Capítulo1

"Otra vez no…"
Pov KyungSoo
Solo escuchaba un eterno “bla, bla, bla”. Sí, ya sabía que lo que hice era prácticamente el último clavo para que me expulsaran del instituto, pero el director ShinDong ya me tenía hasta la coronilla con su discurso de“un Omega no debería llegar a tales extremos”.Por favor. Mejor que la sociedad eduque a los Alfas para que no sean tan idiotas y así yo no tendría que andar partiéndoles la cara. Sencillo.
Tanta palabrería me estaba provocando una jaqueca marca acme, y eso no era nada bueno: con dolor de cabeza me pongo de malas, y si me pongo de malas, empiezo a discutir... y sinceramente, una pelea con el director en este preciso momento no estaba en mis planes. Ya estaba suficientemente cansado, y pensar en el regaño que me iba a soltar mi papá al llegar tampoco ayudaba.
Antes de sobrecalentar más mi cerebro, bajé tantito la ventana del auto. Necesitaba aire. El viento golpeándome la cara y alborotándome el cabello me relajaba. Ignoré al beta por completo y me puse a mirar el vecindario. Cada casa que pasábamos era más bonita que la anterior, y aunque ya las había visto mil veces, siempre me gustaba admirarlas de regreso del instituto.Lástima que la ansiedad de saber que en cualquier momento el auto se iba a detener frente a mi casa no me dejaba disfrutarlas como siempre...
Suspiré, resignado.
Todo por culpa de los alfas idiotas... y de mi carácter de mierda, que no ayuda nada a “sobrellevar conflictos”. Bueno... sí los sobrellevo: a golpes.
Eres un omega muy bruto, KyungSoo...
Unos diez minutos pasaron mientras me perdía en mis pensamientos, mirando por la ventana. Si no fuera porque el director ShinDong me tocó el hombro para avisarme que ya habíamos llegado, ni me enteraba de que estábamos estacionados frente a casa... y que el cuarteto de bobos ya estaba parado en la puerta, esperándome como si yo fuera espectáculo de circo.
Suspiré cansado, tomé mi mochila y bajé del auto, completamente derrotado. Y sí, seguramente se me notaban a kilómetros mis enormes ganas de que me tragara la tierra en ese mismo instante.Apenas puse un pie en el pavimento cuando, de la nada, uno de los bobos se me lanzó encima para abrazarme con una fuerza que, sinceramente, era innecesaria. Con lo apretado que me tenía, ni pude ver quién era, pero su aroma tan característico lo delató.
Así que solo sonreí leve... y correspondí aquel abrazo exageradamente asfixiante.
—Yixing, estoy bien, ya puedes soltarme —le palmeé suavemente la espalda un par de veces. Por fin me liberó... solo para atraparme la cara entre sus manos y pellizcarme las mejillas.
—¿Seguro que estás bien, Soo? ¡¿Ese pequeño hijo de su mamá no te alcanzó ni a rozar un cabello?! —preguntó ansioso. Su cara lo decía todo: estaba genuinamente preocupado. Yixing era el mayor de todos nosotros, mi hyung favorito, y sí, me dolía verlo angustiarse cada vez que yo tenía un “pequeño conflicto” en la escuela. Pero mi cerebro todo idiota solo se acordaba del mal rato que lo hacía pasar después de la pelea... nunca antes.
Soy un caso.
—No, hyung. Lo noqueé antes de que pudiera terminar de escupirme todo su discurso —respondí con una sonrisa orgullosa, a ver si así se calmaba tantito.
—¡Eso es todo, pequeño demonio! —JongDae apareció por un costado y me dio un manotazo en la espalda para felicitarme. De esos que te sacan el alma por la boca—. Espero que hayas usado los movimientos maestros que te enseñé —me guiñó un ojo, sonriendo con su clásica sonrisa gatuna.
—Debo confesar, Dae... jamás creí aprender algo útil de ti —admití, dramático—. Así que te debo una disculpa y un gracias, porque esa técnica sí que dejó al idiota ese besando el piso.
JongDae abrió la boca, escandalizado, llevándose una mano al pecho como si yo acabara de apuñalarlo con un tenedor de plástico.
—¿¡Cómo que jamás creíste aprender algo útil de mí!? —exclamó, ofendidísimo, arqueando la ceja—. ¡Mira nomás a este chamaco malagradecido! Yo dándote mis mejores secretos de combate, dignos de un maestro legendario... y tú dudando de mi talento natural.
Rodé los ojos, pero él no había terminado.
—Pero bueno —suspiró dramáticamente, cambiando el tono en un parpadeo—Qué bonito es ver que al menos mi alumno estrella sabe honrar el apellido. —Me revolvió el cabello con cariño brutal—. ¡Así se le cierra el hocico a un alfa fastidioso!
—Yo opino que esa combinación deberías mostrársela a tus nuevos padres... ahora que papá te regrese al orfanato, pequeño punk —escupió con cizaña el cabello de arcoíris.
Ah... ese desgraciado.Claro que me encendió la sangre.
Di un paso hacia él hasta quedar cara a cara, a la misma altura, mirándolo con toda la mala vibra que pude concentrar.
—¿Por qué mejor no te la enseño a ti, tarado? A tu bonita cara le quedaría perfecto —le solté, clavando mi mirada en la suya.
Él me devolvió el reto sin parpadear.Y esa sonrisa arrogante... ay no, esa fue la gota que derramó mi poquita paciencia.
—¡Oigan! —interrumpió Yixing, metiéndose entre los dos antes de que alguno perdiera un diente—. Nada de peleas afuera de la casa. Si van a golpearse, que sea en el atico, donde papá no pueda verlos.
JongDae levantó el pulgar, aprobando la sugerencia como si fuera lo más sensato del mundo.
—Eso, reglas de convivencia básicas —añadió.
De repente, SeHun recibió un zape bien dado por parte del poste con patas llamado ChanYeol.
—¡¿Qué te pasa?! —protestó SeHun, agarrándose la cabeza, dolido y ofendido.
—Ves que de por sí el niño no piensa antes de actuar, y tú lo andas molestando ahorita que viene bien calientito —lo regañó.
SeHun solo hizo puchero, sobándose la cabeza donde lo habían zapeado.
—¿Ya terminaron?
Ay no.No.NO.
Esa voz.
Ese tono bajo, seco y frío.
Un escalofrío nos recorrió la columna a los cinco al mismo tiempo dejándonos tiesos.
Para que se entienda claro: cuando papá hablaba así, en ese tono, aunque fuera una sola palabra, significaba que estaba muuy, pero MUY molesto. Nivel “empieza a rezar lo que te sepas”.
Volteamos lentamente hacia donde estaba parado.
Y sí.Allí estaba papá.Junto a él, el director ShinDong.
Y la mirada de papá...Ay Dios mío, esa mirada.
—Yixing, JongDae, SeHun y ChanYeol, los quiero en sus habitaciones...¡Ahora!—tronó papá.
Solo remarcó el “ahora”, pero bastó para que los bobos salieran corriendo como cucarachas cuando prendes la luz. Me dejaron ahí, solito, bajo la mirada homicida de mi padre. Podría jurar que hasta al director ShinDong le temblaban las piernitas.
—Nosotros tres vamos a la sala. El café ya está listo —anunció con tono cortante.
Giró sobre sus talones y se metió a la casa con el director siguiéndolo como pollito detrás de la mamá gallina.
Yo... bueno, respiré hondo y, sin ganas pero sin opción, caminé detrás de ellos.
Al llegar a los grandes sillones azules aterciopelados, aventé mi mochila justo en medio y luego lancé mi trasero encima del asiento de tres plazas, acomodándome como estrella caída: piernas estiradas y espalda hundida.
Un momento después, papá regresó con una bandeja de café y galletas con chispas de chocolate. Colocó todo sobre la mesa de centro, sirvió el café y se acomodó en el sillón individual, muy derechito, muy serio, listo para escuchar atentamente el desmadre que hice.
—Muy bien, entonces... ¿qué fue lo que sucedió? —preguntó mirando al director, antes de llevarse el café a los labios.
ShinDong tragó saliva.
—Pues... esta vez fue algo grande, comparado con los incidentes anteriores —empezó ShinDong, acomodándose las gafas —. Lo que sucedió es que KyungSoo se peleó con un estudiante; un alfa de un grado mayor. En el patio trasero de la institución. Y como ya aclaramos, su hijo fue el que “ganó” la riña.
Yo sonreí apenas. Papá no volteó.Ay.
—Muchos estudiantes vieron el encuentro y también lo grabaron. Por suerte, se lograron confiscar los celulares y toda esa evidencia fue eliminada en su totalidad —continuó el beta, dándose un trago de café. —Lo grave de todo este asunto —siguió— es que, con tantas llamadas de atención, sanciones y citatorios, la mala conducta de KyungSoo ya debería ir disminuyendo... pero al parecer está haciendo lo contrario. Va en aumento, HyukJae, y eso no está nada bien.
Papá no dijo nada. Ni una palabra. Ni una ceja levantada. Ni una mirada de reojo.Solo tomó más café, muy tranquilito.
Ese silencio... ay Dios.Ese silencio dolía más que si me hubiera aventado la chancla.
—Y bueno —prosiguió el director—, a todo esto hay que sumarle un punto importante, que es la razón por la que vine hoy personalmente, HyukJae. Resulta que el alfa al que KyungSoo golpeó se llama Kim WooBin. Es hijo de un director productor de cine y televisión muy conocido, y su madre es la directora de la asamblea de padres del Instituto.
Yo bufé, cruzando los brazos.
—Sea de quien sea hijo, sigue siendo un alfa imbécil —solté, irritado.
El director casi se atraganta.Papá dejó su taza en la mesa muy...muylentamente.
Ay.Ya la cagué.Pero qué rico se sintió decirlo.
—Guarda silencio —me ordenó papá, con un tono tan molesto que casi se podía ver el humo saliéndole por las orejas. Yo solo rodé los ojos, fastidiado. —Prosigue, ShinDong —añadió.
El director se aclaró la garganta como si le hubiera entrado una tortilla entera.
—Debido a los acontecimientos de hoy... la asamblea de padres y el consejo estudiantil están exigiendo la expulsión inmediata de KyungSoo...
—¡Pues entonces que se vayan al carajo todos ellos y el instituto! —solté, levantándome de golpe.
—¡KyungSoo! —
—¡Me vale un carajo, papá! ¿Por qué a esos imbéciles nadie les dice nada? —sentí cómo la rabia me hervía por dentro—. ¡Era un maldito alfa y yo soy un omega, por si no lo recuerdan!
Miré al director, que nomás desvió la mirada como si de pronto el suelo fuera muy interesante.
—Si no supiera defenderme, con un solo golpe ese idiota me mandaba al hospital... pero de eso no hablan, ¿verdad? —los observé a ambos, esperando que al menos uno tuviera los pantalones de responder. Pero nada. El silencio cayó pesadísimo, como si les hubiera pedido que confesaran sus pecados.
—Ni siquiera sabe qué tipo de alumnos tiene en su instituto, director —rematé, clavándole la mirada—. Cuando lo sepa, va a entender perfectamente por qué le partí la cara al alfa idiota de Kim WooBin.
Tomé mi mochila y salí disparado hacia las escaleras que llevaban al segundo piso. Si me quedaba un segundo más en esa discusión, mi bocota solo iba a empeorar todo... y la neta, ya no tenía energía para otro sermón.
Llegué volando al final del pasillo, abrí mi puerta y la azoté con coraje. Me quedé ahí, pegado a la madera oscura, inhalando y exhalando como si intentara apagar un incendio interno. Bajé la cabeza, apoyé la frente en la superficie helada y cerré los ojos unos segundos.
—Al carajo todo... —murmuré, derrotadísimo.
—¿Quieres chetos?
La voz apareció justo en mi oído, tan de cerca que me sacó el alma del cuerpo. Brinqué del susto y, sin pensar, solté un puñetazo directo a la mejilla del desgraciado que casi me mata del susto.
—¡AHGGG! ¡MI HERMOSO ROSTRO! —gimió la víctima.
—¡¿Qué carajos?! —grité, todavía con la adrenalina atorada en la garganta.
El sonido de unas risas escandalosas me hizo levantar la mirada. En mi cama, como si fuera suya, estaban Yixing y ChanYeol, recostadotes, felices, cada uno con una bolsa jumbo de chetos como si fuera el cine.
Y fue entonces cuando registré a quien había golpeado.
—Oh, demonios... dime que no te pegué en la nariz...
—¡Por suerte no! —chilló JongDae, sobándose—. Solo fue en la mejilla, baboso...
—¡Tú tuviste la culpa por asustarme! —refunfuñé—. Además... ¿qué hacen ustedes en mi habitación? ¡Me van a dejar mis cobijas todas naranjas con esos dedos llenos de queso y chile!
—En primera —comenzó ChanYeol, masticando como vaca, cosa que me pareció desagradable—Tus cobijas ya estaban sucias. Acuérdate que la semana pasada vimos la serie y se te cayó el ramen. Así que tantito polvito de chetos no hará diferencia. Y segundo: estamos aquí reunidos porque queremos saber qué pasó en el instituto, Soo.
—Sabemos que tú no golpearías a alguien si no hubiera razón —añadió Yixing con voz calmada.
—Así que habla, KyungSoo —ordenó JongDae en tono de broma, sobándose la mejilla.
Lo fulminé con la mirada.
—Mmmm... —dudé unos segundos. No quería contarles nada, estaba cansado, fastidiado y cero de humor para drama extra. Pero las miradas intensas de los tres no ayudaban—. Les contaré, pero me prometen que no va a pasar lo mismo que el año pasado en Daegu. El único que se mete en problemas en esta casa soy yo, ¿entendieron?
—No estamos muy de acuerdo con lo último, pero lo prometemos —respondieron los tres al unísono.
Los miré entrecerrando los ojos, sospechoso.—¿Ya habían practicado eso, verdad?
—¡YA CUÉNTANOS! ¡SE ME VAN A ACABAR LOS CHETOOOOS Y NO QUIERO BAJAR POR MÁS, PORQUE PAPÁ ESTÁ AHÍ Y SI ME VE SE VA A QUERER DESQUITAR CONMIGOO! —gritó JongDae como si lo estuvieran degollando.
—¡Bueno, ya! —bufé. Cuando JongDae se pone dramático es realmente intolerable—. Lo que pasó es que... ¿por qué carajos a los alfas les encanta joder al que creen más débil? —pregunté, irritado. Ellos solo se encogieron de hombros—. Ese maldito de WooBin lleva TODO el año escolar molestándome. En clase, en el club, en deportes, en el receso... hasta a veces me seguía a casa nomás para dar lata.
—¿Es en serio, Kyung? —soltó ChanYeol, sin creerlo.
—Ojalá fuera broma, Chan... —respondí. Vi cómo los tres se miraron entre ellos de una forma rara, pero decidí ignorarlo—. Su manera de molestarme es como la de un niño de preescolar. Humillaciones absurdas, bromas tontas, nada físico. Pero como es popular puso a varios idiotas de su lado... ya saben, los borregos de siempre. Cada vez era más intenso, y sí, me fastidiaba, pero lo aguanté... hasta hoy. Porque cruzó una línea a la que nunca debió acercarse.
—¡Ya sabía! ¡Se te acercó de más ese hijo de p—!
—¡NO FUE ESO, YIXING! —lo corté de tajo, levantando la voz antes de que siguiera con su novela mental—. ¡Lo que pasó fue que en pleno receso el idiota vino a molestarme con su grupito de imbéciles y para mi mala suerte alcanzó a ver la foto que tengo de nosotros en el celular! —me puse de pie, encendido de coraje otra vez—. ¡Y empezó a hablar PORQUERÍAS de mi familia!
Los tres se quedaron en slencio. Yo seguí, porque el coraje ya me tenía en piloto automático.
—¡¿Con qué derecho ese mal nacido dice que papá está viejo y ojeroso, que ChanYeol parece un idiota con orejas de Yoda, que Yixing seguro es un retrasado, que JongDae es un inadaptado y que SeHun tiene cara de estúpido?! —grité con todo lo que tenía atorado—. ¡El ÚNICO que puede decir que ese tarado tiene cara de estúpido soy yo!
Yixing se levantó y me dio unas palmadas suaves en la espalda.
—Respira, Kyung —murmuró.
—¡Y me estoy limitando! ¡Ni siquiera estoy usando todas las palabras que él dijo! —
ChanYeol levantó la mano como si estuviera participando en clase.
—Solo por curiosidad, KyungSoo... ¿la foto que tienes de nosotros es la que tomamos en Navidad? Donde salgo con el sombrero de pollo rostizado, Yixing está vestido de árbol, JongDae trae la cabeza de la botarga de reno... y SeHun sí sale con cara de estúpido.
Suspiré.
—Así es, Yeol.
Él asintió con sabiduría de anciano.
—Con razón...
El sonido de la puerta al abrirse nos puso en alerta a los cuatro. Giramos casi al mismo tiempo y, al reconocer a los intrusos, volvimos a quedarnos congelados. Papá estaba ahí, de pie, con los brazos cruzados y una expresión tan seria que daba miedo respirar. A su lado, ese intento fallido de alfa, con la cabeza cubierta por una bolsa de plástico; seguramente otro de sus mil y un tratamientos capilares estaba en proceso.
—Tenemos que hablar, hijos. Los quiero abajo a todos, por favor —ordenó sin dar espacio a réplica. Se dio la vuelta y desapareció escaleras abajo.
—Demonios... —murmuramos los tres al unísono.
—Pequeño Soo —dijo SeHun acercándose a mí con un tono demasiado cariñoso para mi gusto. Me dio un asquito inmediato, tan evidente que ni siquiera intenté disimular la mueca de repulsión—.
—¿Qué tanto escuchaste, cabello de paleta?
—No sabía que me querías tanto, hermanito —respondió con una sonrisa maliciosa que pedía a gritos un golpe.
—Bueno... creo que voy a tener que hacerte olvidar los últimos cinco minutos —me remangué la camisa, dispuesto a aplicar una técnica avanzada de inducción a la amnesia.
Justo cuando estaba a punto de actuar, JongDae me sujetó del brazo.
—Debemos bajar, Soo. Hazlo después... y si quieres, te ayudo.
Las tres alfas me miraron y asintieron al mismo tiempo. No me quedó más que suspirar, apretar los puños y guardarme las ganas de hacer algo ilegal... por ahora.
Salimos de mi habitación y nos dirigimos al comedor. En los eternos 20 segundos que tardamos en bajar, el maldito de SeHun no dejó de fastidiarme: que si me abrazaba, que si me despeinaba, que si me hablaba al oído solo para molestar. Yo ni me inmuté. Un recuerdo se coló en mi mente y una sonrisita peligrosa apareció en mis labios. Él todavía no sabía que estaba a punto de pagar todo eso... y caro. Muy caro.
Al llegar, papá ya nos esperaba sentado en la mesa. Había colocado una taza de café para cada uno, como si aquello fuera una reunión familiar normal y no una sentencia judicial disfrazada de cena. En silencio, tomamos asiento y esperamos a que hablara.
—El director ShinDong se fue hace un rato, y la expulsión de KyungSoo del instituto es inevitable —dijo antes de darle un sorbo a su café. Todos lo imitamos.—Pero, al presentarse esta situación casi al finalizar el año escolar, y después de discutir ciertos puntos que resaltamos, aceptó entregarnos el documento que avala que terminaste el primer año. Así podrás cursar el segundo en otra institución.
Al escuchar eso, sentí cómo todo el estrés acumulado se evaporaba. Por primera vez en días, pude respirar sin sentir que el mundo me aplastaba el pecho.
—¿Entonces ya no vas a regresar a Kyung al orfanato, papá? —preguntó Yixing, con la voz temblorosa y los ojos al borde del llanto.
—¿Qué? ¡Claro que no! —respondió sorprendido—. ¿Qué estaban pensando, chamacos?
—Yo sí quería que lo regresaras —intervino SeHun con total descaro—, pero después de que me defendió y confesó que me quiere... pues ya no sé qué pensar, papá.
—SeHun, tú... por favor guarda silencio, ¿sí? —intervino.
ChanYeol y JongDae no pudieron evitar reírse por lo bajo al ver que incluso papá tenía que callarlo. El nalgón solo rodó los ojos y bufó, claramente ofendido por la actitud de sus hermanos.
—En lo que terminan de hablar del pequeño punk, iré a enjuagarme el cabello, porque si no se me va a pasar el tratamiento —dijo levantándose de golpe—. Y no pienso desperdiciar dinero solo porque alguien decidió armar drama.
Tomó su taza de café y se marchó con pasos indignados, dejando un silencio incómodo a su paso.
—Regresando al tema, papá... —mi voz tembló un poco, los nervios traicionándome—. Lo siento. No quería llegar a esta situación tan desagradable... pero ese alfa se atrevió a meterse con ustedes y... no pude tolerarlo.
—¿Por qué no me dijiste cómo pasaron realmente las cosas, hijo?
—¿Porque tal vez apenas si me dejaron hablar? —exclamé con obviedad, levantando una ceja.
Papá suspiró, visiblemente cansado.
—Tienes razón, KyungSoo. Me dejé llevar por el enojo... y lo lamento —dijo con sinceridad antes de levantarse y rodearme con un abrazo.
Lo correspondí sin pensarlo. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí verdaderamente a salvo.
El momento feliz duró exactamente dos segundos.
Un grito nada masculino resonó desde la planta alta, seguido de una lluvia de maldiciones tan creativas que seguramente violaban al menos tres leyes del lenguaje. Después, unos pasos pesados bajaron las escaleras a toda velocidad, directos hacia donde estábamos.
Papá frunció el ceño, claramente preocupado. No entendía qué estaba pasando... hasta que notó que nosotros tres ya no podíamos contener la risa. Su expresión cambió de inmediato, pasando depadre responsablea¿qué hicieron estos mocosos ahora?.
Cuando SeHun apareció en el comedor, nos quedamos en silencio, con los ojos abiertos como platos.
Su gloriosa, sagrada y multicolor cabellera, esa que había amado y cuidado por años, ahora era completamente negra. Negra absoluta. Negra tragedia. Negrate arruiné la vida. Y para acabarla de amolar, el contraste que hacía su rostro rojo de ira lo hacía ver aún más gracioso, perecía que estaba a punto de explotar.
Los ojos de papá se abrieron de par en par y se llevó las manos a la boca, impactado.
Eso fue nuestro límite.
La risa nos volvió a consumir, pero ahora sin control. Yixing cayó al suelo abrazándose el estómago, ChanYeol tuvo que apoyarse en la mesa para no desplomarse, y a mí ya se me salían las lágrimas.
—¡¿QUÉ TIENE DE DIVERTIDO ESTO?! —rugió SeHun, tan furioso que juraría que hasta el cabello recién teñido se le erizaba.
—Tu... tu... ca... —JongDae intentó hablar, pero no pudo terminar la frase antes de volver a carcajearse.
Eso solo enfureció más al ahora pelinegro.
Por un segundo pensé que SeHun se nos iba a lanzar encima, empezando por JongDae, claro estaba. Pero antes de que el caos escalara a nivel guerra civil, una voz de alfa retumbó en la habitación.
—Y el que se vuelva a reír lo castigo lavando la ropa de todos durante un mes, ¿escucharon?
El silencio cayó de golpe. Nos sentamos derechos en nuestros lugares como si estuviéramos en formación militar.
—Sí, papá... —respondimos al unísono, con terror genuino.
—Ahora —continuó con voz seria—, ¿de quién fue idea este chistecito?
No hubo escapatoria. ChanYeol, JongDae, Yixing y yo levantamos la mano.
Papá cerró los ojos y respiró hondo.
—¿A quién le pagaron para que lo llevara a cabo?
—Pero papá, ¿cómo piensas que nosotros...?
—¡Cállate, JongDae! —lo interrumpió—. Son mis hijos y los conozco perfectamente. Ahora respondan.
Tragué saliva y levanté la mano con decisión.
—A mí me pagaron, papá —dije con orgullo mal disimulado—. Me pagaron para cambiar el tratamiento de cabello de SeHun por tinte negro.
Papá se llevó ambas manos al rostro, completamente derrotado.
—No puede ser, KyungSoo...
—¡ME LAS VAS A PAGAR Y MUY CARO, PEQUEÑO DEMONIO! —gritó SeHun, señalándome con furia—. ¡Y ustedes! ¡¿QUÉ LES HICE YO PARA MERECER ESTO?!
—Le pagué ₩10,000 wons para que lo hiciera por la vez que me dijiste que tu comida favorita eran los labios de mi novia —escupió ChanYeol, claramente molesto—. Sé que era broma, pero no sabes las ganas que tenía de voltearte el hocico de un cachetadón, tarado. Y aunque ya haya terminado con ella, te tenía guardada mi venganza.
—Yo también le pagué ₩10,000 —intervino Yixing con un tono apagado—. En Navidad les dijiste a mis compañeros que me había disfrazado de pendejo y hasta les mostraste la foto de mi disfraz de árbol de Navidad. Nunca me volvieron a tener el mismo respeto...
—Y yo le pagué ₩10,000 a Kyung —añadió JongDae, serio como juez— porque en el intercambio de regalos entre hermanos me tocaste tú... y solo sacaste tu mano de una bolsa vacía y me enseñaste el dedo de en medio. Luego me aventaste la bolsa a la cara y te reíste como estúpido.
SeHun parpadeó varias veces.
—Vaya... —fue lo único que logró decir.
—Bueno, entonces para todo hay una razón, ¿no, hijo? —comentó papá. Después de escuchar las historias, la seriedad se le evaporó por completo y ahora parecía genuinamente divertido. Al final, el idiota se lo había ganado a pulso—. Además, en lo personal, el cabello negro se te ve mejor... te hace ver más sexi.
—¿En serio? —preguntó SeHun, sorprendido.
Y sin decir más, salió corriendo escaleras arriba. Seguro iba a verse en el espejo desde todos los ángulos posibles y tomarse miles de selfies el muy imbécil...
—¡Papá, no le digas eso! —nos quejamos los cuatro al mismo tiempo.
—Se le va a subir y no habrá servido de nada mi esfuerzo —refunfuñé.
—Como sea —dijo papá levantándose—, es hora de que se vayan a dormir. Mañana los quiero a las nueve en punto, listos para desayunar.
—¡Pero mañana es sábado! —protestamos al unísono.
—Lo sé, mocosos llorones —respondió divertido, ganándose nuestras miradas asesinas—. Pero les tengo una sorpresa. Y como ya es tarde para explicarla, los necesito temprano, arregladitos y desayunados. Ahora suban a dormir.
Por más que protestamos, no nos quedó más que obedecer. Nos despedimos en el pasillo y cada quien se fue a su habitación.
Antes de acostarme, por fin me quité el uniforme del instituto que había llevado todo el día y me puse mi pijama favorita: una camisa larga y un short azules, cubiertos de pequeños pingüinos kawaii. Papá me la había regalado en secreto dos cumpleaños atrás, y solo me la ponía después de cerrar con llave. Si alguno de los bobos me veía así, el bullying iba a ser intenso... y eterno.
Ya listo para dormir, me lancé a la cama dispuesto a sentir, como cada noche, ese glorioso momento en el que mi cuerpo se hundía en el colchón y las cobijas me envolvían suavemente.
Pero esta vez... algo no estaba bien.
Sentí una incomodidad extraña, así que me incorporé de golpe y levanté las cobijas con cuidado.
La sorpresa fue inmediata.
—Chetos...
Apreté los puños mientras sentía cómo el rostro se me iba calentando de pura ira.
—¡¡ME LA VAN A PAGAR, BOLA DE ALFAS COCHINOS!! —grité a todo pulmón, sin importarme despertar a toda la casa.
La guerra... apenas comenzaba.
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