La llegada de halloween
El aire fresco de octubre llenaba el pequeño pueblo de Valle Oscuro, donde las hojas caídas cubrían las calles y los adornos de Halloween decoraban cada esquina. Calabazas talladas con sonrisas siniestras y luces parpadeantes brillaban en las ventanas de las casas. Era la noche de Halloween, una festividad que los jóvenes esperaban con ansias, pero que también traía consigo un aire de misterio y advertencias.
Sofía, miraba por la ventana de su habitación, admirando la atmósfera festiva. Su corazón latía con emoción. Esa noche, ella y sus amigos habían planeado una celebración épica. Junto a ella estaban Marco y Laura. Ambos estaban en la sala, organizando los últimos detalles de su fiesta.
“¡Vamos, chicos! No podemos retrasarnos más. Esta es la mejor noche del año”, exclamó Marco, ajustándose la máscara de esqueleto que había elegido para la ocasión.
Javier, llegó un poco tarde, con una camiseta que decía “Halloween es solo una excusa para asustar a los débiles”. “¿De verdad creen que un payaso puede asustarnos? Todo esto es solo una tontería”, dijo, riendo mientras se unía al grupo.
“¿No has oído la leyenda del Payaso Sonriente?” preguntó Sara, mientras se ataba el disfraz de bruja. “Se dice que regresa cada Halloween para llevarse a los que no respetan la festividad”.
“Por favor, Sara. Es solo una historia inventada para asustar a los niños”, respondió Javier, sin tomarse en serio la advertencia. Pero una sombra de duda cruzó su rostro.
La noche avanzaba y el grupo decidió dirigirse a un viejo parque, donde habían preparado un campamento. El cielo se oscureció, y una niebla espesa comenzó a descender, envolviendo el lugar en un aire inquietante. Los árboles chirriaban con el viento, creando un fondo sonoro que hacía que todos se sintieran un poco nerviosos.
“¿Qué tal si contamos historias de miedo?” sugirió Laura, mientras encendían una fogata. Los amigos se acomodaron alrededor de las llamas, riendo y bromeando mientras compartían anécdotas de Halloween pasados. Sin embargo, el ambiente se tornó sombrío cuando Sofía decidió narrar la leyenda del Payaso Sonriente.
“Se dice que hace años, un payaso que solía hacer reír a los niños se volvió loco. Comenzó a secuestrarlos y a hacerlos desaparecer. Desde entonces, su espíritu vaga por los pueblos en Halloween, buscando a aquellos que no respetan la festividad”, explicó Sofía, su voz temblando ligeramente.
“Vamos, no me digas que crees en eso”, interrumpió Javier, mientras la fogata iluminaba sus rostros.
“Lo sé, suena loco, pero… hay algo inquietante en esta noche”, respondió Sofía, mirando hacia la oscuridad del bosque que rodeaba el parque.
De repente, un grito resonó en la distancia. Todos se quedaron en silencio, mirándose entre sí con ojos ensanchados por el miedo.
“Seguramente solo es alguien bromeando,” dijo Marco, tratando de mantener la calma, pero su voz sonó vacilante.
“Voy a ver qué fue,” propuso Alex, levantándose de su lugar. “No hay nada que temer, ¿verdad?”
“Espera, Alex. No vayas solo,” advirtió Sarah, pero él ya se había adentrado en la oscuridad.
Los amigos se quedaron en la fogata, la risa se había desvanecido y la tensión llenaba el aire. Cada crujido de las ramas o susurro del viento parecía llevar consigo un eco de advertencia.
La noche de Halloween apenas comenzaba, y la leyenda del Payaso Sonriente estaba a punto de cobrar vida.








