el desconocido.
—Juega conmigo, y tendrás otro de esos libros —Negocio.
Periwinkle lo pensó, era una oferta justa. Además, eran libros grátis.
—¿El que yo quiera? —cureoso.
El niño asintió mientras le pasaba la bola de fútbol.
—El que quieras.
—¿Que ganas tú jugando conmigo?
El niño pareció pensarse la pregunta, luego bufo y puso los brazos en jarra.
—Soy nuevo, y nadie quiere jugar conmigo. Yo gano jugar con alguien.
—Esta bien, vamos.
Periwinkle se levanto del piso y camino hacía el niño, se percato que este era más alto que ella, era más serio de cerca y parecía un poco tenso.
–¿Y qué se supone que jugaremos? –Pregunto Periwinkle mientras se hacía una coleta con la liga purpura que traía en su antebrazo izquierdo.
El niño parecía que se lo pensaba, pero seguía ahí esperando a que ella también le diese una idea de lo que se supone que jugarían.
–¿Te gusta el fut?
Periwinkle de inmediato puso cara de asco. Odiaba el futbol, la hacía acordar a su hermano y su pasión desenfrenada por tal afición.
–No, pero se jugarlo. Aunque prefiero jugar a las princesas o algo.
El niño también puso cara de Asco. Al parecer no se estaban entendiendo.
–Por cierto, ¿Cuál es tú nombre? – Periwinkle se paro frente a el y le pregunto.
–Llámame, Ax.
–¿Ax?, ¿A qué se debe?
–Mi nombre es, Axel. Pero tú puedes llamarme, Ax.
Periwinkle sonrió un poco y se dio cuenta que era un lindo nombre.
–Mucho gusto, Ax. Soy Periwinkle Manchester –Le tendió la mano en modo de saludo, esperando a que el la aceptara, cosa que el hizo al instante.
–Mucho gusto, Periwinkle –Le sonrió.
Poco después jugaron a la queda, dejando de lado el juego rudo de chicos y el delicado juego de princesas, llegaron a un acuerdo mutuo que los beneficiaba a ambos.
Ninguno de los dos en ese momento sabría que no se iban a volver a ver, ni siquiera dijeron en qué calle vivían, ni en que casa, simplemente jugaron.
Pero la vida de ellos dos era rígidamente diferente, dinámicas diferentes y sabemos que en este mundo esas cosas probablemente separen a las personas para siempre.








