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Un cuento en memoria a mi perrita Peque.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Peque

Recuerdo que desperté como todos los días, y, como de costumbre, comencé a limpiar la casa mientras mi abuela seguía durmiendo. Barrí y trapeé la cerámica blanca, limpié las opacas ventanas y los muebles de madera. Casi al terminar, vi a mi abuela salir de su habitación encorvada y quejándose de dolor. Me acerqué a ella y, preocupada, la encaminé hacia una silla.

Ella se sentó y, con una voz suave, me dijo que solo le dolía la espalda y que no era nada por lo que preocuparse. A pesar de su actitud tranquilizadora, me senté en el comedor y, aunque traté de no mostrar mi preocupación, no pude evitar suspirar. Supuse que quizás era un dolor común para ella y que se le pasaría pronto.

Ese día continué con mis tareas diarias. Desde una de las ventanas, vi a mi abuela sentada en el patio, tranquila, observando a las aves. Fue entonces cuando noté algo sorprendente: nuestra perrita chihuahua, Peque, comenzó a acercarse a mi abuela, brincando y ladrando como si quisiera jugar con ella. Peque solía evitar el contacto con nosotros, así que su comportamiento era inusual.

En los días siguientes, Peque seguía intentando jugar con mi abuela, pero ella solo permanecía sentada, inmóvil debido al dolor persistente en su espalda. Preocupado, compré medicamentos para ella y la convencí de tomarlos, pero, a pesar del tratamiento, su estado parecía empeorar. Hubo días en los que ni siquiera salía de la cama, el dolor se extendía por todo su cuerpo.

Desesperado, empecé a llevarla con varios doctores y especialistas, pero cada uno solo la revisaba brevemente, llenaba un informe y me entregaba una receta médica con los mismos medicamentos que ya había probado. Mi frustración crecía al ver cómo mi abuela sufría cada día más, sin ver mejoras.

Un día, al regresar del trabajo, encontré a mi abuela sentada en el patio con Peque acostada a su lado. Se miraban tan tranquilas que solo saludé y entré en la casa. Durante varios días, la escena se repetía. Mi abuela parecía mejorar y Peque seguía acostada junto a ella, como si cuidara de ella.

Una mañana, al despertar e ir a la sala, mi abuela, sentada en uno de los sofás, me dijo que parecía estar mejor y que el dolor estaba disminuyendo. Me alegré al escuchar eso, pensando que tal vez el medicamento estaba empezando a hacer efecto.

Desde ese día, mi abuela comenzó a mejorar notablemente. Salía al patio a regar las plantas, se relajaba en una de las sillas y hasta jugaba con Peque. Sin embargo, empecé a notar algo extraño: Peque dormía más de lo habitual, se escondía y no salía a comer con regularidad. Cuando mi abuela se sentaba en el patio, Peque también salía de su escondite, caminaba lenta y cansada, y se acostaba a su lado.

Esto me hizo pensar durante varios días, hasta que un día noté que Peque no había salido de su escondite, ni siquiera cuando mi abuela la llamó. Por la mañana, mi abuela me pidió que la buscara y la trajera dentro de la casa. La encontré debajo de un viejo auto descompuesto, acurrucada en una tela vieja y temblando. Pensé que podría tener frío, así que la llevé a la casa y la acomodé en una caja con una cobija para que se calentara.

Esa noche, me despertó un ladrido de dolor. Me levanté y fui a revisar a Peque. La encontré llorando y arqueándose de dolor. Me asusté y comencé a acariciarla, hablándole con la esperanza de que pudiera entenderme. La calmé durante unos minutos y, al ver que se relajaba, decidí volver a la cama. Sin embargo, fui despertado nuevamente por los ladridos. Fui con ella otra vez, pensando en despertar a mi abuela, pero decidí no hacerlo.

Peque seguía arqueándose y comenzó a convulsionar. En ese momento supe que estaba muriendo. Mientras convulsionaba, tomé una de sus patas y la acaricié, tratando de consolarla. No podía hacer nada más. Cuando finalmente dejó de convulsionar, la saqué de la caja y extendí la cobija en el suelo para acostarla. Pero las convulsiones continuaron, sin detenerse a pesar de mis intentos de calmarla.

Verla en ese estado era desgarrador. Su cuerpo se movía de forma incontrolada, su boca estaba abierta con la lengua fuera y ya no parpadeaba. Me sentía frustrado y destrozado, con un nudo en la garganta y lágrimas a punto de salir. Finalmente, su sufrimiento cesó. Sus músculos se tensaron, estiró sus patas y su cuello, quedándose completamente quieta. Me arrodillé frente a ella y observé cómo su cuerpo se relajaba lentamente, entendiendo que se había ido.

Evitando llorar, me despedí de Peque con gratitud. A pesar de que nunca fuimos muy cercanos, me alegraba verla correr por el patio, brincando y jugando, cuidando de la casa y haciendo reír con sus pequeños desastres. Con delicadeza, la envolví en la cobija y la llevé afuera. Busqué una pala y cavé un hoyo para enterrarla. La coloqué en el hoyo y me despedí con un “Gracias, Peque”, antes de cubrirla con tierra y colocar una piedra encima.

Esa noche, no pude dormir debido a la tristeza que invadía mi corazón. A la mañana siguiente, encontré a mi abuela frente a la tumba de Peque, visiblemente afectada. Al darse cuenta de mi presencia, me dijo algo que me dejó pensando: “Cuando me sentía mal, Peque intentaba que yo jugara con ella. Cuando mejoré, ella empezó a dejar de hacerlo y solo se acostaba a mi lado para hacerme compañía. Dio su vida por mí.”

Sus palabras quedaron grabadas en mi mente y, cada día que pasó frente a esa piedra, le sigo dando las gracias por todo lo que hizo.

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