Cap. 1: Pequeña Familia
Vivía sola con mi padre. Mi madre había fallecido a los pocos días de darme a luz, así que él solo cargó con el peso de mi crianza. Se las arregló para trabajar y tener tiempo para mí. Nunca terminaría de agradecerle. Recuerdo muy bien nuestra rutina, cuando yo era apenas una niña: me levantaba temprano para preparar su desayuno y poder comer juntos. Después, se iba a su trabajo, que era en los campos de cultivos de arroz y yo me quedaba haciendo aseo en casa. Cuando él regresaba casi anocheciendo, encontraba ya la cena lista. Me contaba cómo había estado su día, para luego ir a dormir. Éramos pobres, pero... felices. Él se había negado a volverse a casar para poder dedicarme todo su tiempo, como ya lo mencioné antes. Me daba un poco de tristeza pensar en que se quedaría solo cuando yo hiciera mi vida, pero... él así lo quería, me lo había dicho en varias ocasiones.
Tenía trece años cuando todo cambió. Terminé de cocinar y serví el desayuno. Mi padre no se levantó esa mañana, lo cual me preocupó y no dudé en ir a su cama para preguntarle qué tenía. Estaba acostado, con su rostro totalmente rojo y sudando frío. Toqué su frente y descubrí horrorizada que tenía fiebre.
—¡Padre!— exclamé muy asustada— ¿Te sientes muy mal?— él entreabrió los ojos.
—Debo... ir a trabajar...— pudo decirme apenas. Su voz sonaba muy ronca y débil. Parecía querer levantarse.
—No, padre, quédate en cama— le dije— no sucederá nada porque no trabajes un día... tenemos comida suficiente— parecía querer protestar, pero no tenía la suficiente fuerza para hacerlo. Me apresuré a ir al río a traer agua fresca y prepararle rápido paños húmedos con agua para ponérselos en su frente y así intentar bajarle la fiebre. Fui a la cocina a traer su plato con comida para darle de comer.
—No... tengo hambre...— me dijo.
—Padre, come.
—Kyomi... come tú...— me conmovió.
—Tú... debes comer...— insistí y acerqué un poco de arroz con los palillos a su boca— por favor...— abrió la boca apenas y dejó que lo alimentara. Y, a partir de ese momento, las cosas fueron así. Mi padre no mejoró y ahora me tocaba a mí cuidar de él. Yo esperaba que su estado fuera mejorando, pero parecía empeorar. El médico al cual fui a buscar me dijo que su enfermedad acabaría con él, ya que había estado enfermo durante mucho tiempo, pero lo había escondido para no preocuparme. No supe qué decir. Ahora me tocaba a mí trabajar. No podía salir y dejarlo sólo, pero comencé a vender comida en casa. Así podría cuidar a mi padre mientras trabajaba para comprar sus medicamentos. Tenía fe en que mejoraría, que yo lograría curarlo y volveríamos a nuestra normalidad. Intentaba mantenerme positiva, incluso cuando el cansancio me vencía.
Tenía quince años cuando, una noche, mientras llenaba mi cántaro de agua en el río para mi padre, sentí una mirada muy pesada. Vi como la hierba alta se movía y no dudé en correr, olvidando el cántaro a orillas del río sin darme siquiera cuenta. Mientras corría, escuché unos pasos que venían detrás de mí. No me atrevía a voltear, puesto que ya sabía que era un demonio, mi padre me había hablado de ellos cuando era niña. Logré llegar a casa y cerrar la puerta con fuerza, para luego asegurarla con la tranca. Escuché golpes del otro lado, mientras me apoyaba en la puerta.
—¿Kyomi?— balbució mi padre desde su futón— ¿qué... sucede?
—Nada, padre— me apresuré a responderle— quédate tranquilo... es sólo... un animal salvaje— ni yo me creía eso, pero no podía preocupar a mi enfermo padre. Sentía como si alguien se hubiese golpeado contra la madera de la puerta, haciéndola moverse y escuché un grito de dolor de hombre. No sabía que sucedía la verdad. Pareció una eternidad el tiempo que estuve ahí en la puerta.
—Agua...— susurró mi padre. En ese momento, me golpeó mi descuido. "¡El cántaro de agua! ¿Cómo pude ser tan estúpida para haberlo olvidado?", pensé. Me sentí impotente.
—Si, padre... dame un momento...— el ruido se detuvo. Mi corazón latía muy fuerte, casi podía asegurar que mi padre lo escuchaba y sentía como si cada latido hiciera que mi cuerpo saltara. Respirando muy agitada y con mi corazón casi perforando mi pecho, quité la pesada pieza de madera de la puerta. Mi rostro y mis manos estaban cubiertos de sudor y sentía mi cuerpo demasiado caliente. Tenía muchísimo miedo y estaba nerviosa. Miré a mi padre. "Hazlo por él, Kyomi", pensé. Casi llorando de terror, abrí la puerta lentamente. Todo parecía estar en calma. La tierra que había afuera de la casa estaba hecha un caos. Había pisadas. Y... el cántaro estaba ahí, lleno de agua. Salí y miré hacia todos lados. No se veía nada, a excepción de la Luna llena. Me incliné y lo cogí, para luego entrar a la casa. Lo dejé a un lado, bloqueé la puerta de nuevo y me dirigí hacia mi padre, para darle el agua a beber. Aún no sabía qué había sucedido y quién rayos se había tomado la molestia de llenar de agua el cántaro y traerlo hasta la puerta, pero estaba agradecida y aliviada de estar con vida y bien.








