Capítulo #1| Lo que ya no somos
[Ciudad de Tokio, 29 de abril de 2000]
El sol apenas comenzaba a esconderse entre los edificios altos de Tokio, tiñendo de naranja los columpios oxidados del parque. El aire olía a polvo, a hojas secas, y a papas fritas frías de algún puesto cercano que ya ni se esforzaba en atraer clientes.
—Buah… qué hambre tengo —murmuré mientras me dejaba caer en una de las bancas viejas, con un crujido metálico que parecía quejarse de mi existencia.
Mis tripas hicieron un sonido que ni siquiera la música de un karaoke barato podría disimular.
"Hace tiempo que los negocios van mal…", pensé mientras estiraba las piernas con desgano. "A veces me pregunto por qué sigo con todo esto. ¿Será por orgullo? ¿Por miedo a admitir que fracasé?"
Observé el parque. Vacío. Solo un gato callejero se colaba entre los arbustos, ignorando por completo mi drama existencial.
Tengo veinte años. Estoy en un parque infantil, sentada sola como si estuviera esperando algo mejor. Muchos dirían que soy una fracasada, que no tengo dirección, que desperdicié mi juventud. Y tal vez tengan razón.
Mis antiguos compañeros de preparatoria ya están casados, con trabajos estables, bebés en camino o viajes a Osaka. Yo… yo ni siquiera tengo claro qué voy a cenar esta noche.
Pero, ¿sabes? No me importa tanto. Cada quien a su tiempo, decía el dicho. Aunque a veces me suena más a consuelo barato que a verdad universal.
Miré mis manos. Sucias. Con callos.
A veces creo que Tokio te traga, te escupe y te vuelve a tragar. Pero aún así, aquí sigo. Porque no tengo a dónde más ir. Porque algo, en el fondo, me dice que aún no todo está perdido.
Y justo en ese momento, cuando estaba a punto de rendirme a mis pensamientos, un ruido interrumpió mi martirio. Un chirrido familiar.
Unas botas golpeando la grava. Un andar lento. Familiar.
Me incorporé, algo confundida. Y entonces lo vi.
Cabello largo recogido con descuido. Una expresión que oscilaba entre la pereza y el desinterés.
El mismo andar relajado de siempre.
—¿Waka…sa?
Él se detuvo. Me miró con los ojos entrecerrados por el sol poniente.
Y sonrió, apenas, como si el tiempo no hubiera pasado.
—Vaya, si no es mas que usted, señorita Nozomiya—dijo con voz tranquila, con ese tono burlón y afectuoso que siempre usaba conmigo.
No pude evitar reír. Pequeño, seco. Como quien encuentra un recuerdo en medio de una ruina.
—¿Qué haces aquí, Imaushi?
—Lo mismo que tú, supongo. Divagando un rato.
No supe qué decir. Hacía años que no lo veía. Años. Y aun así, él hablaba como si no hubiera pasado más de una tarde. Como si nada.
—Sabes cuántas veces te he dicho que no me llames así —le solté, casi por reflejo.
Mi tono fue más seco de lo que pretendía. Wakasa levantó una ceja, medio divertido.
—¿Todavía odias que use tu apellido? Pensé que después de tanto tiempo ya te habrías ablandado un poco, Miyu.
Rodé los ojos, pero no respondí. No le daría el gusto. El silencio se coló entre nosotros durante unos segundos que se sintieron más largos de lo necesario.
—¿Sigues durmiendo en bancas o esta es una excepción? —preguntó, mirando la banca desvencijada donde estaba sentada.
—¿Y tú sigues metiéndote en vidas ajenas como siempre?
Él soltó una risa nasal.
—Veo que no has cambiado ni un poco.
—Y tú tampoco. Siempre apareciendo cuando menos se te necesita.
Wakasa se rascó la nuca, luego metió las manos en los bolsillos de su chaqueta. Parecía a punto de decir algo más, pero lo pensó mejor. En lugar de eso, levantó la vista hacia el cielo que ya empezaba a teñirse de un violeta hermoso.
—¿Tienes algo que hacer esta noche?
Lo miré de reojo. Desconfiada. Siempre había tenido una habilidad especial para arrastrarme a lugares y situaciones que terminaban siendo un caos.
—No.
—¿Quieres una cerveza?
Lo miré con más desconfianza aún.
—¿Qué clase de trampa es esta?
—Ninguna. —Encogió los hombros— .Tengo sed, hace calor y no todos los días me topo con una cara conocida que no quiera matarme o pedirme favores. Pensé que podrías hacerme el favor de no arruinar la noche.
Mi estómago gruñó. Él lo oyó, claro que sí. Y sonrió, como si eso lo convenciera de que tenía razón.
—Hay un local cerca. No es elegante, pero tienen *karaage decente y no preguntan mucho.
Yo dudé. Podía decirle que no. Podía quedarme allí, hundida en mi orgullo, viendo cómo el cielo se apagaba igual que mi entusiasmo por la vida. Pero... hacía mucho que no hablaba con nadie sin sentir que tenía que justificar mi existencia.
Suspiré.
—Si tú pagas.
Wakasa sonrió como si hubiera ganado una pelea.
—Por supuesto, señorita Nozomiya. ¿Faltaba más?
Me puse de pie, estirándome un poco. Al levantarme, noté que él me observaba, pero sin juzgarme. Solo… mirándome. Como si estuviera intentando reconocer quién era ahora.
Y yo también lo miré a él. No sabía si era el mismo Wakasa de antes o solo un reflejo más de ese Tokio que no deja de cambiar.
Pero algo era cierto: esa noche, al menos, ya no estaba sola.
[Minutos después — Ya dentro del bar]
El local olía a aceite viejo y salsa de soya, pero era acogedor. Techos bajos, sillas de metal, luces cálidas. Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, aunque no había mucho que ver fuera, salvo la acera resquebrajada y una bicicleta sin candado.
Wakasa pidió dos cervezas y una porción de karaage sin siquiera preguntarme. Supongo que aún recordaba lo que me gustaba.
Cuando nos sirvieron, tomó la cerveza, la alzó un poco y dijo:
—Por volverte a ver.
Brindé sin mucho entusiasmo. El primer trago me supo a recuerdo y resignación. Tenía hambre. El pollo estaba crujiente. Silencio.
—¿Sabes qué es lo más loco? —dijo de pronto, sin mirarme—. Que literalmente nos conocemos desde que éramos bebés.
Levanté la vista, sorprendida. No porque fuera mentira, sino porque no esperaba que él lo dijera tan… suave.
—¿Te acuerdas?
—Me acuerdo de todo, Miyu.
No supe si eso me gustaba o me incomodaba.
—Tú fuiste la que me habló primero —continuó—. Estábamos en ese parque feo cerca del orfanato. Tenías mocos en la cara y un peluche de tigre con una oreja arrancada. Yo estaba con mi cubeta de arena y tú viniste toda mandona a decirme que el castillo estaba mal hecho.
No pude evitar reírme. Fue pequeño, pero real.
—¿Y qué hiciste?
—Te ignoré. Como todo un cabrón desde los tres años.
—Qué sorpresa.
Wakasa sonrió. Apoyó el codo en la mesa y giró su vaso con los dedos.
—Pero volviste. Al día siguiente. Y al siguiente. Y un día simplemente te sentaste a mi lado sin decir nada. Desde ahí... ya no dejaste de aparecer.
—¿Y te molestaba?
—Nah. —Se encogió de hombros—. Me gustaba tener a alguien que no se iba. Supongo.
Tragué saliva. No esperaba que el recuerdo me apretara el pecho así. Durante un rato, solo comimos. El karaage estaba tibio ya, pero no importaba.
—¿Por qué lo mencionas ahora?
Wakasa me miró, sin sonreír.
—Porque pensé que tal vez tú lo habías olvidado.
Negué con la cabeza. No necesitaba palabras.
—Y también porque —agregó—, a veces me pregunto si te alejaste porque ya no te importaba... o porque te importaba demasiado.
Eso me dejó helada.
—No quiero hablar de eso —murmuré.
—Está bien —dijo, sin presionar—. Solo… quise saber si aún quedaba algo de la Miyu que me sacó de mi castillo de arena.
No respondí. Solo bajé la mirada al vaso, donde las burbujas de la cerveza subían como si también quisieran escapar de algo.
Wakasa no dijo nada más. Solo siguió tomando a tragos lentos, como si el sabor le ayudara a ordenar pensamientos que no se atrevía a decir.
Yo también guardé silencio, pero no porque no tuviera nada que decir. Al contrario. Tenía demasiado. Palabras atascadas en la garganta desde hace tres años. Desde esa tarde.
[Ciudad de Tokio, 15 de agosto de 1997]
"Mi cumpleaños. El día que elegí quedarme sola."
El cielo estaba gris. No de esos grises suaves y melancólicos. Era un gris frío, aplastante. Como yo.
Wakasa me encontró en la vieja cancha de básquet donde solíamos pasar el tiempo. Venía cargando una bolsa de papel mojada por la lluvia. Intentaba protegerla como podía.
—¡Miyu! —gritó al verme—. ¡Feliz cumpleaños!
Me quedé quieta. No le había dicho a nadie que era mi cumpleaños. No quería celebraciones. No quería a nadie.
Pero él… él siempre se acordaba.
Me acerqué con pasos duros, decidida. Cada latido me gritaba que me detuviera. Que no hiciera esto. Pero no lo escuché.
—¿Qué haces aquí? —pregunté seca, sin emoción.
—Vine a verte. Traje pie de calabaza, tu favorito —sonrió levemente, levantando la bolsa mojada—. Y galletas de vainilla favoritas. Pensé que podríamos…
—No quiero pie de calabaza, ni tampoco esas asquerosas galletas de vainilla.
—Miyu…
—Y no quiero verte tampoco.
Wakasa parpadeó, confundido. El agua le caía por el flequillo, y no sabía si lo que brillaba en sus ojos era la lluvia… o no.
—¿Qué pasa?
Respiré hondo. Apreté los puños. Me iba a doler. Pero tenía que hacerlo bien. Sin dudas. Sin explicaciones.
—Eres un estorbo —escupí sin piedad—. No te necesito. Nunca te necesité. ¿Qué carajo haces viniendo aquí como si importaras?
—¿Qué estás diciendo…?
—Que me das asco, Wakasa. Me asfixias. Me sigues como un maldito perro. ¿Qué no entiendes? ¡Lárgate de mi vida!
—Miyu… hoy es tu cumpleaños…
—¿Y qué? No quiero verte. No quiero nada de ti. Quiero que desaparezcas. ¿Está claro? No me busques nunca más.
Sus labios temblaron. Por un segundo creí que iba a decir algo. Que iba a gritarme, a detenerme. Pero no.
Solo asintió. Bajó la mirada. Y dejó la bolsa mojada en el suelo, sin decir nada más.
Se fue caminando bajo la lluvia. Lento. Derrotado.
Yo me quedé de pie, mirando esa bolsa. El pie se había aplastado. Las galletas, arruinadas. Como todo lo demás.
No lloré.
No me lo permití.
Era mi cumpleaños.
Y había elegido quedarme sola.
[Bar, 29 de abril de 2000]
Wakasa no hablaba. Jugaba con el borde de el vaso vacío, sin levantar la mirada.
Tal vez él también lo recordaba.
Tal vez nunca lo olvidó.
Y lo peor es que yo tampoco.
Yo lo miraba de reojo, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. No sabía si esperaba que me dijera algo… o que se levantara y se fuera para siempre.
Él fue quien rompió el silencio:
—Todavía no me gustan las galletas de vainilla —murmuró
Parpadeé.
—¿Qué?
—Las que te llevé ese día. Las que dejé bajo la lluvia. —Hizo una pausa breve—. Me di cuenta después. Siempre fueron tus favoritas, no las mías. Yo solo… las compraba porque a ti te gustaban.
Me quedé en silencio.
Wakasa se recargó en el respaldo de la silla, mirando al techo del local como si ahí encontrara una explicación mejor que la que yo pudiera darle.
—Pensé que nunca más iba a verte —dijo, con un tono casi plano. Sin reclamos. Sin drama.
—Pudiste no haberme buscado —solté, más cortante de lo que pretendía.
Él me miro, al fin, con esos ojos suyos que se sienten como una maldita carga. No por lo que dicen… sino por lo que entienden.
—Pude no haberlo hecho —asintió—. Pero entonces me estaría traicionando a mí mismo.
Me reí. Una carcajada seca, rota, más por nervio que por burla.
—¿Y a qué buscabas, Waka? ¿Querías ver como sufría? ¿A confirmar que mi vida sigue siendo una mierda?
—No. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—. Vine porque me encontré con alguien que me dijo que te habían visto por el parque. Y no sé… supongo que algo dentro de mí no lo pudo ignorar.
—¿Y ahora qué? —pregunté con una ceja alzada—. ¿Vienes a rescatarme otra vez?
Wakasa sonrió. Pero no era una sonrisa feliz. Era esa clase de sonrisa que duele.
—No vengo a rescatar a nadie, Miyu. Vengo a tomarme una cerveza. Y si tú estás al otro lado de la mesa… supongo que puedo vivir en paz sabiendo que estas bien.
Lo miré. Largo. En silencio.
No sabía si odiarlo… o abrazarlo.
Pero tampoco me moví.
Solo alcé la mano y llamé al mesero con un leve gesto.
—Dos más —dije—. Y esta vez, frías.
Wakasa asintió. Y, por un segundo, creí ver algo en sus ojos que no reconocí. No era tristeza. No era rencor. Era algo… más resignado. Como si supiera que no importa que me diga, nada volverá a ser los mismo que era antes.
Pero aún así, había decidido quedarse un rato más.
[Horas después — Mesa del bar]
El reloj marcaba las 2:38 a.m. El bullicio del bar se había apagado casi por completo, solo quedaban los ecos lejanos de alguna carcajada extraviada y el arrastre de sillas al cerrar.
Wakasa y yo seguíamos ahí. En la misma mesa de metal oxidado en la acera, con varios vasos vacíos frente a nosotros. La luz del farol parpadeaba cada tanto como si también estuviera por apagarse.
El silencio era espeso. Mis dedos jugaban con el borde de una cerveza. El zumbido de la ciudad parecía lejano. Todo parecía lejano.
Wakasa estaba medio recostado sobre el respaldo, la mirada perdida en algún punto detrás de mí.
—¿Sabes… qué me pasa cuando tomo mucho? —murmuró, arrastrando las palabras.
No respondí.
—Empiezo a pensar en cosas que no debería pensar —añadió—. Como si las botellas abrieran puertas que ya cerré con clavos.
Giré la cabeza para mirarlo. Tenía la voz ronca, cansada.
—¿Y qué puerta abriste hoy?
Me miró. Con esos ojos que dolían.
—La que lleva a ti.
Quise decir algo, pero mi garganta estaba seca. En vez de eso, me empiné otra cerveza. Me quemaba. Como si el alcohol se negara a calmar nada.
—¿Estás esperando que te pida perdón? —pregunté en voz baja.
Wakasa negó con la cabeza.
—No quiero un perdón, Miyu. Quiero entender. Pero sé que eso tampoco va a pasar.
Se hizo otro silencio. Largo. Tenso.
De pronto, Wakasa sacó su celular del bolsillo, y con el pulso torpe, marcó un número.
—¿A quién llamas…? —pregunté, entrecerrando los ojos.
—A Shin.
—¿Para qué?
—No sé… —murmuró—. Quiero escuchar algo que no seas tú.
Rodé los ojos.
—Dile que te venga a consolar, niño lloron —dije, arrastrando las palabras—. Pero no le digas que estamos bebiendo, ¿sí? Ese hombre cree que es tu niñera.
—Ya le marqué.
El tono de llamada sonaba. Dos veces. Tres.
Y luego, la voz de Shinichiro, ronca de sueño, contestó:
—¿Waka? ¿Qué pasa?
—Shin… —dijo Wakasa, con una voz pastosa—. ¿Sabías que las tapas de cerveza parecen estrellas si las giras mucho?
Hubo un silencio en la línea.
—¿Qué?
—Sí… tienen como… puntas, ¿ves? Brillan si hay luz…
Yo lo miraba sin poder evitar soltar una risa áspera.
—¡Wakasa! ¡No le digas tus estupideces! —le grité riéndome y cayéndome hacia un lado—. ¡Dile que eres una estrella de verdad!
—Soy una estrella de verdad… —repitió Wakasa, riéndose sin gracia.
Shinichiro se escuchaba ahora mucho más despierto.
—¿Dónde estás? ¿Estás bebiendo? ¿Qué diablos está pasando?
Corté la risa y me incliné hacia el celular.
—¡Sanoooo! —canturreé—. ¡Tu niño precioso está borracho!
Hubo un silencio. Uno largo.
—Díganme dónde están —dijo Shinichiro, ya muy serio.
Wakasa miró el cartel del bar con dificultad.
—En la esquina de... polvo y metal oxidado… el bar. Ya sabes cuál…
Shinichiro no respondió. Solo colgó.
Yo apoyé la cabeza sobre la mesa.
—Ahora sí, nos van a regañar como si tuviéramos 10… otra vez.
Wakasa se rió con un resoplido y bajó también la cabeza.
El cansancio de la noche, el alcohol y la tristeza nos arrastraban lento… hacia el sueño.
[Unos minutos después – La mesa del bar, ya en silencio]
La ciudad seguía latiendo, ajena a nosotros. El bar ya había cerrado. El camarero que limpiaba adentro nos había echado un vistazo a través del vidrio, pero al vernos tan apagados y borrachos, no dijo nada. Solo apagó las luces del interior y dejó que la noche hiciera lo suyo.
La cabeza me pesaba.
—Waka… —murmuré apenas, sin levantarme—. ¿Crees que... algún día me perdonaras?...
No respondió.
Miré hacia el otro lado de la mesa. Wakasa tenía los ojos cerrados, la cabeza recargada contra su brazo doblado, respirando con lentitud. Dormido.
Sonreí un poco.
—Idiota… llamaste a Sano, y ni siquiera esperaste a que llegara…
Yo también cerré los ojos. No sé si por resignación, por paz o porque simplemente ya no podía más. La silla era incómoda, y el viento fresco me pegaba en la cara, pero por alguna razón, ahí me sentía más segura que en cualquier otra parte.
Más humana.
Más yo.
[15 minutos después – Frente al bar]
Una moto frenó de golpe en la esquina. Shinichiro bajó sin ninguna precaución. Su expresión era dura. Tensa. Había manejado rápido. Demasiado rápido.
Cruzó la calle con pasos largos, furiosos. Miró alrededor hasta encontrarnos.
Y ahí estábamos.
Wakasa, con medio cuerpo sobre la mesa. Yo, con el cabello tapándome media cara, dormida con el mentón colgando hacia el pecho. Dos adultos que parecían niños castigados en la esquina.
Shinichiro no dijo nada al principio. Solo nos miró. Suspiró hondo. Una, dos veces.
Se agachó frente a mí primero, con voz baja:
—Señorita…
Nada.
Me dio un leve empujón en el hombro. Me quejé en sueños, pero no desperté.
Fue hacia Wakasa. Le dio un manotazo en la nuca.
—¡Idiota! —le gruñó—. ¿Qué carajo haces llamándome si vas a quedarte dormido?
Waka soltó un gruñido adormilado.
—Las estrellas… —susurró.
Shinichiro se pasó las manos por el rostro.
—Dios… son como niños. Dos niños grandes que no saben cuidarse solos.
Se quitó la chaqueta y la dejo sobre la mesa. Luego se sentó, entre ustedes dos, en medio de la noche más triste y absurda.
Y por un instante... se quedó ahí también. Silencioso.
Porque sabía que no podía hacer nada más.
Porque entendía, tal vez mejor que nadie, que hay dolores que ni siquiera el tiempo borra. Y que a veces, solo queda hacer compañía. Aunque sea entre escombros.
[Todavía frente al bar – minutos después]
Shinichiro no tenía idea de qué había pasado entre nosotros dos. Solo sabía que algo se había separado hace años, y que esta noche no era más que una grieta abierta sangrando en cámara lenta.
Nos miró a ambos. A Wakasa, que aún dormía con los nudillos cerrados en puño, y a mí, que murmuraba palabras incomprensibles en sueños. Tal vez estaba soñando con comida. Tal vez con esa tarde donde lo eché de mi vida a gritos.
Shin suspiró de nuevo. Tomó su celular y envió un mensaje a alguien —probablemente a Benkei, o a Takeomi, pidiendo ayuda para cargar con Wakasa— y luego se acomodó en la banca.
—Idiotas los dos… —dijo en voz baja.
Se quedó ahí. Con los codos en las rodillas, mirando al suelo.
[Voz de Shinichiro, mental]
“Waka me dijo una vez que había una chica que lo conocía mejor que nadie. Que si esa chica desaparecía, sería como si se le apagara una parte del alma. Yo pensaba que hablaba de alguna novia. Pero al parecer era todo lo contario.”
La madrugada ya no dolía. Ahora pesaba.
Shinichiro nos observó por última vez antes de cerrar los ojos también por unos segundos. Y en ese silencio, justo ahí, con tres almas extraviadas en medio de la ciudad que nunca duerme, quedó sellado algo que no se podía explicar con palabras.
Ni con recuerdos.
Ni con gritos.
Solo con esta imagen:
Dos ex mejores amigos dormidos sobre una mesa de metal oxidado.
Y una persona que sin palabras, sin promesas, eligió quedarse. Como si su sola presencia pudiera sostener lo que se caía.
*Técnica culinaria japonesa de fritura, donde se fríe una variedad de ingredientes, comúnmente carne (especialmente pollo), en aceite.
Bruh, no pense que llegaría a publicar mis fantasias en internet jejeje, pero bueno espero que le entretenga a alguien (aunque sea un poco).








