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Persona 3: El Último Héroe

Summary

Tras un acto de valentía que le cuesta la vida, un joven con el alma marcada por el rechazo y la duda despierta en el cuerpo de Makoto Yuki. Con recuerdos intactos, poderes limitados y una misión pendiente, deberá enfrentarse al crepúsculo de la humanidad mientras descubre si merece esta segunda oportunidad… o no

Status
1yr ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

¿Alguna vez te has interrogado sobre qué harías si te fuera concedida la oportunidad de renacer en otra dimensión? Esta es mi historia.

Soy un joven de dieciséis primaveras, con una existencia que bien podría calificarse de ordinaria. Siempre he sido un friki empedernido, zambulléndome en mundos de fantasía y ciencia ficción para evadir la tediosa rutina cotidiana. Mi vida ha sido, en gran parte, un compendio de críticas por mi falta de interacción con mis congéneres. Permítanme compartirles una faceta de ello: lo que muchos no lograban discernir es que mis ideales y valores fueron forjados, en gran medida, por un sinfín de videojuegos, mangas, cómics, animes y un largo etcétera. Comprendí tempranamente la implacable crudeza del mundo; es un lugar hostil cuando uno no encaja, cuando la “sociedad” te trata como si el pavor a lo diferente (quizás el temor a lo ignoto, un atavismo instintivo de nuestros ancestros para sobrevivir en bosques salvajes) fuera una barrera insalvable.

Nunca concebí, ni en mis más descabellados ensueños, convertirme en uno de mis héroes. La muerte es un enigma para nosotros; ignoramos si hay algo más allá o, simplemente, la vacuidad del espacio. Estas cuitas siempre me corroían el alma: la noción de que tu existencia sea insignificante para el cosmos... (Pero esta perspectiva cambió cuando la parca me alcanzó...).

Flashback:

Un día cualquiera, bajo el beneplácito del sol que doraba el paisaje, un adolescente corría con una energía inagotable. Su nombre, Mayoriano, resonaba con un eco de historia; una denominación poco común, elegida por sus progenitores en honor a uno de los postreros y más conspicuos emperadores romanos. Pero volvamos al joven en cuestión...

Mayoriano era el arquetipo de la impuntualidad; su voz, al confesarlo, revelaba el peso de la fatiga acumulada. Antes de reanudar su carrera, un sonido abrupto, proveniente de un callejón adyacente, lo detuvo en seco.

Entre las sombras del callejón, los ruidos nocturnos se transmutaron en una cacofonía de horror. El crujir de huesos y el eco de impactos violentos impregnaban el aire, creando una atmósfera de tortura casi palpable. Un hombre, apenas discernible en la penumbra, blandía un objeto contundente contra otra persona, indefensa. Los gemidos de dolor de esta última se entremezclaban con el sonido sordo de los golpes, componiendo una escena que erizaba el vello.

Mayoriano se quedó petrificado por un instante, pero luego, movido por un impulso irrefrenable, decidió aproximarse al epicentro de los lamentos. En el callejón, el primer hombre, con voz grave y amenazante, inquirió:

—Dime dónde está el pecunio, ser desdeñable —mientras asestaba un golpe en la pierna de su víctima.

El segundo hombre, escupiendo una hebra de carmesí y casi a punto de perder el conocimiento por el dolor, respondió con dificultad:

—¡Ya te dije que no poseo nada!

Cuando Mayoriano hizo acto de presencia, un escalofrío le recorrió la espalda. Antes de que el agresor perpetrara un acto irreversible contra la persona indefensa, se escuchó un golpe certero. El primer hombre, estupefacto, exclamó:

—¡Pero qué contrariedad! —recibió un puñetazo que lo derribó al suelo. Al levantar la vista, divisó a un muchacho de secundaria.

Mayoriano, con el semblante contraído por una ira formidable, espetó:

—Individuos como tú merecen el rigor de la justicia.

El primer hombre, con un tono de burla mordaz, replicó:

—¿Qué tenemos aquí? ¿Un pipiolo que se cree un adalid? ¿Qué harás, chiquillo, golpearme hasta que arribe la fuerza pública? —su risa era una expresión de desdén.

Mayoriano respondió con una convicción inquebrantable:

—No me considero un héroe, simplemente procuro obrar con rectitud. No soy como tú, alma infortunada.

El primer hombre, con un tono burlón y provocador, retrucó:

—¿Eres cándido o qué? Hablar de obrar con rectitud suena como un parloteo infantil. ¡Qué muchacho tan poco avispado!

La tensión entre ambos contendientes se incrementaba con cada palabra. El segundo hombre, sorprendido por la gallardía del joven, le advirtió:

—No te inmiscuyas, muchacho; podrías salir malparado —mientras aún el dolor lo atenazaba.

Mayoriano, con determinación férrea, replicó:

—Huye. Me quedaré con este sujeto para que puedas escapar.

El segundo hombre asintió con la cabeza; no podía dejar al joven solo. Corrió hacia la salida sin mirar atrás, consciente de la urgencia del momento y de la valentía de Mayoriano al enfrentar la situación.

El primer hombre, entre dientes, profirió un improperio, mientras se aprestaba a interceptarlo antes de que pudiera escapar. Sin embargo, antes de que pudiera moverse, sintió un puñetazo certero en el estómago. Al levantar la vista, se encontró con el muchacho, cuya mirada reflejaba una impavidez gélida.

El primer hombre avanzó con determinación hacia su oponente. Sin mediar palabra, lanzó un potente golpe dirigido hacia la pierna de Mayoriano. El impacto resonó en el aire, seguido de un gemido de dolor de Mayoriano, quien se vio obligado a detener el ataque y sujetar su brazo herido. En un rápido contraataque, Mayoriano aferró el brazo del otro hombre y, con un movimiento brusco y calculado, lo torció con una precisión que se intuyó dolorosa.

El primer hombre exhaló con una determinación sombría.

—Esto culmina aquí —murmuró mientras extraía una navaja de su bolsillo. Con un movimiento rápido y certero, hundió la hoja en el pecho de Mayoriano. Este cayó al suelo, aferrándose el pecho mientras luchaba por cada aliento. El hombre, sin una pizca de remordimiento en su rostro, se alejó corriendo del callejón antes de lanzar sus últimas palabras:

—Te lo merecías, zagal.

Con un suspiro entrecortado, Mayoriano pronunció sus últimas palabras:

—Este será mi final.

Sus labios temblaban, no por el miedo a la muerte, sino por la certeza de que su tiempo en este mundo llegaba a su término.

Fin del Flashback.

Mayoriano emergió en un lugar sombrío, desorientado por su entorno. Mientras se cuestionaba su paradero, una voz etérea resonó desde la nada, disipando sus incertidumbres e incrementando su intriga.

Mayoriano, con sorpresa y cierto temor, inquirió:

—¿Quién es esa voz que responde?

La voz, en un tono sereno pero cargado de solemnidad, replicó:

—Está muerto, muchacho.

Mayoriano comprendió que había fallecido, pero aquello no resolvía su inquietud sobre su ubicación actual.

La voz resonó en el limbo, un espacio donde las almas humanas eran sometidas a juicio, determinando si ascendían al empíreo o descendían al averno. La voz hablaba con un tono tranquilo pero firme, imbuyendo un sentido de autoridad ineludible sobre el destino de estas almas.

Mayoriano frunció el ceño, perplejo.

—Comprendo, pero ¿por qué estoy aquí en primer lugar? —cuestionó, su mirada buscando respuestas en la vastedad del firmamento.

Una voz serena respondió desde algún lugar indeterminado, envolviendo el espacio con un tono tranquilizador.

—Estás aquí por una nueva oportunidad de vida —declaró, infundiendo esperanza en sus palabras.

Mayoriano estaba visiblemente confundido mientras expresaba con dudas:

—¿Por qué yo?

La voz le respondió con firmeza:

—Tu sacrificio coadyuvó a que esa persona escapara.

Mayoriano fijó su mirada en el horizonte, sus pensamientos resonando en el aire sereno de la tarde.

—No lo acepto, no lo merezco. No he demostrado la valía para una dádiva así. Creo que mi padre, con su inquebrantable rectitud y su fervor por la Virtus romana, encajaría mejor en este papel. Yo no soy digno, ni siquiera por el altruismo de un acto impulsivo.

La voz a su lado dejó escapar una risa suave, un eco de sabiduría ancestral.

—Comprendo tu reticencia, joven alma —comentó con benevolencia—. Pero un león no nace con la fuerza impuesta, sino que la forja a través de la prueba, en la lid y el adiestramiento. Así también tu padre labró su carácter, no por un don innato, sino por la tenacidad de sus acciones. Tu valía no se mide por lo que crees ser, sino por lo que has hecho y, aún más importante, por lo que puedes llegar a ser.

Mayoriano se dirigió al desconocido con calma.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, su tono tranquilo buscando obtener información.

La voz del extraño respondió con serenidad:

—Me conocen por varios nombres, pero el más común sería Dios —añadió, su voz manteniendo la misma calma.

Mayoriano quedó sorprendido ante la revelación.

—Entonces, ¿eres real? —preguntó con asombro.

Dios asintió con serenidad.

—Sí, soy real —respondió con una voz que resonaba con una calma profunda.

Mayoriano fue directo al grano:

—Si renaciera en otro orbe, ¿podría elegir todos esos poderes y ventajas superpoderosas? —Su curiosidad era palpable.

Dios asintió con serenidad.

—Sí, es correcto.

—Buena elección. Ahora, ¿qué habilidades o poderes anhelas? Solo podrás elegir tres, ¿comprendes?

Mayoriano estaba absorto en sus pensamientos, su mirada perdida en el horizonte mientras cavilaba lo que sería poseer los poderes de un Kriptoniano. Anhelaba los haces de calor que podrían emanar de sus ojos, la fuerza sobrehumana que le permitiría mover montañas y surcar los cielos como un dios entre los mortales. Imaginaba poseer la genialidad de Nikola Tesla, ese prodigioso don para desentrañar el universo en sus misterios más profundos. Pero no solo eso, también ansiaba la conveniencia de un smartphone y un reproductor de música conectados a mi mundo, como si fueran extensiones de mi propia mente y corazón.

La voz divina resonó en el silencio, envolviendo al ser ante ella.

—Bien, solo enfrentarás un leve escollo —anunció—. Durante la hora crepuscular, no tendrás acceso a tus poderes kriptonianos.

La advertencia se hizo eco en la mente del héroe, una limitación que complicaría sus acciones en momentos críticos. Además, agregó solemnemente:

—Te presentarás con la apariencia de Makoto Yuki.

Con determinación en su corazón, se preparó para enfrentar el desafío, aceptando las reglas impuestas por la divinidad.

—Tú reemplazarás a Makoto Yuki. Ahora serás el portador del Arcano del Loco. ¿No crees que elegiste ese mundo por alguna razón?

—Ya he jugado ese juego hasta el final. Es perfecto; si llego a fallecer, será por los vínculos que forjaré con ellos. Sabes, Dios, eso me infunde una cierta melancolía.

Dios miró con compasión a la persona frente a Él. Sabía que la tristeza que albergaba era profunda, pero también reconocía la fuerza interior que aún no había descubierto por completo.

—Tu tristeza, como la de cualquier alma, es un sendero hacia el descubrimiento de tu propio significado en la existencia —expresó Dios con voz serena pero plena de sabiduría—. A través de las sombras que experimentamos, hallamos la luz que nos guía hacia nuestra verdadera esencia.

Una luz divina envolvió por completo el cuerpo de Mayoriano. Este exclamó con gratitud:

—¡Gracias, Dios! Seré digno de esta nueva oportunidad.

Dios respondió solemnemente:

—Así será. Vence a “Nyx” y adieu, hijo.

La escena se desvaneció en la certeza de un destino por cumplir.

En un hospital, la escena era conmovedora: una mujer dando a luz a un neonato, y unos minutos después, entra un hombre apresurado. La mujer sonríe emocionada y le dice:

—Amor, mira a nuestro vástago.

El hombre se acerca rápidamente, abraza a su esposa con ternura y contempla a su hijo con un brillo de orgullo en los ojos.

—Será una persona egregia —murmura con convicción.

La mujer, con una sonrisa radiante, pregunta:

—Amor, ¿cómo lo nombraremos?

El hombre, con voz firme y plena de amor, responde:

—Será Makoto Yuki, nuestra bendición sempiterna.

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Strong Dialog

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