Chapter 1
La misión había sido simple. Demasiado simple para ser verdad.
Una transacción de información en el borde de un país sin nombre, en una ciudad sin ley, en un sótano al que nadie más debía de acceder.
Annika había decidido ir sola. Lo hacía en ocasiones. Misiones rápidas, limpias, que no exigieran el uso de su Nen, ese don maldito tan devastador como desgastante.
Sensus Confessio.
Un arte delicado de extracción psíquica. Una danza entre la mirada y la voz. Su Nen era una trampa elegante: primero abría la mente del objetivo con su aura visual —una técnica ocular que, al activarse, desnudaba las emociones de quien la enfrentara— y luego pronunciaba el comando. Una orden, un susurro, una pregunta. Bastaba con eso. Y el alma del enemigo se quebraba, hablaba, suplicaba. Confesaba.
Pero no era tan simple. Nunca lo era. La técnica tenía condiciones claras, ineludibles. Si no se cumplían, el Nen simplemente no funcionaba.
Y para alguien como ella, cada uso era una transacción de energía y vulnerabilidad. Cada confesión ajena la empapaba de emociones que no le pertenecían.
1. El objetivo debía mirarla directamente a los ojos durante al menos diez segundos.
2. Sólo entonces se activaba su Nen visual, permitiéndole leer las emociones profundas del otro.
3. Una vez activado, podía usar su voz comando, una habilidad fonética capaz de provocar una confesión inmediata o una acción específica relacionada con el estado emocional del objetivo.
4. Sin embargo, la persona afectada debía sentir algo. El Nen era inútil contra sujetos emocionalmente vacíos. Su capacidad se nutría del conflicto interno: ira, miedo, tristeza, amor, deseo... Por eso funcionaba mejor sobre quienes ocultaban algo.
5. Entre más oscura el alma, más poderosa la confesión... y más caro el precio que Annika debía pagar.
Era un Nen de manipulación delicada, de especialización cruel.
Una cárcel emocional para el enemigo... y un drenaje psíquico para ella.
Por eso no lo usaba siempre. Por eso dormía tanto. Porque en cada confesión, perdía algo.
Y esa noche, en ese sótano sin nombre, alguien había previsto cada una de esas condiciones.








