CI: El sueño blanco
La noche había caído como un telón espeso sobre sus cabezas. Las estrellas apenas se asomaban entre las ramas secas de los lapachos que adornaban la plaza principal, y el viento arrastraba un silbido agudo que hacía crujir los techos de chapa.
-¿Y qué hay del Familiar? -dijo don Hilario Elpidio, mientras arrojaba otra rama seca al fogón. Las llamas chispearon y se alzaron como si se ofendieran por la pregunta.
Los chicos, sentados en círculo, se apretaron unos contra otros. Algunos tenían los ojos bien abiertos, otros ya se abrazaban las piernas, deseando no haber venido. Todos, menos una.
-Eso es mentira -dijo Clara, era a más pequeña del Grupo pero aún así la que mayor audiencia tenía-. Mi mamá dice que esas son historias de viejos para asustar a los chicos.
Don Hilario la miró sin enojo, pero con una seriedad que hizo que incluso el fuego pareciera escuchar.
-Te equivocas, Clarita. Eso pasó. - su voz sonó firme, sin ningún deje de duda- En este mismo pueblo. Yo lo viví... cuando tenía casi tu edad.
Los niños permanecieron expectantes, deseosos, que como todas las noches, don Hilario o hilito como le decían ellos, les contara cuentos fantástico. Solo el crepitar del fuego rompía el silencio. Don Hilario alzó la vista, como buscando en las sombras algún recuerdo perdido. Y entonces, su voz cambió: se volvió más baja, cargada de algo que nadie supo si era miedo o respeto.
-Todo empezó el año en que llegó el fundador del ingenio. Un hombre elegante, con traje blanco y zapatos que no se hundían en el barro como los nuestros. Su llegada estuvo acompañada con un sinfín de artilugios que sólo habíamos escuchado que había en las grandes ciudades. Dijo que iba a cambiar nuestras vidas. Y vaya si las cambió...
Por aquellos entonces el nombre del pueblo no era tan conocido y solo había unas cuantas casas que eran de barro con los techos de palma. Vivíamos del campo y de lo que pudiéramos confeccionar con nuestras manos para intercambiarlo en la ciudad por alimentos o ropa. Aquel día, nunca lo olvidaré, todos se juntaron en la plaza improvisada -una explanada de tierra frente a la iglesia sin campana- alguién importante había llegado. El hombre se bajó del automóvil como si fuera dueño del tiempo. Se llamaba don Arturo Ferrer, un francés, tenía la tés blanca casi tan blanca como su traje que era echo a medida, era joven no más que 30 años, todo de él desbordaba seguridad y riqueza. El día que él llegó, el cielo estaba tan limpio como recién estrenado. Las nubes eran suaves, blancas, como espuma de caña. Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos sentimos que algo importante estaba por pasar. Yo estaba con mi madre, de la mano. Ella se había puesto el vestido azul que solo usaba para las fiestas. A mi lado, los hombres del pueblo murmuraban, y las mujeres intentaban que los niños se quedaran quietos. No había micrófono ni escenario, solo un cajón de madera sobre el que el forastero subió con una sonrisa que parecía iluminarlo todo. Y con una sonrisa blanca como el azúcar anunció.
-He venido a ofrecerles un sueño blanco, dijo. Una oportunidad para cambiar sus vidas. Vamos a levantar una fábrica de azúcar en estas tierras. El ingenio Santa Aurelia. Y con él, todos ganaremos. Habrá trabajo para los hombres, escuela para los niños, médico para los enfermos. Y pan. Pan en cada mesa, cada día.
El silencio fue largo, como si a nadie le alcanzaran las palabras para responder. Luego vino el aplauso. Largo, espontáneo, sincero. Aquel hombre, con su traje impecable y su voz clara, se ganó el corazón de todos.
-Ferrer no era como los otros patrones. Comía con los trabajadores, saludaba a los niños, escuchaba a las mujeres. “El sudor de ustedes vale oro”, decía. él prometía repartir ese oro. Y durante un tiempo, así fue.
Rápidamente empezaron a alzar edificios, a instalar máquinas que rugían como bestias de hierro, y a sembrar, metros y metros de tierra con caña dulce, a los meses el aroma del azúcar cocida empezó a flotar en el aire como un perfume dulce y espeso. El ingenio empezó con lo justo: unos galpones de madera, una chimenea baja, unas pocas calderas humeantes. Pero Ferrer era incansable. Donaba herramientas, traía técnicos de la ciudad, construyó una pequeña escuela con pupitres de verdad, y hasta hizo levantar un dispensario. El cañaveral creció como si supiera que el futuro dependía de él. Y el pueblo también. Vinieron peones de otros pagos, familias enteras buscando trabajo. La plaza se llenó de risas, el mercado rebosaba de frutas y pan dulce. Las mujeres ya no lavaban en el río: Ferrer trajo agua corriente. En Navidad, repartía juguetes envueltos en papel de colores y hasta una vez contrató a una orquesta para tocar en la plaza. Pero el sueño blanco también creció por dentro, en silencio. Se volvió gigante.
- Si era tan bueno haciendo negocios porque el ingenio se fue a la quiebra? -pregunto uno de los niños.
Don Hilario suspiro, él muchas veces lo había pensado ¿si era tan bueno porque todo término tan mal?
- Al final de la historia sabrás la verdad, ahora presten atención.
Las calderas se multiplicaron. El humo se hizo más espeso. Los carros ya no daban abasto, y se empezaron a trabajar turnos de noche. El dinero fluía, sí, pero los ojos de Ferrer -tan cálidos al principio- empezaron a volverse más fríos, más ausentes. -A veces -dijo don Hilario, y la leña crujió como si también recordara-, parecía que miraba algo más allá del pueblo. Como si esperara a alguien. O a algo. Nadie entendía cómo hacía para sostener todo: los salarios, los premios, los festejos. El precio del azúcar no explicaba tanta abundancia. Pero nadie preguntaba demasiado. Porque a nadie le convenía que el sueño terminara.
El pueblo crecía, sí. Las casas eran más firmes, los techos ya no goteaban con la lluvia, y las mesas, por primera vez, tenían carne más de una vez por semana. El ingenio no paraba. Ferrer cumplía. Daba trabajo, pagaba en fecha, celebraba cada santo con asado para todos. Pero cuando algo prospera demasiado... la envidia empieza a brotar como maleza entre los surcos.
-Hubo quienes se llenaron los bolsillos en la sombra.
Obreros que robaban sacos de azúcar en las madrugadas, cambiaban piezas de las máquinas por dinero, y hasta desviaban el agua de los canales para venderla a otras fincas. Pequeñas traiciones, decían. “Total, al patrón le sobra”, murmuraban entre dientes sucios de aguardiente. Pero Ferrer no era tonto. Ni ciego. Y una noche, escuchó lo impensable. Un grupo de hombres -cuatro o cinco, no más- planeaban matarlo. Decían que, si él caía, podrían hacerse con el ingenio. Repartir las tierras. Fundar un nuevo orden sin patrón ni jerarquía. Una revolución con machetes y odio mal digerido.
Cuando Ferrer supo eso, algo dentro suyo se quebró. No era solo miedo. Era desilusión.
-“Yo les di todo” -dicen que dijo, encerrado en su oficina, con la camisa empapada de sudor- “los acogí como a mi familia. No tengo sangre ni raíces. Solo tenía este sueño... y me lo escupieron.”
Pasó días sin salir. Las puertas del ingenio y la de su casa se cerraron a cal y canto. Algunos decían que planeaba vender todo y mancharse a su país natal. Otros que había enfermado por lo que no se lo veía. Pero otros... otros juraban que lo habían visto partir de madrugada, solo, hacia el monte. A pie. Pero eso era una locura impensable, pues allí, entre la arbolada vivían criaturas sobrehumanas deseosas de sangre y muerte. todo aquel que había ingresado allí no se lo había vuelto a ver o por no menos no con vida. También corría el rumor que en lo más profundo del Monte vivía una vieja chamana que podía hacer realidad tus deseos más profundos si te atrevías a buscarla.
- ¿Y si se metió al Monte, don hilito?- pregunto Lucas el hermano mayor de Clarita.








