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El Diario del Miedo: Aventuras siniestras en cada país

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Summary

Una colección de relatos intrigantes donde el peligro acecha a través de fronteras y en el propio hogar. Explora las aterradoras pruebas que enfrentan personajes al viajar por el mundo, y descubre terrores igualmente inquietantes que suceden en paralelo a otros individuos en su país de origen.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El viaje comenzó como un sueño, pero pronto se convirtió en una pesadilla. Después de meses de planificación, finalmente llegamos a Brasil. Yo, Héctor, había organizado este viaje junto a mi pareja, Laura, y mi hermano, Carlos. Estábamos emocionados por explorar este país fascinante, lleno de aventuras y belleza. Pero para mí, había un propósito más profundo: sorprender a Laura con una propuesta de matrimonio.

Desde el principio, todo parecía perfecto. Había reservado dos habitaciones en un hotel lujoso que prometía ser un paraíso. Sin embargo, una crítica oscura en las reseñas online decía: “No vengan. Este hotel no es lo que parece.” Ignoré la advertencia, un error que lamentaría más tarde.

El hotel era impresionante, con paredes doradas y candelabros brillantes. Nos trataron como a realeza y nos ofrecieron un tour gratuito por el Amazonas. Todo iba de maravilla hasta que decidimos salir a explorar la ciudad. Al tomar un taxi hacia el Cristo Redentor, el conductor —un hombre con una sonrisa inexpresiva— comenzó a desviarse del camino principal. Mi instinto gritó peligro, pero ya era demasiado tarde. Con un clic, bloqueó las puertas del auto.

Héctor (gritando, con furia): “¡Detenga el auto ahora mismo!”

El taxista no respondió. Laura estaba aterrada.

Laura (temblando, abrazada a mí): “No me gusta cómo nos está mirando. Creo que quiere hacernos algo malo.”

Carlos, con su tono arrogante, intentó calmarla, pero incluso él comenzaba a ponerse nervioso.

Carlos (inquieto, con una sonrisa forzada): “Seguro solo se perdió. Relájense.”

Finalmente, tomé la cámara con la que planeábamos fotografiar el paisaje y la estrellé contra su cabeza. El golpe lo dejó inconsciente y el auto chocó violentamente contra un muro. Salimos tambaleándonos, con el corazón a mil. El auto comenzó a humear. Rescaté al conductor antes de que explotara, pero cuando recobró el sentido, su mirada estaba llena de terror.

Taxista (jadeando, entre lágrimas): “Vocês não deveriam ter vindo.”

Carlos (mirándome, confundido): “¿Qué dijo?”

Héctor (atónito): “Algo así como ‘No deberían haber venido’... Esto no ha terminado.”

Pero no era lo que parecía. Más tarde entenderíamos que el taxista solo había intentado tomar un atajo por las favelas, un sitio turístico pero a veces peligroso. Por eso había activado los seguros. Su objetivo era llegar más rápido al Cristo Redentor. No hablaba español, y su expresión rígida era de miedo, no de amenaza. Lo habíamos malinterpretado. Él había tratado de ayudarnos.

Laura (fría, calculadora): “Héctor... hay una zanja ahí. Dejémoslo ahí y sigamos. Nadie nos vio. No lo necesitamos.”

Héctor (horrorizado): “¿Qué estás diciendo? ¡No está muerto!”

Laura (cruzándose de brazos, con mirada de superioridad): “No voy a pasar la noche en la cárcel por culpa de alguien que ni siquiera habla nuestro idioma.”

Carlos la miraba con un desprecio que ya no podía ocultar.

Carlos (con tono ácido): “Tú sí que sabes cómo resolver los problemas, ¿eh? No sabía que estabas con una psicópata, Héctor.”

Laura (viéndolo con repulsión): “Y yo no sabía que venías de fábrica con una lengua venenosa, Carlos. Pero ya que estás aquí, podrías dejar de vivir a costa de tu hermano.”

La tensión aumentó. Laura no dejaba de reprocharme por haber traído a Carlos.

Carlos (dudando): “Vamos... llamemos una ambulancia y nos largamos antes de que aparezca la policía. No quiero terminar en una celda en otro país.”

Usamos su celular, marcamos en portugués con ayuda de una app de traducción, y enviamos la ubicación exacta antes de desaparecer en dirección al hotel. Nos fuimos antes de que nos encontraran.

Laura (manipuladora, acariciándome el rostro): “Amor... no entiendo por qué lo trajiste. ¿No ves que arruina todo? Nunca has sabido decirle que no. ¿Hasta cuándo piensas mantenerlo?”

Carlos (escuchando): “No se preocupen. Si quieren intimidad, puedo hacerme invisible. Como siempre. Pero al menos llamen a una ambulancia antes de regresar al hotel.”

Más tarde, ya en el hotel, Laura y yo intentamos relajarnos. Encendí velas y puse música suave. Por un momento, la oscuridad pareció retroceder. Comenzamos a besarnos, buscando escapar del estrés del día. Laura se deslizaba sobre mí con pasión reprimida, moviéndose con un ritmo lento y eléctrico, su piel caliente sobre la mía, su respiración pesada. Pero cuando nuestros ojos se encontraron, algo frío recorrió mi espalda.

Por un segundo, su mirada no era la de Laura. Era otra cosa. Una sombra brillando detrás de sus pupilas. Un susurro que no provenía de ella.

Carlos (abriendo la puerta sin tocar): “¿Vieron esto en el pasillo? ¡Las luces están parpadeando como locas!”

Laura (apartándose bruscamente, molesta): “¡¿No sabes tocar antes de entrar, imbécil?!”

La noche se tornó inquietante. Las luces del hotel parpadeaban, y los pasillos parecían alargarse interminablemente. Escuchamos susurros provenientes de las paredes. Una figura alta y delgada, con ojos brillantes y una sonrisa aterradora, apareció en las sombras. Era el Visagen, una leyenda local que se alimentaba del miedo.


Laura (señalándolo, horrorizada): “¿Qué es eso?”

Héctor (tomándola del brazo): “No lo sé, pero debemos correr. ¡Ahora!”

Carlos intentó enfrentarlo, pero el Visagen comenzó a jugar con nuestras mentes. Su especialidad no era matar... era abrirnos por dentro y dejarnos pudrir en vida.

Carlos (llorando, arrodillado): “¡Perdón! ¡Siempre he sido un egoísta! ¡Siempre he odiado a Laura porque sé que te va a destruir, Héctor! ¡Te va a dejar solo!”

El Visagen se alimentó de su arrepentimiento, arrastrándolo a la oscuridad.

Yo me derrumbé. Lloré. Grité su nombre. Me culpé por llevarlo allí. Por no protegerlo. Por no entender antes el peligro real.

Esa noche, mientras la lluvia golpeaba los ventanales del hotel como dedos ansiosos, Laura se encontraba sola en el baño, observando su reflejo. Algo no estaba bien.

Su rostro... parecía moverse, muy levemente, como si otra Laura estuviera detrás del espejo, apenas imitando sus gestos con un retardo mínimo, burlón. Las venas de sus ojos se tornaron negras por un instante. Parpadeó y la visión desapareció.

Laura (susurrando, fascinada y aterrada): “¿Qué... eres tú?”

El reflejo sonrió. Pero ella no.

La imagen en el espejo se volvió más clara: por un momento, los ojos de Laura en el reflejo mostraron la silueta del Visagen dentro de sus pupilas, como si él la observara desde dentro. Era sensual y repulsivo a la vez: su sonrisa se ensanchaba, sus dedos recorrían su rostro desde adentro, acariciándola con lujuria demoníaca.

Se tocó los labios, temblando, excitada y asqueada al mismo tiempo.

La puerta del baño crujió. Héctor se acercó con pasos lentos.

Héctor (preocupado): “¿Laura? ¿Estás bien?”

Laura (girando bruscamente, nerviosa): “Sí. Solo... necesitaba un momento.”

Pero Héctor la miró fijamente. Algo en ella había cambiado. Sus ojos... ya no brillaban como antes. ¿Era el miedo, o algo más oscuro gestándose en su interior?

Esa noche no pudimos dormir. Yo estaba destruido por la pérdida de Carlos. El hotel parecía respirar. Las paredes se contraían como si tuvieran pulmones. Afuera, las sombras no se quedaban quietas.

Visagen (desde el techo, con voz gélida): “Aún falta uno. La deuda no está saldada.”

Héctor (tomando a Laura con fuerza): “¿Qué significa eso? ¿Quién falta? ¡Te has llevado a mi hermano, criatura horrenda, devuélvelo!”

Laura (con voz más grave, como si otra presencia hablara a través de ella): “Tú, Héctor. Tú eres el que falta.”

La figura de Laura se desdibujó por un instante. Héctor retrocedió, horrorizado. Antes de poder decir algo más, la habitación se cubrió de sombras. Un grito ahogado. Un golpe seco. Y luego, silencio.

A la mañana siguiente, Carlos y Héctor habían desaparecido sin dejar rastro. Ni sus pertenencias, ni sus huellas. El personal del hotel negó haberlos visto.

Laura salió del hotel vestida sensualmente, con gafas oscuras y labios rojos como sangre. Arrastraba una maleta ligera, y una sonrisa maquiavélica cruzaba su rostro. Sus pasos eran elegantes, seguros, como si acabara de salir de un spa. Al cruzar la calle, “accidentalmente” tropezó con un hombre alto, de acento extranjero.

Hombre (sorprendido): “Oh, lo siento. ¿Estás bien?”

Laura (sonriente, seductora): “Claro que sí... aunque quizás necesite que me acompañes un rato. ¿Conoces la ciudad?”

El hombre rió, encantado. No sabía que algo oscuro lo había elegido. El ciclo estaba a punto de comenzar otra vez.

Con cada paso, las sombras detrás de Laura crecían. Y en el reflejo de sus gafas, el Visagen sonreía.

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