Ff7 Silk And Crimson Steel by Marux at Inkitt
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FF7 Silk and crimson steel

Summary

Mariel Noux Faria, una cortesana de élite en Lilium, el burdel más exclusivo del Sector 6, fue criada entre lobos para sobrevivir... hasta poder forjarse un camino propio y defender sus ideales. Durante trece años sirvió en Lilium, siendo una mujer intocable para muchos hombres poderosos. Su vida da un giro inesperado cuando es contratada, por una sola noche, por Rufus Shinra, abriendo una brecha hacia su libertad. Aunque un estilo de vida "cómodo" Mariel no pensaba quedarse encerrada en una jaula de lujo: al pagar ella misma su deuda, cambió la seda por acero, y la sumisión por disciplina militar. Como SOLDADO, lucha por hacerse un lugar entre el peso de la sangre y el reconocimiento... sin saber que algo en ella, una sensibilidad anormal al mako, una herencia dormida la hace distinta. El pasado la sigue de cerca aunque ella corra con botas militares. Y entonces conoce a Sephiroth, un hombre frío como su espada. ¿Puede alguien forjad@ para complacer / seguir órdenes, aprender a identificar sus propias emociones? Entre secretos, cicatrices y una conexión que ninguno entiende, ambos deberán enfrentarse a lo que no sabían que podían sentir.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cap. 1 La flor que no se corta

Lilium despertaba con la caída del sol.


En las profundidades del sector 6, donde los neones disfrazaban la decadencia con falsos reflejos de glamour, el burdel de élite comenzaba su jornada. No era cualquier casa de placer. Lilium era exclusivo, reservado solo para aquellos capaces de pagar más por una fantasía que por un arma. No era vulgar, era elegante.


Entre sus muros de terciopelo y mármol viejo, se gestaban pactos silenciosos, risas enmascaradas, y secretos que jamás abandonaban la piel de sus anfitrionas.

Y entre ellas, destacaba una.

Mariel Noux Faria.

La llamaban la "Camelia Ecarlate" de Lilium, y no solo por su cabello rojo como la sangre derramada en guerras olvidadas. Era su andar seguro, la sonrisa apenas insinuada, la mirada que podía leer hasta al hombre más hermético. Muchos la deseaban. Se podía contar con los dedos de una mano quienes había dejado poseerla y tocarla.


Ella sabía cuándo cruzar los límites. Y también cuándo no.


Esta noche, Mariel ocupaba su sitio favorito: un diván color vino, bajo la penumbra de una lámpara dorada que dejaba sombras caprichosas sobre su vestido escarlata de satén. Enfrente, un hombre más viejo que atractivo intentaba impresionarla con frases que sonaban a rebuscadas, como una pieza barata de arte. Era uno de tantos. Rico, aburrido, seguro de que con solo su nombre bastaría para rendirla.


-Dicen que las flores más bellas se marchitan rápido si no se cortan a tiempo -susurró él, deslizando una copa de licor hacia ella, dibujando una sonrisa sobre su rostro satisfecha y arrogante.


Mariel giró apenas el rostro, lo suficiente para mostrarle su sonrisa más educada. La más vacía y la que llevaba veneno envuelto en seda. Sus ojos con Heterocromia, aquellos ojos que eran tan extravagantemente fascinantes y a la vez aterradores,

por sus dos colores en cada ojo. -el ojo izquierdo tenia una capa de Gris y morado y su ojo derecho azul y verde - se posaron en el hombre


-Y yo digo que los jardineros impacientes siempre terminan con espinas en las manos.


El hombre rio, nervioso, sin saber si había sido rechazado o provocado.


Desde lo alto de las escaleras, Madame Sinea, Dueña de Lilium, observaba todo con su pipa entre los dedos huesudos, exhalando una bocanada de humo dulce. Tenía el porte de una emperatriz caída en desgracia. A sus ojos, Mariel era una obra maestra: el arte de la contención, de la seducción sin entrega. Sabía que los clientes volverían solo por la esperanza de ser elegidos. Y cuando no lo eran, la frustración se convertía en obsesión. Negocio redondo.


-¿Tu flor favorita sigue sin elegir a nadie esta semana, madame? -preguntó una de las chicas, al pasar junto a ella.


Sinea sonrió.


- Mi mejor pieza, no se regala por capricho -dijo con deleite-. Se vende solo si encuentra algo interesante en ellos... y ningún hombre la tiene aún, ¿Sabes que cosa vuelve más locos a los hombres? -la chica giró un momento su rostro hacia Mariel, quien se movía con una gracia felina y luego giró nuevamente el rostro hacia la madame, negando sutilmente con la cabeza. La madame exhaló el humo de su pipeta frente a ella y luego sonrió con descaro. -Los vuelve locos lo que no pueden tener, lo que es exclusivo, - la dama que se encontraba con ella, sintió como el corazón se le arrugó y luego negó con la cabeza para seguir de largo.


---


Mientras tanto...


Las risas y música del salón principal no llegaban a silenciar los recuerdos que se encendían en la mente de Mariel cuando cerraba los ojos.


El pozo.


El mako.


Su madre llorando a escondidas.


Y una espada... la espada enterrada en su memoria tanto como en su habitación, secreto bajo tablas levantadas con precisión.


Tenía ocho años cuando cayó en el estanque de mako. No supo cómo salió de ahí. Solo que, al despertar, una espada estaba allí. Como si la hubiera estado esperando, como si fuera su legado, pero desde ese día, hasta sus 22 años, nunca entendió su propósito, Nunca se lo contó a nadie. Ni siquiera a su madre. Desde entonces, algo en ella cambió. Veía las cosas con más claridad, sentía más profundamente... y a veces, sabía cosas que no debería saber.


-Tú no naciste para esta vida -le había dicho su madre, Leena, una noche-. Pero es la única que puedo darte... es la única que te mantendrá a salvo, hasta que escapes de aquí.


Y Mariel, por amor o por fortaleza aceptó entrar a Lilium.


---


- ¿Te sientes bien? ¿A caso... Noto distracción inusual en tu mirada? ¿Te deje intrigada tal vez? - cuestionó el hombre al frente de ella, con una sonrisa segura.


Mariel parpadeó delicadamente, recuperando el presente. se inclinó un poco hacia su cliente, rozando su copa con la suya, sonrió. Una de esas sonrisas que podían romper o construir imperios.


-Estoy Perfectamente, -respondió. - Aunque esta noche creo que ya se terminó para mí


Se levantó con elegancia, dejando al hombre con su copa medio vacía y el ego totalmente herido. Caminó por los pasillos del Lilium, saludando con una inclinación de cabeza a Madame Sinea, que la observaba desde el balcón superior.


-¿Uno más que no logró cautivarte? - preguntó la matriarca, sin dejar de fumar su pipa de fragancia floral.


Mariel se encogió de hombros.


- No todos merecen quedarse con algo que no pueden entender.


Sinea sonrió con orgullo.


- Recuerda, Mariel, tú decides cuándo, tú decides con quién. Eso te hace intocable, atractiva y peligrosa... pero también te hace solitaria.


Mariel no respondió. Porque lo sabía. Su vida era un equilibrio constante entre el deseo que provocaba... y la responsabilidad, el peligro que la acechaba en cada momento


A lo lejos, la ciudad de Midgar rugía como un monstruo hambriento. Pero ella no se iba a dejar devorar fácilmente.


Mas tarde...


A solas en el tocador del segundo piso, Mariel se quitó los guantes largos de seda con movimientos lentos, casi ceremoniales. Frente a ella, el espejo le devolvía una imagen perfecta: piel pulida como mármol, labios pintados con precisión quirúrgica, ojos delineados para hipnotizar. Pero la perfección era solo eso: una máscara bien pulida.


Tras ella, colgada del respaldo de una silla, descansaba su bata de terciopelo negro. A la vista de todos, Mariel era una joya exótica que nadie podía tocar sin su permiso. Pero bajo la tela suave, aún latía el corazón de una niña con sueños de ser fuerte. De huir. De dejar de fingir y que poco a poco estaba desapareciendo. Teniendo que aceptar que ahora ya era toda una mujer.


Un golpe seco en la puerta interrumpió su momento de silencio.


-Adelante -dijo sin girarse.


Era Sinea.


Entró con el porte que la caracterizaba, arrastrando la estela de su perfume a jazmín amargo y tabaco caro. Su vestido ceñido color vino resaltaba su figura aún elegante, aunque el paso del tiempo ya le marcaba los nudillos y el cuello.


-Eres una diosa, como siempre -dijo, observándola a través del humo de su pipa-. Pero no puedes seguir rechazando a todos, querida. Se empieza por el lujo de la elección y se termina perdiendo el interés de los clientes.


Mariel no respondió enseguida. Siguió mirándose al espejo, retocando un poco su maquillaje


-No es mi culpa que se crean especiales por tener dinero. El oro no compra mi atención, son hombres aburridos con el único instinto de saciar sus impulsos sexuales. Bestias


Sinea soltó una carcajada baja.


-Lo sé. Por eso eres mi favorita... y también mi mayor dolor de cabeza. Pero escúchame, flor mía: vendemos fantasías sí, pero también caricias. hay un arte en saber cuándo ceder. Tu nombre ya se murmura en otros círculos. Hay hombres importantes preguntando por ti. Hombres... de verdad.


Mariel alzó una ceja, girándose finalmente hacia la mujer.


-¿De Shinra?


Sinea sonrió. No respondió.


Eso era una respuesta.


-¿Crees que una como yo puede llamar su atención sin terminar entre cadenas o contratos de por vida? -preguntó Mariel con un dejo de amargura-. No soy tan ingenua, madame, aunque la gente de Shinra ponga su atención sobre mí, intentarán ponerme un precio y a menos que pienses que tú negocio puede ser sustentable sin mí... - insinuó con voz aterciopelada.


-Si te ponen diez ceros detrás de un uno... Tal vez lo considere -Sinea se acercó, depositando una mano sobre su hombro -Has hecho bien... por meses has sido deseada. Has sido misteriosa. Has sido todo lo que vendemos, sin haberte vendido realmente. Mariel bajó la mirada solo un segundo, pero no respondió. -Pero esto no es un templo -continuó Sinea con una sonrisa tensa-. Es un negocio. Si sigues sin elegir a nadie, los clientes dejarán de venir. Y no puedo permitirlo. esta noche ha llegado un grupo de ejecutivos que ha pagado por ti, tienes que aceptar a uno. El que te cause menos rechazo, si quieres. Pero uno, Mariel. -Ella no dijo nada. Solo asintió, muy levemente. aunque por dentro su mundo se replegara como una flor bajo la lluvia incapaz de decir lo que realmente pensaba: que tarde o temprano, incluso las flores mejor cuidadas debían aprender a florecer solas... o marchitarse encerradas en su jarrón.


La noche caía sobre Lilium como un telón de terciopelo, suave y opresivo. En el Salón de Ámbar, las lámparas colgantes lanzaban destellos dorados sobre copas de vino y relojes de bolsillo, sobre bocas embriagadas y sonrisas falsas. La música era suave, pero el murmullo del deseo flotaba con más peso que cualquier melodía. Mariel estaba sentada en el diván circular como de costumbre, en su papel de joya inalcanzable. Cerca del grupo de ejecutivos que había pagado por ella, Su vestido rojo brillante escarlata, de seda abierta en la espalda, le envolvía como una segunda piel. Su cabello rojo, suelto y brillante, era ya su firma entre los clientes. Parecía tranquila. Pero por dentro, contaba los latidos. Desde el balcón, Sinea fumaba en su pipa de porcelana y miraba a su diamante sin tallar con ojos críticos.


Los hombres, como hienas hambrientas, fingían sutileza. Comentarios en voz baja. Risas contenidas. Uno la miraba con desdén, otro con ansiedad, otro como si ya la hubiera tenido. Ella los escaneó con ojos de cristal. No había ninguno que encendiera la chispa de curiosidad.


Hasta que vio al más recatado Cabello oscuro, barba bien recortada, mirada pesada. No la miraba directamente, sino a ratos. Como si también supiera que ese juego tenía reglas invisibles. "Él", ella pensó.

Se acercó con su caminar de oleaje y le susurró al oído:

-Felicidades, ¿Vienes conmigo esta noche? El hombre la miró, desconcertado, y luego asintió como si no creyera su suerte.


*

En la habitación carmesí, el ambiente olía a sándalo y lavanda artificial. El hombre intentó tocarla de inmediato, pero Mariel lo detuvo con la punta de los dedos en su pecho. -No tan rápido -susurró, guiándolo hacia la cama con una sonrisa elegante pero distante-. ¿Sabes cuántos mueren por estar aquí y no lo consiguen? El hombre, solo asintió. No entendía el ritual, pero obedecía. Las velas crepitaban en las esquinas, lanzando sombras en las paredes curvas. El aire era denso, cargado de incienso y deseo contenido.


El hombre la observaba desde la cama, con la camisa abierta, sin saber cómo sostener su propia ansiedad. Cada movimiento de Mariel era una promesa o una trampa, ella se acercó descalza, el vestido de seda cayendo como agua por su figura. Se sentó en el borde de la cama, apenas tocándolo con una pierna cruzada sobre la otra. Sus dedos buscaron la copa de vino que había en la mesita. Bebió un sorbo, lo saboreó, luego lo ofreció.


-Bebe -ordenó sin rigidez, como quien invita a un juego que ya ha ganado.


Él obedeció. No sabía qué más hacer.


Mariel dejó la copa de lado y apoyó una mano sobre su pecho. Lo empujó con suavidad contra el colchón, y él se dejó caer.


-No se trata solo de tocarme -susurró mientras se inclinaba sobre él, su cabello rojo cayendo como una cortina entre ambos

- Se trata de merecerme.


Se sentó a horcajadas sobre él sin quitarse aún el vestido, sus caderas firmes sosteniéndose con naturalidad sobre las de él. Colocó una mano en su cuello y con la otra comenzó a trazar líneas invisibles sobre su pecho, con uñas delicadas, apenas un roce que estremecía.


El hombre tembló un poco. Ella sonrió.


-¿Alguna vez has tenido algo que no sabías si podías tocar... pero deseabas igual?


Deslizó sus dedos por su mandíbula, bajando luego por el torso, apenas acariciando, apenas permitiéndole sentir. Se inclinó más, rozando con sus labios la comisura de su boca, pero no besándolo.


El hombre alzó las manos, con torpeza, con temor de estropear el momento. Ella se las tomó y las guió despacio a su cintura.


-Aquí puedes -le dijo-. Solo aquí.


Y entonces, giró levemente su cuerpo, jugando con la presión de sus piernas, dejando que el roce entre ellos se hiciera real. Sin quitarle aún los pantalones, se frotó contra él con movimientos lentos, calculados, como si su cuerpo marcara el ritmo de una danza secreta.


-No pienses -susurró en su oído, mientras sus uñas arañaban levemente su espalda-. Solo siente.


El hombre jadeó apenas. Se arqueó hacia ella, suplicante sin palabras.


Mariel lo besó, por fin, pero no con ternura. Fue un beso exigente, experto, que arrancó un gemido bajo de su garganta. Se apartó justo cuando él intentó intensificarlo.


-No tan rápido -advirtió, con una sonrisa ladeada.


Y luego bajó lentamente, con los labios rozando su cuello, su clavícula, su pecho. Cada beso, cada caricia era un mapa, un código que solo ella conocía. Lo desnudó poco a poco, no por necesidad, sino por dominio. Todo lo que hacía era una demostración de poder vestido de placer.


Cuando finalmente sus cuerpos se fundieron, fue ella quien guio cada gesto, cada gemido, cada suspiro. No hubo violencia ni amor, pero sí una entrega perfectamente calculada. Como un acto de teatro en el que ella era la actriz, la directora... y la diosa.


Al terminar, él cayó rendido a su lado, aún respirando con dificultad. Intentó hablar, pero ella lo silenció con un dedo sobre sus labios.


-Guarda silencio, mientras aún recuerdas cómo te hice sentir.


Y sin más, se levantó, tomó su copa de vino, y caminó hacia el ventanal.


Allí, desnuda frente a la ciudad dormida, Mariel bebió otro sorbo. No sentía culpa. No sentía nada. Porque para ella, el cuerpo era una herramienta. Un arma. Y esta noche, simplemente había cumplido con su parte.


---


Esa misma noche, mientras las demás chicas se reían en el salón común, Mariel se vestía de nuevo y se retiraba a su habitación, se observó en el espejo. Su rostro era el mismo. Pero algo dentro de ella... se movía. Una inquietud, un anhelo.


Se sentó sobre la cama, descalza, y por debajo de las tablas del suelo, sacó una caja alargada donde escondía su mayor secreto.


Una espada con una hoja brillante, delgada e inmaculada


Pequeña aún, como si supiera que su dueña no estaba lista para blandirla del todo. Pero viva. Casi palpitante.


-Un día -susurró Mariel-. Un día nos iremos de aquí.


---

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