Capítulo 1
Era media tarde, las avecillas que habitaban en el enorme árbol cerca de la entrada a su casa, estaban posados sobre el tendido de cables tanto de la compañía telefónica como la de la luz. A ella, no sabía bien por qué, se le figuraba que eran una especie de telefonistas de antaño. Ya llevaba toda la semana pensando en Roberto, en lo estúpido que había sido él al querer venderle la idea de que aquellas figuritas de cartón eran arte. “Con el pretexto de que nadie puede definir qué es arte y qué no, ya cualquiera cree que lo que hace vale algo”, le dijo ella en tono burlón. Al oír aquello, Roberto apretó los dientes furioso, al tiempo que bajaba la mirada avergonzado sin decir palabra.
"¿Qué se había pensado?, ¿qué la iba a deslumbrar?, ¿acaso creía que era una descerebrada como la fulana esa que le ayudaba a fotografiar su "arte" para luego publicarlo en Instagram?", se preguntaba un tanto arrepentida de lo que había dicho no porque no tuviera razón sino porque desde aquel día Roberto la había dejado de contactar.
Como si suplicara a un dios en lo alto, elevó la mirada al cielo que lo encontró de un azul intenso, sin nubes, muy al contrario de su mente velada por los vapores de su mal humor. Llevaba en la mano el celular, la ansiedad no le permitía meterlo en el bolsillo trasero de sus jeans de pierna amplia; le había dado por subir y bajar por la corta avenida que mediaba entre la panadería y su casa, para ahorrarle a su familia el mal humor que no podía ocultar. “El muy idiota”, farfullaba resoplando. Cualquiera que la viera diría que la ofendida era ella, ¿lo era?
Roberto y Sofía se conocieron en un taller de manualidades. Él era quien impartía las clases a unos nueve entusiastas, incluyéndola, que les parecia genial la propuesta de crear objetos decorativos con materiales de desecho. En la primera sesión, les proyectó en la pared blanca del salón muestras de lo que se podía lograr con lo que la mayoría considera basura: bolsas de frituras industrializadas, colillas de cigarro, trapos viejos de cocina, trozos de vidrio, azulejo y madera. Las fotografías proyectadas eran una mezcla de sus propias creaciones con otras de exponentes underground del Art Brut que no consideró mencionar. Sofía quedó impresionada con algunas imágenes que le resultaron ajenas, incómodas y a la vez sugerentes –ninguna de las cuales eran obra de Roberto, se enteraría ella después de que lo había creído un dotado.








